sábado, 29 de abril de 2017

La Comunidad Política y la Iglesia Católica


La XI Semana de la Doctrina Social de la Iglesia
La Comunidad Política y la Iglesia Católica
Pbro. MSc. José Andrés Bravo Henríquez
Director del Centro de Estudios de Doctrina y Praxis Social de la Iglesia
Universidad Católica Cecilio Acosta
Arquidiócesis de Maracaibo
          El año pasado la Arquidiócesis de Maracaibo realizó la X Semana de la Doctrina Social de la Iglesia con una feliz novedad que garantizó el éxito que, en un comienzo, no esperábamos, pero se logró con la gracia de Dios y la perseverante dirigencia de un grupo significativo de cristianos. ¿Cuál novedad? Ese año, además de la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA) y el Foro Eclesial de Laicos, se integró un nuevo grupo de personas creyentes, competentes, responsables y consecuentes, que hacen vida de comunión cristiana en la parroquia “San Antonio María Claret”, identificándose como “DSI Padre Claret”, bajo el extraordinario liderazgo pastoral del Pbro. MSc. Ovidio Eduardo Duarte Torres. Contamos, además, con el eficiente y generoso servicio de personas de los diversos grupos apostólicos de tan importante comunidad parroquial de nuestra Arquidiócesis.
          Se realizó, pues, unas jornadas de alta calidad durante la segunda semana litúrgica de cuaresma del año 2016, sobre el tema Contribución y Desafíos de la DSI en el siglo XXI. Más bien, en la Venezuela del siglo XXI, porque es esta realidad concreta la que nos inspiró y nos exigió una respuesta. Temas como la persona humana y sus múltiples dimensiones, los derechos humanos, los principios de la doctrina social, los valores fundamentales de la vida social y el compromiso social del laico católico, configuraron el evento. A la vez, se realizó en la hermana Diócesis de Cabimas con la Pastoral Social y la Pastoral Universitaria, donde le brindamos apoyo con el tema de la formación política del cristiano.
          Esto suscitó muchas inquietudes y nos planteamos el reto de no quedarnos satisfechos, necesitamos lanzarnos a nuevas acciones. Recordamos que hace algunos años nos comprometimos a que estas Semanas de la Doctrina Social de la Iglesia se desarrollaran, de alguna manera, durante todo el año. El reto de convertir la “semana” en un “año”, renace entre nosotros con mayor fuerza. No estamos dispuestos a esperar que pasen los meses para organizar la siguiente actividad. Siempre con el objetivo principal de formar y difundir la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). En este sentido son numerosas las llamadas que el Magisterio Eclesial nos hace, como muestra, les dejo como referencia el numeral 793 de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Puebla):
“En nuestro continente latinoamericano, marcado por agudos problemas de injusticia que se han agravado, los laicos no pueden eximirse de un serio compromiso en la promoción de la justicia y del bien común, iluminados siempre por la fe y guiados por el Evangelio y por la Doctrina Social de la Iglesia, pero orientados a la vez por la inteligencia y la aptitud para la acción eficaz”. Citando a Juan Pablo II, sigue: “Para el cristiano no basta la denuncia de las injusticias, a él se le pide ser en verdad testigo y agente de la justicia”. 
Por tal motivo, animados por esta reflexión que hicimos juntos, proyectamos un taller para celebrar el aniversario 125° de la encíclica Rerum novarum del papa León XIII que dio comienzo a la doctrina social en la era contemporánea. Además, celebramos el 25° aniversario de la encíclica Centesimus annus de Juan Pablo II. El referido taller se realiza el domingo 29 de mayo de 2016 con 63 participantes. Se centra en la naturaleza de la doctrina social, su historia y su relación con la evangelización. La excelente organización y la significativa participación de los asistentes, no sólo de la parroquia Claret donde se realizó, sino de otras comunidades cristianas, se hizo con un éxito mayor, el sábado 23 de julio con 92 personas que no habían asistido a la anterior cita.
Durante un año, el grupo organizador se reunió todos los martes, con muy pocas excepciones, para conversar, planificar, avaluar, hacernos preguntas y buscar respuestas, para estudiar posibilidades y ver la viabilidad de algunas otras actividades. Aún tenemos pendiente los conversatorios con empresarios sobre esta doctrina social que les brinda valores para el enriquecimiento personal y empresarial, desde el punto de vista más integral del desarrollo humano. También el conversatorio con los jóvenes, con la exigencia de hacerlo más dinámico. Son tareas pendientes de gran interés que no queremos abandonar.
Por este camino hemos llegado a la organización de la XI Semana de la Doctrina Social de la Iglesia, celebrada del 12 al 17 de marzo de 2017, segunda semana de cuaresma. El tema central y los temas específicos, los expositores, la logística, la estrategia comunicacional, el financiamiento, entre otras muchas cosas, nos mantuvo ocupados con seriedad y eficiencia. Realmente, las diversas comisiones trabajamos con excelente competencia. Muchas discusiones, encuentros y desencuentros, duros debates y al final todos andamos por el mismo objetivo. Mucha colaboración y generosidad, constancia y perseverancia, esfuerzo inteligente, acción continua, nos llevó al éxito que hoy ofrecemos al verdadero autor de esta obra, Dios-Amor revelado por el Hijo amado que, con el Padre amante, nos da el Espíritu Santo de amor Comunional.
El capítulo ocho del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia sobre “la comunidad política” nos sirve de base fundamental. De ahí diseñamos los contenidos de cada conferencia, centrados en el tema: “La Comunidad Política y la Iglesia Católica”, de suma actualidad y urgente necesidad en la actual sociedad venezolana. Uno de los mayores desafíos de la Iglesia peregrina en Venezuela es, sin lugar a dudas, la formación política del cristiano. El Concilio Plenario lo denuncia como una sombra en su documento “La Contribución de la Iglesia a la Gestación de una Nueva Sociedad” (CIGNS):
“En el campo de la política, escenario donde se configuran las leyes y se toman las grandes decisiones, se evidencia la escasez de laicos formados en la fe y específicamente en la Doctrina Social de la Iglesia, que influyan significativamente en las decisiones que afectan a la nación, particularmente en los campos como la familia, la defensa de la vida, la educación y la libertad religiosa” (CIGNS 66).
“Se constata en algunos cristianos una actitud pasiva en participar en la vida de sus comunidades y del país, dejando a un lado la responsabilidad social y política, la cual es insoslayable para cualquier persona como miembro de una sociedad. Esa apatía e indiferencia contraría el compromiso cristiano con la comunidad para la construcción de un nuevo país” (CIGNS 69).
          Es un llamado que el papa Francisco hace con la fuerza renovadora de del Evangelio de Jesús. Así lo expresa en el cuarto capítulo de su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (EG), titulado “La Dimensión Social de la Evangelización”. Es claro al afirmar que “ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para preparar las almas para el cielo. Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna” (EG 182). A continuación, explica:
“Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política», la Iglesia «no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo. Al mismo tiempo, une «el propio compromiso al que ya llevan a cabo en el campo social las demás Iglesias y Comunidades eclesiales, tanto en el ámbito de la reflexión doctrinal como en el ámbito práctico” (EG 183).
En fin, suficientes causas para tan importante tema que da sentido a la XI Semana de la Doctrina Social de la Iglesia. Los temas específicos son:
1.     Los aspectos bíblicos-teológicos de la comunidad política: su fundamentación y el fin de la misma, es decir, la persona humana y el pueblo.
2.     La Iglesia y los derechos humanos: la vida política y el tutelaje de los derechos humanos, la relación entre la fe cristiana católica y la política, el pecado destructor de la sociedad.
3.     La autoridad política: el Estado y los principios que deben orientarlo, la fuerza moral, la objeción de conciencia, el derecho a la resistencia, los derechos y deberes de propiciar y conminar penas proporcionadas a la gravedad de los delitos.
4.     Los valores, instituciones e instrumentos de una democracia auténtica: el componente moral de la representación política, la participación e información cabal en una democracia digna de tal nombre.
5.     La comunidad política al servicio de la sociedad civil: el Estado y las comunidades religiosas, la libertad religiosa como derecho humano fundamental, la Iglesia y la comunidad política, autonomía e independencia.
Por supuesto que estos temas, cuidadosamente seleccionados, exigieron unos expositores excelentes y competentes. De esta manera invitamos a grandes personalidades nacionales de la vida eclesial y social de Venezuela: Mons. Ovidio Pérez Morales, arzobispo-obispo emérito de los Teques; Mons. Diego Padrón, arzobispo de Cumaná y presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV); el R.P. Luis Ugalde, sacerdote jesuita ex-rector de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) de Caracas; el Dr. Ramón Guillermo Aveledo, político y catedrático universitario; el Dr. Guillermo Yepes Boscán, letrado humanista político y profesor honorario de la UNICA; el Pbro. José Andrés Bravo, Director del Centro de Estudios de Doctrina y Praxis Social de la Iglesia de la UNICA; el Dr. David Gómez Gamboa, catedrático de la Universidad Rafael Urdaneta (URU), quien dictó una excelente conferencia sobre los derechos humanos en la Diócesis de Cabimas.
El segundo domingo de cuaresma de 2017, 12 de marzo, se inaugura el evento con la Eucaristía solemne presidida por nuestro arzobispo Mons. Ubaldo Santana quien, en su homilía nos exhortó sobre la urgente necesidad de la formación y participación del cristiano en la actividad política en un pueblo en conflicto y una muy grave crisis social, política y económica, que reta a la movilización activa y eficiente del cristiano. Igualmente señaló la importancia del gran evento eclesial que ofrecemos al Señor en la Eucaristía:
La Semana de Doctrina Social de la Iglesia en Maracaibo obedece a un imperativo del Magisterio pontificio, recogidos en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, repercutido en Latinoamérica por todas las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe y concretamente en nuestro país por el Concilio Plenario de Venezuela. Más concretamente hemos querido dar aplicación a las directrices pastorales contenidas en el documento conciliar venezolano “La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad”. Allí se considera el estudio, el conocimiento y la aplicación de los grandes principios y criterios de la DSI como una de las grandes herramientas para contribuir en la construcción de una Venezuela más justa, fraterna y solidaria.
          El lunes 13 de marzo a las nueve de la mañana en la sede principal de la Católica de Maracaibo, UNICA, con un público mayoritariamente de jóvenes estudiantes, escuchamos a Mons. Pérez Morales enseñando el aspecto bíblico-teológico de la comunidad política. Así iluminó el tema en cuestión desde la fe cristiana, en siete puntos:
1.     La línea teológico-pastoral como eje unificador y articulador del conjunto doctrinal y práctico del mensaje cristiano que es la comunión. Según Puebla, la comunión y la participación. Según el Concilio Plenario de Venezuela, la comunión y la solidaridad.
2.     La raíz y fuente de toda comunión es Dios-Trinidad (Comunidad Divina de Amor) que ha impreso su sello Comunional en toda su obra creativa-salvífica. Por tanto, el ascenso en la línea de ser es vida-persona-comunión.
3.     El ser humano creado a imagen y semejanza de Dios: iluminación trinitaria de la antropología.
4.     El fundamento de la comunidad política: la persona con su dignidad y derechos. Dios que al crear al hombre crea la comunidad política. Tres principios operativos de la comunidad política: solidaridad, participación y subsidiariedad.
5.     El fin de la comunidad política: el bien común. La centralidad de la persona y el bien común no se oponen. El Estado tiene el deber de cuidar y promover el bien común. Destaca la preocupación por los pobres.
6.     Naturaleza y contrato: el ser humano social por naturaleza, genera agrupaciones naturales (por ejemplo la familia) y otras mediante encuentros, convenios y normas.
7.     Persona y pueblo: la comunidad política es primariamente pueblo. Pueblo es confluencia de personas por factores que van más allá de lo puramente socio-económico de exigencias primarias. Es además, realidad fundamentalmente ético-cultural-espiritual. Teología del pueblo: pueblo de Dios del Antiguo Testamento (elección-alianza). El nuevo Israel (nuevo pueblo de Dios) en el Nuevo Testamento: es la Iglesia como sacramento de comunión constituido por pueblos-culturas. Pueblo peregrino hacia la Polis-Jerusalén celestial, plenitud de la Iglesia y plenitud de la humanidad.
Ese mismo lunes 13 de marzo a las cinco y treinta de la tarde, en el Templo Parroquial del Padre Claret, el Padre Bravo dicta la conferencia con el mismo tema, enfocado en una teología narrativa del relato de la historia de la salvación. Comienza diciendo que el ser humano es creado para la comunión, la responsabilidad, para ser libres en comunión con Dios como hijo, en comunión fraterna con los otros seres humanos, y en comunión de cuidado humanizador para su servicio con las demás criaturas. Pero, el pecado rompe el eje de comunión y se produce unas relaciones de esclavitud de opresores y oprimidos.
Al final del libro del Génesis nos refiere que es el hambre la que conduce al pueblo de Israel a Egipto donde, pronto, es esclavizado y oprimido por el poder absoluto del Faraón. Es por eso que Dios se acerca y, escuchando los gemidos de sufrimiento del pueblo oprimido, elige a un líder para que le hable a sus hermanos hebreos que deben tomar conciencia de su dignidad, que su Creador los quiere libres, que deben organizarse, movilizarse y emprender el camino sacrificado del desierto que los conduce como pueblo a la liberación, a una tierra de prosperidad.
Su organización política, como pueblo de Dios, se caracteriza por la vida comunitaria (doce tribus – comunidades de familias) comprometidas entre sí como servidoras. Sin embargo, cuando el pueblo pide establecer la monarquía para ser gobernado por un rey al igual que las otras grandes naciones, las relaciones comienzan a estropearse. Naturalmente, no podemos negar que Israel crece y las relaciones internacionales traen consigo compromisos más conflictivos y las tentaciones monárquicas son mayores. En este mundo el sistema de vida social deseado por Dios se hace difícil de establecer.
Aun así, la elección de David como rey crea un sentido profundamente importante para el plan de salvación de Dios para la humanidad. David tiene el perfil apropiado para ser rey según el corazón de Dios. Porque, en definitiva, es Dios quien debe gobernar a su pueblo. David es joven y pobre. Pero, especialmente, tiene el oficio más apropiado para gobernar, es pastor. Un verdadero pastor tiene habilidades y sensibilidades indispensables para gobernar según el querer de Dios. Porque un pastor es responsable de su rebaño. No es asalariado, el rebaño le pertenece. Debe saber entender a sus ovejas a pesar de sus torpezas. Mantenerlas sanas y unidas. Hacer que le conozcan y le sigan. Incluso, debe ser valiente y tener un alto sentido de responsabilidad que lo lleva a enfrentarse al rabioso lobo para defender su rebaño. Así quiere Dios que gobierne el rey a su pueblo, como un pastor a su rebaño.
En realidad, la mayor fuerza del rey David es su fe. Sabe que Dios es el único Rey. Como lo reza el salmista, él es el brazo y su bravura, justicia y derecho es la base de su trono, ante sí tiene el amor y la lealtad. El salmista suplica: “Oh Dios, da al rey tu juicio, al hijo de rey tu justicia. Para que con justicia gobiernes a tu pueblo, con equidad a tus humildes” (Salmo 72).
Ya sabemos la historia transmitida en la Sagrada Escritura, muchos reyes desviaron su misión y, olvidándose de la Alianza con Dios, se convirtieron en explotadores del pueblo. Las consecuencias son el caos y la pérdida de la convivencia en paz y libertad. La deportación a Babilonia trae consigo nuevos y más crueles sufrimientos para el pueblo. Dios sigue escuchando sus gemidos y sigue respondiendo acercándose al ser humano y hablándole por medio de los profetas. Habla, impone su palabra fuerte, como una espada de doble filo que penetra hasta lo más intimo, hasta lograr que se convierta y vuelva a ser leal a la Alianza. Pues, Dios rescata nuevamente a su pueblo. El ser humano vuelve a tener un espacio para vivir en comunión, en libertad y amor. Esta es la historia humana donde Dios realiza su plan liberador, respondiendo siempre cada vez que el ser humano sufre.
Jesucristo ha venido al mundo, esta es la buena noticia para la humanidad sumergida en la opresión. Su encarnación es el encuentro del Evangelio con el pueblo. Su proyecto es un Reino, distinto a los de este mundo cuyo signo es la tiranía. Él es el rey esperado, anhelado; que actúa como un Pastor bueno (Juan 10). El centro de su vida y predicación es el Reino de Dios, dándole un sentido nuevo a un gobierno fundamentado en el servicio: “Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las gobiernan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes; sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor, y el que quiera ser el primero, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Marcos 10,42-45). Este pasaje bien podría denominarse la doctrina política de Jesús y su Evangelio.
El martes 14 de marzo es Mons. Padrón quien nos enseña sobre los derechos humanos según la doctrina transmitida por la Iglesia Católica. Hace un recorrido histórico sobre el desarrollo de la toma de conciencia en la humanidad moderna y contemporánea sobre los derechos humanos y la enseñanza de la Iglesia al respecto.
Como principio fundamental de su exposición está en que el origen, la base y la meta de toda vida social es la persona humana. Para el Arzobispo de Cumaná, son cuatro puntos desafiantes:
1.     La Iglesia y los derechos humanos.
2.     La vida política y el tutelaje de los derechos humanos.
3.     La relación entre la fe cristiana católica y la política.
4.     El pecado destructor de la sociedad.
Por la limitación de tiempo, sólo trató ampliamente el primer punto. La premisa principal es que actualmente “los derechos humanos” es un tema recurrente en los documentos y pronunciamientos de la Iglesia católica y, en particular, de la Conferencia Episcopal Venezolana. La razón fundamental que explica y justifica esta actitud de la Iglesia es que hoy los derechos humanos pertenecen no sólo al ámbito de lo jurídico, social y político, sino también al religioso, específicamente, al tema de Dios. En efecto, Dios se revela en la historia como el dador y protector de la vida. De toda vida, incluso, protege la vida de Caín, aunque éste haya asesinado a su hermano. En el mismo sentido, el libro del Éxodo nos presenta que una de las cláusulas de la Alianza entre Dios y su pueblo es: “No matar” (Éxodo 29,13). Es el precepto que constituye la defensa categórica de la vida.
Ahora bien, la expresión de los derechos humanos es una formulación histórica, jurídica y filosófica, nacida en un momento determinado de la edad moderna, que recoge la sensibilidad moral básica de la dignidad humana, la libertad. Fue John Locke (1632-1704) quien, en su “Tratado sobre el Gobierno Civil” (1690), explica la primera teoría filosófica de los derechos humanos, precedido por las enseñanzas de Francisco de Vitoria (1492-1546), fundador de la Escuela de Salamanca (1539).
Pero, son las “Declaraciones” sobre los derechos humanos las que mejor permiten interpretar su contenido. La Declaración Universal de los Derechos Humanos fue promulgada por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el 10 de diciembre de 1948, años después del fin de la segunda guerra mundial. Fue, pues, el resultado de una toma de conciencia de los líderes mundiales de que a cada hombre y a cada mujer les corresponde frente al poder de los Estados, unos derechos universales e inalienables, simplemente por ser humanos.
Esta toma de conciencia y las consiguientes declaraciones son el final de un largo camino histórico-social. Vemos como fruto de la Revolución Francesa, que la Asamblea Nacional de Francia aprobó, el 26 de agosto de 1789, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que fue incorporada en forma de preámbulo en la Constitución Francesa de 1791. Desde esta fecha, esta declaración se convirtió en el texto base de todo el proceso de difusión de los derechos humanos. Como precursores de ella, se cita el Bill of Rights, consecuencia de la “Gloriosa Revolución” de 1668 en Inglaterra, que creó una forma de gobierno parlamentaria y marcó el arraigo de los principios liberales en la organización de la vida pública.
En los Estados Unidos de América hay que reseñar el Acta de Tolerancia de 1649 (Mariland) y, ya en el siglo XVIII, la Declaración de los Derechos Humanos del buen pueblo de Virginia (1776). En el origen de tales derechos está la idea de que todos los hombres, por naturaleza, son igualmente libres e independientes y tienen derechos innatos a su condición humana. Es la primera declaración que contiene un catálogo específico de los derechos del hombre y del ciudadano. Junto a ella, el Bill of Rights de 1791, las tres declaraciones forman parte de la Constitución Federal Americana,
Por su parte, la Iglesia, en un comienzo, es reacia para admitir la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, porque no la veía fundamentada en principios trascendentes y, por otra parte, la consideraba como un camino de emancipación de la institución civil frente a la dirección que la Iglesia había mantenido hasta entonces sobre la sociedad.
Sin embargo, la Iglesia católica, aunque no se sintió cómoda con la doctrina de los derechos humanos fruto del liberalismo individualista, característica de la edad moderna, no ha dejado de sentirse interpelada por las palabras y el ejemplo de Jesucristo, quien promovió y defendió la dignidad de toda persona humana, sin excepción.
León XIII (1810-1903) se abre a la idea de que los derechos humanos son positivos porque dependen de la ley natural querida por Dios y custodiada por la Iglesia. Pero, no fue sino en la segunda mitad del siglo XX, con Juan XXIII y Pablo VI, quienes con el concilio Vaticano II y siguiendo el planteamiento de Pío XII (1876-1958), cuando la Iglesia asume las teorías y los valores democráticos. Ahí, es el filósofo francés Jacques Maritain (1882-1973) el artífice de la aclimatación de esos conceptos en la Iglesia actual.
Así, en los años sesenta, Juan XXIII inició en la Iglesia, con la Pacem in Terris (1963), la acogida definitiva del paradigma de los derechos humanos, con significativas novedades. Entre los principales derechos, destaca el de la existencia, la integridad física, los recursos correspondientes a una vida digna, lo que incluye también a ser protegido en la enfermedad, la vejez, así como en la viudez, a invalidez y el desempleo. Afirma también los derechos morales y culturales, que incluyen la libertad de pensamiento, a expresar el pensamiento y de recibir información veraz sobre los acontecimientos públicos, como también el derecho a la educación y a la formación técnica profesional.
Por otra parte, afirma el derecho a la libertad religiosa y a escoger el .estado de vida. Otro campo lo constituyen los derechos económicos, civiles y políticos que comprenden el derecho al trabajo y su justa remuneración, el derecho a participar activamente en la vida pública o el derecho de reunión y asociación, así como el derecho de inmigración y emigración. Como vemos, este conjunto de derechos, con sus deberes, sobrepasa los consignados por la ONU en 1945.
El Concilio Vaticano II en la Gaudium et spes numeral 41, declara que la Iglesia, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos, reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual que está promoviendo por todas partes tales derechos. Y en la declaración Dignitatis Humanae trata de la libertad religiosa, así como de la libertad integral.
Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi añade que la defensa y promoción de los derechos humanos y la liberación integral es parte de la acción evangelizadora de la Iglesia. También Juan Pablo II defiende y promueva los derechos humanos desde la Laboren exercens (1981), la Sollicitudo rei sociales (1987) y la Centesimus annus (1991). Él mismo, en su mensaje de paz de 1999, afirma proféticamente: “Si se ignora o desprecian los derechos humanos, o la búsqueda de intereses particulares prevalece injustamente sobre el bien común, se siembran inevitablemente los gérmenes de la inestabilidad, la rebelión y la violencia”.
El aporte de la Iglesia latinoamericana es de suma significación para la doctrina social, por su visión profética de los derechos humanos. Es un enfoque original con acento bíblico. Por ejemplo, la conferencia de Santo Domingo (1992), en el numeral 167 denuncia: “Los derechos humanos se violan en América Latina no sólo por el terrorismo, la represión y los asesinatos, sino también por la existencia de condiciones de extrema pobreza y de estructuras económicas injustas que originan grandes desigualdades. La intolerancia política y el indiferentismo frente a la situación de empobrecimiento generalizado muestran un desprecio a la vida humana que no podemos callar”.
La Iglesia Venezolana ha hecho de la promoción y defensa de los derechos humanos una línea de acción permanente. En el concilio plenario, acoge de corazón la enseñanza bíblica y del magisterio eclesial – pontificio y latinoamericano – sobre la grandeza, inviolabilidad y centralidad de los derechos de cada persona, desde el momento de su concepción hasta su muerte natural (Contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad 113).
El miércoles 15 de marzo fue el padre Ugalde quien dicta la conferencia sobre el sentido de la autoridad. Y, toma como base el pasaje del Evangelio donde Jesús enseña a sus discípulos que la autoridad política que él quiere se diferencia de la que el mundo ejerce. Para Jesús, aquel que quiera gobernar debe ser el servidor de todos, dispuesto incluso a dar su vida por amor a los demás (Marcos 10,42-45). Así va desarrollando su tema, con seria crítica al sistema de política que hoy vivimos en Venezuela.
Para fundamentar este sentido de la autoridad política, cita el numeral 205 de la exhortación del papa Francisco titulada el Evangelio de la Alegría (Evangelii Gaudium): ¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común… ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos”.
El jueves 16 de marzo el Dr. Aveledo centró su conferencia en la moral democrática con sus valores, instituciones e instrumentos, para una democracia auténtica. Para ello, se refirió a dos clásicos conceptos de democracia. El primero es de Abraham Lincoln tomado del discurso que pronunció el 19 de noviembre de 1863, en el lugar donde se produjo la batalla de Gettysburq: la democracia es “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. El segundo concepto es del ex-senador Eugene McCarthy: la democracia es “una filosofía de organización política y social que da a los individuos un máximo de libertad y un máximo de responsabilidad”. Libertad y responsabilidad son dos conceptos correlativos en una democracia auténtica.
Partiendo de estos conceptos complementarios, afirma que una democracia requiere de ciudadanos, de derechos-libertad-deberes, de estructuras (instituciones y leyes). Las instituciones son sociales (primacía de la sociedad civil) y públicas (sociedad política como servidora de la sociedad civil). Estas instituciones suponen organización, permanencia y beneficio. La moral democrática se compone de fines (el fin es el bien común); de medios que deben ser lícitos; de principios como la solidaridad, la responsabilidad personal, la subsidiaridad y la justicia.
Concluye su exposición afirmando que la ética es indispensable en la política, tanto en su actividad como en su gestión pública, pero no es suficiente. La política, además, debe nutrirse de buenas “políticas públicas”, ser atractiva con una excelente presentación comunicacional y una ética que la conserve limpia y sana.
El viernes 17 de marzo, cerrando el gran evento, el Dr. Yepes expuso su conferencia sobre la comunidad política al servicio de la sociedad civil. Comenzó afirmando que el concepto de libertad es una herencia cristiana y lo es en una triple dimensión:
1.     Somos libres en sentido ontológico porque Cristo nos ha hecho libres (Gálatas 5,1).
2.     Amamos y buscamos la libertad, en cuanto que la dignidad de toda persona – enseñada por el cristianismo – promueve la aspiración a la libertad y al dominio de sí.
3.     Somos capaces de gozar de una auténtica libertad en el sentido social, porque la distinción entre el nivel político y religioso – promulgado por Jesús – es la garantía práctica de las libertades civiles.
Bajo este fundamento, desarrolla su disertación.
Tiene cuidado en distinguir la función eclesial de la autoridad política, advirtiendo que el Estado pierde su sacralidad y su pretensión de gobernar las conciencias, porque el verdadero garante de la moralidad es la autoridad ético-religiosa que es competencia de la Iglesia. Sin embargo, esto no significa que la Iglesia deba reducir su acción a lo privado, pues, “en ningún momento debe abdicar de su misión de garante ético de la sociedad. Como tampoco el Estado puede despreciar los valores morales que le preceden y le sirven de fundamento y como condición de existencia”. Así, por un lado, se debe aceptar la instancia ético-religiosa que es antecedente al ámbito político (contra el laicismo), admitir el derecho de la libertad religiosa, reconocer el derecho al pluralismo político.
Concluye expresando el sentido de la autonomía e independencia entre la Iglesia católica y la comunidad política, sin excluir la relación de mutua colaboración entre sí: “Las dos, aunque a título diverso, están al servicio personal y social de los mismos hombres. La Iglesia y la comunidad política en efecto, se expresan mediante formas organizativas que no constituyen un fin en sí mismas, sino que están al servicio de la persona humana para permitirle el pleno ejercicio de sus derechos, inherentes a su identidad de ciudadano y de cristiano, y un correcto cumplimiento de los correspondientes deberes”. Es decir, tanto la Iglesia como la comunidad política están al servicio de la humanidad.
Así concluimos con éxito la XI Semana de la Doctrina Social de la Iglesia. El equipo organizador, representando a la UNICA, al Foro Eclesial de Laicos y DSI Padre Claret, nos reunimos para la evaluación. El desafío sigue siendo el traducir en la práctica los contenidos teológicos de la doctrina social. Se quiere seguir con los talleres con nuevos temas. Atender a los jóvenes. Pero, ante todo, el equipo organizador se seguirá reuniendo para la formación interna permanente sobre la doctrina social. Quedamos que para la próxima reunión estudiemos entre todos la Introducción del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “Un Humanismo Integral y Solidario”.
Al finalizar, queremos agradecer a nuestro Arzobispo Ubaldo Santana y a su Obispo auxiliar. Al Padre Ovidio Duarte y a su parroquia que, con gran capacidad de sentido eclesial y solidario con el pueblo venezolano, nos brindó la generosa y valiosísima ayuda en todo un trabajo pastoral eficiente, completo y competente. A la Universidad Católica Cecilio Acosta y al Foro Eclesial de Laicos. A los expositores y al pueblo de Dios que con su participación nos abren un horizonte de fe y esperanza. “La Iglesia camina junto a toda la humanidad por los senderos de la historia. Vive en el mundo y, sin ser del mundo (cf. Juan 17,14-16), está llamada a servirlo siguiendo su propia e íntima vocación” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 18).

viernes, 21 de abril de 2017

“Para ser libres nos ha liberado Cristo” (Gálatas 5,1)


“Para ser libres nos ha liberado Cristo” (Gálatas 5,1)
Mensaje de Solidaridad a Venezuela
Del Centro de Estudios de Doctrina y Praxis Social de la Iglesia, de la Universidad Católica Cecilio Acosta
Pbro. José Andrés Bravo H.
Director
Alzamos la voz en defensa de la dignidad de la persona humana y sus derechos, vilmente violados por el régimen que actualmente gobierna a nuestra amada Venezuela. Valoramos la imagen cristiana de la persona humana y su más alta dignidad, desde el misterio del Dios revelado por Cristo crucificado y resucitado.
La libertad es un don de Dios, pues, “para ser libres nos ha liberado Cristo” (Gálatas 5,1). Pero, también es una tarea, una vocación. Estamos llamados a ser libres. Por eso, se protesta, para defender la dignidad de ser libres. La persona humano no puede vivir dignamente en un sistema opresor. Como lo enseña la Iglesia, “la libertad implica siempre aquella capacidad que en principio tenemos todos para disponer de nosotros mismos a fin de ir construyendo una comunión y una participación que han de plasmarse en realidades definitivas, sobre tres planos inseparables: la relación del hombre con el mundo, como señor; con las personas, como hermanos y con Dios, como hijos” (Puebla 322).
Por eso es moralmente inaceptable la situación de injusticia que impone el régimen empobreciendo al venezolano, haciendo difícil que la persona humana llegue al sentido de responsabilidad comunitaria y sea consciente de su dignidad. Se le niega su libertad cuando se sumerge en una extrema necesidad, despojándolo de los alimentos y medicinas, de los servicios básicos, de la educación de calidad, de una asistencia social eficiente, de seguridad jurídica y social.
Una sociedad libre y justa no se construye con presos políticos, con fuerzas de poder que disparan contra el pueblo, irrespetando la voluntad popular, confiscando los poderes que deben ser independientes, impidiendo el voto libre y confiable, destruyendo el aparato productivo y aplicando políticas de hambruna para los venezolanos, con odio de clase y armando a civiles para matar a sus propios hermanos.
No, una sociedad libre y justa, no deja morir a los enfermos, ni ancianos y niños sin alimentos y servicios adecuados. No deja corromper a los cuerpos policiales ni militares, mientras los delincuentes roban, violan y asesinan.
Alzamos la voz con la de los millones de hermanos venezolanos que no son indiferentes, que piden el sagrado derecho de ser libres. Pero, le exigimos que no caigan en la tentación de la violencia que resta credibilidad a la causa por la que luchamos. Igualmente, denunciamos la represión cruel que se ha aplicado como respuesta a peticiones populares justas.
En la academia, desde donde alzamos nuestra voz, nos sentimos obligados a la solidaridad, a unir nuestros esfuerzos en la recuperación de la libertad y la democracia para Venezuela.
Nos basamos en los principios y valores de la vida social que, con el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, el Magisterio Eclesial nos enseña. Entre otros, la participación ciudadana que “no puede ser delimitada o restringida a algún contenido particular de la vida social, dada su importancia para el crecimiento, sobre todo humano, en ámbitos como el mundo del trabajo y de las actividades económicas en sus dinámicas internas, la información y la cultura y, muy especialmente, la vida social y política hasta los niveles más altos, como son aquellos de los que depende la colaboración de todos los pueblos en la edificación de una comunidad internacional solidaria” (Compendio 189). Igualmente, “la participación en la vida comunitaria no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercitar libre y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás, sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos, además de una de las mejores garantías de permanencia de la democracia (Compendio 190).
Entre los valores de la vida social, destacamos los más destruidos por el régimen que nos gobierna, el de la libertad y el de la justicia. En cuanto al primero, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia cita textualmente el Catecismo: “La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana” (Compendio 199).
Ciertamente, la miseria del pueblo venezolano es una situación de injusticia que clama al cielo. Es, sin dudas, contraria a la voluntad de Dios y a la ley natural. Por tanto, desde la fe cristiana, la calificamos como pecado social. Como lo advierten los pastores latinoamericanos en 1968, en el documento de la Conferencia de Medellín, “el amor, la ley fundamental de la perfección humana, por lo tanto de la transformación del mundo, no es solamente el mandamiento supremo del Señor, es también el dinamismo que debe mover a los cristianos a realizar la justicia en el mundo, teniendo como fundamento la verdad y como signo la libertad” (Medellín, Justicia 4).
Hermanos venezolanos, no perdamos el objetivo de nuestra lucha: la conquista de la libertad y la democracia en Venezuela. “Para ser libres nos ha liberado Cristo” (Gálatas 5,1).

miércoles, 15 de marzo de 2017

AUTORIDAD CON FUNDAMENTO


Padre Rafael María de Balbín
rbalbin19@gmail.com



            Allí donde haya una sociedad, de cualquier índole que sea, hace falta una autoridad, que encauce las energías y los esfuerzos de los miembros hacia el bien común, que es un bien para todos. La falta de autoridad origina que los esfuerzos individuales sean  dispersos y caóticos, cuando no opuestos entre sí. Y esto vale para una familia, una empresa productora, un municipio, un país y una comunidad supranacional.

La Iglesia se ha confrontado con diversas concepciones de la autoridad, teniendo siempre cuidado de defender y proponer un modelo fundado en la naturaleza social de las personas” (PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ. Compendio de la doctrina social de la iglesia. N. 393).

La doctrina de que la autoridad es natural y necesaria para cualquier sociedad responde a la enseñanza bimilenaria del cristianismo acerca del orden social. « En efecto, como Dios ha creado a los hombres sociales por naturaleza y ninguna sociedad puede conservarse sin un jefe supremo que mueva a todos y a cada uno con un mismo impulso eficaz, encaminado al bien común, resulta necesaria en toda sociedad humana una autoridad que la dirija; una autoridad que, como la misma sociedad, surge y deriva de la naturaleza, y, por tanto, del mismo Dios, que es su autor ». (S. JUAN XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 269; cf. LEÓN XIII, Carta enc. Inmortale Dei, 120).

En la sociedad política es evidente la necesidad de la autoridad, en razón de las tareas que le corresponden, como elemento insustituible de la convivencia civil (Cf. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 1897; S. JUAN XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 279).

Que la autoridad política sea siempre necesaria no legitima el poder absoluto ni la tiranía. “La autoridad política debe garantizar la vida ordenada y recta de la comunidad, sin suplantar la libre actividad de los personas y de los grupos, sino disciplinándola y orientándola hacia la realización del bien común, respetando y tutelando la independencia de los sujetos individuales y sociales. La autoridad política es el instrumento de coordinación y de dirección mediante el cual los particulares y los cuerpos intermedios se deben orientar hacia un orden cuyas relaciones, instituciones y procedimientos estén al servicio del crecimiento humano integral”. (PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ. Compendio de la doctrina social de la iglesia. N. 394).

Hay unas exigencias jurídicas y morales para el ejercicio de la autoridad política, «en efecto,  así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral para procurar el bien común, concebido dinámicamente, según el orden jurídico legítimamente establecido o por establecer. Es entonces cuando los ciudadanos están obligados en conciencia a obedecer » (CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 74). Y si no se respetan esas exigencias no hay ninguna obligación en conciencia de obedecer.

El pueblo tiene la facultad  soberana de elegir a sus gobernantes y de fiscalizar su gestión y “conserva la facultad de ejercitarla en el control de las acciones de los gobernantes y también en su sustitución, en caso de que no cumplan satisfactoriamente sus funciones. Si bien esto es un derecho válido en todo Estado y en cualquier régimen político, el sistema de la democracia, gracias a sus procedimientos de control, permite y garantiza su mejor actuación” (PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ. Compendio de la doctrina social de la iglesia. N. 395).

Son imperativos de justicia, no de mera popularidad. “El solo consenso popular, sin embargo, no es suficiente para considerar justas las modalidades del ejercicio de la autoridad política” (Cf. S. JUAN PABLO II, Carta enc. Centesimus Annus, 46; S. JUAN XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 271).

domingo, 12 de marzo de 2017

Homilía de la Eucaristía Inaugural de la XI Semana de la Doctrina Social de la Iglesia

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA 2017

HOMILIA

CAMINAR JUNTOS CON CRISTO HACIA LA PASCUA

Muy queridos hermanos y hermanas,

Hoy iniciamos una nueva etapa del camino cuaresmal. Este domingo contrasta con el domingo anterior.  El Evangelio del domingo pasado nos mostró la humanidad de Jesús sofocando las tres tentaciones que el demonio le presentó para impedir que llevara a cabo la misión que el Padre le ha encomendado. Hoy, en cambio, nos muestra el esplendor refulgente de su divinidad y oímos una vez más la voz de su Padre, como en el bautismo en el Jordán (Cf Mt 3,17), reconociéndolo como su Hijo muy amado e invitando a los tres discípulos, testigos de su transfiguración, a escucharlo y a tomar en serio el camino que él ha escogido para llevar a cabo su misión mesiánica. Es un camino escabroso que pasa por la ignominia de la cruz, pero el único que desemboca en la vida nueva de la Resurrección.

El evangelista Mateo reseña que allí, en lo alto de una montaña elevada, Jesús fue “transfigurado”. Entendemos por transfiguración la manifestación de su divinidad, de la cual, según un himno paulino, se había despojado para asumir la condición de una persona normal y corriente (Fil 2, 7-8). San Mateo la describe como un cambio que se produjo en el rostro y en los vestidos de Jesús. “Su rostro empezó a brillar como el sol y su ropa se hizo blanca como la luz”. El sol y la luz son elementos naturales de los que se valen los escritores bíblicos para describir de algún modo la presencia de lo divino en las realidades humanas, y por contraste asocian las tinieblas y l oscuridad a la ausencia de Dios.

Mateo se vale de estos símbolos para describir, con una cita del AT, el momento en que Jesús sale de su casa familiar en Nazaret para iniciar su ministerio público y su predicación en Galilea: “El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una gran luz y a los que habitaban en una región de sombras mortales una luz les iluminó” (Mt 4,16). Zacarías y su esposa Isabel se sienten envueltos en esa misma irradiación con  el don de un hijo en la vejez, Juan Bautista, y así lo cantan: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará un sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte y guiar nuestros pasos por los caminos de la paz” (Lc. 1, 78-79). El profeta Malaquías utiliza la misma terminología para describir el efecto que produce la irrupción de Dios en la vida de un ser humano que vive según los mandatos de Dios: “Pero a los que respetan mi nombre los alumbrará el sol de justicia que trae la salvación en sus rayos” (Mal 3,20; Cf Jue 5,31).

Jesús se transfigura en presencia de tres de sus discípulos, que tendrán más adelante un papel decisivo en el inicio de la difusión del Evangelio del Reino dentro y fuera de Palestina. Al transfigurarse ante ellos, los transforma en testigos de su verdadera identidad, de la naturaleza salvadora de su misión y del camino escogido para llevarla a cabo. El es Hijo de Dios hecho hombre que el Padre, en su infinito amor y misericordia, ha enviado al mundo para sacar a los hombres de las tinieblas de la muerte y del pecado y llevarlos a vivir en su verdadera condición de hijos de Dios, de hermanos unos de otros y de coherederos del Reino de santidad y de gracia, de amor, de  justicia, de libertad y de paz.

Lo acontecido en lo alto de esta montaña, que la tradición identifica con el monte Tabor, quedará profundamente grabado en la mente y el corazón de Pedro. Años más tarde, en su segunda carta, dará testimonio de lo que allí ocurrió: oyó, desde la nube, la voz del Padre, pidiendole que siguiera a su Hijo. Allí aprendió que él y todos los discípulos del Señor debían de  guiarse en sus vidas por la Palabra divina “como lámpara que brilla en un lugar oscuro” (2 Pe 1, 16-21).  Cuando todo lo que allí vivió se confirmó en el Gólgota y en la mañana resplandeciente de la Resurrección, Pedro quedó con la firme convicción de que Dios lo llamaba a él, a sus compañeros y a todas las comunidades cristianas del futuro a esperar, según su promesa, “cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia” (2 Pe 3,13).

Desde hace ya once años este domingo de Cuaresma ha sido escogido para inaugurar la Semana de Doctrina Social de la Iglesia. Este evento lo realizamos conjuntamente con la diócesis de Cabimas. En nuestra arquidiócesis es el fruto de una acción mancomunada del Foro Eclesial de Laicos, fundado por el querido y recordado Dr. Jorge Porras, laico insigne y ejemplar, de la Universidad Católica Cecilio Acosta, del Centro de Estudios de Doctrina y Praxis Social de la Iglesia, y de la parroquia Claret.

La Semana de Doctrina Social de la Iglesia en Maracaibo obedece a un imperativo del Magisterio pontificio, recogidos en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, repercutido en Latinoamérica por todas las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe y concretamente en nuestro país por el Concilio Plenario de Venezuela. Mas concretamente hemos querido dar aplicación a las directrices pastorales contenidas en el documento conciliar venezolano “La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad”. Allí se  considera el estudio, el conocimiento y la aplicación de los grandes principios y criterios de la DSI como una de las grandes herramientas para contribuir en la construcción de una Venezuela más justa, fraterna y solidaria.

En este documento se detectan las graves deficiencias de nuestro actual sistema político: el resurgimiento del militarismo, el predominio del Estado, el centralismo, la creación de mecanismos de aparente participación que en realidad son excluyentes, el peligro del mesianismo político, el paternalismo, el uso clientelar de las políticas sociales, el debilitamiento de las organizaciones de base, comunitarias y vecinales, la corrupción administrativa generalizada. Todo incide en el gravísimo empobrecimiento del país (Ibídem NN. 4-46). Estos males, diagnosticados hace ya más de 15 años, lejos de disminuir, se han ido agravando desmesuradamente.  A todos ellos hay que sumar la hambruna, la carencia de insumos y medicamentos, la inseguridad y la anarquía, males que están causando un lento genocidio de la población venezolana, particularmente de los más pobres, y la fuga masiva al extranjero de gente joven y talentosa.

Hoy con gran dolor debemos hacer nuestras las palabras bíblicas: somos un pueblo que camina en las tinieblas y en sombras de muerte y aún no vemos asomarse ese sol que nace de lo alto trayendo en sus rayos la justicia social, la convivencia y la paz. ¡Cómo quisiéramos que se produjera un cambio democrático, institucional, pacífico, rápido y profundo que nos permitiera  recuperar la patria que amamos así como sus valores perdidos. Pero hemos de ser conscientes de que la solución completa no está a la vuelta de la esquina porque la gran mayoría de nuestros dirigentes políticos, de un polo o de otro, siguen pensando en forma excluyente,  carecen de valores éticos y morales sólidos y bien fundamentados,  son presa fácil de los grandes intereses económicos y políticos internacionales, están dominados por el ansia de poder,  no vacilan en enriquecerse, a base de corrupción y rapiña, y no están dispuestos a dar su vida por el bien y el progreso de su pueblo, particularmente de los más pobres y abandonados.

No debemos cansarnos de denunciar estas iniquidades. Pero eso no basta. Debemos sobre todo dedicar todas nuestras fuerzas a sembrar esperanza y a preparar mujeres y hombres honestos y competentes que amen con pasión a su pueblo y se entreguen, con mística y tesón, al noble ejercicio de la Política, como ciencia y arte de asegurar en justicia y equidad el bien común, partiendo de los pequeños y de los pobres.

Tenemos que superar el rechazo y el miedo a trabajar en este campo y dejar de satanizar el desempeño del servicio público. Hemos dejado el nicho de la política vacío y lo han ocupado, gracias a Dios, con sus debidas y honrosas excepciones,  gente mal preparada y corrupta, enferma de populismo perverso, que han pervertido el sentido de la verdadera democracia, han dividido a los venezolanos, han destruido nuestro sentido de convivencia y fraternidad y han clavado en el corazón de la patria el morbo del odio y del resentimiento.

Los pastores y agentes pastorales hemos cometido una grave omisión al no haber promovido e impulsado, como en otros tiempos, la formación de hombres y mujeres de fe para meterse de lleno y con tesón en el campo de la política, capacitados para influir significativamente en las decisiones que afectan a la nación en los campos cultural, social, político y económico.

Es urgente que los católicos se formen para actuar en el campo socio-político: “Los obispos, sacerdotes y religiosos orientarán y apoyarán la formación socio-política de los venezolanos en la línea de la construcción de la paz y de la justicia. Insistirán en la participación política de los seglares (los laicos) como una opción de servicio y compromiso en la construcción de nuevos modelos de sociedad” (CIGNS 153). Lo que no sembremos hoy no lo cosecharemos mañana. Esta semana social dedicada al tema “La comunidad política y la Iglesia católica”, prestigiada por la presencia de pastores y especialistas de gran valía, quiere contribuir a la consecución de este propósito. Ojalá en nuestras parroquias, grupos, movimientos y comunidades cristianas surjan iniciativas similares.

El misterio pascual que nos preparamos a celebrar en este tiempo de Cuaresma es para nosotros una poderosa fuente de esperanza. Las lecturas de hoy nos ha traído la gran figura de Abraham, que a pesar de su edad y de grandes dificultades, fue elegido por Dios para iniciar la formación del pueblo de Israel y cumplió a cabalidad su misión. Como San Pablo nosotros podemos decir también que gracias a la presencia de Dios en nuestras vidas “estamos acosados pero no angustiados, desorientados pero no desesperados, perseguidos pero no abandonados, derribados pero no aniquilados” (2 Co 4,8).

Desde el Tabor que es esta eucaristía, sabemos que Dios que resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús; que “todo contribuye al bien de los que amamos a Dios” y que “en todo saldremos más que vencedores gracias a Dios que nos ha amado en Cristo”. Que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes ni las alturas, ni las profundidades, ni cualquiera otra creatura podrá robar nuestra esperanza ni separarnos del amor de Dios manifestado en  Cristo Jesús, nuestro Señor (Cf Rom 8,28.37-39).

Hermanos y hermanas, fortalezcamos nuestra fe, guiémonos por la Palabra de Dios “como lámpara que ilumina nuestra oscuridad”, dejémonos inundar por la luz irradiante de Jesús, alimentémonos con el pan de vida que el mismo nos ofrece, caminemos firmes con nuestra Madre María de Chiquinquirá llenos de esperanza de que saldremos de las tinieblas y sombras de muerte y aparecerá en el horizonte de nuestro país el cielo nuevo y la tierra nueva en la que habite la justicia, el sol radiante que nos traerá en sus rayos el ansiado don de la reconciliación y la paz. Amén.

Maracaibo 12 de marzo de 2017



+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Arzobispo de Maracaibo