viernes, 22 de mayo de 2015

Una Iglesia al Servicio del Mundo

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 24
Domingo de Pentecostés
 
            Quiero dedicar estas reflexiones, a propósito de la solemnidad de Pentecostés, cuando la Iglesia es ungida por el Espíritu Santo y transformada en sierva del mundo para anunciar el Evangelio a los pobres, luchar por la liberación de los oprimidos y proclamar que un mundo gobernado por Dios es posible (cf. Lc 4,16-18), a una persona que fue testimonio de esto, Mons. Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado por los escuadrones de la muerte el lunes 24 de marzo de 1980, en el preciso momento cuando consagraba el pan eucarístico – “este es mi cuerpo entregado…” – en la capilla del hospital de la Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador. Ahí selló con su sangre la alianza de amor con su pueblo que hoy lo venera como el beato Mons. Romero, mártir de América. Es beatificado por el papa Francisco este sábado 23 de marzo, víspera del Domingo de Pentecostés.
            Su pueblo era dominado por un régimen militar totalitario desde 1962, con una fuerza opositora reprimida violentamente, arrestos, desaparecidos, allanamientos de moradas. Por otro lado, una Iglesia comprometida con el pueblo, también sufre la persecución, expulsiones y asesinatos de sacerdotes. Represiones violentas a religiosas y laicos comprometidos. No faltaron reacciones de guerrillas izquierdistas que, mucho más grave, seducían a cristianos cansados ante la situación inhumana de miseria y opresión. Sin embargo, Mons. Romero, el 10 de febrero de 1977, al ser designado arzobispo, aclaró que “el gobierno no debe tomar al sacerdote que se pronuncia por la justicia social como un político o elemento subversivo, cuando éste está cumpliendo su misión en la política de bien común”.
            Mons. Romero es querido, seguido y criticado. Muchos, incluso, lo acusan de izquierdista. Pero, le tocó vivir una situación muy difícil. O era indiferente, cuidando su imagen y evitando que lo acusaran de tomar partido por alguna ideología, o, con la convicción de la fe y el compromiso del Evangelio de Jesús, como la Iglesia en Medellín (1968), sin pretender ningún poder ni defender ideología alguna, optar por la opción preferencial por los pobres. Y, con sólo la predicación de la Palabra de Dios, se convierte en profeta de la paz y de los derechos humanos. Tomó muy en serio lo del Vaticano II: “El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo, de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón” (Gaudium et spes 1).
            Mons. Romero nos dejó sus palabras en numerosas homilías y discursos. Quiero sólo referirme a un discurso extraordinario, pronunciado cincuenta días antes de dar testimonio de su auténtica fe cristiana con el martirio, cuando recibió el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, el 2 de febrero de 1980. Le pidieron que hablara sobre la dimensión política de la fe cristiana. Provocador el tema para uno que se presenta ante tan académico público como pastor: “Sencillamente voy a hablarles más bien como pastor, que, juntamente con su pueblo, ha ido aprendiendo la hermosa y dura verdad de que la fe cristiana no nos separa del mundo, sino que nos sumerge en él, de que la Iglesia no es un reducto separado de la ciudad, sino seguidora de aquel Jesús que vivió, trabajó, luchó y murió en medio de la ciudad, en la polis”.
            En el primer punto tratado, una Iglesia al servicio del mundo, simplemente se basa en el Vaticano II: “La esencia de la Iglesia está en su misión de servicio al mundo, en su misión de salvarlo en totalidad, y de salvarlo en la historia, aquí y ahora. La Iglesia está para solidarizarse con las esperanzas y gozos, con las angustias y tristezas de los hombres. La Iglesia es, como Jesús, para evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido (Lumen gentium 8)”. Ante esto, ¿a qué mundo debe servir la Iglesia local de Mons. Romero? Es el punto siguiente, el mundo de los pobres: “El mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros el mundo de los pobres… Y de ese mundo de los pobres decimos que es la clave para comprender la fe cristiana, la actuación de la Iglesia y la dimensión política de esa fe y de esa actuación eclesial. Los pobres son los que nos dicen qué es el mundo y cuál es el servicio eclesial al mundo. Los pobres son los que nos dicen qué es la polis, la ciudad y qué significa para la Iglesia vivir realmente en el mundo”.
            Dando testimonio de su Iglesia arquidiocesana, pasa al fundamento teológico de lo que ha afirmado: “El constatar estas realidades y dejarnos impactar por ellas, lejos de apartarnos de nuestra fe, nos ha remitido al mundo de los pobres como a nuestro verdadero lugar, nos ha movido como primer paso fundamental a encarnarnos en el mundo de los pobres. En él hemos encontrado los rostros concretos de los pobres de que nos habla Puebla. (cfr. 31 -39). Ahí hemos encontrado a los campesinos sin tierra y sin trabajo estable, sin agua ni luz en sus pobres viviendas, sin asistencia médica cuando las madres dan a luz y sin escuelas cuando los niños empiezan a crecer. Ahí nos hemos encontrado con los obreros sin derechos laborales, despedidos de las fábricas cuando los reclaman y a merced de los fríos cálculos de la economía. Ahí nos hemos encontrado con madres y esposas de desaparecidos y presos políticos. Ahí nos hemos encontrado con los habitantes de tugurios, cuya miseria supera toda imaginación y viviendo el insulto permanente de las mansiones cercanas… Este acercamiento al mundo de los pobres es lo que entendemos a la vez como encarnación y como conversión”.
            Estas reflexiones han querido ser el recuerdo agradecido de un cristiano que supo que la eternidad se consigue entregando la vida para que su pueblo la tenga en abundancia. Quizás, este párrafo explique por qué, ante la evidencia de un asesinato anunciado, Mons. Romero no se detuvo ni se escondió: “Esta fe en Dios es lo que explica lo más profundo del misterio cristiano. Para dar vida a los pobres hay que dar de la propia vida y aún la propia vida. La mayor muestra de la fe en un Dios de vida es el testimonio de quien está dispuesto a dar su vida. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por el hermano (Jn 15,13). Y esto es lo que vemos a diario en nuestro país”. Mons. Romero, ruega para que también nosotros podamos ser dóciles al Espíritu Santo que nos convierte en servidores del mundo de los pobres.
            Maracaibo, 24 de mayo de 2015

miércoles, 20 de mayo de 2015

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 23
Un disparo a la Eternidad
 Domingo de la Ascensión del Señor
            A propósito de la fiesta de la Ascensión de Jesús a la casa del Padre, evento que marca la culminación de su ministerio histórico y comienzo de la misión de sus seguidores, me he motivado a reflexionar sobre el sentido de la historia. Buscando apoyo, me encontré con una meditación personal del padre Alberto Hurtado donde afirma que su vida es un disparo a la eternidad. He ahí, pues, el sentido de la historia: la visión trascendente de nuestra existencia o, como lo diría el santo Sacerdote, la visión eterna de la vida.
Este Sacerdote Chileno, canonizado en el 2005 por el Papa Benedicto XVI y proclamado Patrono de la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA) por Mons. Santana, hizo de su historia un camino dinámico de entrega en el amor a Jesús en los pobres, asumiendo grandes compromisos sociales que lo proyectó como un disparo hacia la eternidad. Si su mirada hacia el horizonte de su existencia es la eternidad, la trascendencia de este mundo hacia la Casa del Padre Dios, entonces su peregrinación no pudo ser la pasividad, la instalación, el estar arrojado al mundo en espera del fin.
Como él, en el ejercicio de la libertad, nosotros orientamos nuestra historia. El Evangelio de Jesús es una propuesta que se acoge con libertad, respondiendo a Dios quien nos ama primero. Jesús nos llama a darle un sentido eterno a nuestro peregrinar por el mundo y nos da al Espíritu Santo para dinamizar nuestra existencia hacia la realización de nuestra vocación a ser eterno. En este sentido el padre Hurtado es claro al desafiarnos: “Uno es santo o burgués, según comprenda o no esta visión de eternidad. El burgués es el instalado en el mundo, para quien su vida sólo está aquí. Todo lo mira en función del placer. La vida para él es un limón que hay que exprimir hasta la última gota; una colilla de cigarro que se fuma con fruición, sin pensar que luego quedará reducido a una colilla; un árbol cuyas flores hay que cortar pronto… Burguesa es la mentalidad opuesta en todo al cristianismo: es resolver los problemas con sólo el criterio del tiempo. ¡Aprovecha el día! Goza, goza”.
Por el contrario, estamos llamados a construir el reino que es eterno, mientras existimos en el mundo. De ahí que toda vivencia de valores y virtudes, toda opción libre por el bien en el amor, nos proyecta hacia la eternidad. Para ser eterno, nos enseña Jesús, debemos entregarnos por su causa, asumir la cruz y gozar de su victoria ante la muerte. Aquel que entiende así su historia no le tiene miedo a la aventura de la fe, a la lucha liberadora, a vivir la esperanza en acción y a asumir los sacrificios del conflicto producidos por la ruptura constante de una existencia cómoda, resignada y cobarde. Así es muy difícil ser oprimido u oprimir. Por eso, los regímenes totalitarios suelen justificarse con ideologías materialistas.
Esto no es una idea abstracta de la vida. Hoy podemos reflexionar sobre el sentido eterno de la historia presentando modelos significativos. Hace dos mil años nació un hombre llamado Pablo quien, desde su vida combativa en la fe de Jesús, nos recomienda aún a mantenernos firmes, revestirnos de la verdad y protegernos con la rectitud; estar listos a anunciar y vivir el mensaje de paz; que la fe sea el escudo que nos libre de las flechas encendidas de la maldad (cf. Efesios 6,14ss.). Él ha vivido como ciudadano del cielo (visión eterna de la existencia), por eso tiene autoridad para exigirnos mantenernos firmes en la fe (cf. Filipenses 3, 17-4,1), para luchar contra el mal a fuerza de bien.
La historia recuerda a los tiranos, sus destrucciones, sus maldades, y… también sus derrotas. Pero, aun seguimos a personas cuyas vidas son inmortales. Sus existencias son eternas, así vivieron: un disparo a la eternidad. El sentido eterno que le dieron a su historia sigue activo. Por eso, Francisco de Asís aun sigue generando asombro, convenciéndonos de la posibilidad de un ideal cristiano, de despojarse totalmente para ser libre en la entrega. Están vivas en la memoria de la humanidad personas que no se detuvieron ante las adversidades, sino que siguen construyendo sus sueños porque su existencia es eterna. El Pastor bautista Martín Luther King proyectó su historia sin abandonar su sueño: “He tenido un sueño de que llegará un día en que mis cuatro hijos vivirán en una nación en que no serán juzgados por el color de la piel, sino por el valor de su misma persona”. Igual Gandhi por la liberación y la dignidad de la India fue capaz de grandes sacrificios. Proyectó su existencia convencido del triunfo de la justicia. Oscar Arnulfo Romero sigue predicando contra la tiranía de los dictadores latinoamericanos. La Madre Teresa de Calcuta vive para aliviar el dolor de los pobres, víctimas del pecado de los seres mezquinos que reducen la vida en la ambición del tener, poder y placer.
Personalmente desearíamos acoger con libertad el mensaje del Patrono de la UNICA cuando se preparaba a pasar a la eternidad: “Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el de que se trabaje a crear un clima de verdadero amor y respeto, porque el pobre es Cristo”.
            Maracaibo, 17 de mayo de 2015

jueves, 7 de mayo de 2015

La Madre del Salvador

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 22
6° Domingo de Pascua 
            Aún cuando el mes de mayo es para nosotros largo y caluroso, para los pueblos europeos es primavera, con el esplendor de las flores. Para los cristianos tiene un especial significado, porque lo dedicamos a venerar con gran relevancia a la persona de María de Nazaret, elegida por Dios para ser la Madre del Salvador. Precisamente, es en este mes cuando celebramos, con profundo sentimiento amoroso, el día de las Madres. Existe, pues, suficiente motivo para dedicar esta reflexión a la Madre del Hijo de Dios, quien, en el acto de donación más sublime, nos la entregó como Madre nuestra. Escuché una bella canción que dice que para ser un discípulo amado, como se sentía Juan, debemos acoger a María como Madre, al igual que hizo el mismo Juan al pie de la cruz (cf. Jn 19,25-27).
Por eso, el Concilio Vaticano II la proclama como Madre de Dios y de la Iglesia (Lumen gentium 52-69), asociada al plan de salvación, cuya grandeza sólo se puede contemplar en el misterio de Cristo, el Hijo de Dios encarnado: “El sagrado Concilio, al exponer la doctrina de la Iglesia, en la que el divino Redentor realiza la salvación, intenta iluminar cuidadosamente la misión de la Bienaventurada Virgen en el misterio del Verbo encarnado y del Cuerpo místico, así como los deberes de los redimidos para con la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, especialmente de los creyentes” (Lumen gentium 54).
            También el Magisterio de la Iglesia Latinoamericana habla de la Virgen María como Madre y modelo de la Iglesia (Puebla 282-303). Ella es la realización más alta del Evangelio anunciado a nuestros pueblos: “Desde los orígenes en su aparición y advocación de Guadalupe; María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo con quienes ella nos invita a entrar en comunión. María fue también la voz que impulsó a la unión entre los hombres y los pueblos. Como el de Guadalupe, los otros santuarios marianos del continente son signos del encuentro de la fe de la Iglesia con la historia latinoamericana” (Puebla 282). Lo mismo podemos afirmar de nuestra bella imagen de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, Chinita de Maracaibo, Zuliana de los zulianos, Sagrada Dama del Saladillo. La Basílica nuestra es la casa el encuentro fraterno.
            Igual que la Iglesia, María es como un sacramento de comunión. Nos une a Dios y nos une entre nosotros en la fraternidad y la solidaridad. Ella recibe al Hijo en su vida para darlo a luz a la humanidad de todos los lugares y de todos los tiempos. Es el modelo más auténtico del cristiano. Sí, la amamos profundamente, no hay duda, pero de la manera como la ama Jesús. No podemos adorarla porque no es Dios. Es la humilde humanidad engrandecida por el Señor, porque al mirar a su servidora con amor, la ha hecho feliz en la entrega (cf. Lc 1,46-56). Por eso, no es correcto decir: “Mi corazón es un templo, donde a una Virgen se adora…”. Lo cierto es que nuestra existencia sí es un templo donde habita Dios a quien adoramos al igual que lo adora la Virgen. Ella es el primer templo por quien el Hijo encarnado habita en nosotros. Naturalmente, al habitar Dios en nosotros, también habita la Madre. Y, al adorar a Dios, la amamos a ella.
Así, pues, somos marianos porque seguimos a Jesús. Mariano como lo es Dios. En ella, el Todopoderoso ha hecho grandes cosas con nosotros. Nos ha reconciliado con su misericordia, ha deshecho nuestros planes orgullosos y puesto en alto nuestro servicio humilde. Cuando nos hemos rendido a los ídolos de la riqueza, el poder y el placer, nos ha vaciado, para que tengamos la pureza de María (cf. Lc 1,46-56). Y, libres y limpios, podamos seguirle en el camino hasta el calvario donde Hijo y Madre mueren para salvarnos.
Pienso que el mejor regalo para una madre es que sus hijos se amen entre sí, que se perdonen y se ayuden, que tengan en gran valor a la familia, y que trabajen para compartir. Así, el mejor regalo para la Madre de Dios es hacer lo que Jesús nos pida, como los sirvientes de la boda de Caná de Galilea (cf. Jn 2,1-12), para transformar la sociedad, según los criterios del Evangelio.
            Maracaibo, 10 de mayo de 2015

jueves, 30 de abril de 2015

La Dignidad del Trabajo

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 21
5° Domingo de Pascua

            En un grupo de estudios interdisciplinar, una economista mencionó que para el cristianismo el trabajo es una maldición. Según ella, así se lo enseñaron las religiosas en su Colegio. Aunque no dio fundamentación, seguramente se refería a una lectura errada de la escena bíblica de la consecuencia del pecado de Adán y Eva, cuando el Creador le dijo al varón: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida… Con el sudor de tu rostro comerás el pan…” (Génesis 3,17). La realidad es que el pecado ha roto la armonía original de la creación y las relaciones se tornaron difíciles.
El ser humano no quiere obedecer al Padre eterno y se convierte en hijo rebelde, explotando al hermano y trastornando la relación con la naturaleza haciéndose esclavo del mundo. Como lo enseña la Iglesia Latinoamericana, “el hombre… rechazó el amor de su Dios. No tuvo interés por la comunión con Él. Quiso construir un reino en este mundo prescindiendo de Dios. En vez de adorar al Dios verdadero, adoró ídolos: las obras de sus manos, las cosas del mundo, el mal, la muerte y la violencia, el odio y el miedo, se destruyó la convivencia fraterna. Roto así por el pecado el eje primordial que sujeta al hombre al dominio amoroso del Padre, brotaron todas las esclavitudes” (Puebla 185-186).
Por eso, también las relaciones laborales se utilizaron como instrumentos de explotación con el propósito de buscar una existencia de abundantes riquezas y placeres, a costa del trabajo agobiante de los más pobres. En la historia de salvación encontramos al Faraón que, para mantener su poder absoluto, somete a los hebreos a trabajos pesados e inhumanos. Es el pecado lo que hace del trabajo una relación difícil. Pero, la verdad es que el trabajo humano tiene la misma dignidad de la persona humana que participa de la misma naturaleza divina de su Creador que lo creó a su imagen y semejanza. Dios no maldice el trabajo, maldice el que el ser humano, en contra de su designio divino, se busca a sí mismo y explota a sus hermanos para adorar a los ídolos comunes en nuestra época: riquezas, poderes y placeres. Convirtiéndose a sí mismo en esclavo del mundo.
Con palabras de san Alberto Hurtado, Patrono de la UNICA, podemos afirmar que “por el trabajo el hombre da lo mejor que tiene, su actividad personal, algo suyo, lo más suyo, no su dinero, sus bienes, sino su esfuerzo, su vida misma. Con razón los trabajadores se ofenden ante la benévola condescendencia de quienes consideran su tarea como algo si valor. Trabajar en condiciones humanas es bello y produce alegría, pero esta alegría es echada a perder por los que altaneramente desprecian el esfuerzo del obrero, no obstante que se aprovechan de sus resultados”.
Siguiendo a este santo chileno, gran luchador jurídico y pastoral por la dignidad y la justicia de los trabajadores, podemos destacar tres puntos: En primer lugar, el trabajo tiene tanto valor porque hace crecer a la persona humana, es ella el centro del desarrollo, en todos los niveles, de los pueblos y naciones. En segundo lugar, “el trabajo es un esfuerzo fraternal, es la mejor manera de probar el amor por los hermanos, responde a las exigencias de la justicia social de cada trabajador, pues, el conocimiento de la finalidad del esfuerzo hará más interesante el trabajo mismo”. Un día, alguien pasa frente a una construcción y pregunta a uno de los obreros: “¿qué haces?”, éste, de mala gana y hasta de mal humor, responde: “no ves, estoy pegando bloques”. Sigue preguntando a un segundo obrero lo mismo y como fustigado y cansado responde con igual actitud: “estoy construyendo un edificio”. Pero, un tercer obrero, con una sonrisa en sus labios, con el mismo trabajo, responde: “estoy construyendo la escuela de mi comunidad donde seguramente estudiarán mis hijos”.
Y, en tercer lugar, “el trabajo es santificador en sus resultados, pues, por el trabajo el hombre colabora al plan de Dios, humaniza la tierra, la penetra de pensamiento y de amor, la espiritualiza y diviniza. Por el trabajo el hombre contribuye al bien común temporal y espiritual de las familias, de la nación y de la humanidad entera. Por el trabajo descubre el hombre los vínculos que lo unen a todos los demás hombres, siente la alegría de darles algo y de recibir mucho en cambio”.
Lo más importante es que somos constructores de una nueva sociedad, según el designio de Dios, donde las personas humanas vivimos nuestra dignidad adorando al Padre revelado por el Hijo, en comunión fraterna entre sí y humanizando a las criaturas naturales, por el trabajo, el pensamiento, el arte y la cultura.
            Maracaibo, 3 de mayo de 2015

sábado, 25 de abril de 2015

El Buen Pastor

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 20
4° Domingo de Pascua
            En el día del Buen Pastor, nos colocamos frente a Jesucristo que nos comunica un mensaje vivencial, por medio en una parábola que lo revela como el Pastor bueno (Jn 10,1-21) y, a la vez, a nosotros como su rebaño. Este rebaño es la Iglesia, cuyo pastor es el mismo Dios que “recoge en sus brazos los corderitos y los mete en su seno, y trata con cuidado a las paridas” (Is 40,11). La Iglesia es, por tanto, la comunidad (rebaño) formada por los seres humanos (ovejas y corderos), que, reunidos en Cristo (el Buen Pastor), son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre (cf. Gaudium et spes 1). Ese Reino es el rebaño definitivo hacia donde nos conduce el Buen Pastor por los caminos históricos de este mundo. De ahí que la Iglesia es el germen y primicia de este Reino en la tierra (cf. Lumen gentium 5). Pues, esta imagen evangélica, que identifica a la Iglesia como un rebaño donde todas las ovejas nos unimos bajo el cayado de un solo Pastor, es la clave de la visión de la Iglesia comunión.
            La parábola a la que nos referimos, señala claramente las características de un pastor según Cristo:

·         No podemos formar parte de la comunidad cristiana, menos aún como pastores, si no nos identificamos con el mismo Cristo, puerta del rebaño. Muchos pretenden entrar por otro lado a la comunidad cristiana para hacer daño, para sembrar divisiones y escandalizar.

·         Pero, el auténtico pastor es conocido, entra con libertad por la puerta de la dignidad y cumple un servicio recibido por el Señor. “El portero le abre, las ovejas oyen su voz, él llama a las suyas por su nombre y las saca. Cuando ha sacado a todas las suyas, camina delante de ellas y ellas detrás de él; porque reconocen su voz” (Jn 10,3-4), lo que no hacen con los extraños. Porque un verdadero pastor sabe que a quien siguen es a Cristo Jesús, jamás puede pretender que lo sigan a él mismo.

·         Si existe alguno que quiera ser pastor por sus propios meritos y con su propia misión, es rechazado, “no conocen su voz”. Un pastor es en Cristo, sin Él no somos nada. Por eso necesita ser pastoreado por el Buen Pastor y ser elegido por Él para que lo represente con fidelidad.

·         La misión que Cristo realiza y entrega al elegido, es la de dar vida con sentido, por el contrario, el ladrón da muerte. El Señor vino al mundo a entregar su vida para que todos la tengamos en abundancia. El buen pastor se diferencia del mercenario pastor, en que el primero existe entregándose, el último vive para sí y busca a sus ovejas para que le sirvan.

·         El buen pastor ama y conoce a cada una de las personas de su comunidad, no los tratan como masas, como clientes, como parte de un conglomerado que buscan, eventualmente, un servicio religioso y se van olvidados. La comunidad está compuesta de personas, con su propia identidad, por eso son capaces del encuentro y el compartir.

·         El pastor, como lo enseña el papa Francisco, sale al encuentro de otras ovejas, las alejadas, las que habitan en las periferias, las críticas, las difíciles, las que cuestionan y se hacen incomodas, las que profesan otra fe o se confiesan ateos: “Tengo otras ovejas que no pertenecen a este redil; a ésas tengo que guiarlas para que escuchen mi voz y se forme un solo rebaño con un solo pastor” (Jn 10,16).
Nuestro actual Pastor Universal, el papa Francisco, acostumbrado a sus discursos claros y raspados, nos enseñó en la Misa Crismal 2015, las tareas de los sacerdotes: “llevar a los pobres la Buena Noticia, anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracias del Señor. Isaías agrega: curar a los de corazón quebrantados y consolar a los afligido”. Y, una de las más hermosas y cuestionadoras palabras de alguien que ama: “Si Jesús está pastoreando en medio de nosotros, no podemos ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos. Olor a oveja y sonrisa de padre… Sí, bien cansados, pero con la alegría de los que escuchan a su Señor decir Vengan a mí, benditos de mi Padre”.
Maracaibo, 26 de abril de 2015

viernes, 17 de abril de 2015

La Fe, Encuentro con Dios Revelado


Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 19
La Fe, Encuentro con Dios Revelado
A los 50 años de la Dei Verbum (18/11/1965)
3° Domingo de Pascua
            Hace ya cincuenta años cuando la Iglesia vive el más importante acontecimiento renovador del siglo XX, el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965). Los cambios fueron significativos y se hicieron notar. A pesar de que, como lo reclama Juan Pablo II, aún tenemos que interrogarnos sobre su acogida y su puesta en práctica (cf. Novo millennio ineunte 57). Un movimiento litúrgico ayuda a que el Concilio centre la liturgia en el misterio de Cristo y promueva la mayor participación. Un movimiento teológico, bíblico y patrístico ayuda a una autocomprensión de la Iglesia como sacramento (misterio) de salvación, vivido en clave de comunión, sabiendo que la Trinidad es su fuente, modelo y meta. Igualmente, los movimientos ecuménicos, sociales y pastorales exigen un planteamiento de la Iglesia en relación con la humanidad actual. A partir de este acontecimiento la Iglesia se reconoce humana, formada por seres humanos y solidaria con la humanidad, con sus angustias y esperanzas. Así como Cristo es el sacramento que revela al Padre, la Iglesia se descubre sacramento que revela a Dios, Comunidad Divina de Amor, comunión trinitaria.
            Pero, a mi juicio, el cambio más profundo se produce con la nueva concepción de la Revelación Divina y de la fe cristiana. A esto ayudan mucho los movimientos teológicos, especialmente, el movimiento bíblico y sus novedosos estudios. Los teólogos que han estudiado este tema, señalan que desde la edad antigua hasta la media, la “Revelación” era considerada como “revelaciones” o experiencias iluminadoras. Es la historia de la salvación interpretada como epifanía. Se entiende la Revelación como acontecimiento, manifestación histórica de la misma salvación. Como lo enseña san Pablo, “según la riqueza de su gracia derrochó en nosotros toda clase de sabiduría y prudencia, dándonos a conocer su designo secreto, establecido de antemano por decisión suya, que se había de realizar en Cristo al cumplirse el tiempo” (Ef 1,7-10).
            En la edad media, surge una concepción de revelación que se centra en información doctrinal. Se reduce en verdades reveladas. Ya en los siglos XIV y XV gana terreno la comprensión de la Revelación como doctrina sobrenatural que provoca la reacción de la modernidad. Es, pues, el Vaticano II, con su Constitución Dogmática Dei Verbum (DV), quien da el salto renovador más significativo al presentar la revelación divina como auto-revelación salvífica de Dios que se entrega, se da a conocer y realiza en la historia su plan de salvación para la humanidad. Por eso, la Iglesia, el hombre, la sociedad y toda realidad, es comprendida desde la fe cristiana como fruto de la historia de la salvación. Surgen del amor del Padre y de la misión del Hijo y del Espíritu Santo.
            “La Revelación Divina no aparece más como un cuerpo de verdades doctrinales comunicadas por Dios, contenidas en la Escritura y enseñadas por la Iglesia. Sino que se presenta más bien como auto-comunicación de Dios en la historia de la salvación, de la cual Cristo constituye la cima” (S. Pié-Ninot, La Teología Fundamental, Salamanca 2009, pág. 250). Ahora, echando manos de esta obra citada del auto catalán, podemos señalar tres puntos de cómo Dios se revela en nuestra historia. Revelación como Palabra, que atraviesa toda la Biblia. La Palabra crea el mundo y a la humanidad: “Dijo Dios…” (cf. Gén 1,3.6.9.11.14.20.24); hasta la plenitud de la historia, cuando la Palabra se hace carne y habita entre nosotros (Jn 1, 14). Esta Palabra, el Hijo encarnado, es la plena revelación de Dios. Por eso, el Vaticano II, comienza su Constitución sobre la Revelación enseñando que la Iglesia es la oyente devota de la Palabra que proclama “para que todo el mundo, con el anuncio de la salvación, oyendo crea, y creyendo espere, y esperando ame” (DV 1).
            La Revelación se produce en un encuentro amoroso. Es un continuo encuentro interpersonal de Dios con el ser humano. Podemos señalar los muchos encuentros testimoniados en la Escritura Sagrada: con Abrahán, con Moisés, con los Profetas, con David, hasta que se hace el Emmanuel, Dios-con-nosotros. Esta es la naturaleza y el objeto de la Revelación, como lo enseña el Concilio: “Por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina. En esta Revelación, Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos en su compañía” (DV 2). Dios que se hace adviento (Aquel que siempre viene) y nosotros éxodo (Aquellos que siempre salen en búsqueda del Absoluto que nos llama y atrae).
            Por otro lado, la revelación es “presencia de Dios en medio de su pueblo”. Pero, será con Jesús, Hijo encarnado, como la presencia de Dios se hace plena y humana: “Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. Ahora en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo. Pues, envió a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios. Jesucristo, Palabra hecha carne, hombre enviado a los hombres, habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre; Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna” (DV 4).
            Esta Revelación será encuentro y presencia que inspira en nosotros la fe para recibirla, vivirla y comunicarla (cf. DV 5). La carta a los hebreos define la fe como “fundamento de realidades que se esperan, prueba de realidades que no se ven” (Heb 11,1). Siguiendo esta carta, la fe es la que permite el conocimiento del misterio que nos ha sido re-velado por la Palabra que penetra en nuestros corazones y entendimientos. “Velado”, porque sigue siendo realidad escondida que el mismo Dios, corriendo el velo, nos permite gozar. Todo el capitulo once de esta carta a los hebreos señala los efectos maravillosos de la fe. Especialmente, si Dios se da a conocer entregándose a nosotros, revelándose amando, nosotros debemos existir en esta entrega amorosa que nos conduce a Él, gozando por la fe de su comunión trinitaria.
            La fe cristiana comienza con la escucha de la Palabra que cada ser humano debe recibir e interiorizar hasta identificarse con ella. De ahí, que la Iglesia es por esencia evangelizadora, con la misión de sembrar en cada interior humano la Palabra de vida que suscita la fe. Más aún, la Palabra de Dios transforma nuestra existencia abriéndola en relación de amor con Dios y con los demás. La carta  a los hebreos nos enseña, recordando la experiencia del pueblo en el desierto, que “si hoy escucha su voz, no endurezcas el corazón” (Heb 3,8), aconsejándonos a que ninguno tengamos un corazón perverso e incrédulo, desertor del Dios vivo (cf. Heb 3,12).
            La fe se vive, pues, en el encuentro. Es que nuestro Dios es de confiar, Él no falta a sus promesas y nos da seguridad. La fe, don gratuito del mismo amor de Dios, nos pone en relación personal con Él. Tan profunda es esta relación que nos hace confiar y abandonarnos a Él, tal como lo hizo Abrahán cuando le pide abandonar su tierra para ir hacia una tierra que le entregará. Es el hombre, según san Pablo, de fe ejemplar (cf. Rom 4,1-12; Gal 3,6-29). “La existencia del creyente es una existencia en éxodo, que renuncia a toda garantía humana en su marcha hacia el futuro escondido en la promesa divina” (Juan Alfaro, “La fe cristiana en su realidad existencial”, en Iglesia Pascual, 7-1973, pág. 115).
            Quiero concluir esta importantísima reflexión, tema pascual por excelencia, ya que es en la cruz donde se ha revelado Dios que es amor que vence en la resurrección, donde tiene su fundamento nuestra fe cristiana, señalando que el Concilio Vaticano II ha provocado un movimiento de fe comprometido con los pueblos latinoamericanos, expresado en la Conferencia de Medellín (1968). Dios revelado como el liberador integral de la persona humana y de los pueblos. De ahí, que la búsqueda cristiana de la paz y la justicia es una exigencia de la fe cristiana que, con los nuevos acontecimientos eclesiales, supera toda vivencia individualista del creyente, por un compromiso comunitario de construcción de una nueva sociedad. Por su parte, la Conferencia de Puebla (1979) exige una fe vivida desde el clamor por la justicia, porque “nuestra misión de llevar a Dios a los hombres y los hombres a Dios implica también construir entre ellos una sociedad más fraterna” (Puebla 635).
            Por todo esto, Jesús nos sigue cuestionando si cuando Él vuelva, ¿nos encontrará viviendo así nuestra fe? (cf. Lc 18,8).
Maracaibo, 19 de abril de 2015

martes, 7 de abril de 2015

La Misericordia

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 19
2° Domingo de Pascua
            La Misericordia es uno de los más hermosos frutos de la resurrección del Señor, dándonos tal dignidad que nos iguala al mismo Padre eterno: “Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36). Es la vocación a la santidad. Por eso, su práctica nos hace bienaventurados (cf. Mt 5,7). Sin dudas, es la expresión del amor. Cuando el Resucitado se aparece a sus discípulos, reunidos, encerrados y temerosos, les dice que le entrega al Espíritu Santo y los envía a perdonar los pecados a los seres humanos, le está comunicando su propia misión (cf. Jn 20, 22-23). La Iglesia es instrumento de la misericordia divina, es sacramento de salvación.
Nuestro papa Francisco no deja de hablar de la misericordia. Una vez hasta nos recomendó (Ángelus del 17/3/2013) leer el libro del cardenal Walter Kasper, prestigioso teólogo alemán, sobre “la misericordia, clave del Evangelio y de la vida cristiana” (Sal Terrae, Santander 2012). Es una obra extraordinaria que conviene leer y meditar. No es un trabajo teológico, sino espiritual, pastoral y social (pág. 9). Quiero dedicar esta reflexión para señalar sólo algunos puntos, específicamente el fundamento bíblico, que nos sirven para nuestro crecimiento espiritual.
            La misericordia es el grito urgente de la humanidad actual, como la paz y la reconciliación. La historia reciente está marcada por grandes tragedias que nos hacen cuestionar al mismo Dios y dudar del sentido de la fe: “¿Dónde estaba y dónde está cuando esto ocurría y ocurre? ¿Por qué lo permite, por qué no interviene?” (pág. 11). Es la única interrogante que, según Romano Guardini (1885-1968), no se ha podido formular respuesta acertada (pág. 12).
Hace poco esta pregunta fue lanzada por Glyzelle Palomar, la niña filipina de 12 años, que entre lágrimas interrogó en Manila al papa Francisco: “Hay muchos niños abandonados por sus propios padres, muchas víctimas de muchas cosas terribles como las drogas o las prostituciones. ¿Por qué Dios permite estas cosas, aunque no es culpa de los niños? y ¿Por qué tan poca gente nos viene a ayudar?”. A la que el pastor sólo alcanzó a decir: “Ella hoy ha hecho la única pregunta que no tiene respuesta y no le alcanzaron las palabras y tuvo que decirlas con lágrimas… Cuando nos hagan la pregunta de por qué sufren los niños (...) que nuestra respuesta sea o el silencio o las palabras que nacen de las lágrimas”.
No obstante, a pesar de muchas decepciones, la búsqueda de respuesta sigue en pie. Ciertamente, ni la resignación ni el desespero son respuestas válidas para el cristiano. Pues, “dejar de plantear la pregunta por el sentido significa renunciar a la esperanza de que algún día reinará la justicia” (pág. 13). Matar a Dios no satisface nuestras inquietudes. “Sin Dios estamos por completo – y además sin salida – a merced de los destinos y azares del mundo y de las tribulaciones de la historia. Sin Dios no hay ya instancia alguna a la que apelar, no existe ya esperanza en un sentido último y una justicia definitiva” (pág. 14). Como preguntaba alguien que sufría una desgracia: en estos casos, ¿qué hacen los que no creen?
            La cuestión no es sobre la posibilidad de la existencia de Dios. Se trata de encontrarse con el Dios que es bueno y misericordioso. Recuerdo haber leído el testimonio de conversión del filósofo español Manuel García Morente, quien después de una batalla existencial, en medio de sus angustias, pudo aceptar al Dios providente, pero lo rechaza porque lo sentía un Dios malvado que se complace en hacer sufrir a los humanos. Hasta que lo descubrió crucificado, cargando con todos los sufrimientos de la humanidad. Este encuentro con un Dios solidario, amoroso hasta el extremo de entregar su vida por los pecadores, siervo sufriente, bueno y misericordioso, le cambió radicalmente su existencia.
En una entrevista le preguntan al papa Francisco: ¿quién es Jorge Mario Bergoglio? Responde enseguida que es un pecador. Y explica: “Soy un pecador que, como lo hizo con Mateo, el Señor me miró con ojos de misericordia y me llamó”. Volviendo a aquel primer Ángelus de su ministerio como obispo de Roma, exclama nuestro pastor que “un poco de misericordia hace el mundo menos frío y más justo”. Insistiendo en que Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.
Declarando el Año Jubilar de la Misericordia (desde el 8/12/2015 hasta 20/11/2016), explica que debemos centrarnos en el encuentro con Dios misericordioso que invita a todos a volver hacia Él. Pero, además, este encuentro nos inspira y nos compromete a vivir la virtud de la misericordia. Es propicio repetir sus palabras en aquel primer Ángelus que da sentido al Jubileo decretado: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia”.
            Por su parte, el cardenal Kasper, en su tercer capítulo, nos presenta el mensaje del Antiguo Testamento explicando la acción de Dios en la historia. Porque la historia de salvación no es sino la revelación del Padre misericordioso y la realización de su designio de amor, de reconciliar a los seres humanos entre sí y con Él. “Con una catástrofe, comienza la historia. El ser humano quería ser como Dios y decidir arbitrariamente sobre el bien y el mal (cf. Gn 3,5). El alejamiento respecto de Dios condujo al hombre a alejarse de la naturaleza y de sus semejantes. En adelante, la tierra ya solo producirá espinas y cardos y tendrá que ser trabajada con esfuerzo y con el sudor de la frente; la nueva vida únicamente podrá ser alumbrada con dolores; el varón y la mujer se distanciarán mutuamente (cf. Gn 3,16-19). Tiene lugar el fratricidio de Abel a manos de Caín (cf. Gn 4). El mal crece entonces cual avalancha y las actitudes e intenciones de los seres humanos se tornan cada vez peores (cf. Gn 6,5)” (pág. 50).
            “Así y todo, Dios no permite que el mundo y el ser humano se precipiten sin más en la catástrofe y caigan en la desgracia” (pág. 50). Aquí tiene sentido su plan de salvación que va realizando a lo largo del tiempo humano. Dios jamás entrega a la humanidad en poder del pecado, por el contrario, toda su obra está dirigida a luchar contra el mal que destruye. Igual acción misericordiosa es la actuación de Dios en tiempo del exilio, cuando el pueblo violó la Alianza. Este Dios habla por los profetas y, expresándose misericordioso, le concede al pueblo una nueva oportunidad: “Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te recogeré. En un arrebato de ira te escondí un instante mi rostro, pero con lealtad eterna te quiero… Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no te retiraré mi lealtad ni mi Alianza de paz vacilará” (Is 54,7-10 – pág. 59). Además, el mensaje del Antiguo Testamento, nos revela a Dios misericordioso que se muestra especialmente solícito con los débiles y los pobres (pág. 60).
            Al pasar, en el capítulo cuarto, al mensaje de Jesús de la misericordia divina, el autor explica el Evangelio de Jesús sobre la compasión del Padre: Jesús no sólo anuncia el mensaje de la misericordia del Padre, sino que también lo vive. Vive lo que anuncia. Se hace cargo de los enfermos y los atormentados por malos espíritus. Se compadece cuando se encuentra con un leproso y cuando ve el sufrimiento de una madre que ha perdido a su único hijo. Se conmueve ante el pueblo hambriento y los ciegos que ruegan piedad. Llora ante la tumba de su amigo, entra en casa de publicanos y come con ellos. Desde la cruz, despreciado por todos, suplica perdón para la humanidad. Es que, “lo nuevo del mensaje de Jesús respecto del Antiguo Testamento es que Él anuncia la misericordia divina de forma definitiva y para todos. Jesús abre el acceso a Dios no sólo a unos cuantos juntos, sino a todos; en el Reino de Dios hay sitio para todos, nadie es excluido. Dios ha aplacado definitivamente su ira, concediendo más espacio a su amor y su misericordia” (pág. 71).
            Aunque, en los siguientes capítulos nos ofrece unas reflexiones sistemáticas (la parte más teológica de la obra) donde nos presenta la misericordia como el espejo de la Trinidad, y a la praxis de la Iglesia desde la cultura de la misericordia, me parece que podemos sintetizar su propuesta en este texto: “Creer en el amor y hacer de él la quintaesencia y la suma de la comprensión de la existencia tiene consecuencias de gran alcance, más aún, revolucionarias para nuestra imagen de Dios, para nuestra autocomprensión y para nuestra praxis existencial, para la praxis eclesial y para nuestra forma de conducirnos en el mundo. El amor, que se demuestra en la misericordia, puede y debe convertirse en fundamento de una nueva cultura de la vida, de la Iglesia y de la sociedad” (pág. 85).
           Sólo espero que el próximo Jubileo de la Misericordia no se reduzca en la devoción a “Jesús de la Divina Misericordia”. Por el contrario, que esta extraordinaria devoción, tan querida por Juan Pablo II, nos mueva a una mayor reflexión y práctica de la misericordia. Es decir, necesitamos, como lo indica el papa Francisco, encontrarnos con la misericordia divina y hacerla vida en nuestras relaciones con los demás.
Maracaibo, 12 de abril de 2015