lunes, 15 de julio de 2013

La primera encíclica de Francisco (I)

Andrés Bravo
Capellán de la UNICA

            Lumen Fidei – La Luz de la Fe (LF). Así se titula la primera encíclica del Papa Francisco, firmada 29 de junio y ofrecida al pueblo de Dios el 5 de julio de este año 2013, Año de la Fe. Precisamente, el tema es sobre la fe, completando así la trilogía que constituye el centro del magisterio de Benedicto XVI sobre las tres virtudes teologales. El Papa emérito dedicó su primera encíclica a la caridad (Deus Caritas est – Dios es Amor) y más tarde nos entregó otra sobre la esperanza (Spe Salvi – en la esperanza fuimos salvados). Sin duda, como el mismo Francisco lo aclara con la sencillez que lo caracteriza, esta nueva encíclica, en su mayor parte, fue elaborada por Benedicto XVI: “Él ya había completado prácticamente una primera redacción de esta carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones” (LF 7).
Quiero comunicarles algunas ideas tomadas del primer capítulo: “Hemos creído en el Amor”. Así invitarles a leer y reflexionar esta rica enseñanza de nuestro actual Pastor universal. Antes, Benedicto XVI, convocando al Año de la Fe, nos dejó una serie de catequesis pronunciadas en las tradicionales audiencias generales de los miércoles. Aquí se expresó como lo que es, un auténtico teólogo y pastor, un maestro de la fe. El 17 de octubre de 2012 introduce el tema convencido de que la fe es un encuentro personal con Dios: “Se trata del encuentro no con una idea o con un proyecto de vida, sino con una Persona viva que nos transforma en profundidad a nosotros mismos, revelándonos nuestra verdadera identidad de hijos de Dios”. Es, pues, un acto humano, existencial, histórico. Dios viene a nosotros. Es un Dios que se acerca y se entrega durante la historia. Esta irrupción de Dios en la historia convierte el tiempo humano en historia de salvación.
Es el sentido de la encíclica de Francisco: “La fe nace del encuentro con Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida” (LF 4). Por eso, Francisco desarrolla toda su enseñanza sobre la fe basándose en las experiencias de encuentros que nos narra la historia de la salvación y testimoniada por las Sagradas Escrituras. Comienza con la experiencia de encuentro de Dios con Abrahán, considerado padre en la fe. A él “Dios le dirige la Palabra, se revela como un Dios que habla y lo llama por su nombre. La fe está vinculada a la escucha. Abrahán no ve a Dios, pero oye su voz” (LF 8). Es que Dios tiene la primera iniciativa. Él nos amó primero y se acerca a nosotros para revelarnos que es amor y nos ama. Por eso ser creyente es ser oyente de la Palabra de Dios. Así comienza la fe cristiana, hablando Dios y escuchando nosotros. La comunicación es el primer acto de fe.
Esta Palabra del Dios vivo y actuante, presente entre nosotros, que se encuentra personalmente con una persona humana concreta, llamándolo con su nombre propio Abrahán, tiene un propósito que lo vincula. Dios hace alianza con Abrahán. Se compromete con él y exige una respuesta sincera, a prueba de todo, con una confianza extrema. “Lo que esta Palabra comunica a Abrahán es una llamada y una promesa. En primer lugar es una llamada a salir de su tierra, una invitación a abrirse a una vida nueva, comienzo de un éxodo que lo lleva hacia un futuro inesperado” (LF 9). La fe nos dinamiza, nos hace despertar, levantarnos y comenzar a recorrer el camino señalado por la luz de la Palabra de Dios. La respuesta es pronta y sin vacilación.
“Esta Palabra encierra además una promesa: tu descendencia será numerosa, serás padre de un gran pueblo” (LF 9). Dios se compromete también. El encuentro de Dios con Abrahán, la exigencia de ponerse en camino, dejando atrás su estilo de vida y sus tierras, hacia un lugar desconocido, sin mayor detalle, y el compromiso de Dios de una promesa, marca el comienzo de un nuevo pueblo que surge del amor de Dios y por la fe de Abrahán. Podemos adelantar, con Francisco, una primera conclusión: “Para Abrahán, la fe en Dios ilumina las raíces más profundas de su ser, le permite reconocer la fuente de bondad que hay en el origen de todas las cosas, y confirmar que su vida no procede de la nada o la casualidad, sino de una llamada y un amor personal”.
Otra experiencia de fe, referida por Francisco en su primera encíclica, es la fe del pueblo de Israel. La estructura dinámica es casi igual: un acercamiento de Dios que ha escuchado el gemido de un pueblo oprimido, comunica su Palabra con el deseo de liberar al pueblo que es llamado a tomar el camino por el desierto obedeciendo y confiando en Dios, bajo el liderazgo de Moisés, hacia una tierra de libertad. Así lo dice la nueva encíclica: “Israel se abre a la intervención de Dios, que quiere librarlo de su miseria. La fe es la llamada a un largo camino para adorar al Señor en el Sinaí y heredar la tierra prometida. El amor divino se describe con los rasgos de un padre que lleva de la mano a su hijo por el camino. La confesión de fe de Israel se formula como narración de los beneficios de Dios” (LF 12). Así, el pueblo formado en la fe de Abrahán y su familia, consigue la libertad y se convierte en el Pueblo de Dios por la Alianza del Sinaí, alianza de amor.
Esta experiencia de fe amorosa que se expresa a lo largo de la historia de la salvación, desde Abrahán y su pueblo Israel, llega a la plenitud de la revelación de Dios que se entrega a nosotros por la encarnación de su Hijo Jesucristo. Desde entonces la fe cristiana está centrada en la persona de Cristo que muere en la cruz y resucita para dar pleno cumplimiento a la promesa de Dios. Pues, “si Israel recordaba las grandes muestras de amor de Dios, que constituían el centro de su confesión y abrían la mirada de su fe, ahora la vida de Jesús se presenta como la intervención definitiva de Dios, la manifestación suprema de su amor por nosotros… La fe reconoce el amor de Dios manifestado en Jesús como el fundamento sobre el que se asienta la realidad y su destino último” (LF 15).
En la experiencia de encuentro del Hijo que revela al Padre, podemos subrayar algo más. Lo enseña la encíclica en cuestión: “Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver” (LF 18). Es decir, nos unimos en comunión con Él para que Él viva en nosotros y nosotros en Él. Así, en la fe, el creyente se hace amor como Dios es amor. “En la fe, el yo del creyente se ensancha para ser habitado por Otro, para vivir en Otro, y así su vida se hace más grande en el Amor” (LF 21). La experiencia de fe cristiana se convierte en vivencia del amor.
Además, esta experiencia de fe y amor da sentido a nuestra existencia como Iglesia, “la fe tiene una configuración necesariamente eclesial, se confiesa dentro del cuerpo de Cristo, como comunión real de los creyentes… La fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva, sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio… La fe se hace entonces operante en el cristiano a partir del don recibido, del Amor que atrae hacia Cristo, y le hace partícipe del camino de la Iglesia, peregrina en la historia hasta su cumplimiento” (LF 22).

Mons. Alfredo Enrique Torres Rondón, Obispo Auxiliar de Mérida


VATICANO, 15 Jul. 13 / 10:39 am (ACI/EWTN Noticias ).- El Papa Francisco nombró a al sacerdote P. Alfredo Enrique Torres Rondón, como nuevo Obispo Auxiliar de Mérida en Venezuela. El nuevo Prelado sucede así a Mons. Luis Alfonso Márquez Molina, cuya renuncia fue aceptada por haber llegado al límite de edad.
 El Obispo electo nació en Maracaibo el 4 de marzo de 1950. Estudió en el Seminario Menor de Mérida bajo la dirección de los Padres Eudistas. El Seminario Mayor lo cursó en el Interdiocesano de Caracas (1969-1976). En Roma obtuvo la licenciatura en teología moral en el Ateneo Alfonsiano, siendo residente de los Padres Eudistas, en su Casa Generalicia (1991-1993).
 Recibió la ordenación sacerdotal el 25 de julio de 1976 en la Catedral de Mérida.
 Entre otros, ha desempeñado los siguientes cargos: Rector del Seminario Menor de Mérida (1977-1978); Párroco de San José de Mucuchachí (1978-1979). Párroco de San Rafael de Mucuchíes (1979-1980); Párroco de Santa Cruz de Mora (1981-1991); Párroco de Milla, Mérida (1993-1998); Párroco de San Miguel del Llano, Mérida (1998-2013).
 Es Vicario General de la Arquidiócesis de Mérida desde 1997. Se desempeña también como Profesor del Seminario Mayor, Moderador de la Curia, Asesor de la pastoral familiar, miembro del Consejo Presbiteral, del Consejo Económico y del Colegio de Consultores; y Administrador del Centro Pastoral Mons. Miguel Antonio Salas.
 El Arzobispo de Mérida, Mons. Baltazar Porras Cardozo, agradeció al Obispo Auxiliar saliente, Mons. Luis Alfonso Márquez; e hizo votos y pidió oraciones por el nuevo ministerio confiado a Mons. Alfredo Torres.

jueves, 11 de julio de 2013

NECESIDAD DE UN HOMBRE NUEVO

Dr.Emilio Fereira
Profesor emérito de La Universidad del Zulia (LUZ)
11/07/2013
La humanidad atraviesa actualmente una nueva era de su historia caracterizada por rápidos y profundos cambios debidos a la inteligencia y a la actividad creadora del hombre que progresivamente se extienden al mundo entero.   Tales cambios recaen tanto sobre los hombres como sobre las cosas, sobre sus juicios y deseos individuales y colectivos, sobre su modo de pensar y obrar. Cabe, por lo tanto, hablar de una verdadera transformación social y cultural que redunda en el sentido de nuestra vida.
Esta transformación lleva consigo no leves dificultades. El hombre cuando trata de penetrar en el conocimiento más íntimo de su propio espíritu, con frecuencia aparece más inseguro de sí mismo. Y, cuando progresivamente va descubriendo con mayor claridad las leyes de la vida personal y social, permanece perplejo sobre la dirección que se le debe imprimir.
Nunca como hoy, ha tenido el hombre sentido tan agudo de su libertad, mas al mismo tiempo se encuentra prisionero de nuevas formas de esclavitud social y psíquica. Aumenta intensamente el intercambio de ideas, pero las palabras mismas correspondientes a los más importantes conceptos, reciben significados muy distintos, según las diversas ideologías. Y, mientras con todo ahínco se busca un ordenamiento temporal más perfecto, no se avanza paralelamente en el progreso espiritual.
La filosofía nos enseña que no hay vida ajena a un fin. Toda vida, en efecto,  está animada por un principio del obrar. Sólo el BIEN, por esencia, Dios, no obra por un fin diverso de sí-mismo. Eso hace de Dios, la Vida Suma. Sólo  Él no es causado por nada y no es ordenado a nada fuera de Sí-mismo, como un bien.
El ser humano es algo más complejo. Al ser humano, señalaba ya Pío XII en 1953 ante el Congreso Mundial de Psicopatología y Psiquiatría reunido en Roma,  hay que considerarlo como: Totalidad psíquica, Unidad estructurada en sí mismo, Unidad social, Unidad trascendental naturalmente orientada hacia Dios.
En efecto,  cada ser humano es un compuesto de cuerpo, alma  y espíritu íntimamente unidos en una sola naturaleza y una sola persona. Su vida, por tanto, es biología y transbiología.
Como vegetal, el ser humano, se oxigena; como animal, conoce los objetos sensibles, se dirige a ellos por el apetito sensitivo con sus emociones y pasiones, y se mueve con movimiento espontáneo; como espíritu conoce intelectualmente al ser suprasensible, lo verdadero, y su voluntad se dirige libremente hacia el Bueno. “He vivido la sensación de la presencia de Dios en muchas ocasiones. Cuando me pasó por primera vez (durante un servicio religioso a la edad de quince años) me sentí físicamente ebrio ((¡No lo estaba¡) y apenas podía caminar. En otras ocasiones, sólo he tenido una sensación sobrecogedora de paz y amor y, a menudo, me he olvidado del tiempo (Happold, The Case of Spiritual Experience, en Donah Zohar / Ian Marshall, Inteligencia Espiritual, 2001).
Para que un ser humano esté vivo,  no sólo debe ejercer los actos que pertenecen a la vida vegetativa y animal, no sólo debe subsistir, crecer y tener sensibilidad, no sólo moverse, alimentarse y demás. Debe realizar las actividades propias de su vida específicamente humana. Es decir, dirigir sus acciones mediante decisiones libres, tomadas a la luz de su propio pensamiento y de su desarrollo intelectual, moral y espiritual, del propio significado de su vida, el significado que nos ha revelado Dios. (Cfr. Thomas Merthon, El Hombre Nuevo, 1966).
Como expresa San Pablo: “Hagan morir en ustedes todo lo terrenal: la inmoralidad sexual, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y la avaricia, que es una especie de idolatría. […] Dejen todo eso: el enojo, la pasión, la maldad, los insultos y las palabras indecentes. No se mientan unos a otros, porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras para revestirse del hombre nuevo, que por el conocimiento se va renovando a imagen de su Creador. […] Como elegidos de Dios, consagrados y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión, de amabilidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; sopórtense mutuamente; perdónense si alguien tiene queja de otro; el Señor los ha perdonado, hagan ustedes lo mismo. Y por encima de todo el amor, que es el broche de la perfección” (Col, 3: 5-14).

domingo, 23 de junio de 2013

COMUNICADO DE LA COMISIÓN EPISCOPAL DE JUVENTUD Y PASTORAL UNIVERSITARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA SOBRE EL ACTUAL CONFLICTO UNIVERSITARIO

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán hijos de Dios” (Mt 5,9)
Los Obispos de la Comisión Episcopal de Juventud y Pastoral Universitaria hacemos de su conocimiento a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, especialmente a los que han hecho y hacen vida hoy en nuestras universidades venezolanas, el siguiente comunicado:
1.      La Universidad venezolana a lo largo de su historia ha sido un baluarte para el desarrollo humano y social del país. Hoy esta institución pide ser escuchada por el Estado, el Gobierno Nacional y la Sociedad entera debido a la situación de conflictividad creada por el marcado deterioro de las condiciones laborales de su personal, así como los precarios beneficios estudiantiles; el inadecuado funcionamiento de las instalaciones, la escasez y falta de recursos necesarios para ofrecer una educación de excelencia y una investigación acorde a las exigencias actuales. Estas realidades afectan en sus condiciones de vida a los profesionales de la educación universitaria, a los estudiantes y a los trabajadores de nuestras instituciones universitarias, poniendo en grave riesgo el futuro de la universidad, lugar por excelencia de formación y generación de conocimientos para el bien de toda la sociedad.
2.       Esta conflictividad ha mostrado diversos rostros: la exigencia del reconocimiento gremial universitario por parte de las autoridades nacionales para un diálogo en equidad de condiciones y la necesidad de escuchar al mundo estudiantil en sus peticiones para una formación profesional de calidad. La falta de entendimiento y de diálogo han llevado a asumir posturas de desencuentro, cuyas acciones han ido desde protestas en lugares públicos hasta la radicalidad de la huelga de hambre de un considerable número de estudiantes y algunos docentes. Lamentablemente, algunos estudiantes han escogido espacios no propicios para estas acciones, los extraterritoriales dados por un reconocimiento internacional de un Estado, como ha sucedido en la Nunciatura Apostólica, que, aunque se siente preocupada por el conflicto, no está directamente involucrada en él.
3.      Lamentamos las acciones de algunos grupos violentos que quieren paralizar las reivindicaciones de docentes y estudiantes universitarios. Rechazamos la destrucción de bienes patrimoniales universitarios, las agresiones a estudiantes y el uso de armas de fuego en recintos universitarios que agravan más la tensión que se vive actualmente. La violencia no favorece ni al gobierno nacional ni a la universidad. Exigimos a los organismos de seguridad que cumplan su misión en el resguardo de la paz y la convivencia pacífica.
4.      “Como ciudadanos venezolanos y pastores de la Iglesia“…reiteramos nuestro vivo llamado a (…) que nos reconozcamos unos a otros como conciudadanos en igualdad de derechos, y recuperemos la capacidad de diálogo y encuentro, superando lo que nos divide” (CEV. 14-04-2013). Es urgente abrir espacios donde se dé un diálogo sincero y real para la solución inmediata de los conflictos planteados. Expresamos nuestra voluntad de colaborar en el establecimiento de esos canales de diálogo.
5.      Estamos convencidos que es importante que en el diálogo prevalezca la conciencia del momento histórico que está viviendo el país, y el reconocimiento y aceptación de la pluralidad y autonomía de pensamiento –característica genuina de las universidades -, para que haya un decidido compromiso del Estado, del Gobierno Nacional y de la Sociedad Civil con la educación, deponiendo intereses parciales y pensando en el daño gravísimo que se le hace a toda la sociedad si no se revierte positivamente este conflicto universitario. Es necesario, por tanto, que el diálogo sea incluyente y que reconozca todos los sectores involucrados en el conflicto
6.      Hacemos un llamado al pueblo venezolano, al Gobierno Nacional y a las instituciones universitarias, a trabajar juntos en la consolidación de una universidad a la altura de las exigencias de nuestro país y del mundo actual, asumiendo la pluralidad de propuestas y los valores éticos, respetando su talante democrático y autónomo, su rica diversidad de pensamiento y su inalienable compromiso con el bien común, considerando su gran aporte para la solución de los problemas de los excluidos y desfavorecidos.
7.      Pedimos a nuestra Patrona, la Virgen de Coromoto, que nos siga acompañando a todos y en especial a aquellos que, por vocación, consagran su vida a la universidad.
Viernes 21 de junio de 2013
Los Obispos de la Comisión de Juventud y Pastoral Universitaria de la CEV

miércoles, 12 de junio de 2013

Un laico ejemplar: Dr. Jorge Enrique Porras Moreno


Andrés Bravo
Capellán de la UNICA
           
Se ha enseñado que el laico es aquella persona que por el bautismo confiesa la fe cristiana en la Iglesia católica, pero no está consagrada a ningún ministerio del orden sacerdotal, ni ha profesado como religioso o religiosa. Es decir, no es ni sacerdote ministerial, ni religioso, ni religiosa. Mucho se ha discutido sobre este asunto. Existen quienes ven esta definición muy negativa, especialmente cuando se formula simplemente como el bautizado no consagrado. La verdad es que el bautismo nos consagra a todos como hijos de Dios; configurados a Cristo que es sacerdote, profeta y rey. Además, por la unción del Espíritu Santo que comienza a habitar en nosotros, somos convertidos en templos de la divinidad.
El Vaticano II, nos enseña que todos los bautizados somos sacerdotes. Aunque, el mismo Concilio tiene cuidado en distinguir ese sacerdocio común del bautizado del sacerdocio ministerial. De modo que el laico es sacerdote por el bautismo, común a todos los que formamos parte del Pueblo de Dios. Juan Pablo II identifica al laico como el obrero de la viña, es decir, el obrero del mundo (Christifideles laici 1). El Concilio Plenario de Venezuela asume lo enseñado en el documento de Puebla, en el sentido de que el laico es persona de Iglesia en el corazón del mundo y persona del mundo en el corazón de la Iglesia (Puebla 786 y CPV documento 7, numeral 62).
Lo entenderemos mejor si contemplamos vidas ejemplares de auténticos seguidores de Jesús que dentro de la comunidad eclesial, integran su vida a su fe, personas que optan por el Evangelio de Jesús y proyectan su existencia conforme a sus criterios evangélicos. Quiero destacar este tema porque hace un mes partió a la casa eterna del Padre un laico ejemplar, el Dr. Jorge Enrique Porras Moreno. Así como existió Jorge, excelente hombre de valores trascendentes como la familia, la profesión, la amistad, la universidad, la educación, el trabajo y la Iglesia, es un laico. Aquel que, todo él, es vivencia del bautismo. Consagrado para el servicio de Dios en los hermanos. Para esto se formó y trabajó toda su vida.
Jorge se comprometió con pasión al bien de los demás. Lo hizo como cristiano, en los diferentes ámbitos de la vida social. Su acción apostólica se expresó en el trabajo a favor del progreso de las comunidades más humildes. Creyendo en los jóvenes pobres y marginados y confiando en sus capacidades, se empeñó en fundar y dirigir el Centro de Formación Profesional San Francisco en sus dos sedes. Somos testigos de los éxitos que manifestaba con una alegría enorme, aunque le costaran dolor y lágrimas. Lo vimos muy preocupado ante graves dificultades, pero jamás rendido, siempre ocupado; implorando constantemente la gracia divina, seguía con pasión su apostolado. Amaba lo que hacía y, para ello, buscaba hacerlo mejor. Como buen hijo de san Ignacio de Loyola, para la mayor gloria de Dios.
Era un convencido de la Educación para el trabajo, así construía el país que soñó. Sin odios, sin descalificaciones, sin exclusiones, metiéndose entre la gente inquieta de los barrios, brindándoles su amor y ganándose su respeto. Creían en él, porque sentían su amor cristiano hacia ellos, sin importarles sus opciones políticas o religiosas, sus condiciones sociales o culturales. Si es humano y sólo por ser humano, le servía como el samaritano del Evangelio. Es admirable su participación en los consejos comunales y en otras muchas organizaciones populares. Con ellos enfrentaba las invasiones y otras graves dificultades.
Formó parte del FORO CERPE (Centro de Reflexión y Planificación Educativa), coordinado por el padre Luis Ugalde, que nos ofrece sus propuestas en la obra “Educación para transformar el país”. Ahí es presentado como economista y abogado, profesor de la Universidad Rafael Urdaneta y director del Centro de Arbitraje y Mediación de la Cámara de Comercio de Maracaibo. Sin embargo, su aporte se centró en su experiencia y saberes sobre la educación para el trabajo.
Además, impulsó la responsabilidad de las empresas a la solidaridad, a la acción social por el bien de los que necesitan. Las respuestas positivas las celebraba y agradecía con sincero sentimiento. La sensibilidad social hace engrandecer a la persona humana. Formó parte de la Unión Internacional Cristiana de Dirigentes de Empresas (UNIAPAC), organización que tiene por objetivo promover entre los dirigentes de empresas la visión e implementación de una economía que sirva a la gente y al bien común de toda la humanidad, para la construcción de una sociedad más justa y humana. Formar un movimiento así en Venezuela es una tarea que dedicó tiempo y talentos. Esta obra reclama la necesidad de seguirla construyendo. Para ello ofreció toda su pasión, su excelencia profesional y su fe cristiana.
En ocasiones me invitó a compartir con él en el Centro de Formación con mi acompañamiento espiritual. Porque en esta obra sembró la conciencia de que su trabajo es como Iglesia católica. Aunque en ocasiones lo dejamos sólo, siempre expresó que su apostolado era de Iglesia y con la Iglesia.
Otra de sus más grandes pasiones, integrada también a su trabajo del Centro de Formación y vivida especialmente con el Foro Eclesial de Laicos en equipo con la Universidad Católica “Cecilio Acosta”, fue la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Sus principios de reflexión, sus criterios de juicio y sus directrices de acción no fueron de él. Los asumió del magisterio social de su Iglesia, con el propósito de promover un humanismo integral y solidario. Eso data de mucho tiempo, desde su formación jesuítica. Recuerdo que una vez Mons. Roa Pérez me pidió un trabajo sobre esta doctrina social y Mons., Antonio López me aconsejó que buscara la ayuda de Jorge Porras, porque él era uno de los más inquietos en la DSI en Maracaibo. Lamento no haber obedecido ese consejo en aquel momento, mucho me perdí, estoy seguro.
            Después de algunos años, Dios me dio la gracia de encontrarme con él, en la misma trinchera a favor de la formación y difusión de la DSI. Ante la situación del país, en los difíciles días del año 2002, Mons. Santana convocó a un grupo de laicos inquietos, intelectuales, con sensibilidad social y profunda fe cristiana, para ayudarle con sus reflexiones a discernir la mejor respuesta de la Iglesia en esos momentos de turbulencia política y social. De ahí, quedó un reducido pero muy competente grupo que se organizó para la formación y disfunción de la DSI, denominado Foro Eclesial de Laicos, que Jorge con Guillermo Yepes Boscán, coordinó y fortaleció.
            El mejor momento fue la promulgación del Compendio de la DSI por parte del Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, el año 2004. Eso entusiasmó más el espíritu inquieto de Jorge y del Foro Eclesial de Laicos. A México fue a dar para asistir a la presentación formal del Compendio por parte de la Iglesia Latinoamericana, organizada por el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). Ahí se entusiasmó más al conocer el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC) y comenzó a participar en él para su profundización y la nuestra sobre el tema de gran interés para nosotros. Esta experiencia avanzó hasta formar una red social de comunicación de los trabajos e investigaciones sobre la DSI.
            El llamado del Pastor de realizar un acto para la presentación del Compendio de la DSI en nuestra Arquidiócesis, nos unió al Foro Eclesial de Laicos y a la Universidad Católica “Cecilio Acosta”, ahí Jorge propone realizar una Semana de la DSI. Así nace la I Semana de la DSI que celebramos en junio del año 2007. Nos encontramos en estos momentos en la organización de la VIII Semana que celebraremos, Dios mediante, en la cuaresma del próximo año. Nos ayuda que, en comunión con la Trinidad santa, Jorge sigue movilizándonos para progresar en este tan importante evento eclesial.
Desde estos eventos, Jorge Porras manifestaba con mucha inquietud que la DSI debe ser parte de la formación de todos, de sacerdotes, seminaristas y laicos. Que sea materia obligada en todos los centros de formación, empezando por las escuelas católicas, universidades, movimientos de apostolado y seminarios. Él daba el ejemplo en el Centro de Formación Profesional San Francisco. Esta inquietud, desde el Foro Eclesial de Laicos, fue expresada al Nuncio Apostólico, a la Conferencia Episcopal Venezolana, al Cardenal Urosa, a la AVEC, a la Vicaría para la Educación y la Cultura y al Seminario, siempre bajo la guía de nuestro Arzobispo. Cómo desearíamos seguir esta lucha para que así podamos rendir verdadero homenaje a nuestro amigo Jorge.
Mucho se ha logrado, lo que sucede es que la tarea es aún más exigente. Sé que en la UNICA hay señales significativas y propuestas valiosas que también recibieron gran apoyo de Jorge. Así como igualmente se le reconoce su apoyo a la Acción Católica de Maracaibo y a la Diócesis de Cabimas donde también se celebra la Semana de la DSI, acompañando Jorge a la Pastoral Universitaria y a la Pastoral Social de la Costa Oriental del Lago. Quiso extender la iniciativa de la Semana de la DSI a otras Iglesias locales, Barquisimeto, Machiques, Vigía-San Carlos, Coro, Valencia.
A estas reflexiones añado un agradecimiento al Señor de la historia por habernos regalado a una persona tan extraordinaria como Jorge Porras. Expreso, además, mis sentimientos solidarios de fe y esperanza a su esposa Cecilia, a sus hijas e hijo y a toda su familia. Sentimientos que comparto personalmente con el padre Eduardo Ortigoza, quien preside esta Eucaristía, en nombre de toda la Iglesia que peregrina en Maracaibo, muy particularmente en nombre de nuestros Pastores Mons. Ubaldo Santana y Mons. Ángel Caraballo. También quiero expresar estos mismos sentimientos en nombre de la Universidad Católica “Cecilio Acosta”, Comunidad Universitaria que ha orado por Jorge y su familia con especial aprecio y admiración. Y su espacio apostólico, el Foro Eclesial de Laicos, que unido a los mismos sentimientos cristianos, quiere honrarlo trabajando con mayor fuerza por la gran pasión que compartimos con Jorge Porras, la DSI.
            Permítanme visualizar el encuentro de Jorge con Dios. Es Jorge a la entrada de la Morada Eterna quien dice al Padre: gracias por darme tantos talentos, aquí te los ofrezco multiplicados. Y el Padre que lo invita: pasa a tomar parte de la comunión eterna de amor, porque cuando estuve necesitado tú me serviste con sincero amor. Y el Hijo de Dios a la derecha del Padre le replica: es que donde esté yo, ahí quiero que esté mi servidor.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Reconciliación



Andrés Bravo
Capellán de la UNICA
Estamos viviendo en Venezuela una de las más graves experiencias de la historia. Esta situación de discordia y división está marcada por el odio que desde el discurso y la actividad política ha sido sembrado entre nosotros. El estado de la situación que se ve y se nota en el lenguaje de insultos y de descalificaciones del uno con el otro, ha acabado con los nobles valores de respeto, de amistad, de solidaridad y fraternidad que nos caracterizaban. Ese binomio dialéctico de “enemigo y amigo”, propio de una concepción fascista de la política, va destruyendo los principios fundamentales de nuestra fe cristiana, base de nuestra formación como comunidad humana.

            El llamado urgente, guiado por el Evangelio de Jesús y la doctrina social de la Iglesia, es a la reconciliación. Pues, una sociedad enemistada y en continua batalla no puede prosperar, se destruye totalmente. Con nuestras continuas guerras estamos acabando con nuestra Patria, que ha costado tanto a nuestros padres.

            Reconciliarnos ¿por qué? Simplemente porque es imposible crecer como seres humanos si no somos capaces de salir de nosotros mismo al encuentro amoroso con los otros. Si nos negamos el derecho a valorarnos como personas los unos con los otros, convertimos este bello espacio, la Patria, casa de todos, en una jungla de animales salvajes que, para sobrevivir, tienen que destruirse entre ellos. No es este el proyecto de Dios. Así no nos ha creado el Señor.

            La vida es convivencia, si no no es vida humana. Primero, debemos acercarnos a Dios que nos ama hasta el extremo de hacerse uno con nosotros en la persona de Jesucristo. Seguir su camino, asumir su causa, para vivir su victoria de vida. Demos muerte al pecado que tanto daño nos produce. Para poder resucitar a una nueva humanidad. Cuando dejamos de ser hijos rebeldes y acogemos responsablemente el proyecto de nuestro Padre, Dios-Amor, podremos aceptar que el otro es persona, tan digna como nosotros, como hermano.

            Debemos hacer un gran esfuerzo para construir la fraternidad. Comenzando por el lenguaje, debemos desarmar las palabras. Dice la Sagrada Escritura que las palabras amables, respetuosas, suaves, portadoras de la verdad y la caridad, multiplican los amigos. Por el contrario, las pasiones violentas destruyen a los demás. Me gusta escuchar la Palabra de Dios cuando nos aconseja: “Sé rápido para escuchar y date tiempo para responder; si estás en tu razón, responde al prójimo, si no, cállate la boca” (Eclesiástico 5,11-12). Pero, aun estando en tu razón, para responder no te olvides de la caridad. La comunicación significa hacer comunión para formar la fraternidad.

            Por otro lado, sigue diciendo la Escritura Sagrada: “No seas chismoso, ni emplees la lengua para murmurar; para el ladrón se hizo la vergüenza, y los duros castigos para el chismoso. No hagas daño, ni poco ni mucho, no te conviertas de amigo en enemigo” (Eclesiástico 5,14-15).

            Por su parte, san Pablo nos enseña las normas de la vida cristiana (ver Romano 12). Nos conviene recordarlas: 1.) El verdadero culto a Dios es la entrega al amor que exige sacrificio. 2.) Transformarnos interiormente con una mentalidad nueva, según los criterios de la caridad, para que podamos ser capaces de discernir lo bueno, lo aceptable, lo querido por Dios. 3.) No tener pretensiones desmedidas que nos haga creernos que somos mejores o más importante que los demás. 4.) Por el contrario, seamos moderados en nuestra propia estima. 5.) La vida en comunión como expresión del amor; somos como un cuerpo humano constituido por muchos y diversos miembros, cada uno necesario y valioso, con su propia misión, pero unidos en el servicio de amor mutuo. 6.) Tengamos una profunda pasión por el bien y, con la misma fuerza, aborrezcamos el mal, para amar con sinceridad. 7.) En el amor entre hermanos demostremos cariño, respeto, consideración y estima. 8.) Seamos solidarios y diligentes con los hermanos más necesitados. Este es el más auténtico servicio al Dios revelado por Jesús desde la cruz.

            Dios quiera que en el corazón de los venezolanos podamos sembrar la semilla del reino de Dios, para que la pascua sea el triunfo del bien, del amor, de la fraternidad. Nos falta mucho por hacer, la faena es fuerte y difícil, pero merece todo nuestros esfuerzos y sacrificios.
            Feliz Resurrección de la fraternidad venezolana.