viernes, 9 de febrero de 2018

XII SEMANA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

XII SEMANA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
Del domingo 25 de febrero al viernes 2 de marzo 2018
El Hambre y las Nuevas Pobrezas en Venezuela
A los 50 años de la Conferencia de Medellín (1968)
PROGRAMA
Domingo 25 11:00 am. Eucaristía Inaugural en el Templo Parroquial San Antonio María Claret. Presidida por Mons. Ubaldo Santana, Arzobispo de Maracaibo. Concelebrada por el Pbro. Eduardo Ortigoza, Rector de la UNICA.
Domingo 25 11:00 am. Eucaristía Inaugural en la Iglesia Catedral de Cabimas. Presidida por Mons. Ángel Caraballo, Administrador Apostólico de Cabimas y Obispo Auxiliar de Maracaibo.
Lunes 26 9:00 am. Conferencia Central sobre la Significación Histórica de la Conferencia de Medellín y la Iglesia de los Pobres, dictada por Mons. Ubaldo Santana. En la sede principal de la Universidad católica Cecilio Acosta (UNICA).
Lunes 26 5:00 pm. Conferencia Central sobre la Significación Histórica de la Conferencia de Medellín y la Iglesia de los Pobres, dictada por Mons. Ubaldo Santana. En el Templo Parroquial San Antonio María Claret.
Martes 27 5:00 pm. Conferencia sobre el hambre en Venezuela, Informe presentado por Cáritas de Venezuela a la ONU, dictada por la Sociólogo Janeth Márquez, Directora de Cáritas de Venezuela. En el Templo Parroquial San Antonio María Claret.
Miércoles 28 5:00 pm. Conferencia-Testimonio: El Hambre y la Solidaridad Cristiana, la Mesa de la Misericordia de la Parroquia San Antonio María Claret. Dictada por la Ing. María Alejandra Fernández de García, Laica Activista Social. Templo Parroquial San Antonio María Claret.
Miércoles 28 6:30 pm. Conferencia sobre la Significación Histórica de la Conferencia de Medellín y la Iglesia de los Pobres, dictada por el Pbro. Andrés Bravo. En el Seminario El Buen Pastor de la Diócesis de Cabimas.
Jueves 1 5:00 pm. Conferencia sobre la Pobreza en Venezuela: Una Mirada desde el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). Dictada por el Profesor Elvy Monzant, Secretario Ejecutivo del Departamento de Justicia y Solidaridad del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y Docente de la UNICA. En el Templo Parroquial San Antonio María Claret.
Viernes 2 5:00 pm. Conferencia Nuevas Pobrezas y Nuevas Solidaridades. Dictada por el Dr. Guillermo Yepes Boscán, Coordinador del Foro Eclesial de Laicos. Templo Parroquial San Antonio María Claret.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Mamá, hasta la eternidad

José Andrés Bravo Henríquez
Hijo de J.J. Bravo Ríos y Eliana de Bravo Ríos
               El sonido suave de mi celular jamás me había sobresaltado y menos la voz de mi hermano con quien es habitual la comunicación. Pero esta vez sí, mi hermano me dio la noticia directa de que mi mamá acababa de fallecer. Mi cuerpo tembló y mi alma se encogió sintiendo que algo se desprendió de mi existencia. Sí, esto es precisamente lo que sucedía en ese momento, alguien muy amado fue arrancado de mí y de mi familia. Muchos me podrían decir que debí estar preparado porque este hecho se acercaba inevitablemente sin poderlo detener.
Dos meses más y cumpliría noventa y cinco años, cerca del siglo de existencia. Yo mismo llegué a pensar que ya no pertenecía a este mundo, poco entendible en una persona que siempre leía la prensa y, sobre todo, los artículos de opinión, los análisis socio-políticos y el ritmo de la historia. Pero los años le indicaban que no era capaz de comprender más por mucho que lo deseaba. Lectora de importantes libros literarios, ya sólo atinaba a acariciarlos. Los rezos mañaneros y los de la hora de la misericordia se le hacían cada vez más difícil. Todavía gozaba de vernos juntos y reunidos alrededor de ella, pero protestaba porque hablábamos alto o todos a la vez. Su presencia fue consciente hasta su último segundo. Nunca me preparé, me llegó golpeando mi alma y lloré como jamás lo había hecho. Fue un llanto consolador, no pude ni quise ocultar mi profunda tristeza, mamá ha partido a la eternidad a encontrarse con su amado esposo después de cincuenta y seis años que él se fue al cielo, con sólo 49 años. Hoy unidos en la casa de Dios Padre, ni la muerte pudo separarlos.
          Una semana antes se acostó en su cama, ya no caminó más, ya no podía comer ni hablar bien, como quien se entrega entera para que le hagamos todo. Hacía solo dos días que estuve con ella, siempre consciente, bendiciendo a sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y a todos los que se acercaban. Le pedí al párroco de mi pueblo que le administrara los últimos sacramentos como generosamente lo hizo. Recibió de él la comunión y le beso las manos porque así acostumbraba bendecir ella. La mañana del día siguiente la visitó un hermano sacerdote con un grupo de laicos de su parroquia. Oraron y cantaron por y con ella y, como siempre, ella les agradecía bendiciéndolos, besándoles las manos. Por la tarde, sus hijas y nietas estaban con ella rezando el rosario hasta que se quedó dormida hasta la eternidad, donde nos espera. Sin dolor ni agonía, se durmió en el Señor.
Mientras que yo celebraba la Eucaristía en una capilla de la ciudad, ofreciendo su vida en el cáliz y la patena de las sagradas ofrendas, que consagraba para el milagro de hacer presente al Salvador con su cuerpo entregado y su sangre derramada por nuestros pecados. Cuando recibí la noticia, ya el Señor estaba en mí para fortalecerme con su gracia. Por eso, aunque mi tristeza es muy profunda, la fe y la esperanza son aún mayores. Mentalmente me dirigí al Señor, a ese Jesús de la Misericordia que tanto amaba mi mamá, para decirle que así como él lloró ante la tumba de su mejor amigo, comprenda mis lágrimas y mi tristeza. Nada hay más consolador que sentir que mi Dios experimentó también estos sentimientos humanos. Él estaba a mi lado, se lo aseguro, así como lo estará con mi mamá por siempre.
          No sé como contarles el momento de cuando llegué a mi casa y la vi vestida de socia de la Virgen del Carmen. Pero, otra gracia del Dios misericordioso me arropaba. Las innumerables expresiones de solidaridad y generosidad de familiares y amigos. Los que no estaban presentes, se acercaron por todos los medios que hoy disponemos. Bellas palabras y presencias de muchos, incluso con el sacrificio de trasladarse hasta mi pueblo. Muchas oraciones. Muy pocos momentos sin oración. Un rosario tras otro. Mientras sus nietos se encargaron de todas las dirigencias pertinentes. ¡Dios!, cómo ayuda la cercanía de mi familia, de mis amigos, de mis hermanos sacerdotes y de mis pastores, el Arzobispo de Maracaibo que presidió la Eucaristía. Como si fuera el mismo Señor quien me consolaba, así sentí la cercanía de mis amigos y hermanos que viven en otros lugares del país y del mundo. Sólo me sale de lo más íntimo de mí ser un gran agradecimiento por ser tan generosos. Incluso, llegué a soñar que una buena señora que partió al cielo poco tiempo antes, con quien compartí mucho por ser muy cercano a sus hijos e hijas, apóstoles juveniles, me abrazaba para consolarme con palabras sencillas, llenas de amor sincero.
          La Eucaristía celebrada en el templo del pueblo fue para mí y mi familia muy consoladora, nos llenó de paz. La sepultamos con su amado esposo, mi papá. Ahí la dejamos, a los dos unidos como siempre, así como lo están verdaderamente en comunión con la Trinidad Santísima. Mi mamá ha trascendido la historia y está ahora en la eternidad. El Dios bendito nos siga ayudando a no sufrir su ausencia, tenerla siempre y sentir que bendice la cena de la noche de Navidad y de Año Nuevo. Besándonos y abrazándonos mientras nos bendice a cada uno. Así como ella hizo que nunca mi papá estuviera ausente de casa, a pesar que se adelantó muy temprano a su partida al cielo, así nosotros lograremos que los dos sigan estando con nosotros, que la casa jamás esté vacía.
          Gracias, mamá, por tu existencia entregada con amor a nosotros. Por tanto sacrificio, por tanto trabajo, por tantas angustias que viviste por nosotros. Hiciste un buen trabajo, nos ayudaste a estudiar y a hacer nuestras tareas escolares, nos cuidaste con esmero y con dedicación extrema, nos mantuviste unidos y solidarios entre nosotros, nos acompañaste en las malas y en las buenas, te alegraste con nuestra alegría y lloraste con nuestra tristeza, acogiste a  los demás y nos enseñaste a ser amigos de verdad, quisiste a nuestros amigos y nos advertiste de los que no nos convenían. Eras sabia, mamá. Estaremos tranquilos de saber que, como muchas veces dijiste que eres la más feliz, de saberte en comunión con Dios, gozando del banquete eterno de su amor. Espéranos ahí. Hasta la eternidad, mamá. Te amamos cada vez más.
Maracaibo, 16 de diciembre de 2017
Natalicio de mi Mamá (16/12/1922)

viernes, 29 de septiembre de 2017

Mente abierta, Corazón creyente

Mente abierta, Corazón creyente
En homenaje a mis hermanos Sacerdotes de la Arquidiócesis de Maracaibo
Pbro. Mg. José Andrés Bravo Henríquez
Director del Centro Arquidiocesano de Estudios de Doctrina Social de la Iglesia
Arquidiócesis de Maracaibo
Universidad Católica Cecilio Acosta
          Quiero compartir, algunas notas de mi lectura del libro del cardenal jesuita Jorge Mario Bergoglio, el mismo que apareció en el balcón del Vaticano elegido papa Francisco pidiendo la bendición al pueblo que lo esperaba en la plaza san Pedro, el día 13 de marzo de 2013. Es mi segunda lectura más pausada del libro en cuestión, titulado “Mente abierta, Corazón creyente”, publicado en Buenos Aires por la editorial Claretiana el mismo año de su elección como obispo de Roma. Esto me permite hacer una especie de glosario, buscando motivar su agradable lectura.
El prólogo lo escribe el Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina), Mons. José María Arancedo, quien destaca el aspecto testimonial del libro:
“Hablaría de la transmisión de una experiencia de varios años que surge de la vida y tarea de un sacerdote, formador y pastor… Es de marcar la preocupación que manifiesta al presentar la vida cristiana como una realidad orientada a mejorar la vida en sus relaciones con Dios, el mundo y los hombres… Lo bíblico, en especial las enseñanzas de Jesús, aparecen como algo muy cercano a lo humano, como algo, diría, que le pertenece al hombre y que tal vez lo estaba esperando” (pp. 5-6).
El título es una lección completa de una vida de fe auténtica porque es difícil entender a una persona de corazón creyente con una mente cerrada, vuelta a sí misma, sin posibilidad de un encuentro sincero con el mundo y su multiformes dimensiones, con las demás personas que les exige respeto y amor, y con el Absoluto que le ha creado y lo atrae para la comunión y la libertad. Es lo que ha insistido desde que fue elegido papa, salir. Esto de la salida que identifica la actualidad de la misión de la Iglesia, es lo que llama el mismo Bergoglio la cultura del encuentro.
La obra se constituye en diversos escritos, reflexiones de ejercicios espirituales, especialmente dirigidos a los sacerdotes y a los que están formándose para su pronta ordenación. Excelentes, sabias y, a la vez, sencillas, meditaciones agrupadas en cuatro partes.
En la primera parte, sobre “los diálogos de Jesús”, a la que sólo le dedicaré este espacio, fundamenta sus pensamientos en los diferentes relatos que aparecen testimoniados en el Evangelio. Porque, para nuestro autor, “el gozo apostólico se alimenta en la contemplación de Jesucristo: cómo andaba, cómo predicaba, cómo curaba, cómo miraba… Cómo habla Jesús con quienes le quieren imponer condiciones, cómo con quienes pretenden tenderle trampa, cómo con aquellos que tienen el corazón abierto a la esperanza de la salvación” (p. 13).
Los clasifica de diálogos condicionados, diálogos tramposos, diálogos leales: “Cuando alguien se acerca así, el corazón de Cristo se llena de gozo (Lc 10,21)” (p. 14). Así de sencillo y profundo, es su invitación a acercarnos a Jesús para aprender a vivir la verdadera historia que nos conduce a la comunión universal. Aquí no podemos dejar de referirnos a su primera exhortación apostólica como pastor universal, Evangelii gaudium (EG): “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (EG 3). Es como si el mismo papa estuviera interpretando sus meditaciones de cuando era Arzobispo de Buenos Aires.
Al inicio de su primera meditación, dirigida directamente a los sacerdotes, hace la advertencia del peligro de convertirnos en funcionarios religiosos: “Entonces el sacerdocio deja de ser el puente, el pontífice, para terminar siendo una función a cumplir. Deja de ser mediador para convertirse en intermediario” (p.15). Para reflexionar sobre lo dicho, nos propone contemplar el misterio de la presentación de Jesús en el Templo: “El Señor sale al encuentro de su pueblo” (p. 15).
Este encuentro es, por sí mismo, gozo y es vivido como misión, como consolación, como armonía amorosa, como libertad, porque es signo de la presencia de Cristo. Pero, “el grado fundamental del gozo es, pues, esa paz honda, esa imperturbabilidad en el Espíritu que permanece aun en los momentos más dolorosos de cruz” (p. 18). El gozo del Espíritu nos hace felices, la tristeza de Satanás “endurece el corazón y nos lo amarga” (p. 19). Ciertamente, ninguno puede transmitir felicidad viviendo amargado. Sin embargo, ahí está el Señor que quiere acercarse a nosotros y ser nuestro amigo y hermano. Él es el gozo de vivir en el amor donde el sacrificio de la cruz es vencido por la resurrección.
“Porque el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Y la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe (1Jn 5,4)” (p. 26). Así nos introduce al tema de la fe. Para el autor, nuestra fe cristiana es revolucionaria: “Es una fe combativa, pero no con la combatividad de cualquier escaramuza, sino con la de un proyecto discernido bajo la guía del Espíritu para un mayor servicio a la Iglesia. Y, por otro lado, el potencial liberador le viene de su contacto con lo santo: es hierofánica” (p. 27).
Esta fe tiene sus tentaciones, entre otras, la conciencia de derrota, es el enemigo que siembra pesimismo: “Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo… El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria” (p. 27). Es la humildad el arma más poderosa para triunfar. El combate de la fe se libra con los humildes y sencillos. Habla de la gente que continuamente nos encontramos en nuestras comunidades y que son las que mejor reciben el mensaje cristiano. Son los rostros sufrientes de Cristo y los dispuestos al sacrificio.
“Otra tentación es querer separar antes de tiempo el trigo y la cizaña. Hay una experiencia privilegiada del sacerdote: es la confesión. Allí vemos muchas miserias, pero allí está también lo mejor del corazón humano que es el hombre arrepentido” (p.28). Yo creo que Dios no llama a santos, sino que nos llama a ser santos. Es al ser humano, con sus miserias y riquezas, con sus debilidades y fortalezas, a quien llama el Señor a la santidad: “La santidad no es una colección de virtudes: esta concepción entomológica de la santidad nos hace mucho daño y ahoga nuestro corazón y – a la larga – nos plasma en fariseos. La santidad es caminar en la presencia de Dios y ser perfecto, la santidad es vivir encontrándose con Jesucristo” (p. 15). Mientras estamos de camino, necesitamos la misericordia de Dios. Es decir, que Dios sane nuestras miserias. No podemos exigir perfección a quienes están en camino, viviendo su vocación.
“Otra tentación es privilegiar los valores del cerebro sobre los valores del corazón. No es así. Solamente el corazón une e integra. El entendimiento sin el sentir piadoso tiende a dividir. El corazón une la idea con la realidad, el tiempo con el espacio, la vida con la muerte y con la eternidad” (pp. 28-29). La tentación del puro racionalismo, es la que desubica los sentimientos. No creo que  Bergoglio pretenda enseñarnos un sentimentalismo desencarnado, pero si nos quiere prevenir de un racionalismo despiadado, porque así nos convertiremos en “intelectuales ignorantes” (p. 29). Diría yo, prepotentes, creyéndonos saberlo todo nos damos el derecho de exigirlo todo.
“Más bien la misión de nuestra mente es descubrir las semillas del Verbo dentro de la humanidad” (p. 29). Ciertamente, con sólo el entendimiento nos sería difícil reconocer al Salvador del mundo en un niño acostado en un pesebre o en un condenado crucificado. Así como nos es difícil también, adorar a Jesús realmente presente en las humildes especies del pan y el vino consagrados en la Eucaristía. De la misma manera tampoco comprenderíamos que amando y sirviendo al pobre es amar y servir al propio Señor. Es claro, concluyo yo, para obtener una mente abierta, necesitamos un corazón creyente y viceversa.
La fe es un don que debemos pedírselo a quien lo tiene y lo da, a Dios. Aquí resalta la importancia de la oración de petición, o del pedigüeño, como al autor le gusta decir: “Dios nos guarde de no ser pedigüeños con él y con sus santos. Negar que la oración de petición sea superior a las otras oraciones, es la soberbia más refinada. Sólo cuando somos pedigüeños nos reconocemos creaturas” (p. 29).
Esto último nos ayuda a entrar en la siguiente meditación sobre nuestra vocación. Aquí se observa que sus interlocutores son unos seminaristas que se preparan a recibir pronto su ordenación sacerdotal. Comienza con dos preguntas, pero, a mi juicio, una es la esencial: “¿En qué está fundada mi vocación?” (p. 35). Creo que esto, como dije, es esencial para nosotros los sacerdotes, pero también lo es para todos los que hemos optados por el seguimiento de Jesús, me refiero que los laicos no pueden dejar de cuestionarse sobre el fundamento de su propia vocación.
Para eso nos refiere al Evangelio (Mt 7,22-27), donde nos dice que si nuestra casa (vida) está construida sobre arena (nuestras debilidades o, “indigencias” p. 36) se destruirá. Pero, si la construimos sobre roca fuerte y firme (la persona y la doctrina de Jesús que nos revela al Padre amante y, con Él, nos dona al Espíritu Santo de amor) entonces nuestra existencia avanza hacia una historia constructiva de bondad y misericordia capaz de transformar el mundo y alcanzar la eternidad.
El autor de este extraordinario libro no nos presenta puras ideas, esto es existencial, lo vivieron, como él mismo lo señala, personas que fueron llamadas a asociarse al plan de salvación y respondieron, no sin antes expresar que sus posibilidades humanas para cumplir la misión encomendada son muy deficientes: Moisés responde que quién es él para presentarse al Faraón y al pueblo hebreo, para emprender el movimiento liberador. Jeremías, llamado a ser profeta en medio del conflicto, se reconoce incapaz de tal misión porque  es impuro. Así todos reconocen que sus vidas (sus casas) han estado edificadas sobre arena.
Pero, quien nos llama a una misión es Aquel que nos da la fuerza necesaria para cumplirla: “Es la resistencia inicial, el no poder comprender la magnitud del llamado, el miedo a la misión. Esta señal es de buen espíritu, sobre todo si no se queda allí y permite que la fuerza del Señor se exprese sobre esa debilidad y le dé consistencia, la funde: Yo estaré contigo” (p.36).
Yo quiero hacer notar que en toda la historia de la salvación, el Señor prefiere llamar a los jóvenes y a los pobres. Esa siempre serán las excusas: soy muy joven, soy muy pobre. Pero así le ha parecido mejor. En la pobreza y juventud de los llamados, el Señor ejerce su poder de amor a la humanidad. Así también ha querido revelarse en Cristo Jesús, joven y pobre, ese es Dios-con-nosotros, que no hizo alarde de ser divino. En definitiva… “sólo nos queda permitir que el Señor nos hable y ubique en su real dimensión nuestro miedo, nuestra pusilanimidad, nuestro egoísmo” (p. 37).
La fortaleza nos lo da Jesús con su Espíritu y, con él nos fortalece para la vida de comunión (la Iglesia) y así podamos cumplir su misión. Porque debemos tener conciencia clara de que nuestra misión no es nuestra, la que nosotros nos inventamos, es la del Señor que nos llama para servirle en la construcción de su reino:
“Nuestra misión, la que nos da miedo, y nos lleva a pronunciar excusas como la de los elegidos en la Escritura, es evangelizar, pastorear al pueblo fiel de Dios. Y esta misión nos funda en nuestra vocación… Jesús, al llamarnos a ella, nos funda en lo más hondo de nuestro corazón: nos funda como pastores, que es nuestra identidad. En nuestra visita a los enfermos, en la administración de los sacramentos, en nuestra enseñanza del catecismo, en toda nuestra actividad sacerdotal estaremos también colaborando con Cristo fundando corazones cristianos, y – a la vez – por ese camino-trabajo que hacemos, el Señor funda y arraiga nuestro corazón en el suyo” (p. 39).
Es muy importante sentir la Iglesia, como lo hacen los primeros Padres y Teólogos para quienes la Iglesia no es un objeto de estudio, sino el misterio donde viven la fe, el espacio natural de comunión, de misión, de seguimiento de Jesús. Por eso, el cardenal Bergoglio comienza su siguiente meditación con la bella afirmación de que “Jesús funda la Iglesia, y a nosotros nos funda en la Iglesia” (p. 43). La imagen que prefiere de la Iglesia la hace en relación con María, la nazarena elegida para la misión de ser Madre de Dios: “El misterio de la Iglesia va muy unido al misterio de María, la Madre de Dios y la Madre de la Iglesia. María nos engendra y nos cuida. La Iglesia también. María nos hace crecer, la Iglesia también. Y a la hora de la muerte el sacerdote nos despide en nombre de la Iglesia para dejarnos en los brazos de María” (p. 43).
Sí, la Iglesia es la esposa del Señor. Si del cuerpo puro y limpio de la virgen nazarena viene a nosotros el Hijo de Dios, del cuerpo de nuestra santa madre la Iglesia nacemos los hijos de Dios. Así concluye nuestro autor esta bella meditación:
“Quise hablar en esta meditación del amor a la santa madre Iglesia hierarchica, y hemos desembocado en nuestra propia responsabilidad de ser hijos de la Iglesia y – a la vez – hacer Iglesia. Nuestro amor a la Iglesia debe llevarnos a expresarla ante el mundo en su santidad, en su cálida fecundidad y en su disciplina que es ser toda de Cristo y, como dice el Concilio, la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans. Que nuestra Señora, la Virgen Madre, nos obtenga del Señor la gracia de un amor santo, fecundo y disciplinado a la Iglesia” (pp. 48-49).
A mi juicio, una de las más graves tentaciones de la vida cristiana en general y de la vida sacerdotal en particular, es el de olvidar sentirnos Iglesia y vivir una fe individualista, para darle prioridad a nuestros proyectos personales, para nuestros intereses propios. Es lo que llaman, “cristianos a mi manera”, o la equivocada opción del “Cristo sí, la Iglesia no”. Lo más lamentable es que existan sacerdotes que no lo expresan con palabras pero lo manifiestan con sus obras. Muchas veces, al margen de lo que es la Iglesia, se dejan seducir por ideologías o idolatrías, justificando sus conductas por las debilidades de la institucionalidad de la misma Iglesia. Algo así como, cuando la Iglesia es santa yo soy santo. Pero, cuando la Iglesia es pecadora, yo me paso del lado de sus jueces y verdugos. Por eso, el hoy papa Francisco une su voz a la del papa Pablo VI para aclarar esta cuestión (escribo en cursiva el texto de Evangelii nuntiandi con su sigla EN de Pablo VI):
“Nuestra adhesión al reino no puede quedarse en algo abstracto y desencarnado, sino que se revela concretamente por medio de una entrada visible en una comunidad de fieles… la Iglesia sacramento visible de la salvación (EN 23); signo visible del encuentro con Dios, comunión que a su vez se expresa mediante la participación en esos otros signos de Cristo viviente y operante en la Iglesia que son los sacramentos (EN 28).
Nuestra adhesión al reino, pues, ha de adentrarse en el costado de Cristo dormido en la cruz, de donde nace su esposa, madre fecunda de un cuerpo disciplinado al que alimenta con los sacramentos. Existe, por tanto, un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización. Mientras dure este tiempo de la Iglesia, es ella la que tiene a su cargo la tarea de evangelizar. Una tarea que no se cumple sin ella, ni mucho menos contra ella (EN 16). Es una dicotomía absurda pretender amar a Cristo pero sin la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia (EN 16)” (pp. 47-48).
Para comprender todo lo anterior, es valiosa la siguiente meditación que dicta bajo el título de “la cruz y la misión”. La verdad es que nada hay de cristiano que no tenga su sentido en la cruz de Cristo. En ella se funda. También la misión es fruto del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. En el caso de la misión evangelizadora a la que estamos llamados, que identifica a la Iglesia y la edifica, parte de la entrega amorosa en el sacrificio de la cruz. Es ahí, en el amor extremo de entrega de la vida, donde el Hijo amado y donado revela al Padre amante y hace pleno el plan de salvación: “La misión nos pone en el mismo lugar que Cristo Jesús, en la cruz” (p. 54). Es ahí donde anunciamos con eficacia la buena noticia de la salvación.
“El apóstol es un muerto por Cristo (Rom 6,3.4,8) cualificado. No se pertenece: está sepultado con Él (Col 2,12)… La cruz, entonces, adquiere una dimensión de testimonio y, a la vez, es el lugar a donde somos conducidos cuando nuestro testimonio es auténtico” (p. 55). Yo añado simplemente que el evangelizador está entregado en el amor con Cristo en la cruz porque sólo amando, hasta entregarnos totalmente, nuestro anuncio del Evangelio es escuchado y creído. Como lo señala el sólo título de aquel opúsculo del gran teólogo Hans Urs von Balthasar (1905-1988), “sólo el amor es digno de fe”.
Bergoglio menciona dos actitudes como signo de que se ha asumido la misión en la cruz: “el coraje y la constancia apostólicos” (p. 55). Lo contrario son los dos graves defectos que debemos superar: “la presunción y el mal temor” (p. 55):
“Para abrazar la cruz hace falta coraje y para permanecer en ella es necesaria la constancia. Hay cristianos fuertes en emprender obras apostólicas pero, en la dificultad, desfallecen: no saben de paciencia. Padecer con Cristo y por Él será, en definitiva, lo que acrisola al coraje. De ahí que estas dos virtudes – paciencia y coraje – sean eminentemente apostólicas. Ambas se gestan en la cruz y son un índice de que se ha asumido la misión con la formalitas Christi” (p. 56).
Sí, todo tiene su fuente y culmen en la cruz de Cristo, que es igual a decir que esta fuente y este culmen es el amor de la extrema entrega de la existencia cristiana: “Nadie tiene amor más grande de que el que da la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando” (Jn 15,13-14). Esto lo dice Jesús después de que nos ha mandado a cumplir su ley: “Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado” (Jn 15,12). Así es nuestra amistad con Jesús y, por tanto, nuestra identidad como cristianos, amar tal como Él lo hace, hasta la muerte en cruz.
También, “nuestra pertenencia a la Iglesia adquiere su consistencia fundamental allí donde nace la Iglesia: en la cruz… Allí nuestra pertenencia es filial porque nos hacemos hijos en el Hijo. Y allí, de pie, participando del despojo, está la Madre que nos da a luz en esa filiación. Lo mismo sucede cuando queremos fundar nuestro corazón en una renovada pertenencia a la Iglesia. Y porque la Iglesia nace y tiene su fundamento en la cruz, toda fundación participará también de ella. En todo cimiento eclesial hay una cruz. La hora del nacimiento de la Iglesia coincide con la hora de la vigilia de la muerte” (p. 58).
Concluye la meditación con un imperativo: a la cruz se la abraza o se la rechaza: “Si optamos por rechazarla, nuestra vida quedará en nuestras manos, enjaulada en los momentos mezquinos de nuestro horizonte. Si la abrazamos, en esa misma decisión perdemos la vida, la dejamos en manos de Dios, en el tiempo de Dios, y sólo nos será devuelta de otra manera” (p. 65).
Las tres siguientes meditaciones tratan del pecado. El pecado es iniquidad, es maldad, es contrario a la bondad y rompe la comunión con Dios y con los hermanos. Es como las tinieblas, que impiden la conversión. Pero siempre hay una luz que brilla en las tinieblas y nos permite la conversión que transforma nuestras vidas. Esa luz es Jesús salvador, el Dios de bondad y misericordia que rompe las tinieblas del pecado. Sólo así podemos conocer a Dios. En fin, “Jesús exhorta a caminar en la luz mientras hay tiempo, para no tropezar” (p. 67).
Esto es explicado de esta manera: “En la meditación del pecado consideramos la contradicción fundamental de nuestra vida: la oposición entre el plan de Dios, que nos funda, nos integra en su Iglesia, y el pecado como fundamento desintegrador de nuestra pertenencia al Señor y a nuestra santa madre la Iglesia jerárquica” (p. 69). Simple, el pecado es ruptura de la comunión. Aquí vale las enseñanzas luminosas del documento de Puebla: “Roto así por el pecado el eje primordial que sujeta al hombre al dominio amoroso del Padre, brotaron todas las esclavitudes” (Puebla 186), porque se desintegró la comunión y “el hombre se desgarró interiormente. Entrando en el mundo el mal, la muerte y la violencia, el odio y el miedo. Se destruyó la convivencia fraterna” (Puebla 185).
Una de las consecuencias más peligrosas del pecado es la pérdida de la esperanza, es decir,
“la desesperanza de un pueblo que, en el desierto, dice No a la esperanza del Dios vivo y por eso prefiere adorar a un ídolo (Ex 32,7-10; 32,15-24); que dice No a la esperanza del proyecto de salvación y prefiere gustar, en la añoranza, los ajos y las cebollas de la esclavitud (Ex 16,1-3); que dice No a la conducción, refugiándose en el fácil anarquismo de la murmuración (Ex 16,6-8; 17,1-7). Un pueblo que no quiere la prueba, la dificultad. En esta tentación lo que está en juego es que el don de Dios es un regalo, pero el don de Dios se conquista” (p. 71).
Pues, la desesperanza desintegra la familia, la impaciencia desintegra la confianza, la desesperanza desintegra la fraternidad y la constante conducción apostólica, termina diciendo el predicador.
Somos tentados continuamente a abandonar el camino hacia la salvación. Siempre es una lucha constante para no dejar tirada la bandera y desertar de nuestra misión. El cardenal nos advierte que “la tentación es también una prueba de la condición humana” (p. 79). Para comprenderlo nos cuenta la experiencia de Jesús:
“Jesús experimentó la prueba en su vida. Comienza en el desierto (Mt 4,1-11) y seguirá porque en ese entonces el demonio se alejó de Él, hasta el momento oportuno (Lc 4,13). Jesús sufre la prueba hasta la agonía: Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: Padre, líbrame de esta hora? ¡Si para eso he llagado a esta hora! (Jn 12,27; cf. Lc 22,40-46). Jesús experimenta la prueba en sus parientes (Mc 3,33), en Pedro, a quien no duda en llamar Satanás (Mc 8,33), en la perspectiva de un mesianismo temporal (Jn 6,15)” (pp. 79-80).
También “la Iglesia ha de seguir en mismo camino de Cristo (Mc 10,38)” (p. 80). Y en particular, cada uno de los cristianos sufrimos las pruebas y, en ellas, somos probados en la fidelidad. Porque “el meollo de la tentación está en la fidelidad-infidelidad. Dios nuestro Señor quiere una fidelidad que se renueve con cada prueba” (p. 80).
De ahí, el autor predicador, salta a la siguiente meditación para indicarnos las actitudes desesperadas. No sólo debemos pedir la esperanza que es una virtud del Espíritu Santo, sino que, además, debemos disponer la existencia para recibirla correctamente. Ojo, “esta esperanza es distinta del optimismo” (p. 82):
“La esperanza es cierta, nos la da el Padre de toda Verdad. Discierne lo bueno y lo malo. No rinde culto a lo óptimo (no cae en el optimismo) ni se cree segura en lo pésimo (no es pesimista). Porque la esperanza discierne entre el bien y el mal, es combativa; y combate sin ansiedad ni obcecación, con firmeza de quien sabe que corre a una meta segura, como esperanzadamente lo dice el autor bíblico: despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta (Heb 12,1). Precisamente una esperanza combativa es la propuesta” (p. 82).
A ver si podemos entender lo que menciona como actitudes desesperadas que las reúne en un solo pequeño texto: “Estas actitudes desesperadas siguen los mismos escalones del anti-Reino: comienzan por ser poco pobres, siguen vanas y terminan empachadas de soberbia” (p. 82). La primera es, pues, “comenzar por ser poco pobres”. Es decir, a resistir a sufrir, optando por la “riqueza” del no-sufrir: “No dejamos margen al misterio de una libertad y de la gracia, el misterio que nos torna dóciles y que nos unge en pobres” (p. 83). Así nos va explicando de “una riqueza herrumbrosa”, de sola crítica. La opción de “la riqueza de lo negativo”.
“Estos indicios de nuestro apego a la riqueza sería bueno que los sometiéramos a la oración, y que el Señor quiera despojarnos de estas actitudes que son ricas en cuanto desesperanzadas, y que nos recuerde que la esperanzas del Reino tiene dolor de parto” (p. 83). Yo pienso que nos pide despojarnos de actitudes que desesperan como la excesiva crítica, el ver todo negativo y no aceptar que, a pesar de nuestra actitud negativita, hay un Reino por nacer pero necesita que se asuma el “dolor de parto”, el sacrificio.
Por eso, señala la siguiente actitud desesperanzada que menciona como “siguen vanas”. La vanidad: “Son muchas las vanidades que se nos filtran, pero la vanagloria más común, entre nosotros, es la del derrotismo. Y es vanagloria porque se prefiere ser general de los ejércitos derrotados a simple soldados de un escuadrón que, aunque diezmado, sigue luchando” (p. 83). Dice que pensamos en planes gloriosos como una especie de megalómano que termina siendo simples vanidades, “y toda vanidad frustra” (p.84).
“…Y terminan empachadas de soberbia…” La soberbia es la actitud desesperanzada que “deprecia los medios humildes del Evangelio” (p. 84). Es este un tema por enfrentar con toda sinceridad porque es una de las más peligrosas actitudes del sacerdote porque son muchas y valiosas las oportunidades que nuestra sociedad nos presenta como para sentirnos superiores o buscar la competencia entre nosotros, a ver quién es el mejor o hasta que altura puedo llegar. Así el actuar con disimulo, con adulación, con extremada prudencia (cuidando nuestra apariencia) y evitar el compromiso que pueda manchar nuestra imagen. Dejamos de ser lo que la naturaleza de nuestra vocación es, para vivir deslumbrados por las grandezas que el mundo nos ofrece y que, al final, nos convierten en miserables traicioneros del Señor y de su Iglesia. Será mejor leer el texto:
“Es la soberbia la que nos lleva a claudicar de nuestra conducción pastoral, manejando mal los conflictos: o dando un rodeo para no ensuciarnos las manos como el levita y el sacerdote de la parábola de Lucas, o enredándonos en ellos buscando un triunfo personal sectario, o simplemente jugando como árbitros de la historia, ignorándolos, y llevando todo por el camino de un irenismo donde todos los valores son iguales, donde simplemente se busca una pluralidad de convivencia, a costa de la verdad y la justicia. Nuestra vocación evangelizadora nos pide cultivar la humildad de sentirnos mayordomos, pero no amos; y esta humildad se alimenta asumiendo el oprobio y el menosprecio de la cruz de Cristo en el trabajo cotidiano, en el deshilache de nuestra vida al servicio de Jesucristo que nos precede en el camino” (p. 84).
          Esta primera parte del libro objeto de mi lectura, culmina con una muy interesante meditación titulada “La Memoria”. ¿A qué se refiere? Simplemente, “memoria de nuestro camino personal, memoria del modo cómo nos buscó el Señor, memoria de mi familia, memoria del pueblo” (p. 87). Me limito a subrayar las ideas principales que el autor cardenal nos quiere enseñar.
          Nos invita, en primer lugar, a hacer memoria de la obra amorosa de Dios: creación, redención y los dones particulares que recibimos por su gracia, porque así podemos responderle, además de nuestro agradecimiento, con el amor. Haciendo memoria de su acción histórica en nosotros, aprendemos amar. Significa interpretar estas acciones “a la luz de la conciencia presente” (p. 87). Esta memoria, ciertamente, “nos fortalece el corazón” (p. 87).
          Nos enseña que los pueblos son “como María, guardan las cosas en su corazón” (p. 88), por eso la memoria de los pueblo es cuestión del corazón. Pero, además, “la memoria es una potencia unitiva e integradora” (p. 88), nos hace familia y pueblo: “una familia y un pueblo que se recuerdan son una familia y un pueblo de porvenir” (p. 88). En este sentido, “la humanidad entera tiene su memoria común” (p. 88).
          Sin memoria histórica no podemos vivir como personas individuales ni como pueblo. Conocer de dónde venimos, cuál es la fuente de nuestra existencia; cuál y cómo es el camino que hemos recorrido, quién nos guía y hacia dónde nos lleva. Somos esencialmente historia, tenemos un inicio que es la fuente amorosa del Creador, tenemos una razón por la que Dios nos ha creado y para qué nos ha creado.
La memoria nos ayuda a reconocernos en nuestra dignidad de persona creada a imagen del Creador, para la comunión, en libertad y responsabilidad. Nos redescubrimos pecadores y sujetos de un plan de salvación diseñado por el mismo Señor para volver a la comunión de amor y que se desarrolla en el devenir histórico. Memoria que nos compromete y nos mantiene en camino. Somos un pueblo peregrino. Esta realidad esencial es explicada por el Cardenal Bergoglio en varios puntos.
“La memoria como gracia de la presencia del Señor en nuestra vida apostólica. La memoria del pasado que nos acompaña, no como un peso bruto, sino como un hecho interpretado a la luz de la conciencia presente… Acuérdense de quienes los dirigían, porque ellos les anunciaron la Palabra de Dios: consideren cómo terminó su vida e imiten su fe (Heb 13,7). Esta memoria que nos salva de dejarnos seducir por doctrinas varias y extrañas (Heb 13,9), esta memoria nos fortalece el corazón” (p. 87).
“La Iglesia recuerda las misericordia de Dios y por esto trata de ser fiel a la ley. Los diez mandamientos que enseñamos a nuestros niños son otra cara de la alianza, la cara legal para poner marcos humanos a la misericordia de Dios. Cuando el pueblo fue sacado de Egipto, allí recibió la gracia. Y la ley es mandamientos son frutos del recuerdo (Dt 6,1-12), y por eso han de transmitirse de generación en generación: Y cuando tu hijo te pregunte el día de mañana: ¿Qué significan esas normas, esos preceptos y esas leyes que el Señor nos ha impuesto?, tu deberás responderle: Nosotros fuimos esclavos del Faraón en Egipto, pero el Señor nos hizo salir de allí con mano poderosa. Él realizó, ante nuestros ojos, grandes signos… Él nos hizo salir” (p. 90).
Pues, nuestra fe está constituida por el acontecimiento histórico de la revelación de Dios que tiene su culmen en la encarnación del Hijo amado, quien desde la cruz sella la definitiva alianza. Si hoy nos preguntan por qué nos amamos, debemos responder porque el Dios de misericordia nos amó hasta el extremo de entregar su vida en la cruz.
Así, culmina esta primera parte que hemos tratado de sintetizar en estas pocas páginas. Una segunda parte recoge las meditaciones centradas en el tema de “epifanía-manifestación”, manifestación de nosotros mismos como pecadores, revelación del Padre por su Hijo Jesucristo y la epifanía de la Iglesia como esposa. Toda la epifanía como historia de salvación.
Las siguientes meditaciones agrupadas en la tercera parte es titulada “las cartas a las siete iglesias (Ap 1-3)”. Una excelente interpretación de los tres primeros capítulos del libro del Apocalipsis, bajo el principio que señala Romano Guardini: “El Apocalipsis es un libro de consolación. No es una teología de la historia o de las postrimerías sino un consuelo que Dios ha querido colocar en las manos de su Iglesia al terminarse los tiempos apostólicos. La Iglesia tiene necesidad de él ya que vivía en la tribulación” (p. 137).
“Nuestra carne en oración: no se avergüencen de su propia carne (Is 58,7)” (p. 169), es el título de la última parte de este extraordinario libro del hoy papa Francisco. Aquí nos habla del testimonio de Abraham, David, Moisés, Job, Simeón, Judith, finalizando con Jesucristo sacerdote y nosotros: “Se nos exhorta a que pensemos que también nosotros tenemos un cuerpo (Heb 13,1-4) y tomando conciencia de él comprendamos la cercanía de Dios en la carne del Salvador” (pp. 234-235).