martes, 8 de febrero de 2011

HOMILÍA DE BENEDICTO XVI EN LA ORDENACIÓN DE CINCO NUEVOS OBISPOS

Esta homilia es pronunciada por el Papa el sábado 5 de febrero en la Eucaristía celebrada en la Basílica de San Pedro (Roma), donde consagró al Arzobispo Maracucho Mons. Edgar Peña

¡Queridos hermanos y hermanas!
Saludo con afecto a estos cinco Hermanos Presbíteros que dentro de poco recibirán la Ordenación Episcopal: monseñor Savio Hon Tai-Fai, monseñor Marcello Bartolucci, monseñor Celso Morga Iruzubieta, monseñor Antonio Guido Filipazzi y monseñor Edgar Peña Parra. Deseo expresarles mi gratitud y la de la Iglesia por el servicio llevado a cabo hasta ahora con generosidad y dedicación y formular la invitación a acompañarles con la oración en el ministerio al que son llamados en la Curia Romana y en las Representaciones Pontificias como Sucesores de los Apóstoles, para que sean siempre iluminados y guiados por el Espíritu Santo en la mies del Señor.
“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Lc 10, 2). Esta palabra del Evangelio de la Misa de hoy nos toca particularmente de cerca en este momento. Es la hora de la misión: el Señor os manda, queridos amigos, a su mies. Debéis cooperar en ese encargo de que habla el profeta Isaías en la primera lectura: “El me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos” (Is 61, 1). Este es el trabajo por la mies en el campo de Dios, en el campo de la historia humana: llevar a los hombres la luz de la verdad, liberarlos de la pobreza de verdad, que es la verdadera tristeza y la verdadera pobreza del hombre. Llevarles el alegre anuncio que no es solo palabra, sino acontecimiento: Dios, Él mismo, ha venido entre nosotros. El nos toma de la mano, nos lleva hacia lo alto, hacia sí mismo, y así el corazón destrozado es curado. Demos gracias al Señor porque manda trabajadores a la mies de la historia del mundo. Le damos gracias porque os manda a vosotros, porque habéis dicho que sí y porque ahora pronunciaréis nuevamente vuestro “sí” a ser trabajadores del Señor para los hombres.
“La mies es abundante” - también hoy, precisamente hoy. Aunque pueda parecer que grandes partes del mundo moderno, de los hombres de hoy, vuelven las espaldas a Dios y consideren la fe una cosa del pasado – existe aún el anhelo de que finalmente se restablezcan la justicia, el amor, la paz, que la pobreza y el sufrimiento sean superados, que los hombres encuentren la alegría. Todo este anhelo está presente en el mundo de hoy, el anhelo hacia lo que es grande, hacia lo que es bueno. Es la nostalgia del Redentor, de Dios mismo, incluso allí donde es negado. Precisamente en este momento el trabajo en el campo de Dios es particularmente urgente y precisamente en este momento sentimos de manera particularmente dolorosa la verdad de la palabra de Jesús: “los trabajadores son pocos”. Al mismo tiempo el Salvador nos da a entender que no podemos ser simplemente nosotros solos quienes mandemos obreros a la mies; que no es una cuestión de management, de nuestra capacidad organizativa. Los obreros para el campo de su mies los puede mandar Dios mismo. Pero Él los quiere mandar a través de la puerta de nuestra oración. Nosotros podemos cooperar para la llegada de los obreros, pero podemos hacerlo solo cooperando con Dios. Así esta hora del agradecimiento por la realización de un envío en misión es, de modo particular, también la hora de la oración: Señor, ¡manda obreros a tu mies! ¡Abre los corazones a tu llamada! ¡No permitas que nuestra súplica sea en vano!
La liturgia de la jornada de hoy nos da por tanto dos definiciones de vuestra misión de obispos, de sacerdotes de Jesucristo: ser obreros en la mies de la historia del mundo con la tarea de curar abriendo las puertas del mundo al señorío de Dios, para que se haga la voluntad de Dios así en la tierra como en el cielo. Y además vuestro ministerio es descrito como cooperación a la misión de Jesucristo, como participación en el don del Espíritu Santo, dado a Él en cuanto Mesías, el Hijo ungido por Dios. La Carta a los Hebreos – la segunda lectura – completa también esto a partir de la imagen del sumo sacerdote Melquisedec, que remite misteriosamente a Cristo, el verdadero Sumo Sacerdote, el Rey de paz y de justicia.
Pero quisiera decir también algo sobre cómo esta gran tarea debe llevarse a cabo en la práctica – sobre qué exige concretamente de nosotros. Para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, las comunidades cristianas de Jerusalén habían elegido este año las palabras de los hechos de los Apóstoles, en las que san Lucas quiere ilustrar de modo normativo cuáles son los elementos fundamentales de la existencia cristiana en la comunión de la Iglesia de Jesucristo. Se expresa así: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2, 42). En estos cuatro elementos básicos del ser Iglesia se describe al mismo tiempo también la tarea esencial de sus Pastores. Los cuatro elementos se mantienen juntos mediante la expresión “se reunían asiduamente” – eran perseverantes: la Biblia latina traduce así la expresión griega προσκαρτερέω: la perseverancia, la asiduidad, pertenece a la esencia del ser cristianos y es fundamental para la tarea de los Pastores, de los trabajadores en la mies del Señor. El Pastor no debe ser una caña de pantano que se dobla según sopla el viento, un siervo del espíritu del tiempo. El ser intrépido, el valor de oponerse a las corrientes del momento pertenece de modo esencial al deber del Pastor. No debe ser una caña de pantano, sino más bien – según la imagen del salmo 1 – debe ser como un árbol que tiene las raíces profundas, en las que está firme y bien fundado. Esto no tiene nada que ver con la rigidez o con la inflexibilidad. Sólo donde hay estabilidad hay también crecimiento. El cardenal Newman, cuyo camino fue marcado por tres conversiones, dice que vivir es transformarse. Pero sus tres conversiones y las transformaciones que tuvieron lugar en ellas son sin embargo un único camino coherente: el camino de la obediencia hacia la verdad, hacia Dios: el camino de la verdadera continuidad que precisamente así hace progresar.
“Perseverar en la enseñanza de los Apóstoles” – la fe tiene un contenido concreto. No es una espiritualidad indeterminada, una sensación indefinible para la trascendencia. Dios ha actuado y precisamente Él ha hablado. Ha hecho realmente algo y ha dicho realmente algo. Ciertamente, la fe es, en primer lugar, un confiarse a Dios, una relación viva con Él. Pero el Dios el que nos confiamos tiene un rostro y nos ha dado su Palabra. Podemos contar con la estabilidad de su Palabra. La Iglesia antigua resumió el núcleo esencial de la enseñanza de los Apóstoles en la llamada Regula fidei, que sustancialmente es idéntica a las Profesiones de Fe. Este es el fundamento confiable, sobre el que los cristianos nos basamos también hoy. Es la base segura sobre la que podemos construir la casa de nuestra fe, de nuestra vida (cfr. Mt 7, 24ss). Y de nuevo, la estabilidad y la definitividad de lo que creemos no significan rigidez. Juan de la Cruz comparó el mundo de la fe a una mina en la que descubrimos cada vez nuevos tesoros – tesoros en los que se desarrolla la única fe, la profesión del Dios que se manifiesta en Cristo. Como Pastores de la Iglesia vivimos de esta fe y así podemos también anunciarla como el alegre anuncio que nos hace seguros del amor de Dios y del ser nosotros amados por Él.
El segundo pilar de la existencia eclesial. San Lucas lo llama κοινωνία - communio. Tras el Concilio Vaticano II, este término se ha convertido en una palabra central de la teología y del anuncio, porque en él, de hecho, se expresan todas las dimensiones del ser cristianos y de la vida eclesial. Lo que Lucas quería expresar precisamente con esa palabra en este texto, no lo sabemos. Podemos por tanto comprenderla tranquilamente en base al contexto global del Nuevo Testamento y de la Tradición apostólica. Una primera gran definición de communio la dio san Juan al principio de su Primera Carta: Lo que hemos visto y oído, lo que nuestras manos han tocado, os lo anunciamos, para que esteis en communio con nosotros. Y nuestra communio es comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo (cfr. 1 Jn 1, 1-4). Dios por nosotros se hizo visible y tocable y así creó una comunión real consigo mismo. Entramos en esa comunión a través de creer y vivir junto con aquellos que Lo tocaron. Con ellos y a través de ellos, nosotros mismos ciertamente Lo vemos, y tocamos al Dios que se ha hecho cercano. Así la dimensión horizontal y la vertical están aquí inseparablemente entretejidas una con otra. Estando en comunión con los Apóstoles, permaneciendo en su fe, nosotros mismos estamos en contacto con el Dios vivo. Queridos amigos, a este fin sirve el ministerio de los obispos: que esta cadena de comunión no se interrumpa. Esta es la esencia de la Sucesión apostólica: conservar la comunión con aquellos que han encontrado al Señor de modo visible y tangible y así tener abierto el Cielo, la presencia de Dios en medio de nosotros. Solo mediante la comunión con los Sucesores de los Apóstoles estamos también en contacto con el Dios encarnado. Pero vale también a la inversa: solo gracias a la comunión con Dios, solo gracias a la comunión con Jesucristo esta cadena de los testigos permanece unida. Obispos no se es nunca solos, nos dice el Vaticano II, sino siempre solo en el colegio de los obispos. Esto, además, no puede encerrarse en el tiempo de la propia generación. A la colegialidad pertenece en entramado de todas las generaciones, la Iglesia viviente de todos los tiempos. Vosotros, queridos Hermanos, tenéis la misión de conservar esta comunión católica. Sabed que el Señor ha encargado a san Pedro y a sus sucesores ser el centro de esta comunión, los garantes del estar en la totalidad de la comunión apostólica y de su fe. Ofreced vuestra ayuda para que permanezca viva la alegría por la gran unidad de la Iglesia, por la comunión de todos los lugares y tiempos, por la comunión de la fe que abraza el cielo y la tierra. Vivid la communio, y vivid con el corazón, día a día, su centro más profundo en ese momento sagrado en el que el Señor mismo se entrega en la santa Comunión.
Con ello llegamos ya al elemento sucesivo fundamental de la existencia eclesial, mencionado por san Lucas: la fracción del pan. La mirada del Evangelista, en este punto, vuelve atrás a los discípulos de Emaús, que reconocieron al Señor por el gesto del partir el pan. Y desde allí, la mirada vuelve aún más atrás, al momento de la Última Cena, en el que Jesús, al partir el pan, de distribuyó a sí mismo, se hizo pan por nosotros y anticipó su muerte y su resurrección. Partir el pan – la santa Eucaristía es el centro de la Iglesia y debe ser el centro de nuestro ser cristianos y de nuestra vida sacerdotal. El Señor se nos da. El Resucitado entra en mi intimidad y quiere transformarme para hacerme entrar en una profunda comunión con Él. Así me abre también a todos los demás: nosotros, los muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, dice san Pablo (cfr. 1 Cor 10, 17). Intentemos celebrar la Eucaristía con una dedicación, un fervor cada vez más profundo, intentemos plantearnos los días según su medida, intentemos dejarnos plasmar por ella. Partir el pan – con ello se expresa al mismo tiempo también el compartir, el transmitir nuestro amor a los demás. La dimensión social, el compartir no es un apéndice moral que se añade a la Eucaristía, sino que es parte de ella. Esto resulta claro precisamente del versículo que en los Hechos de los Apóstoles sigue al citado hace poco: “Todos los creyentes … ponían lo suyo en común”, dice Lucas (2, 44). Estemos atentos a que la fe se exprese siempre en el amor y la justicia de unos hacia otros y que nuestra praxis social sea inspirada por la fe; que la fe sea vivida en el amor.
Como último pilar de la existencia eclesial, Lucas menciona “las oraciones”. Habla en plural: oraciones. ¿Qué quiere decir con esto? Probablemente piensa en la participación de la primera comunidad de Jerusalén en las oraciones en el templo, en los ordenamientos comunes en la oración. Así ilumina una cosa importante. La oración, por una parte, debe ser muy personal, un unirme en lo más profundo a Dios. Debe ser mi lucha con Él, mi búsqueda de Él, mi acción de gracias para Él y mi alegría en Él. Con todo, nunca es solamente algo privado de mi “yo” individual, que no tiene que ver con los demás. Orar es esencialmente siempre también un rezar en el “nosotros” de los hijos de Dios. Solo en este “nosotros” somos hijos de nuestro Padre, que el Señor nos enseñó a rezar. Sólo este “nosotros” nos abre el acceso al Padre. Por una parte, nuestra oración debe ser cada vez más personal, tocar y penetrar cada vez más profundamente en el núcleo de nuestro “yo”. Por la otra, debe nutrirse siempre de la comunión de los orantes, de la unidad del Cuerpo de Cristo, para plasmarme verdaderamente a partir del amor de Dios. Así rezar, en última instancia, no es una actividad entre las demás, un cierto rincón de mi tiempo. Rezar es la respuesta al imperativo que está en el Canon en la Celebración eucarística: Sursum corda – levantad vuestros corazones. Es el ascender de mi existencia hasta la altura de Dios. En san Gregorio Magno se encuentra una bella palabra al respecto. Él recuerda que Jesús llama a Juan Bautista una “lámpara que arde y resplandece” (Jn 5, 35) y continua: “ardiente por el deseo celeste, resplandeciente por la palabra. Por tanto, para que se conserve la veracidad del anuncio, debe ser conservada la altura de la vida” (Hom. in Ez. 1, 11, 7 ccl 142, 134). La altura, la medida alta de la vida, que precisamente hoy es esencial para el testimonio en favor de Jesucristo, la podemos encontrar solo si en la oración nos dejamos atraer continuamente por Él hacia su altura.
Duc in altum (Lc 5, 4) – Rema mar adentro y echa las redes para la pesca. Esto dijo Jesús a Pedro y a sus compañeros cuando los llamó a ser “pescadores de hombres”. Duc in altum – el papa Juan Pablo II, en sus últimos años, retomó con fuerza esta palabra y la proclamó en voz alta a los discípulos del Señor hoy. Duc in altum – os dice el Señor en este momento. Habéis sido llamados a cargos que implican a la Iglesia universal. Sois llamados a echar la red del Evangelio en el mar agitado de este tiempo para obtener la adhesión de los hombres a Cristo; para sacarlos, por así decirlos, de las aguas salinas de la muerte y de la oscuridad en la que la luz del cielo no penetra. Debéis llevarles a la tierra de la vida, a la comunión con Jesucristo.
En un pasaje del primer libro de su obra sobre la Santísima Trinidad, san Hilario de Poitiers prorrumpe de repente en una oración: por esto rezo “para que hinches las velas desplegadas de nuestra fe y de nuestra profesión con el soplo de Tu Espíritu y me empuje adelante en la travesía de mi anuncio” (i 37 ccl 62, 35s). Sí, para esto rezamos ahora por vosotros, queridos amigos. Desplegad por tanto las velas de vuestras almas, las velas de la fe, de la esperanza, del amor, para que el Espíritu Santo pueda hincharlas y concederos un bendito viaje como pescadores de hombres en el océano de nuestro tiempo. Amén.

lunes, 7 de febrero de 2011

Luz del mundo y sal de la tierra

V DOMINGO ORDINARIO CICLO A
Lecturas: Is 58, 7-10: Sal 112, 1-5; 1 Cor 2,1-5; Mt 5, 13-16
HOMILIA EN LA PRIMERA MISA PONTIFICAL DE S.E.R. EDGAR PEÑA PARRA
ARZOBISPO TTULAR DE TELEPTE Y NUNCIO APOSTOLICO EN PAKISTAN


Luz del mundo y sal de la tierra
Queridos hermanos,
El texto del evangelio que acabamos de escuchar se sitúa entre las bienaventuranzas y el Sermón de la Montaña. Utilizando dos imágenes familiares de la vida cotidiana el evangelista propone dos realidades esenciales que definen el verdadero discipulado de Jesús. Los discípulos son llamados a ser, en medio del mundo sal y luz. La comprensión de estas dos imágenes nos ayudará a entender la tarea del seguidor de Jesús en medio de las gentes entre las que ha sido llamado a vivir o de entre las que ha sido elegido por el Maestro.
La sal conserva, sazona y mantiene el calor. Entre estas funciones algunas se entienden hoy como ayer: sazonar, dar sabor a los alimentos. La sal logra su efecto y cumple su tarea sólo cuando desaparece diluyéndose en los alimentos. Este es el aspecto sapiencial de la imagen utilizada por Jesús. La sabiduría de los discípulos sazona el mundo con el sabor de Cristo cuando da sentido a la existencia humana. También hoy es necesario que los discípulos tomen conciencia real de que están destinados a diluirse en la sociedad, sin perder su identidad más auténtica, en servicio de todos los hombres, imitando así al siervo de Yahvé que no grita por las calles, ni quiebra la caña rota ni apaga la mecha vacilante (Cf Is 49 ).
Pero la sal cumple además otra función importante: se aplica a ciertas carnes para evitar su corrupción. Hay alimentos que una vez “salados”, se conservan intactos, incorruptos y siempre útiles. Ser sal para la tierra significa “que el discípulo de Jesús tiene que ser agente activo contra todo lo que pueda corromper las relaciones personales, familiares, sociales, políticas y económicas.
Todavía hay una tercera función que hoy no tiene vigencia. En tiempo de Jesús se utilizaban placas de sal que se colocaban en el interior de los hornos donde se cocía el pan. La función de esas placas de sal era la de mantener el calor a la adecuada temperatura para que la cocción del pan fuera posible. Estas placas después de un tiempo perdían su virtualidad, eran retiradas del horno y sustituidas por otras. La sal entonces servía a mantener el calor. Los discípulos de Jesús son enviados al mundo para mantener el calor del Evangelio y asegurar que la condición humana alcance su punto de maduración y cocción, es decir la salvación.
La Luz, en cuanto a ella, hace que la realidad pueda ser percibida y que los hombres puedan orientarse y caminar sin tropezar. La luz es la primera obra de la creación, la criatura primogénita de Dios (Gen 1,3). En la Biblia aparece como imagen de la vida y de la salvación que viene de Dios, es como el vestido de Dios, expresión de su dignidad y de su poder salvador (Sal 104,1-2). La luz revela el misterio de Dios en forma particular: “Dios es luz y no hay en El oscuridad alguna” (1Jn 1,5). Jesús la utiliza para presentarse: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas” (Jn 8,12). Para Mateo cada creyente y cada comunidad de fe es luz para el mundo, signo sacramento de la luz y de la vida que viene de Dios (Cf Mons. Silvio Báez, comentario al V domingo ordinario).
La tarea de los discípulos es entonces la propia de los embajadores. El Señor que les envía garantiza la eficacia de su tarea iluminadora de la humanidad. Lo harán volviéndose ellos primero personas luminosas. Es necesario vivir el discipulado de Jesús con esta amplia esperanza y basado en ella llevar a cabo sin desanimarse esta ardua tarea y esta noble misión. Jesús confía su luz a los enviados para que la trasmitan al mundo. Hoy es más necesaria que nunca la presencia de estas lámparas ardientes en medio de un mundo opaco y necesitado de la verdadera luz del evangelio. La sal no puede no salar. La luz no puede no alumbrar. La Buena Nueva del Reino no puede quedar escondida por temor a la persecución o por la flojera sino que debe hacerse presente en la vida de las personas y de las estructuras sociales a través del testimonio de vida de los creyentes.
En el cumplimiento de esta misión nunca debemos perder de vista que no salamos por nuestra propia virtud ni iluminamos por nuestro propio poder. Somos seres referenciales, es decir transmisores de un bien que no poseemos en exclusiva sino que lo hemos recibido para compartirlo, una luz que nadie puede apagar. El protagonista es la gloria de Dios y la salvación de los hombres. “Alumbre así la luz de ustedes a los hombres para que vean sus buenas obras y den gloria al Padre que está en el cielo”. Solo el ejercicio efectivo de la caridad nos volverá luminosos y mostrará al mundo el poder y la bondad de Dios.
FIAT VOLUNTAS TUA
Edgar, por última vez te llamo “querido hijo” como arzobispo de Maracaibo, porción de la iglesia a la cual hasta ayer perteneciste, hasta que el Sumo Pontífice, en este mismo lugar, por imposición de manos y la oración consecratoria te añadió al Orden de los Obispos. De ahora en adelante te llamo con gozo “querido hermano en el episcopado”.
Has elegido como lema de tu ministerio episcopal “Fiat voluntas tua, Hágase tu voluntad”, una frase bíblica pronunciada por la Madre de Dios al momento de recibir en su seno al Hijo del Eterno Padre. Una frase infinita como infinito era el don que María estaba recibiendo cuando la pronunció. Pero jamás por infinita etérea. Dios en su inmensa misericordia para contigo ha querido comenzar inmediatamente a dar contenido concreto a tu ministerio episcopal.
¿Cuál es la voluntad de Dios para ti? Que seas luz del mundo y sal de la tierra. Que brille en ti la obra de Dios por medio de tus palabras y silencios, obras y omisiones, por tu manera de vivir, de pensar y de actuar; en fin en todo lo que tú seas y emprendas, Cristo Jesús trasluzca. Verdadero nuncio, anuncia siempre y en todo lugar adonde seas enviado el Evangelio del amor y de la reconciliación. Anuncia que Dios existe, que es bueno y que nunca abandona a sus hijos, especialmente a los que más sufren toda clase de aflicciones y penalidades. Anuncia que el Reino de Dios ha llegado y que todos hemos sido invitados a formar parte de él, sin exclusión.
Dios quiere que seas sal de la tierra. Que con tu doctrina, que es la Doctrina de la Iglesia, reveles a los hombres el verdadero sentido de las cosas para que escojan siempre lo que verdaderamente vale la pena, los libera de la corrupción del mal y de la muerte y los lleva a la vida y a la felicidad sin fin. Que con tu caridad comuniques calor de vida y todos los que acudan a ti sientan presente al Dios que da vida plena para siempre. Y si haciendo todo esto notas que te diluyes, no tengas miedo, Edgar, al contrario ¡da gloria a Dios!, como Juan el Bautista que encontró su gozo pleno en que Cristo creciera y él disminuyera.
Que Dios te acompañe, embajador de Cristo. Cuenta siempre con nuestras oraciones y apoyo, en especial el de tus familiares, el de los sacerdotes de Maracaibo y el de los obispos de Venezuela.
Pero sobre todo cuenta con la maternal protección
de la casta Señora,
de la autóctona Virgen de rostro bronceado,
a quien el sol,
esplendente en el cielo zuliano
proclama Reina inmortal,
Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá
La Chinita. Amen
Basílica de San Pedro, Roma 6 de febrero de 2011

+Ubaldo R Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo

jueves, 3 de febrero de 2011

Escudo Episcopal de S.E.R. Mons. EDGAR PEÑA PARRA


El Color Azul del fondo del escudo Arzobispal simboliza a la Santísima Virgen María.
El Sol en la parte superior, alude a Jesucristo Sol de Justicia para todos los pueblos. Recuerda, también, la ciudad natal de S.E.R. Mons. Edgar Peña Parra: “Maracaibo, tierra del Sol amada”.
El Oro es el metal más noble, y símbolo de la primera Virtud: la Fe. Por esta razón, tanto el sol como la banda son en oro: porque sólo con la Fe es posible percibir la luz y la sabiduría que vienen de Cristo.
Las Peñas o Montes, además de estar relacionadas con el apellido del Arzobispo, quieren también evocar el Salmo 17, en el cual el Salmista, refiriéndose a Dios lo invoca llamándole: “Peña mía, refugio mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte”. El simbolismo se convierte, así, en confesión de fe y de confianza en el poder misericordioso y salvador del Señor que ha llamado a Monseñor Peña Parra a seguirlo como sucesor de los apóstoles.
El Agua, esbozada en la parte inferior del Escudo, evoca el amplio sentido bíblico de este elemento que es, en particular, como lo presenta el Evangelio de Juan, categoría sumamente significativa del encuentro y del proceso de “estar” siempre con la persona viva de Cristo, “fuente de agua viva”.
El moto Episcopal “Fiat voluntas tua” (Hágase tu voluntad), tomado de la oración del Padre Nuestro, es también un memorial del Sí de la Virgen María al proyecto de Dios sobre ella. La frase bíblica pone de manifiesto que el programa de vida de todo cristiano, pero particular y especialmente de quienes han recibido la plenitud del Sacerdocio, no puede ser otro que seguir fielmente la Voluntad de Dios en sus vidas, cooperando con denuedo y sin reservas a que ella se cumpla siempre y en todas partes.

Autor: Su Excelencia el Card. Andrea Lanza Cordero di Montezemolo, es experto en heráldica y fue creador del nuevo escudo papal, de S.S. Benedicto XVI

EL MARACUCHO EDGAR PEÑA, PRIMER NUNCIO VENEZOLANO


Será representante de Benedicto XVI en Pakistán

CARACAS, miércoles, 2 febrero 2011 (ZENIT.org).- El marabino Edgar Peña Parra será el primer nuncio nacido aquí en la historia de Venezuela. Acaba de ser nombrado embajador vaticano en Pakistán.
Este país ha dado a la Iglesia personas de relieve, como entre otros el cardenal Rosalio Castillo Lara, que desempeñó importantes puestos de confianza en el anterior papado.
El país vive con emoción este nuevo hito y desplazará a la consagración de Peña como arzobispo en Roma, el próximo sábado, autoridades eclesiales y civiles.
La Nunciatura en Pakistán estaba vacante desde que el pasado noviembre el nuncio Adolfo Tito Yllana fue trasladado desde el país asiático a la República Democrática del Congo. Sin embargo, la actividad diplomática de la Santa Sede en Pakistán siguió su actividad que se intensificó con el caso de la cristiana condenada a muerte por blasfemia Asia Bibi.
Edgar Peña Parra tiene 49 años y procede de la archidiócesis de Maracaibo, estado Zulia, al noroeste del país. El nuevo nuncio en Pakistán será arzobispo titular de Telepte. Hasta su nombramiento por Benedicto XVI era consejero de la Nunciatura en México.
El 8 de enero la buena noticia de su nombramiento y ordenación llegó a la Iglesia venezolana. Al saber la noticia, el presidente de la Conferencia Episcopal de Venezuela (CEV), monseñor Ubaldo Santana, hizo público su agradecimiento: “Este es un regalo que le acaba de hacer el Santo Padre a la Iglesia Católica en Venezuela. Nos enorgullece que sea un compatriota nuestro, porque es el primer obispo venezolano que es designado nuncio apostólico”, dijo.
“Nacido en el barrio El Saladillo, hijo de un matrimonio chiquinquireño, y criado en la calle Los Andes de la parroquia Chiquinquirá es el nuevo arzobispo de la Iglesia universal. Su fe se formó en la Legión de María de la basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá. La iglesia de la Chinita- lo recibió desde temprana edad como servidor del altar, y el insigne monseñor Roberto Luckert León quien era el cura párroco lo condujo hacia el ministerio sacerdotal”, relata su amigo sacerdote José Palmar.
“En lo personal, monseñor Peña –añade- es mi hermano del alma y compañero de toda la vida, desde la infancia caminamos juntos en el apostolado con nuestra amada Iglesia católica”, relata.
Eran del mismo barrio del casco urbano de Maracaibo y coincidían en “un amor entrañable por la Virgen de Chiquinquirá” y en el mismo párroco como promotor vocacional. Se formaron en el mismo Seminario: Santa Rosa de Lima, en Caracas.
Considera una providencia que la primera parroquia de monseñor Peña es la suya hoy desde hace más de veinte años: Nuestra Señora de Guadalupe, en Maracaibo.
Monseñor Édgar Peña será ordenado nuncio apostólico este sábado 5 de febrero y le acompañarán, como es habitual, familiares y amigos. Setenta personas volaron este miércoles a Roma para acompañarle. En entrevista con el diario local La Verdad, manifestó su alegría por el nombramiento.
Quienes acompañarán al único latinoamericano en la ceremonia en San Pedro son, entre otros, el presidente de la CEV y arzobispo de Maracaibo Ubaldo Santana; el arzobispo Roberto Luckert de Coro; el obispo Wílliam Delgado de Cabimas y Edi Peña, hermano del nuevo nuncio.
Monseñor Peña ha prestado servicios a la Iglesia desde hace más de 25 años. Comentó al mismo medio que viajará a su tierra el próximo 25 de febrero y, al día siguiente, celebrará una eucaristía de acción de gracias ante su patrona: La Chinita [Nuestra Señora de Chiquinquirá, patrona del estado Zulia].
Llegará a la capital zuliana tras viajar a México y Honduras para celebrar dos misas de acción de gracias en honor a la Virgen de Guadalupe y la Virgen de Suyapa, respectivamente.
“Es motivo de orgullo acompañar a este saladillero, a quien se le reconoce su desempeño sacerdotal en países como Kenia, Yugoslavia, Honduras y México.
Monseñor Peña es el primer sacerdote venezolano en el servicio diplomático del Vaticano”, dijo Pablo Pérez, gobernador del estado Zulia, invitado a la ceremonia por la Santa Sede.
Edgar Peña Parra nació en Maracaibo el 6 de marzo de 1960. Fue ordenado sacerdote el 23 de agosto de 1985. Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico el 8 de enero de 2011. Es diplomado en Derecho Canónico y domina otros cuatro idiomas, además del español: italiano, inglés, francés y ruso. Entró en el servicio diplomático de la Santa Sede el 1 de abril de 1993.


Por Nieves San Martín
http://www.zenit.org/

miércoles, 2 de febrero de 2011

Indígnate

Por el Dr. Ángel Lombardi
Rector de la UNICA

Dos viejos, cada uno por su lado, han invitado a que nos indignemos, y particularmente a los jóvenes. Uno, tiene 93 años, Stéphane Hessel y el otro de 82 años, Lee Iacocca, el llamado lo han hecho desde un rechazo radical al conformismo y la indignidad de muchos, frente a un mundo cada vez más anómico y lleno de conformismo y complicidades. Lee Iacocca, famoso por su intervención exitosa, hace unas cuantas décadas, en el salvataje de la industria automotriz norteamericana, se pregunta “¿Donde están los líderes?” y se contesta a sí mismo “¿Acaso soy la única persona en este país que está harto de lo que está pasando?” “¿Dónde diablos está nuestra indignación? Tenemos una banda de payasos que no tienen ni idea de cómo dirigir el Estado. Lo que sí tenemos son gánsters corporativos”, y es que los gobiernos en muchos países, se reducen a burocracia, improvisación y corrupción, y los gobernantes, como dice Umberto Eco, pensando en el infeliz Berlusconi a quien califica “como un profesional de la mentira, un manipulador de las masas y una inteligencia dedicada a arrasar con la verdad, la ética y la justa medida de las cosas”. En muchos países, y entre nosotros sin lugar a dudas se puede hacer la misma caracterización del gobernante y del gobierno que tenemos.
No hay otra alternativa, hay que indignarse, desde nuestra dignidad, permanentemente ultrajada, ofendida y humillada. Desde nuestra libertad mancillada y condicionada. Hay que indignarse.
Stéphane Hessel, sobreviviente de los campos de exterminio nazi, colaborador activo de la resistencia francesa y co-redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos igualmente nos exhorta a indignarnos. Dice Hessel “El poder del dinero, que tanto combatimos, nunca fue más insolente y egoísta, con servidores en las más altas esferas del estado”. Se pregunta “¿quién controla, quien decide y quiénes son los interesados en esas decisiones descabelladas?” “Las corrientes que nos gobiernan son confusas. Por otra parte vivimos en un vasto mundo interdependiente, con una interconectividad que nunca existió. Por eso, nos enteramos que en este mundo hay cosas intolerables, por lo que hace falta que nos indignemos”.
Jean Paul Sartre, decía que no se es hombre si no nos comprometemos. Hay que comprometerse con la Justicia, con la verdad, con todas las causas nobles que afianzan y desarrollan nuestra condición humana sobre bases éticas y morales y de allí la invitación a indignarnos a vivir en plenitud “una insurrección pacífica real”.


http://angellombardi.com/
Tomado de http://www.noticierodigital.com/
el día 2-2-2011

martes, 1 de febrero de 2011

Ser Sacerdote

Por Andrés Bravo
Capellán de la UNICA


Escribo esta reflexión pensando en nuestro querido hermano el padre Nolberto López, quien con su partida a la Casa de la Comunión Trinitaria, nos hizo vivir un momento tan especial que estremeció nuestras entrañas (con toda la fuerza que nuestro padre solía darle a este término, con su peculiar lenguaje popular). Tanto por su fresca y transparente vida sacerdotal que nos invita a reflexionar sobre el ser sacerdote con la autenticidad exigida por nuestra consagración; como también por la extraordinaria manifestación de amor, de fe y de esperanza por parte del pueblo de Dios. Me inquieta: ¿Sabremos responder nosotros, como lo hizo el padre Nolberto, a ese gran amor que el pueblo tiene a su Iglesia y, en Ella, a sus sacerdotes? Ya les he recomendado a algunas personas que hacen vida parroquial en El Carmelo que tenga también comprensión, que no pretendan un sustituto de Nolberto, eso no va a ocurrir. No se sustituye a nadie, menos a una persona tan especial como él. Lo que si pueden confiar es que van a tener un nuevo párroco que, con ellos, escribirá su propia historia vocacional de consagrado a Dios para evangelizar y hacerles discípulos y misioneros de Jesús y provocar el encuentro salvador con Él por medio de los sacramentos y la vivencia espiritual que les impulsa a la comunión fraterna. Debe ser tan querido como lo han hecho con los anteriores sacerdotes que hemos servido al Señor en esta maravillosa Comunidad Parroquial. Pues, al padre Nolberto López y a la Parroquia Nuestra Señora del Carmen situada en El Carmelo (Cañada-Urdaneta), con respeto y admiración, dedico esta breve reflexión.
El sacerdote se descubre en la vida de Jesús, especialmente en su pasión, muerte y resurrección. En el pasado, el sacerdote era aquel que ofrecía vida en el culto divino sacrificando la de un animal. Jesús inaugura un nuevo estilo de ser sacerdote, mediador entre Dios y las personas humanas. Él no ofrece un cordero, es el Cordero. Se ofrece entregando su propia vida, no la de los demás. Lo hace para que tengamos vida abundante (realizada, libre, con sentido y digna). Su existencia es una entrega total y continua desde la encarnación, interpretada por San Pablo como un vaciarse de sí mismo. No importando su dignidad divina, se hace humano para vivir en la historia y conducir a la humanidad al reencuentro reconciliador con el Padre Dios. No puede ser otra la existencia del sacerdote cristiano, una ofrenda total y continua que compromete todo lo que somos. Especialmente para nosotros sacerdotes es aquella sentencia de Jesús de dejar familia, negocios, lisonjas, y toda clase de bienes, y darnos en el seguimiento a Jesús. Libres, despojados de todas ataduras terrenales, para dedicarnos exclusivamente a servir y dar la vida.
En la misma línea, el sacerdote nace sacramentalmente en la última cena que, con el evento del amor extremo de la crucifixión, forma una unidad con el misterio de la Eucaristía. Como lo diría san Alberto Hurtado: “Mi vida es mi Misa y mi vida es una Misa prolongada”. Porque, cuando Jesús dice que el pan es su cuerpo entregado y el vino es su sangre derramada por todos los humanos, nos transforma en personas consagradas, entregadas, donadas. Porque, además, nos ordena hacer lo mismo en su memoria. Es decir, la existencia del sacerdote es una ofrenda de amor, una Eucaristía viviente. El cuerpo y la sangre que comulgamos son Cristo y también nosotros, y con nosotros la Iglesia entera.
Ser sacerdote es seguir a Jesús sin reserva y servir al pueblo hasta dar la vida. Hacer de nuestras vidas una ofrenda de amor como Jesús en la cruz.

domingo, 30 de enero de 2011

Estatolatría Siglo XXI

Por Mons. Ovidio Pérez Morales

Estatólatra es un calificativo apropiado para calificar el Socialismo del S. XXI.
¿Razón? Su estatismo feroz. Tiende a inmolar la persona y la comunidad de personas, en el altar de un Estado convertido en ídolo, como omnipotente, dirigido por un máximo líder (endiosado también), que pretende saber, decidir, poder todo. Esto sea dicho, no obstante su autoidentificación humanista y su promesa de generar un hombre nuevo.
El SS XXI es un socialismo, que manipula las expresiones y formas del así llamado “poder popular”, para convertirlas en órganos ejecutores del Gobierno-Partido-Hiperlíder. Se estructura una centralización extrema. El poder no se define y ejerce, en realidad, desde y con las bases, sino en línea descendente. Desde Miraflores. El volumen y cantidad de asambleas del “pueblo” podrá ser grande, físicamente, no así el real influjo de los ciudadanos. Veamos lo que sucede en Cuba. ¿En manos de quién está la toma de las grandes decisiones? La soberanía del pueblo se diluye y mediatiza en el entramado de la nomenklatura y del liderazgo supremo. ¿Y en Venezuela? ¡La afirmación de que “el Presidente es el pueblo”, simplifica las cosas!
El socialismo “S.XXI” no es cualquier socialismo (la familia es grande). Es marxista, de tipo leninista-castrista. Estatólatra. De allí la acelerada carrera de expropiaciones y monopolizaciones. No soporta la repartición o descentralización del poder. Por lógica embiste contra la propiedad privada, la libertad de expresión y de educación. ¡Qué grato le fuera poder expropiar el cerebro y el corazón de los ciudadanos para pintarlos de rojo!
En Venezuela no se da, por ahora, un socialismo ya conformado. Pero está en proceso; esto explica –más allá de improvisaciones y repliegues tácticos- el sentido monopólico de las leyes y medidas, así como del comportamiento general del régimen.
La Conferencia Episcopal Venezolana, considera la pretensión oficial de imponer un sistema socialista marxista, totalitario, como “moralmente inaceptable, pues ofende la dignidad de cada persona, creada a imagen y semejanza de Dios, desconoce la soberanía popular y vulnera gravemente el bien común, la institucionalidad democrática y los derechos de los venezolanos” (Exhortación pastoral Anhelos de unión, justicia, libertad y paz para Venezuela, 11.1.11).
Estado y liderazgo convertidos en ídolos: algo moralmente inaceptable.