viernes, 12 de junio de 2015

Una Nueva Sociedad

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 27
XI Domingo Ordinario
            Sembrar la Palabra de Dios en el corazón de cada ser humano produce el maravilloso fruto de una persona nueva, según el modelo de Cristo Jesús, para la construcción de una nueva sociedad que tiene su plena realización en el reinado de Dios. Esta tarea es una de las más queridas por la Iglesia Latinoamericana e integrada en la misión evangelizadora. Ciertamente, anunciar el Evangelio de Jesús nos compromete en la construcción de una sociedad distinta, donde se viva la novedad de sus valores fundamentales de la vida, la verdad, la justicia, la paz. Una sociedad de amor fraterno: “El Espíritu del Señor impulsa al Pueblo de Dios en la historia a discernir los signos de los tiempos y a descubrir en los más profundos anhelos y problemas de los seres humanos, el plan de Dios sobre la vocación del hombre en la construcción de la Sociedad, para hacerla más humana, justa y fraterna” (Puebla 1128).
            Esta tarea a la que estamos todos comprometidos, supone una visión cristiana de la persona humana que parte por aceptar que la tierra entera es una casa pequeña donde convivimos todos y, so pena de negarnos nuestro progreso personal, no podemos excluir a nadie. Más que vivir, convivimos. Es nuestro deber reconocer que cada ser humano es un hijo de Dios y formamos una sola familia. En esta reflexión seguimos a la constitución Gaudium et spes del Vaticano II que opta por un humanismo integral, donde se contempla al ser humano en su justo valor frente a Dios y al mundo. Reafirmando su propia identidad, la persona humana se reconoce con vocación comunional. Que la sociedad no es un montón de seres y cosas anónimas, sino que es una comunidad de personas libres y responsables, organizadas para convivir en el respeto y servicio.
            El capítulo segundo de la constitución conciliar, iluminando sus enseñanzas con la revelación divina, nos habla ampliamente del sentido de la comunidad humana, donde encontramos las principales características de una sociedad nueva que no es sino la vivencia de lo que debe ser una verdadera comunidad. Es verdad que los progresos técnicos y científicos han facilitado la comunicación y la interrelación de los seres humanos y los pueblos. Sin embargo, debemos dar un gigante salto hacia lo que nuestra constitución califica como “la perfección del coloquio fraterno” (Gaudium et spes 23) que trasciende hacia la hondura de una comunidad de personas que se respetan y se aman: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et spes 24).
            Una de estas características es la interdependencia entre las personas y la sociedad. Recuerdo un afiche de los años setenta del siglo pasado donde presentaba la imagen de un joven cargando sobre su espalda a otro sin piernas, con un escrito que rezaba: “No es una carga, es mi hermano”. Es, pues, uno de esos testimonios más elocuentes que un discurso. En este sentido, dice la Iglesia, que “la vida social no es para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación” (Gaudium et spes 25). No hay dudas, para vivir feliz y con dignidad, nos necesitamos.
            Este es el significado del principio del bien común, que se descubre no porque lo estudiamos o porque lo deducimos de la lógica, sino porque lo experimentamos al aceptar a los demás con sus derechos. Especialmente, cuando Jesús nos lo presenta con sus obras y sus palabras. Para Él, hacer el bien está por encima de cualquier culto o tradición: “¿Qué está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?” (Lc 6,9). Este es el sentido: “El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al contrario. El mismo Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado… Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una renovación de los espíritus y a profundas reformas de la sociedad (Gaudium et spes 26).
            Quiero destacar dos valores más que hoy es sumamente necesario interiorizar y practicar, para la construcción de la nueva sociedad que queremos. En primer lugar, el respeto y amor a los adversarios. Para su comprensión, basta leer el numeral 28 de la Gaudium et spes que sentencia: “Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo”. En esto Jesús es radical: Amen también a sus enemigos, hagan el bien también a los que los odian (cf. Mt 5,43-44). Recuerdo haber leído del pensador francés Emmanuel Mounier que el secreto de un político cristiano es descubrir dónde está el hermano para servirle con amor, no dónde está el enemigo para atacarlo. Refiriéndose a la parábola del “buen samaritano” (cf. Lc 10,25-37).
            El otro es la responsabilidad en correlación con la participación. He predicado muchas veces a futuros profesionales que no podemos darnos el lujo de ser mediocres, incompetentes, irresponsables ni deshonestos. Nuestra sociedad es vieja, caduca e inhumana, porque la falta de un compromiso social responsable, competente y honesto nos destruye como personas humanas. La sociedad se renueva con la participación responsable de cada uno.
El texto con el cual termino esta reflexión goza de mi más grata preferencia: “No puede llegarse a este sentido de la responsabilidad si no se facilitan al hombre condiciones de vida que le permitan tener conciencia de su propia dignidad y respondan a su vocación, entregándose a Dios y a los demás. La libertad humana con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema necesidad, de la misma manera que se envilece cuando el hombre, satisfecho por una vida demasiado fácil, se encierra como en una dorada soledad. Por el contrario, la libertad se vigoriza cuando el hombre acepta las inevitables obligaciones de la vida social, toma sobre sí las multiformes exigencias de la convivencia humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive” (Gaudium et spes 31).
            Maracaibo, 14 de junio de 2015

jueves, 4 de junio de 2015

La Eucaristía, Sacramento de Comunión


Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 26
Solemnidad de Corpus Christi
            La comunión se fundamenta en el amor. Es decir, el amor se expresa en una interrelación íntima de personas que conviven, comparten y participan de intereses comunes, manteniendo intacta la identidad de cada persona. Donde cada una se valora y sabe que sus valores están al servicio de todos. A la vez, cada persona valora a las demás y se sabe necesitada de ellas. Se necesitan mutuamente. El amor es comunión de vidas que se entregan unas al servicio de otras. Así es Dios, Trinidad santa, comunión de personas divinas en la perfecta unidad del conocimiento y del amor. Es este el Dios que creó el mundo en la armonía que revela su belleza y bondad. Y, en este mundo creó al ser humano en el amor y la libertad, en la vocación de relación comunional, con Dios, con los otros humanos y con las demás criaturas.
El ser humano es creado en una digna participación de la divinidad de su Creador que lo hizo a su imagen y semejanza. Convivimos con Dios. Nuestra fuente de existencia es la comunión con nuestro Creador. Lo humano y lo divino nos construye en la gracia y la bondad. Esta relación comunional con Dios es de amor filial. Dios es Padre nuestro. Por eso, la comunión interhumana se identifica con la fraternidad y nace de la comunión Padre-hijos. Es decir, porque Dios es nuestro Padre, todos los humanos somos hermanos. Como lo enseña el Magisterio de la Iglesia latinoamericana, “al hacer el mundo, Dios creó a los hombres para que participáramos en esa comunidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unigénito en el Espíritu Santo” (Puebla 182).
Esta comunión de Dios y de la humanidad tiene su lenguaje, se expresa en signos sacramentales que esconden y revelan el misterio de amor. Son los Sacramentos por donde Dios comunica su gracia y nos permite encontrarlo. Donde Dios viene a nuestro encuentro y entra a vivir en nosotros y nos invita a salir para recibirlo en comunión. El Sacramento por antonomasia es Jesucristo, “Él es imagen del Dios invisible” (Col 1,15). Al seguir a Jesucristo, nos encontramos con el Padre y recibimos el Espíritu Santo. Y la Iglesia es el sacramento del amor comunional de Dios, Trinidad santa: “Cristo, que asciende al Padre y se oculta a los ojos de la humanidad, continua evangelizando visiblemente a través de la Iglesia, sacramento de comunión de los hombres en el único pueblo de Dios, peregrino en la historia. Para ello, Cristo le envía su Espíritu, quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de la conciencia hace aceptar y comprender la palabra de salvación” (Puebla 220).
En la historia de la salvación, el Hijo se encarna y se hace comunión con la humanidad. Lo Eterno y lo histórico, lo Divino y lo humano, conviven unidos en la Persona de Jesucristo. Desde entonces, el mundo y la humanidad están colmados de Dios. Todo nos habla un Dios que nos ama y nos quiere unidos. La comunión entre nosotros y todos con Él, es la realización plena de la historia, su plenitud. El Padre viene a comulgar con nosotros por el Hijo encarnado, en el Espíritu Santo, vínculo de amor.
Y, para que este encuentro comunional se renueve constantemente a lo largo de la historia, nos ha regalado el don de la gracia por medio de los sacramentos. Así llega Dios a nuestro corazón y nos transforma. Lo resumimos con el teólogo napolitano Bruno Forte: “Si Cristo es el sacramento de Dios y la Iglesia es el sacramento de Cristo, los sacramentos son las realización más intensas del encuentro con Dios en la Iglesia, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu… Cada uno de los sacramentos despierta y enriquece nuestra relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo y que todo itinerario sacramental hace que el Dios vivo permanezca en el corazón del hombre y que el hombre nuevo permanezca en el corazón de la Trinidad” (Introducción a los Sacramentos, Paulina, Madrid 1996, pp. 5-6).
En este misterio de comunión interhumano y humano-divino, podemos contemplar el valor extraordinario de la Eucaristía. El Sacramento de nuestra fe (Mysterium fidei) o, como lo identifica nuestro pueblo, el Santísimo Sacramento. Esta es la manera como el Señor se ha querido hacer presente y permanecer en comunión con nosotros. Es importante entender que “tal presencia se llama real no por exclusión, como si las otras (presencias) no fueran reales, sino por excelencia, ya que es substancial, porque mediante ella, ciertamente se hace presente Cristo Dios y Hombre, entero e integro” (Pablo VI, Mysterium fidei 5).
Este sentido de presencia de comunión del Señor que nos realiza como comunidad de fe, esperanza y caridad, es expresado por Juan Pablo II de una manera excepcional en su encíclica sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia (Ecclesia de Eucharistia del jueves santo de 2003). Dice el santo papa: “Con la comunión eucarística la Iglesia consolida también su unidad como cuerpo de Cristo. San Pablo se refiere a esta eficacia unificadora de la participación en el banquete eucarístico cuando escribe a los Corintios: Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan (1Cor 10,16-17). El comentario de san Juan Crisóstomo es detallado y profundo: ¿Qué es, en efecto, el pan? Es el cuerpo de Cristo ¿En qué se transforman los que lo reciben? En cuerpo de Cristo; pero no muchos cuerpos sino un solo cuerpo. En efecto, como el pan es sólo uno, por más que esté compuesto de muchos granos de trigos y éstos se encuentren en él, aunque no se vean, de tal modo que su diversidad desaparece en virtud de su perfecta fusión; de la misma manera, también nosotros estamos unidos recíprocamente unos a otros y, juntos, con Cristo” (Ecclesia de Eucharistia 23).
Concluye su enseñanza: “La argumentación es terminante: nuestra unión con Cristo, que es don y gracia para cada uno, hace que en Él estemos asociados también a la unidad de su cuerpo que es la Iglesia. La Eucaristía consolida la incorporación a Cristo, establecida en el Bautismo mediante el don del Espíritu” (Ecclesia de Eucharistia 23). De ahí su tesis: “La Iglesia vive de la Eucaristía” (Ecclesia de Eucharistia 1). Por eso, la vida del cristiano y de la Iglesia es una Eucaristía prolongada, como afirma san Alberto Hurtado.
            Maracaibo, 7 de junio de 2015

lunes, 1 de junio de 2015

La formación política del cristiano

La formación política del cristiano
Una reflexión sobre la dimensión política del Evangelio

José Andrés Bravo Henríquez
http://elblogdefeycafe.blogspot.com


Mons. Ubaldo Santana, arzobispo de Maracaibo, afirmó a un periodista que el reto de la Iglesia en la actual sociedad venezolana es la formación de los cristianos en la política. La falta de esta sólida formación humano-cristiana es denunciada por el Concilio Plenario de Venezuela como una sombra: “En el campo de la política, escenario donde se configuran las leyes y se toman las grandes decisiones, se evidencia la escasez de laicos formados en la fe y específicamente en la Doctrina Social de la Iglesia, que influyan significativamente en las decisiones que afectan a la nación, particularmente en los campos como la familia, la defensa de la vida, la educación y la libertad religiosa” . La sombra es más oscura cuando “se constata en algunos cristianos una actitud pasiva en participar en la vida de sus comunidades y del país, dejando a un lado la responsabilidad social y política, la cual es insoslayable para cualquier persona como miembro de una sociedad. Esa apatía e indiferencia contraría el compromiso cristiano con la comunidad para la construcción de un nuevo país” .
Esta inquietud ha sido expresada en diversos documentos de la Conferencia Episcopal Venezolana, especialmente en los últimos años. Uno de los más contundentes y oportunos es emitido el 20 de enero de 1998, en medio de la grave crisis de nuestra democracia en franco deterioro, a los cuarenta años - ironía de la historia - del “23 de enero de 1958”. Es firme al valorar la democracia: “Vivir en democracia no es, desde la perspectiva del pensamiento de la Iglesia, algo accidental. Forma parte de las condiciones para garantizar la dignidad de la persona humana, la calidad de vida y la justicia distributiva. Por eso, la Iglesia no puede mantenerse indiferente ante este proceso. Debemos afirmar que la democracia como sistema político no es negociable. Es decir, que no estamos dispuestos a avalar formas autoritarias o dictatoriales que tantas penas y lágrimas nos causaron en el pasado. No se puede olvidar que detrás de estos regímenes de fuerza afloran diversas formas de degradación y manipulación de la persona humana” .
Resalto el llamado a no ser indiferentes. Pero, lo más grave es que muchos venezolanos que se profesan cristianos – unos más que otros – han contribuido, con sus acciones y actitudes, a la perdida de la libertad y de la democracia. Unos empeñados en mantener el poder por cualquier medio, no importando traicionar los principios fundamentales del bien común y asumiendo políticas equivocadas, ineficientes y, no en pocos casos, propiciadoras de corrupción. Otros, queriendo proteger sus intereses, sus negocios, se alistan a formar parte del régimen “socialista”, totalitario y destructor, olvidándose de los valores fundamentales del cristianismo que dicen profesar. Pero, peor aún es la indiferencia de la mayoría cristiana que prefiere encerrarse en sí misma y no comprometerse en lo que es propio del seguidor de Jesús, la entrega amorosa hasta la cruz (sacrificio) para obtener el triunfo del reino de paz y justicia para todos, preferencialmente para los pobres.
Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Christifideles Laici (1988), es aún más claro: “Para animar cristianamente el orden temporal – en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad – los fieles laicos de ningún modo puede abdicar de la participación en la política; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común… Las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro moral, no justifican lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública” .
En los años postconciliares y, específicamente, a partir de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Medellín (1968), nace un movimiento latinoamericano que tuvo a la teología de la liberación como base de reflexión y a las comunidades cristianas populares o de base como elemento operativo con claras opciones sociales contra regímenes totalitarios y sistemas opresores. Unos con clara inspiración marxistas y otros buscando una fuerza cristiana que les ayudara en las terribles luchas contra las más graves injusticias que conducen a la violencia, motivados por la opción preferencial por los pobres y oprimidos. Son muchos y diversos los escritos que han querido dar respuesta a esta situación. Tengo a mano dos artículos que me ayudan a plantear el problema. El primero es del sacerdote chileno Segundo Galilea publicado el año 1973, titulado “Jesús y la liberación de su pueblo” . El otro es del sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, tomado de su obra fundamental Teología de la Liberación del año 1971. El referido artículo se titula “Jesús y el mundo político” .
Según Galilea, el problema que enfrentan muchos cristianos comprometidos en la lucha liberadora es que no se sienten en condiciones de asumir una militancia propiamente política. Sin embargo, saben que, desde su apostolado, deben trabajar para influir a favor de los necesitados. Indudablemente, su acción tiene una vertiente socio-político que deben descubrir en el Evangelio de Jesús. Yo digo que es importante una pastoral socio-política que dé respuestas a este cuestionamiento. Lo que sucede es que se ha tenido miedo en aceptar que también la persona y las enseñanzas de Jesús pueden iluminar el camino hacia esta acción. Acertado es el teólogo chileno al afirmar que “la cristología que muchos de esos cristianos recibieron no los preparó para una lectura socio-política de la vida de Jesús y del Evangelio” .
La falta de una seria formación al respecto, lleva incluso al error de justificar cualquier sistema. En la actual Venezuela se ha querido identificar a Jesús con el régimen totalitario denominado “socialismo del siglo XXI”. Sin embargo, por otra parte, como lo refiere Galilea, “frente a esta realidad y proceso histórico es necesario colocar la misión de Jesús. La carencia de la dimensión política de la cristología tiende a hacer de Cristo ajeno a esta problemática, socialmente desencarnado, predicador de un mensaje salvador de las personas y de un reino extra-temporal” . A un mensaje de Jesús desencarnado le siguen unos cristianos indiferentes y, los más comprometidos, decepcionados.
No podemos negar, aquí me hago ayudar por el artículo de Gustavo Gutiérrez, de que existe un problema muy profundo y complejo que no podemos evadir. Existen algunos cristianos, especialmente jóvenes, que han llegado a preguntarse por la actitud de Jesús frente a la situación política de su tiempo. Es verdad que Jesús no es un rebelde político al estilo zelote, pero tampoco es un espiritualista apartado del mundo como un esenio de su época. Jesús, según el testimonio de los evangelistas, vivió pobre y cerca de los pobres y necesitados. En una cultura como la de su pueblo donde existe clara discriminación contra las mujeres y los niños, Jesús se acerco y compartió con mujeres y bendijo a los niños. A los samaritanos, otros despreciados, son tratados por Jesús con dignidad y hasta como ejemplo de cómo se debe vivir la caridad. A los enfermos, especialmente los considerados impuros, se hace cercano para asistirlos.
Su programa de vida está dirigido a predicarles a los pobres y liberar a los oprimidos. Ciertamente, la predicación de su reino va más allá de los límites humanos, pero cambia radicalmente las relaciones interhumanas, de manera que las personas se rijan por los fundamentales valores que dignifican: justicia, paz, libertad y verdad, para el cumplimiento del mandamiento nuevo del amor fraterno. Porque, bien lo dice Gutiérrez, “para Jesús la opresión y la injusticia no se limita a una situación histórica determinada; sus causas son más profundas y no podrán ser eliminadas verdaderamente si no se va a las raíces mismas de la situación: la quiebra de la fraternidad y la comunión entre los hombres. Además, y esto es de enormes consecuencias, Jesús es opuesto a todo mesianismo político-religioso que no respeta ni la hondura de lo religioso ni la consistencia propia de la acción política” .
Por eso, estoy convencido de que la tarea urgente es formar a los cristianos en el auténtico sentido de la política para que puedan, con los valores del Evangelio y la doctrina social, ser protagonistas en la construcción de una nueva sociedad de progreso y bienestar para todos. Para ello, la Iglesia ofrece los principios de reflexión, los criterios de juicios y las directrices de acción, que tienen su origen en la revelación divina. Ciertamente, la acción liberadora de Dios en la historia , su gesto de acercarse a un pueblo oprimido por el poder que tiraniza, la elección de un líder y la movilización de Israel que se levanta y marcha en comunidad hacia la libertad con la fuerza de la fe y la convicción del valor del sacrificio, es fuente de toda acción política de inspiración cristiana. Como enseña el Compendio de la Doctrina Social en el numeral 23: “El don de la liberación y de la tierra prometida, la Alianza del Sinaí y el Decálogo, están, por tanto, íntimamente unidos por una praxis que debe regular el desarrollo de la sociedad israelita en la justicia y en la solidaridad” . Israel es el prototipo del nuevo pueblo de Dios formado por la humanidad entera y liberado por el sacrificio de Jesús en la cruz.
Pues, el acontecimiento salvífico del Dios de Israel, tiene en Jesucristo el cumplimiento decisivo de la historia liberadora. Cristo encarnado, cuyo proyecto es anunciar una buena noticia a los pobres, la liberación de los oprimidos y establecer un reino de fraternidad , en la libertad y responsabilidad. Aquí está el proyecto originario de toda acción política del cristiano. De este acontecimiento continuamente renovado, donde se actualiza el designio de amor de Dios, nace la visión de la persona humana, de la sociedad y de su historia. Si el cristiano tiene conocimiento y convicción de estas enseñanzas, su fe le mueve a no aislarse en un espiritualismo individualista y evasivo , una piedad privada (pietista), un moralismo excluyente o una caridad casual, que muchas veces justifican su falta de compromiso con la sociedad.
En este sentido, fue en la Conferencia de Medellín (1968), donde la Iglesia de nuestro continente latinoamericano destaca las relaciones de la vida espiritual con la acción liberadora, concretamente en la liturgia. Pues, “la celebración litúrgica corona y comporta un compromiso con la realidad humana, con el desarrollo y con la promoción, precisamente porque toda la creación está insertada en el designio salvador que abarca la totalidad del hombre” . Y, cuando habla de la espiritualidad de los cristianos, invita a promoverse “una genuina espiritualidad de los laicos a partir de su propia experiencia de compromiso en el mundo, ayudándoles a entregarse a Dios en el servicio de los hombres y enseñándoles a descubrir el sentido de la oración y de la liturgia como expresión y alimento de esa doble recíproca entrega” . Más adelante, en la Conferencia de Santo Domingo (1992) se exige como compromiso pastoral, dinamizar “una espiritualidad del seguimiento de Jesús, que logre el encuentro entre la fe y la vida, que sea promotora de la justicia, de la solidaridad y que aliente un proyecto esperanzador y generador de una nueva cultura de la vida” .
Es importante convencer de que en la irrupción de Dios en la historia, se encuentra también la raíz de la visión cristiana de la comunidad política. Así lo enseña la Iglesia en el tesoro de su doctrina social: “Cristo revela a la autoridad humana, siempre tentada por el dominio, que su significado auténtico y pleno es de servicio” . En esto se insiste una y otra vez, porque su fundamento es la dignidad de la persona humana que sólo en una comunidad de paz y libertad puede realizarse plenamente. La principal responsabilidad es el bien común: “La comunidad política tiende al bien común cuando actúa a favor de la creación de un ambiente humano en el que se ofrezca a los ciudadanos la posibilidad del ejercicio real de los derechos humanos y del cumplimiento pleno de los respectivos deberes” .
La política entendida como servicio al bien común, supone que nuestra existencia es convivencia, relación interpersonal. Si bien es importante la autoafirmación como ser individual con su propia identidad – ser idéntico a sí mismo –, este mismo ser no se realiza plenamente si no sale de sí mismo al encuentro con los demás, vigorizando su libertad aceptando las inevitables obligaciones de la vida social, asumiendo las multiformes exigencias de la convivencia humana, obligándose al servicio de la comunidad en que vive .
El mismo Jesús, con su característico lenguaje radical, lo expresa claramente a sus Apóstoles, ante sus ambiciones de poderes y privilegios, tentaciones que acompañan siempre al cristiano. Así habla Jesús de la política: “Saben que entre los paganos los que son tenidos por gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre ustedes; más bien, quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás; quien quiera ser el primero que se haga sirviente de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida como rescate por todos” . El gobernante es el sirviente del pueblo. Es tanto que, sólo podemos participar del reino de Dios si dirigimos nuestra existencia a servir a los demás en la solución de sus más urgentes problemas sociales: El hambre, la sequía y destrucción ambiental, la inmigración y la gravedad de los muchos refugiados, la falta de vivienda, el deterioro de la salud y servicios básicos, del sistema de justicia y la horrible condiciones de las cárceles. Basta leer el Evangelio .
Estas reflexiones son como una manera de introducir lo que sería un desafío cada vez más urgente de formar a los cristianos en el verdadero sentido de la política. Porque el seguidor de Jesús debe tener clara conciencia de su compromiso con la situación socio-política de la sociedad actual. ¿Con qué principios puede un cristiano desarrollar una reflexión hoy? Aquí es necesaria la visión de la persona humana, su dignidad, sus derechos y deberes. ¿Cuáles son los criterios que, desde la fe, se necesitan para un juicio a los sistemas que se imponen, a los sistemas que se proponen y por los que se lucha? Aquí se necesita un conocimiento de la realidad y una capacidad de juicio cristiano; conocer las diversas ideologías, sus valores y sus peligros. También se debe tener claro los derechos y deberes sociales de la Iglesia, para un discernimiento lo más conveniente posible. Y, por último, ¿cuáles son las orientaciones para la acción dinámica del cristiano? Es importante tener una visión evangélica de la dignidad de la persona humana para un diálogo respetuoso y sincero, para la promoción de la justicia en la solidaridad. Todos estos y más, desde la práctica del amor y de la misericordia, como camino para construir la fraternidad, fundamento de la paz, como nos exhorta el Papa Francisco.
El principio de reflexión que nos enseña la doctrina social es la persona humana libre e inteligente, cuya dignidad se fundamenta en su participación en la divinidad de Dios que lo creo a su imagen y semejanza: “El hombre pues, como ser inteligente y libre, sujeto de derechos y deberes es el primer principio y, se puede decir, el corazón y el alma de la enseñanza social de la Iglesia” . En realidad, es el único principio, los demás se desprende de él. Juan Pablo II en su primera encíclica Redemptor hominis 14 afirma que “el hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social – en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la nación, o pueblo (y posiblemente sólo aún del clan o de la tribu), en el ámbito de toda la humanidad – este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo”.
Si este es el principio fundamental, la DSI debe basarse entonces en una clara visión cristiana del ser humano. Lo que podríamos denominar: una antropología cristiana. En este sentido, la Iglesia apuesta por un humanismo integral y solidario. Por eso, la Iglesia, en la Gaudium et spes, da la cara al mundo, para servir a la persona humana. Ella escucha sus interrogantes, comprende la complejidad de su situación, respeta la autonomía de lo terrenal, valora su progreso y brinda a la humanidad el servicio de la evangelización.
De este principio fundamental se desprenden los siguientes principios señalados por el documento de la Congregación para la Educación Católica, ampliado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. A saber, los derechos humanos que derivan de la misma dignidad de la persona humana como imagen de Dios; la dimensión relacional o comunional de esta persona (con Dios, con los demás y con las cosas materiales); el bien común como un valor de servicio y de organización de la vida social y del nuevo orden de la convivencia humana; la solidaridad y la subsidiariedad que protege especialmente al más necesitado, ligadas a la opción preferencial por los pobres; la concepción orgánica de la vida social que no es otra cosa que la organización política que cuide y propicie la libertad y la justicia; la participación, asegurando con ella, en la organización social, las exigencias éticas de la justicia social (“La participación justa, proporcionada y responsable de todos los miembros y sectores de la sociedad en el desarrollo de la vida socio-económica, política y cultural es el camino seguro para conseguir una nueva convivencia humana” ); las estructuras humanas y la comunidad de personas; por último, el destino universal de los bienes, formulado por la Gaudium et spes 69 así: “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa, bajo la guía de la justicia y de la caridad”. Este principio puede provocar el debate sobre la propiedad privada que, a mi juicio, queda aclarado con Juan Pablo II en la encíclica Laborem exercens 14: “La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como algo absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la creación entera: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes”.
Con estas reflexiones no quiero reducirme a la simple discusión de que si la Iglesia puede participar en política, de que si los sacerdotes pueden ser políticos o de que si los políticos manipulan la religión. Pienso que lo más importante es que los seguidores de Jesús conozcan el pensamiento que sobre la política tiene el cristianismo, para que puedan actuar en consecuencia. Es verdad que, a pesar de que la historia de la salvación nos revela una experiencia religiosa de relación de Dios con los seres humanos, su enseñanza ilumina todas las realidades humanas porque es la persona humana integral y concreta la que hay que salvar. Sin embargo, no podemos buscar en la Sagrada Escritura un programa político ideológico. No lo encontraremos. Pero sí nos revelará la verdad humana con su más alta dignidad por ser creado a imagen de Dios y, por el Hijo Jesús, ser adoptado como hijos de Dios. De ahí, la vocación de comunión fraterna en el amor y la entrega por el bien común fundamentado en el mandamiento nuevo del amor mutuo. Ahí encontraremos, sin dudas, los fundamentos más profundos de la política y de todas las realidades humanas.
La Sagrada Escritura nos comunica que la tarea de los reyes de Israel, sus fidelidades a la Alianza y sus infidelidades, sus logros y sus derrotas, repercuten en la libertad o esclavitud del pueblo. Son los profetas los que van a convertirse en los más grandes intérpretes de la realidad socio-política-religiosa del pueblo. Denuncias y anuncios, es la dinámica continua de los profetas. De manera que en sus testimonios nos enseñan el sentido del bien, de la justicia, de la paz, del compromiso y servicio comunitario, de la libertad y la dignidad humana. Se afincan en la realidad de los humanos y la juzgan desde la voluntad de Dios expresada en la Alianza. Pero, no son derrotistas. Son personas de esperanza, miran y comprometen al pueblo a un futuro mejor, donde definitivamente reina Dios.
Vale insistir que Jesús no es un político de oficio , ni lo quiso ser. Frente al representante político, Pilato, que lo condena por rebelde, le manifiesta que si él fuera un político como los de este mundo, su partido lo protegería: “Pero mi reino no es de aquí” . No obstante, “el Hijo de Dios asume lo humano y lo creado y restablece la comunión entre su Padre y los hombres. El hombre adquiere una altísima dignidad y Dios irrumpe en la historia humana, vale decir, en el peregrinar de los hombres hacia la libertad y la fraternidad, que aparecen ahora como un camino hacia la plenitud del encuentro con él” . Por eso la Iglesia afirma que por la misma dignidad de la persona humana, imagen de Dios y realizada plenamente en Jesucristo, “merece nuestro compromiso a favor de su liberación” . Además, porque “sólo en Cristo se revela la verdadera grandeza del hombre y sólo en él es plenamente conocida su realidad más íntima” . Aquí está la base más profunda de una actividad social, vale decir política, del cristiano.
Para concluir quiero referirme a un iluminador texto de un escritor cristiano del tercer siglo de nuestra era, llamado Firmianus Lactantius, mejor conocido como Lactancio. Él nos enseña que la virtud de la humanidad es el fundamento de la sociedad. Esto es importante porque actualmente a muchos de nuestros activistas políticos les falta humanidad. Es decir, correcto sentido de lo humano. A veces se quedan en las simples estrategias y cálculos para obtener el poder. Pero, sin un sentido humano de la política, ésta se convierte en instrumento destructor.
Ciertamente, como lo refiere Lactancio, nuestra naturaleza humana es débil, mientras que los animales son más fuertes para adaptarse a este mundo. Sin embargo, Dios nos hizo seres en relación. La fortaleza de la humanidad es que nosotros podemos organizarnos para una convivencia más pacífica y con responsabilidades mutuas de servicio para el bien común. Todos tenemos la misión de cuidar los espacios y permitir que todos podamos habitarlos con dignidad.
Sencillamente, “porque si el hombre se enfureciera a la vista de otro hombre, como vemos que hacen los animales salvajes, no podría existir sociedad entre los hombres, ni orden, ni seguridad en las ciudades. No habría ninguna tranquilidad en la vida humana si la debilidad de los hombres estuviese expuesta no sólo a los ataques de los demás animales, sino también se combatieran unos a otros continuamente conforme hacen las bestias” (Lactancio). De ahí que la política no puede ser una batalla donde el más fuerte somete a los más débiles.
Dice el clásico cristiano que, para una convivencia libre y pacífica, es necesaria una alianza entre los seres humanos, para formar una sociedad. La ayuda mutua es la clave de la política. Si, por el contrario, se viola la alianza, se está cometiendo un crimen: “Debe considerarse como máximo crimen violar o no conservar aquella alianza establecida entre los hombres”. En el Evangelio de Jesús la verdadera alianza entre los seres humanos consiste en cumplir el mandamiento nuevo de amarnos los unos a los otros.
A mi juicio, estas enseñanzas cristianas constituyen la naturaleza y el fin de la política. Todos estamos llamados a encontrarnos, a formar una comunidad donde el ser humano pueda realizar su propia vocación, vivir su dignidad y libertad, asumiendo con responsabilidad su misión mutua del bien común. Como lo enseña la Iglesia, “el bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las que los hombres, familias y asociaciones pueden lograr más plena y fácilmente su perfección propia” (Gaudium et spes 74).
Por su parte, San Agustín (354-430), enseña que desear el poder es saludable siempre que sea para hacer el bien. “Pero no lo es si se desea por el falto vano del orgullo, por la pompa superflua o una necia vanidad”, muy común entre nosotros. El poder, sin duda, constituye el objeto de toda actividad política, pero no puede utilizarse para oprimir y subyugar a los seres humanos que, por su naturaleza, son libres y responsables. Otro gran Padre de la Iglesia, Isidoro de Sevilla (siglo VI), sentencia que el poder se conquista y se ejerce para el beneficio de los ciudadanos: “Nada peor que tener por el poder la libertad de pecar, ni nada más desgraciado que la facultad de obrar mal”.
Muchos, en nuestros días, justifican su poder sosteniendo que tiene su origen divino. Ciertamente, los Padres así lo han enseñado: “El poder es bueno, y ha sido dado por Dios” (San Isidoro). Pero, olvidan que el mismo Santo explica que algo que viene de Dios tiene el amor por fundamento. Así, el poder que oprime, domina y maltrata la dignidad de los seres humanos, no sólo traiciona sus principios, sino que se construye su condena.
Más aún, la Sagrada Escritura, fuente de toda enseñanza cristiana, nos transmite que el pueblo pide a Dios poder al rey, pero para que gobierne con justicia y defienda al pobre. Porque el mismo Dios revelado por Jesucristo, “rige al mundo con justicia, rige los pueblos con rectitud y gobierna las naciones de la tierra” (Salmo 67).

martes, 26 de mayo de 2015

La Iglesia Comunión

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 25
A los 50 años de la Lumen gentium (21/11/1964)
Fiesta de la Santísima Trinidad

            Yo doy gracias a Dios por la época en que me ha tocado vivir. Especialmente, agradezco la fe cristiana y la pertenencia a la Iglesia Católica. Pienso que el Concilio Vaticano II (1962-1965) marcó la época eclesial y, aunque su programa aún no ha tenido total respuesta, ha despertado un camino renovador extraordinario que, visto los últimos acontecimientos, parece no detenerse. Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI y nuestro actual Francisco, cada uno con su estilo personal y colocando sus acentos en lo que han considerado lo importante para la Iglesia y la humanidad entera, nos han dejado un legado repleto de enseñanzas y compromisos.
Quiero destacar el Magisterio que, después del Concilio, se ha venido enriqueciendo con diversos temas de la vida humana iluminados desde el Evangelio. En lo particular, pienso que nos han enseñado que la fe cristiana se centra en la comunión. Esta es la clave de vivir como Iglesia. Porque, para su autocomprensión, la Iglesia no se busca más en las categorías de poderes y riquezas terrenales, sino en el misterio mismo de Dios, revelado por el galileo Jesús. “Así toda la Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Lumen gentium 4). Como Dios es comunión, la vocación del ser humano también es la comunión, porque fuimos creados a su imagen. Y la Iglesia es su sacramento de comunión.
Juan Pablo II nos regaló para el comienzo del presente milenio un documento sencillo, que nos ayuda a edificarnos en la vida espiritual y pastoral, bajo la clave conciliar de la comunión. Confieso que es uno de los documentos pontificios que cuenta con mi particular aprecio. Su lectura y reflexión nos ayuda a una mayor profundización de nuestra fe. Se trata de la Carta Apostólica al concluir el Gran Jubileo de Año 2000: Novo millennio ineunte (NMI), fechado el 6 de enero del 2001.
“Se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino” (NMI 1), comienza diciendo el papa. Y, recordando la exigencia del Señor de remar mar adentro, nos quiere movilizar, que nos levantemos de nuestras lamentaciones y perezas, de nuestros fracasos y decepciones, y asumamos el compromiso que nos reta a echar las redes con el fin de conquistar a las personas humanas para formar una familia fundada en el amor mutuo, en la comunión fraterna. Pero, ya no con nuestra débil fuerza humana, sino con la gracia de Dios, “en su nombre”.
Es así como debemos ejercer nuestro servicio en la construcción de una nueva sociedad, desde una verdadera espiritualidad, la que Juan Pablo II llama “espiritualidad de comunión”. Entendiendo por espiritualidad no la exaltación del alma espiritual maltratando lo que de nosotros hay de material. No, la espiritualidad consiste, como lo enseña San Pablo, en vivir según el Espíritu Santo (Rom 8) que habita en nuestras existencia y nos moviliza para salir de nosotros mismos al encuentro con los otros (Hermanos) y con el Otro (Dios-Amor), para ser comunión, en la relación amorosa interhumana y humano-divina.
Todo esto nace del encuentro con Jesucristo que, ungido por el Espíritu Santo, se hace humano para revelarnos al Padre. Pues, “el cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que, satisfecho no sólo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de su criatura, y después de haber hablado muchas veces y de diversos modos por medio de los profetas, últimamente, en estos días, nos ha hablado por medio de su Hijo” (NMI 4). Cristo es el Dios-con-nosotros, la cercanía más evidente del Absoluto. Porque el Dios revelado por Cristo, no sólo es comunión en sí (tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, perfectamente unidas en comunión de amor, que es un solo Dios), sino que también se hace comunión con nosotros.
La comunión cristiana no es fruto del esfuerzo de los hombres y mujeres que deciden unirse para algún fin en particular. Esto puede ser, como lo ha acusado el Papa Francisco, una ONG piadosa, pero no es la Iglesia de Cristo, comunidad de amor interhumana y humano-divina. Sin duda, nuestra respuesta humana, libre como el amor, es necesaria por la fe. Pero, la comunión cristiana es fruto del misterio de Dios, comunidad divina de amor, misterio al que estamos llamados a participar en el seguimiento a Cristo.
Juan Pablo II, en esta Carta Apostólica a la que hago referencia, nos propone un proyecto que centra nuestra vida en Jesucristo: contemplar su rosto, sobre todo, su rostro doliente en la cruz, donde nos ama hasta el extremo. Ahí es el entregado por el Padre, como el hijo de la promesa ofrecido por Abraham. En esta contemplación del rostro del Señor podemos escuchar su llamado: “Sígueme”. Al descubrir, así, nuestra vocación, el santo papa nos invita a que, con renovado impulso, caminemos en Cristo. Este camino no es otro que el proyecto del amor de Dios: la vivencia de la comunión fundamentado en el siempre novedoso mandamiento de amarnos (Jn 13,34).
El compromiso que nos deja es el de “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión” (NMI 43). Para esta misión, “hace falta promover una espiritualidad de la comunión” (NMI 43). Es lo que san Juan nos dice siempre, sólo conocemos a Dios si nos amamos, porque “Dios es Amor” (Jn 4,16). También en el acontecimiento del bautizo de Jesús podemos contemplar la revelación del Dios, comunión de Amor, del Padre amante que presenta a su Hijo amado y al Espíritu Santo, el amor que une en comunión al Padre y al Hijo. Ese es el Dios Amor, comunidad trinitaria, donde las distintas Personas Divinas se unen en la comunión perfecta de un solo Dios verdadero. Esta es la meta histórica de la humanidad, llegar habitar en la casa de la Divina comunión trinitaria, siendo nosotros una comunión humana de amor fraterno.
Esta es la esencia de la Iglesia, la casa donde se vive la comunión, la escuela donde se aprende a vivir en comunión y, como añade Mons. Santana, el taller donde se construye esta comunión interhumana y humano-divina. Y, porque la misma Iglesia se ha mirado a sí misma, en el Concilio Vaticano II, a través del misterio de Dios Trinidad, se auto-comprende “como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen gentium 1).
            Maracaibo, 31 de mayo de 2015

viernes, 22 de mayo de 2015

Una Iglesia al Servicio del Mundo

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 24
Domingo de Pentecostés
 
            Quiero dedicar estas reflexiones, a propósito de la solemnidad de Pentecostés, cuando la Iglesia es ungida por el Espíritu Santo y transformada en sierva del mundo para anunciar el Evangelio a los pobres, luchar por la liberación de los oprimidos y proclamar que un mundo gobernado por Dios es posible (cf. Lc 4,16-18), a una persona que fue testimonio de esto, Mons. Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado por los escuadrones de la muerte el lunes 24 de marzo de 1980, en el preciso momento cuando consagraba el pan eucarístico – “este es mi cuerpo entregado…” – en la capilla del hospital de la Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador. Ahí selló con su sangre la alianza de amor con su pueblo que hoy lo venera como el beato Mons. Romero, mártir de América. Es beatificado por el papa Francisco este sábado 23 de marzo, víspera del Domingo de Pentecostés.
            Su pueblo era dominado por un régimen militar totalitario desde 1962, con una fuerza opositora reprimida violentamente, arrestos, desaparecidos, allanamientos de moradas. Por otro lado, una Iglesia comprometida con el pueblo, también sufre la persecución, expulsiones y asesinatos de sacerdotes. Represiones violentas a religiosas y laicos comprometidos. No faltaron reacciones de guerrillas izquierdistas que, mucho más grave, seducían a cristianos cansados ante la situación inhumana de miseria y opresión. Sin embargo, Mons. Romero, el 10 de febrero de 1977, al ser designado arzobispo, aclaró que “el gobierno no debe tomar al sacerdote que se pronuncia por la justicia social como un político o elemento subversivo, cuando éste está cumpliendo su misión en la política de bien común”.
            Mons. Romero es querido, seguido y criticado. Muchos, incluso, lo acusan de izquierdista. Pero, le tocó vivir una situación muy difícil. O era indiferente, cuidando su imagen y evitando que lo acusaran de tomar partido por alguna ideología, o, con la convicción de la fe y el compromiso del Evangelio de Jesús, como la Iglesia en Medellín (1968), sin pretender ningún poder ni defender ideología alguna, optar por la opción preferencial por los pobres. Y, con sólo la predicación de la Palabra de Dios, se convierte en profeta de la paz y de los derechos humanos. Tomó muy en serio lo del Vaticano II: “El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo, de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón” (Gaudium et spes 1).
            Mons. Romero nos dejó sus palabras en numerosas homilías y discursos. Quiero sólo referirme a un discurso extraordinario, pronunciado cincuenta días antes de dar testimonio de su auténtica fe cristiana con el martirio, cuando recibió el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, el 2 de febrero de 1980. Le pidieron que hablara sobre la dimensión política de la fe cristiana. Provocador el tema para uno que se presenta ante tan académico público como pastor: “Sencillamente voy a hablarles más bien como pastor, que, juntamente con su pueblo, ha ido aprendiendo la hermosa y dura verdad de que la fe cristiana no nos separa del mundo, sino que nos sumerge en él, de que la Iglesia no es un reducto separado de la ciudad, sino seguidora de aquel Jesús que vivió, trabajó, luchó y murió en medio de la ciudad, en la polis”.
            En el primer punto tratado, una Iglesia al servicio del mundo, simplemente se basa en el Vaticano II: “La esencia de la Iglesia está en su misión de servicio al mundo, en su misión de salvarlo en totalidad, y de salvarlo en la historia, aquí y ahora. La Iglesia está para solidarizarse con las esperanzas y gozos, con las angustias y tristezas de los hombres. La Iglesia es, como Jesús, para evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido (Lumen gentium 8)”. Ante esto, ¿a qué mundo debe servir la Iglesia local de Mons. Romero? Es el punto siguiente, el mundo de los pobres: “El mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros el mundo de los pobres… Y de ese mundo de los pobres decimos que es la clave para comprender la fe cristiana, la actuación de la Iglesia y la dimensión política de esa fe y de esa actuación eclesial. Los pobres son los que nos dicen qué es el mundo y cuál es el servicio eclesial al mundo. Los pobres son los que nos dicen qué es la polis, la ciudad y qué significa para la Iglesia vivir realmente en el mundo”.
            Dando testimonio de su Iglesia arquidiocesana, pasa al fundamento teológico de lo que ha afirmado: “El constatar estas realidades y dejarnos impactar por ellas, lejos de apartarnos de nuestra fe, nos ha remitido al mundo de los pobres como a nuestro verdadero lugar, nos ha movido como primer paso fundamental a encarnarnos en el mundo de los pobres. En él hemos encontrado los rostros concretos de los pobres de que nos habla Puebla. (cfr. 31 -39). Ahí hemos encontrado a los campesinos sin tierra y sin trabajo estable, sin agua ni luz en sus pobres viviendas, sin asistencia médica cuando las madres dan a luz y sin escuelas cuando los niños empiezan a crecer. Ahí nos hemos encontrado con los obreros sin derechos laborales, despedidos de las fábricas cuando los reclaman y a merced de los fríos cálculos de la economía. Ahí nos hemos encontrado con madres y esposas de desaparecidos y presos políticos. Ahí nos hemos encontrado con los habitantes de tugurios, cuya miseria supera toda imaginación y viviendo el insulto permanente de las mansiones cercanas… Este acercamiento al mundo de los pobres es lo que entendemos a la vez como encarnación y como conversión”.
            Estas reflexiones han querido ser el recuerdo agradecido de un cristiano que supo que la eternidad se consigue entregando la vida para que su pueblo la tenga en abundancia. Quizás, este párrafo explique por qué, ante la evidencia de un asesinato anunciado, Mons. Romero no se detuvo ni se escondió: “Esta fe en Dios es lo que explica lo más profundo del misterio cristiano. Para dar vida a los pobres hay que dar de la propia vida y aún la propia vida. La mayor muestra de la fe en un Dios de vida es el testimonio de quien está dispuesto a dar su vida. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por el hermano (Jn 15,13). Y esto es lo que vemos a diario en nuestro país”. Mons. Romero, ruega para que también nosotros podamos ser dóciles al Espíritu Santo que nos convierte en servidores del mundo de los pobres.
            Maracaibo, 24 de mayo de 2015

miércoles, 20 de mayo de 2015

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 23
Un disparo a la Eternidad
 Domingo de la Ascensión del Señor
            A propósito de la fiesta de la Ascensión de Jesús a la casa del Padre, evento que marca la culminación de su ministerio histórico y comienzo de la misión de sus seguidores, me he motivado a reflexionar sobre el sentido de la historia. Buscando apoyo, me encontré con una meditación personal del padre Alberto Hurtado donde afirma que su vida es un disparo a la eternidad. He ahí, pues, el sentido de la historia: la visión trascendente de nuestra existencia o, como lo diría el santo Sacerdote, la visión eterna de la vida.
Este Sacerdote Chileno, canonizado en el 2005 por el Papa Benedicto XVI y proclamado Patrono de la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA) por Mons. Santana, hizo de su historia un camino dinámico de entrega en el amor a Jesús en los pobres, asumiendo grandes compromisos sociales que lo proyectó como un disparo hacia la eternidad. Si su mirada hacia el horizonte de su existencia es la eternidad, la trascendencia de este mundo hacia la Casa del Padre Dios, entonces su peregrinación no pudo ser la pasividad, la instalación, el estar arrojado al mundo en espera del fin.
Como él, en el ejercicio de la libertad, nosotros orientamos nuestra historia. El Evangelio de Jesús es una propuesta que se acoge con libertad, respondiendo a Dios quien nos ama primero. Jesús nos llama a darle un sentido eterno a nuestro peregrinar por el mundo y nos da al Espíritu Santo para dinamizar nuestra existencia hacia la realización de nuestra vocación a ser eterno. En este sentido el padre Hurtado es claro al desafiarnos: “Uno es santo o burgués, según comprenda o no esta visión de eternidad. El burgués es el instalado en el mundo, para quien su vida sólo está aquí. Todo lo mira en función del placer. La vida para él es un limón que hay que exprimir hasta la última gota; una colilla de cigarro que se fuma con fruición, sin pensar que luego quedará reducido a una colilla; un árbol cuyas flores hay que cortar pronto… Burguesa es la mentalidad opuesta en todo al cristianismo: es resolver los problemas con sólo el criterio del tiempo. ¡Aprovecha el día! Goza, goza”.
Por el contrario, estamos llamados a construir el reino que es eterno, mientras existimos en el mundo. De ahí que toda vivencia de valores y virtudes, toda opción libre por el bien en el amor, nos proyecta hacia la eternidad. Para ser eterno, nos enseña Jesús, debemos entregarnos por su causa, asumir la cruz y gozar de su victoria ante la muerte. Aquel que entiende así su historia no le tiene miedo a la aventura de la fe, a la lucha liberadora, a vivir la esperanza en acción y a asumir los sacrificios del conflicto producidos por la ruptura constante de una existencia cómoda, resignada y cobarde. Así es muy difícil ser oprimido u oprimir. Por eso, los regímenes totalitarios suelen justificarse con ideologías materialistas.
Esto no es una idea abstracta de la vida. Hoy podemos reflexionar sobre el sentido eterno de la historia presentando modelos significativos. Hace dos mil años nació un hombre llamado Pablo quien, desde su vida combativa en la fe de Jesús, nos recomienda aún a mantenernos firmes, revestirnos de la verdad y protegernos con la rectitud; estar listos a anunciar y vivir el mensaje de paz; que la fe sea el escudo que nos libre de las flechas encendidas de la maldad (cf. Efesios 6,14ss.). Él ha vivido como ciudadano del cielo (visión eterna de la existencia), por eso tiene autoridad para exigirnos mantenernos firmes en la fe (cf. Filipenses 3, 17-4,1), para luchar contra el mal a fuerza de bien.
La historia recuerda a los tiranos, sus destrucciones, sus maldades, y… también sus derrotas. Pero, aun seguimos a personas cuyas vidas son inmortales. Sus existencias son eternas, así vivieron: un disparo a la eternidad. El sentido eterno que le dieron a su historia sigue activo. Por eso, Francisco de Asís aun sigue generando asombro, convenciéndonos de la posibilidad de un ideal cristiano, de despojarse totalmente para ser libre en la entrega. Están vivas en la memoria de la humanidad personas que no se detuvieron ante las adversidades, sino que siguen construyendo sus sueños porque su existencia es eterna. El Pastor bautista Martín Luther King proyectó su historia sin abandonar su sueño: “He tenido un sueño de que llegará un día en que mis cuatro hijos vivirán en una nación en que no serán juzgados por el color de la piel, sino por el valor de su misma persona”. Igual Gandhi por la liberación y la dignidad de la India fue capaz de grandes sacrificios. Proyectó su existencia convencido del triunfo de la justicia. Oscar Arnulfo Romero sigue predicando contra la tiranía de los dictadores latinoamericanos. La Madre Teresa de Calcuta vive para aliviar el dolor de los pobres, víctimas del pecado de los seres mezquinos que reducen la vida en la ambición del tener, poder y placer.
Personalmente desearíamos acoger con libertad el mensaje del Patrono de la UNICA cuando se preparaba a pasar a la eternidad: “Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el de que se trabaje a crear un clima de verdadero amor y respeto, porque el pobre es Cristo”.
            Maracaibo, 17 de mayo de 2015

jueves, 7 de mayo de 2015

La Madre del Salvador

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 22
6° Domingo de Pascua 
            Aún cuando el mes de mayo es para nosotros largo y caluroso, para los pueblos europeos es primavera, con el esplendor de las flores. Para los cristianos tiene un especial significado, porque lo dedicamos a venerar con gran relevancia a la persona de María de Nazaret, elegida por Dios para ser la Madre del Salvador. Precisamente, es en este mes cuando celebramos, con profundo sentimiento amoroso, el día de las Madres. Existe, pues, suficiente motivo para dedicar esta reflexión a la Madre del Hijo de Dios, quien, en el acto de donación más sublime, nos la entregó como Madre nuestra. Escuché una bella canción que dice que para ser un discípulo amado, como se sentía Juan, debemos acoger a María como Madre, al igual que hizo el mismo Juan al pie de la cruz (cf. Jn 19,25-27).
Por eso, el Concilio Vaticano II la proclama como Madre de Dios y de la Iglesia (Lumen gentium 52-69), asociada al plan de salvación, cuya grandeza sólo se puede contemplar en el misterio de Cristo, el Hijo de Dios encarnado: “El sagrado Concilio, al exponer la doctrina de la Iglesia, en la que el divino Redentor realiza la salvación, intenta iluminar cuidadosamente la misión de la Bienaventurada Virgen en el misterio del Verbo encarnado y del Cuerpo místico, así como los deberes de los redimidos para con la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, especialmente de los creyentes” (Lumen gentium 54).
            También el Magisterio de la Iglesia Latinoamericana habla de la Virgen María como Madre y modelo de la Iglesia (Puebla 282-303). Ella es la realización más alta del Evangelio anunciado a nuestros pueblos: “Desde los orígenes en su aparición y advocación de Guadalupe; María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo con quienes ella nos invita a entrar en comunión. María fue también la voz que impulsó a la unión entre los hombres y los pueblos. Como el de Guadalupe, los otros santuarios marianos del continente son signos del encuentro de la fe de la Iglesia con la historia latinoamericana” (Puebla 282). Lo mismo podemos afirmar de nuestra bella imagen de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, Chinita de Maracaibo, Zuliana de los zulianos, Sagrada Dama del Saladillo. La Basílica nuestra es la casa el encuentro fraterno.
            Igual que la Iglesia, María es como un sacramento de comunión. Nos une a Dios y nos une entre nosotros en la fraternidad y la solidaridad. Ella recibe al Hijo en su vida para darlo a luz a la humanidad de todos los lugares y de todos los tiempos. Es el modelo más auténtico del cristiano. Sí, la amamos profundamente, no hay duda, pero de la manera como la ama Jesús. No podemos adorarla porque no es Dios. Es la humilde humanidad engrandecida por el Señor, porque al mirar a su servidora con amor, la ha hecho feliz en la entrega (cf. Lc 1,46-56). Por eso, no es correcto decir: “Mi corazón es un templo, donde a una Virgen se adora…”. Lo cierto es que nuestra existencia sí es un templo donde habita Dios a quien adoramos al igual que lo adora la Virgen. Ella es el primer templo por quien el Hijo encarnado habita en nosotros. Naturalmente, al habitar Dios en nosotros, también habita la Madre. Y, al adorar a Dios, la amamos a ella.
Así, pues, somos marianos porque seguimos a Jesús. Mariano como lo es Dios. En ella, el Todopoderoso ha hecho grandes cosas con nosotros. Nos ha reconciliado con su misericordia, ha deshecho nuestros planes orgullosos y puesto en alto nuestro servicio humilde. Cuando nos hemos rendido a los ídolos de la riqueza, el poder y el placer, nos ha vaciado, para que tengamos la pureza de María (cf. Lc 1,46-56). Y, libres y limpios, podamos seguirle en el camino hasta el calvario donde Hijo y Madre mueren para salvarnos.
Pienso que el mejor regalo para una madre es que sus hijos se amen entre sí, que se perdonen y se ayuden, que tengan en gran valor a la familia, y que trabajen para compartir. Así, el mejor regalo para la Madre de Dios es hacer lo que Jesús nos pida, como los sirvientes de la boda de Caná de Galilea (cf. Jn 2,1-12), para transformar la sociedad, según los criterios del Evangelio.
            Maracaibo, 10 de mayo de 2015