jueves, 12 de mayo de 2016

Mensaje de solidaridad de la UNICA con Venezuela


 
            La Comunidad Universitaria de la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA) experimenta un profundo compromiso doloroso ante la situación de injusticia inhumana en la que están sumergidos los más pobres de nuestro pueblo venezolano. Aquellos que impotentemente ven sufrir y hasta morir a sus seres más amados - especialmente a niños, ancianos y enfermos de enfermedades graves - por la precariedad de la salud y la imposibilidad de encontrar los medicamentos y alimentos necesarios, o porque no se poseen los recursos o porque no existen en el país.
            No exageramos al afirmar con plena responsabilidad que en nuestro país hay hambre y miseria crecientes. Terrible realidad que amenaza la paz y contraría la voluntad de Dios. Esto es calificado, con criterios cristianos, como una situación de pecado. Como Iglesia, sentimos en nuestras entrañas el clamor de los sufridos y desesperados, un clamor claro, creciente, impetuoso y hasta amenazante (cf. Puebla 89). Pues, todo atentado contra la vida humana es una ofensa a su Creador.
            Lo más grave, quizá el límite o extremo de una existencia deshumanizada, es aceptar los linchamientos y la eliminación de presuntos delincuentes que, sin respeto a ningún proceso judicial y ningún pudor moral, se le aplica una pena de muerte prohibida por nuestra constitución. Esto se llama barbarie, lejos de una sociedad civilizada. Por muy culpable que sea, todo ser humano tiene derechos humanos que deben ser respetados.
No aprobamos ninguna clase de violencia, ni amparamos a delincuentes, pero no podemos convertirnos en una sociedad de salvajes. Un escritor cristiano del tercer siglo denominado Firmianus Lactantius nos ilumina con su enseñanza: “Si el hombre se enfureciera a la vista de otro hombre, como vemos hacen los animales salvajes, no podría existir sociedad entre los hombres, ni orden, ni seguridad en las ciudades. No habría ninguna tranquilidad en la vida humana si la debilidad de los hombres estuviese expuesta no sólo a los ataques de los demás animales, sino también se combatieran unos a otros continuamente conforme hacen las bestias”.
Nos unimos a las palabras y acciones de nuestra Conferencia Episcopal (Comunicado de la CEV del 27 de abril 2016) desde donde la Iglesia Católica hace suya las angustias de nuestro pueblo y, como lo hizo Jesús, se coloca a lado de los más pobres para servirles. Igualmente, en la Católica de Maracaibo no aceptamos la manipulación hacia una violencia fratricida, ni el miedo que frena la lucha liberadora, ni mucho menos la resignación y desesperanza: “Nunca debemos ser ciudadanos pasivos y conformistas, sino sujetos conscientes de nuestra propia y calamitosa realidad; sujetos pacíficos, pero activos y, en consecuencia, actuar como protagonistas de las transformaciones de nuestra historia y nuestra cultura. ¡El Evangelio nos reclama eficacia!” (CEV 3).
En la UNICA creemos en la organización popular, en la participación y la acción solidaria. Creemos en el auténtico diálogo desde la cultura del encuentro a la que constantemente nos llama el papa Francisco. Apoyamos la Ley de Amnistía y Reconciliación Nacional. Creemos en la autonomía de los poderes públicos. Creemos en la posibilidad de crear entre nosotros organizaciones de solidarias para los venezolanos más necesitados. Porque, “es imperativo seguir ofreciendo la acción decidida de la Caritas Nacional diocesana y parroquial y las diversas acciones de la Pastoral Social… Todas nuestras comunidades eclesiales deben abrir un espacio, de modo que se conviertan en casas de encuentro y diálogo para quienes sincera y desinteresadamente buscan construir la paz” (CEV 10).
            Maracaibo, 12 de mayo de 2016
Consejo Universitario

Por una Iglesia toda sinodal


Mons. Bruno Forte

29 de Abril de 2016
La exhortación apostólica del Papa Francisco Amoris laetitia, «La alegría del amor», es fruto de una ejemplar convergencia de colegialidad episcopal, sinodalidad de todo el pueblo de Dios y ejercicio del ministerio petrino. El colegio de los obispos ha participado en la maduración de lo que en ella se expresa, sobre todo a través de una muy amplia consultación, realizada mediante cuestionarios enviados antes de las dos asambleas sinodales, la «extraordinaria» de octubre de 2014 y la «ordinaria» de octubre de 2015. Las respuestas provenientes de todo el mundo no hicieron sólo partícipes a los pastores de las Iglesias diocesanas y a los comprometidos en Roma en el servicio de directa colaboración con el Sucesor de Pedro, sino también a muchas instituciones culturales, organismos pastorales y personas expertas en la materia o deseosas de ofrecer su aportación respondiendo a la invitación de las diócesis y de las Conferencias episcopales. La participación en las asambleas sinodales de los obispos, elegidos en representación de todos los componentes de la Catholica, se caracterizó por una gran franqueza e vivió también momentos en los que la diversidad de puntos de vista pareció imprimir lentitud o incluso obstaculizar el camino: la invitación explícita del Santo Padre a hablar siempre con absoluta libertad y responsabilidad ante Dios y la Iglesia, hizo posible una vitalidad e intensidad del camino que —según el parecer de muchos— no se experimentaba desde los tiempos del Concilio Vaticano II. Lejos de mostrar una Iglesia dividida entre «progresistas» y «conservadores», como muchos «medios de comunicación» quisieron hacer creer, un riqueza tan grande de aportaciones contribuyó al aumento de la temperatura espiritual del camino sinodal, haciendo posible la experiencia de una progresiva «diversidad reconciliada», fruto de la común voluntad de obedecer al Señor y de leer los signos de los tiempos a la luz de Su Palabra. Este ejercicio de la colegialidad episcopal ha sido una experiencia viva y enriquecedora de la eclesiología de comunión, que se expresó con claridad en el discurso del Papa Francisco del 17 de octubre de 2015 con ocasión de la celebración de los cincuenta años de la institución del Sínodo. En el mismo, entre otras cosas, el Papa dijo: «El mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y servir también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión». Y añadió: «Aquí el Sínodo de los obispos, representando al episcopado católico, se transforma en expresión de la colegialidad episcopal dentro de una Iglesia toda sinodal».

martes, 10 de mayo de 2016

Discurso de Mons. Baltazar Porras durante el conferimiento del Doctorado Honoris Causa de la UNICA

Venir a Maracaibo es siempre placentero. El reencuentro de compañeros y amigos, la hospitalidad clamorosa de afectos y atenciones: revivir tantos episodios que nos unen a lo largo de la historia civil y eclesiástica, y hacerlo en el marco de las bodas de oro de la elevación a sede metropolitana de la episcopalía marabina, le dan un tinte de alegría y esperanza que llenan las alforjas de esperanzas compartidas.
Esta Casa superior de Estudios fundada en 1983 bajo el epónimo de Cecilio Acosta nos hace declamar como el poeta: "No la mía separes de tu historia;/ no mis deseos más te sean ignotos;/ no olvides nunca mi fervientes votos,/ ni me apartes jamás de tu memoria". Porque hace veinte anos, en 1996, abrió sus puertas en la ciudad serrana, precisamente con la carrera de comunicación social, y han sido numerosos los que han egresado de sus aulas con el título universitario que les ha abierto las puertas a trabajo digno.
Hoy me ruborizo al recibir este doctorado honoris causa, pues en septiembre de 2012 me honró con la distinción de Profesor Honorario. No tengo estudios formales en la disciplina de comunicador, pero desde las aulas del Seminario Interdiocesano se nos inculcó, con la teoría y la práctica, en el ejercicio del correcto uso del idioma y en el aprendizaje de la confección y manejo de la prensa escrita. El agradecimiento sincero a los adustos maestros del lenguaje que en los formadores Eudistas nos enseñaron a escribir con pulcritud en la lengua de Cervantes. Hombres como el padre Lorenzo Yvon, francés de nacimiento pero con un dominio envidiable del castellano, o el padre Alfonso Monsalve que citaba la Gramática de Bello como si fuera la Biblia, vienen a mi memoria. En compañía de mi condiscípulo Roberto Lückert, para nombrar a un zuliano, la confección de la revista "Vínculo", fue un ejercicio que nos dotó de las herramientas que a lo largo de nuestra existencia son connaturales a la vocación de comunicadores de la palabra, la humana y la divina. En los talleres de "Cromotip", una de las más prestigiosas imprentas de la Caracas de nuestro tiempo de estudiantes, bajo la guía exigentes españoles republicanos, aprendimos el uso de las artes gráficas, la corrección de galeras y la combinación de textos e imágenes.
No puedo dejar de evocar al padre Miguel Antonio Salas Salas, Rector del Interdiocesano, y al padre Cesáreo Gil Atrio, más conocido por los Cursillos de cristiandad, pues ambos me atizaron para que escribiera artículos para la prensa, discursos y trabajos enjundiosos; libros de pastoral e historia que son la presea que puedo en estos momentos ante ustedes. A la memoria de todos ellos, ofrezco este homenaje que me otorga la Universidad Cecilio Acosta.
Permítanme una reflexión. Vivimos tiempos de cambio en el planeta, y tiempos de repensar el país. Una seudo-revolución nos quiere quitar la libertad de pensar y opinar. No hay nada más dañino que el pensamiento único y el ofrecimiento de una verdad dogmática que destruye el ser del humano, dotado de inteligencia y voluntad para crear, para disentir, para dialogar, para aportar innovación y buscar consensos que permitan vivir mejor y acrecentar, a través del conocimiento y la trascendencia, para bien de la ciudadanía sin distingos. Informar hoy en Venezuela es un derecho restringido que responde al constante interés del gobierno en apagar las voces libres, críticas e independientes. La orden es el silencio, la censura y la autocensura que no garantizan los principios básicos de la democracia ya que se debilitan la independencia y la autonomía de las instituciones.
Comunicadores y educadores estamos llamados a renovar o a cambiar de oficio. Si estamos en paisaje cultural distinto. Uno de los descubrimientos nucleares de la modernidad, en palabras de Adela Cortina, es el carácter autolegislador de los individuos. "Las decisiones que afectan a un conjunto no pueden ser tomadas por un grupo unilateralmente, monolóicamente, sino tras un diálogo encaminado a buscar la mejor solución para todos los afectados por la decisión". Es el ethos dialógico que coincide con el ethos democrático (Adela Cortina, Ética sin moral, Tecnos, Madrid 2000, p. 270). Dialogar, nos dice Antonio Pasquali, es comunicar en ámbito genuinamente pluralista, entre interlocutores dotados de una misma capacidad de emisión. "Educar es el capítulo más noble de comunicar, porque de la calidad, honestidad y buena praxis de ambas - educador y comunicador - depende en gran parte el futuro de la democracia, del progreso y de la humana convivencia" (Revista Comunicación, 165, pp. 57-60).
Estoy convencido de que estos principios son los que hacen luz en esta Universidad, por lo que recibir este reconocimiento es tarea y compromiso que asumo con gusto, porque estamos llamados a configurar un modelo de convivencia que sirva para todos, sólo así, desde esta plataforma podemos construir una sociedad libre, es decir, plural y abierta. Dios les pague por darme razones para esperar.
!Señores!
 
 
+Mons. Baltazar Porras
Arzobispo de Mérida
 

jueves, 5 de mayo de 2016

PALABRAS EN EL CONFERIMIENTO DEL DOCTORADO HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD CATOLICA CECILIO ACOSTA (UNICA)



Nota del editor: En el Acto de día 4 de mayo de 2016, a las 11 am. La Universidad Católica "Cecilio Acosta" (UNICA) otorgó el Doctorado Honoris Causa a dos grandes Obispos venezolanos: Mons. Ubaldo Santana, Arzobispo de Maracaibo, y Mons. Baltazar Porras, Arzobispo de Mérida. Además, se le otorgó a Mons. Santana la Orden San Alberto Hurtado. Les brindo el excelente discurso del Arzobispo de Maracaibo y Canciller de la UNICA

 

Me contenta mucho que las autoridades de la UNICA hayan decidido otorgarle el doctorado “honoris causa” a Mons. Baltazar Porras Cardoso, arzobispo metropolitano de Mérida.
Doctor es aquel que enseña, el docto, palabra que define al maestro, al profesor. Cicerón y Horacio decían que "docti dicant et indocti discant"-, es decir, que los  doctores hablen y los indoctos que aprendan.  Aparece, por primera vez, como definición de un título universitario, en 1462. Se le solía añadir algunos adjetivos laudatorios para realzar las excelencias, reales o figuradas, del recipiendario. A Santo Tomás de Aquino, por ejemplo,  se le reconoce como doctor angelicus.
Las universidades siempre quieren tener, dentro de su claustro, y sentar en sus cátedras, los maestros más eminentes del momento y, cuando ello no es posible, procuran prestigiarse asociándolos de forma honorífica. Así se explicaría el conferimiento del doctorado “honoris causa”.
El ceremonial de otorgamiento se ha simplificado en los tiempos actuales, pero conserva aún ese profundo significado contenido en las palabras protocolares que se le dirigían al nuevo doctor al finalizar la entrega de las insignias: «Toma asiento en la cátedra de la Sabiduría, y desde ella, descollando por tu ciencia, enseña, orienta, juzga y muestra tu magnificencia en la universidad, en el foro y en la sociedad».
Mons. Porras merece con creces el título de doctor. El ha sido toda la vida precisamente eso: un intelectual, un académico, un sacerdote, un obispo, que ha enseñado, ha orientado, ha iluminado mentes  con su ciencia, sapiencia y arte. Ha sabido aprovechar ambas universidades: la académica y la de la vida. Posee una imponente biblioteca en su casa. Pero más grande es la que deambula con él. ¡Y Dios sabe si deambula! Ha sorteado, con sabiduría y valentía, delicados episodios de la historia contemporánea en que se ha visto involucrado, sobre todo en las complejas relaciones Iglesia-Estado.
Las “Edades del Hombre” han sido su cantera, de donde ha sacado el amor al arte y la importancia para un pueblo y para la Iglesia de la valoración, cuidado y promoción de los bienes culturales.  De su paso por las aulas salmantinas, trajo la tenacidad del “como decíamos ayer” de Fray Luis de León. El agudo sentido de la dignidad de todo ser humano, de Francisco de Vitoria y la penetración mística de la mirada de Fray Juan de la Cruz sobre toda realidad. Todo eso sazonado  con buenas pinceladas del buen humor español.
Acertaron al reconocer, dentro de las mil cuerdas de su lira,  su trayectoria en el campo de los Medios de Comunicación social, porque si algo distingue a mi hermano y buen amigo, es su pasión por comunicar, en crónicas mayores y menores, la buena noticia del evangelio de Jesucristo, siguiendo la metodología de la Iglesia latinoamericana: partir siempre de la realidad, iluminarla con la luz  del Evangelio de Jesús, identificar los desafíos y trazar acciones concretas para transformar esa realidad integralmente.
Mons. Porras  es un gran obispo, digno hijo espiritual y sucesor en la sede serrana de Mons. Miguel Antonio Salas y de esa gran estirpe de pastores de recia personalidad que han dejado una huella perenne en  la historia de la Iglesia y de nuestro país a lo largo del siglo XX. Goza, entre sus hermanos obispos de la Conferencia episcopal, de gran respeto y admiración y por eso no han dudado en confiarle grandes responsabilidades. Homenajearlo a él es honrar todo el episcopado patrio.
Agradezco a las autoridades universitarias, de esta querida casa de estudios, a las que estoy estrechamente vinculado desde hace quince años, me hayan otorgado la Orden de San Alberto Hurtado, patrono de la Capellanía y me hayan asociado al  homenaje de este ilustre prelado. Los dos nos hemos formado en escuelas diferentes. El en España, yo en Francia. De vuelta a Venezuela, nuestros caminos han confluido, mozos aún en tareas docentes, y luego como obispos, en la búsqueda de caminos para renovación de nuestra Iglesia. Agradezco a Dios de haberme arrimado a tan buen roble. Bajo su ramaje descubrí el significado del proverbio africano: “Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres ir lejos ve acompañado”. Naturalmente, ¡bien acompañado!
De la cultura francesa aprendí, con Montaigne, que: “Mieux vaut une tête bien faite qu'une tête bien pleine”. Que lo importante no es atiborrar la cabeza de conocimientos sino saber sacarle provecho. Que el conocimiento es un tesoro maravilloso porque vence la ignorancia; pero, si camina solo,  queda estéril. Necesita aliarse con la humildad, que lo hace humano, con la ética que lo hace virtuoso y  con el amor que lo hace fecundo y lo universaliza. Con Descartes, aprendí la importancia de pensar con cabeza propia, no con cabeza ajena. Con Nicolas Boileau, aprendí lo imprescindible de tener un norte, un ideal, un puerto donde llegar y de cultivar la virtud del tesón y de la perseverancia. Comparto con ustedes una adaptación libre  de unos versos suyos, en su obra “Art poétique”: 

Concibe bien en tu mente y lo expresarás claramente.

Sin prisa, pero sin pausas, y sin perder nunca el ánimo,

Si veinte veces te caes, veinte veces ponte en pie.

Dale y dale, sin cesar, dale duro a ese pilón,

Y alcanzarás, algún día,  a poseer el filón.

 

Honoris causa” significa por “causa del honor”. Graduandos, no busquen el honor caballeresco, ni el honor fatuo, ni el honor logrado a punta de acertadas campañas publicitarias; ni tampoco el honor mercantil, como lo otorgan automáticamente algunas casas de estudio a quienes depositan una determinada cantidad de dólares. Busquen el honor como lo entiende Jesús: autoridad moral, que se logra por la coherencia entre la fe y la vida,  entre lo que se enseña y lo que se vive (Mt 23, 2-4).
La vida es un don de Dios maravilloso. Pero más importante es descubrir para qué vivimos, para quien vivimos.  Tendrá sentido, si la transformamos en un gran servicio, que ayude a otros a  vivir mejor que nosotros. Por donde pasen, siempre procuren salir mejores que cómo entraron, más dialogantes, más sabios, más tolerantes, más capacitados para sembrar  “la cultura del encuentro” que el Papa Francisco recomienda a los venezolanos y a la que Carlos Vives le ha puesto música pegajosa:

Cuando nos volvamos a encontrar 
no dejaré de contemplar la madrugada, 
no habrá más llanto regado sobre tu almohada 
no habrá mañana que no te quiera abrazar.

Y traerá tu amor la primavera 
y una vida nueva que aprender 
nada volverá a ser como ayer 

¡Cuando nos volvamos a encontrar!

El doctorado honoris causa, mis amigos y amigas, nos lo podemos ganar todos, si sabemos transformarlo en un doctorado “amoris causa”. ¡Ojalá lleguen todos a ser doctores de esta suprema sabiduría! La pieza clave es la presencia de Dios. Su ausencia solo trae desdichas y amarguras, para nosotros y para los demás, como lo vemos cada día. Bien lo dijo otra doctora de gran calibre, Santa Teresa de Jesús, en la cual nos abrevamos Mons. Porras y este servidor: “Quien a Dios tiene nada le falta”. Muchas gracias.   

Maracaibo, 4 de Mayo de 2016
+Ubaldo R Santana Sequera FMI.

lunes, 28 de marzo de 2016

El Poder y la Cruz

Padre Luis Ugalde

Sacerdote Jesuita


¿Qué tiene el poder que oprime a los débiles, atrapa a los más poderosos y esclaviza incluso a los esclavizadores?

El poder en Venezuela se ha vuelto cruel, insensible y loco por perpetuarse. Esto choca más cuando lo vemos en personas que parecían sinceras cuando predicaban el anti poder en la lucha contra toda “dominación del hombre por el hombre”.

Cambiar la política venezolana exige empoderar las capacidades de 30 millones de habitantes y fortalecer las instituciones democráticas que hagan imposible el poder de dominación concentrado en unos pocos (oligarquías de derecha, de izquierda o monarquías, aunque se llamen Stalin, Mao, Castro, Chávez, Daniel Ortega y…).

Marx y Bakunin (padre del anarquismo) estaban de acuerdo (1864) en que el Estado burgués es una dictadura que hay que erradicar, pero se enfrentaron en el modo de hacerlo. Según Marx hay que crear otra dictadura (la del proletariado) para  destruir la burguesa y eliminar su causa como es la apropiación privada de los medios de producción para dar paso al “Paraíso”, sociedad de abundancia sin empresa privada y sin explotación. Una vez hecho eso,  el Estado “se extingue” porque ya han desaparecido las causas que lo engendraron. Bakunin lo contradice porque no cree en el determinismo económico de Marx y argumenta que concentrar el poder en una nueva dictadura (la del proletariado) no puede ser el camino a la anti dictadura y la liberación humana de todo poder opresor. Ningún poderoso renuncia a su poder, dice el anarquista y el sentido común. La historia de una veintena de “dictaduras del proletariado” en cuatro continentes, demuestra que en esto Bakunin tenía razón: el poder atrapa, emborracha y pone de rodillas a sus adoradores, y a los que inicialmente querían el poder como instrumento de humanización.

Lo vemos en la “revolución” venezolana con su “poder popular”. Falta de todo, pero la conservación perpetua del poder se convierte en absoluto. Trágica mutación de los libertadores de ayer en despiadados opresores de hoy. Ahora hay que dominar todo, los poderes Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Electoral, Moral, Policial, Militar, Educativo, Comunicacional;  domesticar la mente y la conciencia de la gente, y controlar la economía, la producción y la distribución… Una vez con el control del poder absoluto, no nos vamos y nadie nos podrá sacar, piensan ellos… Por eso el intento (fracasado) de imponer otra Constitución en 2007 y la ilimitada reelección presidencial (de Castro, Chávez, Ortega, Evo Morales…). Para ellos la separación de poderes del Estado (como establece nuestra Constitución) es una aberración del liberalismo burgués; los “revolucionarios”- dicen- no caemos en esa trampa y el poder ya conquistado no lo entregaremos por unos votos al modo burgués. Pero a pesar de todo, el Muro de Berlín cayó, las inmensas dictaduras rusa y china con voluntad de perpetuidad murieron, y la cubana está agonizando en la miseria de su pueblo.

No así entre ustedes

Los hombres (hombres y mujeres) quieren “ser como dioses” y construir una torre de Babel para alcanzar el cielo. Buscando esa autodivinización, el hombre es un creador de ídolos; modernamente más bien ídolos seculares que con su eficiencia instrumental lo transforman y dominan todo: La Razón, el Poder y el Dinero. Estos son sin duda tres medios necesarios para la liberación humana, pero mientras se mantengan como instrumentos. Lo malo es que quien los posee  termina poseído por ellos y los convierte en dioses absolutos, en madres y padres de nuevas y más eficaces formas de dominación y opresión.

Jesús sorprendió a sus discípulos pobres que disputaban quién sería más importante en el futuro reino y poder. Los corrigió (también a nosotros) diciendo que nadie puede servir a dos señores: a Dios y al dinero, y que los señores de este mundo oprimen y esclavizan a sus pueblos. “Pero no ha de ser así entre ustedes”. El que se considere más importante sea el servidor, “como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido sino a servir y dar la vida”. El Hijo del Hombre es Hijo de Dios-Amor. El Dios Poder mata y exige sacrificios humanos (y se infiltra en las religiones y las carcome y desvirtúa). El Dios Amor por lo contrario lleva a afirmar al otro, a  dar la vida por él, que no es perderla, sino encontrarla.  A Jesús, que vive y enseña esto, lo persigue y mata el Poder, hace 2000 años, y también hoy a millones de venezolanos. La cruz cristiana no es solo cruz de muerte, sino de vida porque es la cruz del que da la vida para que todos vivamos la cruz del Dios Amor, que nos hace libres y da fuerza y capacidad para enfrentar el Poder que oprime. Esta es la Semana Santa. Acompañar al Nazareno y al mismo tiempo empoderar a 30 millones de venezolanos y a sus instituciones democráticas para que el poder de dominación quede sin fuerza. El Amor es más fuerte que la muerte y que el Poder endiosado. La vida entregada por AMOR resucita en las personas y construye sociedades de vida y no de muerte.
Caracas, 15 de marzo de 2016.

viernes, 11 de marzo de 2016

Los Valores Fundamentales de la Vida Social Según la Doctrina Social de la Iglesia


Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Sobre el Origen de las Semanas de la Doctrina Social de la Iglesia
         Permítanme comenzar con unas consideraciones previas, con el fin de ubicarnos en este evento y su importancia. Celebro con mucha esperanza la realización de la X Semana de la Doctrina Social de la Iglesia en nuestra Arquidiócesis de Maracaibo, unidos a nuestra hermana Diócesis de Cabimas. Este proyecto que cuenta ya con una década de historia, unió los espíritus inquietos de insignes laicos, con auténtico sentido de fe cristiana, que viven en comunión con la Iglesia Católica, con el fin de formar al pueblo de Dios en el rico tesoro del magisterio social que desde hace más de un centenar de años nos brinda nuestra Iglesia en los documentos de sus más calificados pastores universales y locales. Este consecuente grupo es el Foro Eclesial de Laicos de nuestra Arquidiócesis, guiados por nuestro Arzobispo Mons. Ubaldo Santana y su Obispo Auxiliar Mons. Ángel Caraballo.

         Hacer memoria histórica nos permite conocer la motivación de estas jornadas. El Papa Benedicto XVI, responsabilizando al Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, promulga el extraordinario documento conocido como el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (en adelante cito: Compendio), publicado por la Santa Sede el año 2004. Como lo leemos en la Introducción,

Este documento pretende presentar, de manera completa y sistemática, aunque sintética, la enseñanza social, que es fruto de la sabia reflexión magisterial y expresión del constante compromiso de la Iglesia, fiel a la Gracia de la salvación de Cristo y a la amorosa solicitud por la suerte de la humanidad. Los aspectos teológicos, filosóficos, morales, culturales y pastorales más relevantes de esta enseñanza se presentan aquí orgánicamente en relación a las cuestiones sociales. De este modo se atestigua la fecundidad del encuentro entre el Evangelio y los problemas que el hombre afronta en su camino histórico (Compendio 8).

         Inmediatamente todas las Iglesias locales se activaros para presentar y dar a conocer solemnemente nuestro Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. A nivel de América Latina, el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) hizo lo propio. El Pastor de Maracaibo convocó al Foro Eclesial de Laicos y a nuestra Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA), para que juntos realizáramos la presentación al pueblo zuliano. Comenzamos a trabajar y lanzamos la idea de celebrar la I Semana de la Doctrina Social de la Iglesia en la Arquidiócesis de Maracaibo que se realizó con éxito del 10 al 16 de junio de 2007, centrando nuestras reflexiones en el Compendio que presentamos. Pero, no se podía ignorar los grandes acontecimientos del momento: el Concilio Plenario de Venezuela (CPV-2000-2006) y la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe celebrada en la mariana ciudad brasileña Aparecida (2007). Fue un tiempo histórico eclesial de una significación especial. Mientras que Venezuela convulsionaba social y políticamente.

         Aparecida en su numeral 99 nos habla de la invaluable riqueza de la Doctrina Social de la Iglesia que anima el testimonio y la solidaridad del cristiano, como discípulos y misioneros de la caridad que transforma el mundo. Concretamente recomienda a los catequistas utilizar como instrumento de formación cristiana, además del Catecismo de la Iglesia Católica, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.

Por su parte, nuestro CPV en su documento La Contribución de la Iglesia a la Gestación de una Nueva Sociedad  (Cf. CIGNS 71) denuncia el poco conocimiento de esta tan importante doctrina social, exigiendo la formación sistemática a las Universidades Católicas, a los Seminarios, a los Centros de Formación para Religiosos y para Religiosas, así como en la Catequesis (Cf. CIGNS 171-172).

En la misma línea, lo exige para los jóvenes cristianos en su documento Jesucristo Buena Noticia para los Jóvenes (Cf. JBNJ 81). Precisamente, uno de sus desafíos es formulado así: “Alentarles en su misión de colaborar y ser levadura en la construcción de una nueva sociedad, desde la fe, y ofrecer oportunidades para que estudien, profundicen y pongan en práctica la Doctrina Social de la Iglesia” (JBNJ 88). Ahora saben ustedes el porqué de nuestro empeño y la motivación de tan grande compromiso.

         Debo subrayar que para nuestra Católica de Maracaibo, la UNICA, esta iniciativa es natural a su  identidad católica y humanista. En el seno de nuestra Comunidad Universitaria, tanto en lo académico, como en su vida pastoral, inspirada por nuestro santo patrono, el Padre Alberto Hurtado, y nuestro epónimo, el gran humanista cristiano Cecilio Acosta, esta doctrina social penetra su alma.

De manera que estas jornadas de reflexión tienen garantizado el éxito. Prontamente, desde el Área Académica de Pensamiento Teológico de su Facultad de Filosofía y Teología, reactivaremos más temprano que tarde el Diplomado de la Doctrina Social de la Iglesia que se ha dictado pocos años antes en Maracaibo y en Cabimas e introduciremos pronto la propuesta de una Maestría en el tema.

         Casi enseguida, se une a nuestro proyecto eclesial, la Pastoral Universitaria y Pastoral Social de la Diócesis de Cabimas y, desde entonces, caminamos unidos en esta faena. Rápidamente, Cabimas consolida su “Semana” con su propia originalidad. Pero, siempre unidos en la fortaleza de la fe y la caridad. Hemos intentado en otras Iglesias Locales, pero nos falta mucho por hacer. Significa que nuestro sueño sigue buscando espacios donde desarrollarse.

         Hemos estado presentes en la Universidad del Zulia (LUZ), en las Escuelas Católicas, en otras Instituciones Católicas como el Centro de Formación Profesional “San Francisco”. Seguimos buscando cómo brindar este extraordinario tesoro doctrinal donde, como afirma el Compendio, “el cristiano sabe que puede encontrar… los principios de reflexión, los criterios de juicios y las directrices de acción como base para promover un humanismo integral y solidario”, en concreto, en nuestra Sociedad Venezolana, que reclama de nosotros una respuesta comprometedora, hasta el sacrificio de la Cruz. En este sentido, asumimos el llamado insistente del Papa Francisco de no ser indiferentes (Mensaje de la Jornada de Paz 2016).

         Este año, celebramos con mayor fuerza esta X Semana de la Doctrina Social de la Iglesia, con nuevas experiencias. Hace un tiempo, escuchamos al entusiasta Padre Ovidio Duarte, Párroco de la Comunidad Parroquial “San Antonio María Claret”, brindándonos un excelente apoyo. Ahí se ha creado un grupo en torno a la Doctrina Social de la Iglesia. Nos hemos reunido, en la medida de nuestras posibilidades, los martes en la tarde, para conversar y planificar actividades que van pujándose paso a paso, al ritmo de un País en situaciones sumamente críticas. Así hemos llegado aquí, a esta acogedora Comunidad Cristiana que se une a nosotros en la misión que Jesús nos ha encomendado.

Pensamos que podemos seguir buscando en las Comunidades Parroquiales, porque sabemos que muchos esperan este impulso del Espíritu para aprender y vivir la doctrina social que se enriquece cuando la Iglesia, como el buen samaritano del Evangelio, se acerca a la humanidad herida por las injusticias y las tiranías, para servirle con el amor del mandamiento de Jesús. Así pues, la celebración de estas jornadas es una misión que no asumimos solos, sino como Iglesia, en comunión cristiana.

 

Desde la Venezuela del siglo XXI

         Esta X Semana de la Doctrina Social de la Iglesia gira en torno a un tema: Contribución y Desafíos de la Doctrina Social de la Iglesia en el siglo XXI. Iglesia que peregrina y sirve en la Venezuela del siglo XXI. Aunque, a mi juicio, a nuestro pueblo venezolano se le ha negado el derecho de avanzar con el progreso de la historia y no hemos todavía llegado al nuevo milenio. Por el contrario, hemos retrocedido copiando modelos sociales, económicos y políticos, fracasados y dañinos para la humanidad. Creo que esta apreciación es común entre nosotros, no decimos nada que no hemos escuchado antes.

Hoy, aquella sociedad de desarrollo humano ha ido desapareciendo. Las propuestas gubernamentales son más bien primitivas como el bañarnos con totuma, usar velas para alumbrarnos, entre otras absurdeces que da pena mencionar. Pero, más grave aún, es el franco deterioro de la salud, de la educación, de la justicia, de los servicios elementales de nuestra comunidad. Nadamos en basura y no hay agua. Más que pobreza, el empobrecimiento creciente signa el comienzo de este siglo que no nos han permitido vivir, sino sufrir. Se ha impuesto una tiranía y todavía preguntamos ¿qué hace la oposición? ¿Qué hace la Iglesia? Y, por otro lado, cuestionamos ¿qué hacemos nosotros? ¿Por qué hemos llegado a esta situación? He ahí la cuestión social que nos ocupa como venezolanos cristianos.

En 1968 la Iglesia en la Conferencia de Medellín denunciaba que el subdesarrollo que vive América Latina es una injusta situación promotora de tensiones que conspira contra la paz. El año anterior lo denunciaba Pablo VI en la Populorum progressio (PP 87). Después de casi medio siglo, es lamentable tener que seguir denunciándolo para Venezuela. Así como la creciente y cada vez más grave marginalidad. Nuestra patria es marginal, socioeconómica y políticamente. Las desigualdades sociales son excesivas, las frustraciones como nunca, la opresión clama al cielo. Somos un pueblo empobrecido.

Pero, aún más grave todavía, es la falta de testimonio de los cristianos porque no hemos formado nuestra conciencia en los valores humanos elementales ni en los valores cristianos que nos exigen un compromiso mayor, el sacrificio de la cruz. Somos falsos cuando nos llamamos cristianos y nos convertimos en bachaqueros con la excusa de que debemos aprovechar el momento. Mientras cada quien pretenda solucionar los problemas individuales y conformarnos con ello, no vamos a superar esta situación. Ni saliendo del régimen. Somos falsos cuando no pensamos en los demás que sufren violencia por las injusticias, por las persecuciones políticas o por la delincuencia, y nos convertimos en colaboracionistas de la dictadura, bien por haber recibido un beneficio o para proteger nuestros negocios. Esto, sólo como ejemplo.

Parafraseando al querido san Juan XXIII, podemos decir que la Iglesia ve en nuestros días que la convivencia de los venezolanos, gravemente perturbada, tiende a un gran cambio. Y cuando la comunidad humana es llevada a un nuevo orden social, la Iglesia tiene ante sí una misión inmensa. Hoy en Venezuela se exige a la Iglesia que inyecte la virtud perenne, vital, divina del Evangelio en las venas de esta sufrida y frustrada comunidad humana (Cf. Humanae salutis 25-12-1961). Esta es nuestra pretensión, inyectar, sembrar, escribir en nuestro corazón, los valores cristianos, la virtud del Evangelio de Jesús.

 

Por fin mi tema: Los valores de la vida social

         El tema de los valores fundamentales de la vida social es respuesta a este exigente llamado a la Iglesia que hace explicito el Papa Bueno. Se encuentra formulado en el Compendio, en el capítulo IV sobre los principios de la Doctrina Social de la Iglesia. Introduce afirmando que tales principios son los verdaderos puntos de apoyo de toda esta doctrina. Señala cuatros principios: la dignidad de la persona humana, el bien común, la subsidiaridad y la solidaridad. Todos expresan la verdad del mensaje del Evangelio, se comprende en el mandamiento nuevo del amor y se concreta en la justicia. Estos principios, como notamos, forman una unidad entre sí y se integran en los valores: “Los valores requieren, por consiguiente, tanto la práctica de los principios fundamentales de la vida social, como el ejercicio personal de las virtudes y, por ende, las actitudes morales correspondientes a los valores mismos” (Compendio 197).

         Estos valores fundamentales de la vida social son la verdad, la libertad y la justicia. Recordemos al mismo Juan XXIII quien con su impactante encíclica Pacem in Terris (PT - 11-4-1963), al dejar bien claro que el principio de la convivencia humana es la persona humana, dotada de inteligencia y libertad, sujeto de derechos y deberes, imagen de su Creador, redimido por Jesucristo, convertido por ello en hijo y amigo de Dios, es decir, elevado a la dignidad divina (PT 9-10); nos enseña que los fundamentos de esta convivencia pacífica son la verdad, la justicia, el amor y la libertad (PT 35). Lo expresa así:

Una comunidad humana será cual la hemos descrito cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones; cuando estén movidos por el amor de tal manera, que sientan como suyas las necesidades del prójimo y hagan a los demás participes de sus bienes, y procuren que en todo el mundo haya un intercambio universal de los valores más excelentes del espíritu humano. Ni basta esto sólo, porque la sociedad humana se va desarrollando conjuntamente con la libertad, es decir, con sistemas que se ajusten a la dignidad del ciudadano, ya que, siendo éste racional por naturaleza, resulta, por lo mismo, responsable de sus acciones (PT 35).

         La comunidad humana descrita por Juan XXIII es ordenada a la dignidad de la persona humana. Para ello anuncia los derechos a la existencia y a una calidad de vida, a la buena fama, a la verdad y a la cultura, al culto divino y la libertad religiosa, a elegir el estado de vida que prefieren y a fundar una familia, al trabajo, a ejercer libremente actividades económicas sin perder el sentido de responsabilidad, a la propiedad privada con auténtica conciencia de su función social, a la reunión, a asociarse, a la residencia y a la emigración, a participar en la vida pública y a la seguridad jurídica. Así como a sus deberes, esos son: respeto a los derechos ajenos, a colaborar con los demás y a actuar con sentido de responsabilidad. En suma, el Papa Bueno concluye en que la sociedad “se funda en la verdad, debe practicarse según los preceptos de la justicia, exige ser vivificado y completado por el amor mutuo, y, por último, respetado íntegramente la libertad, ha de ajustarse a una igualdad cada día más humana” (PT 37).

         Así, pues, en la Pacem in Terris, los valores fundamentales son: la verdad, la justicia, el amor, la libertad y la igualdad. El amor es tratado relevantemente por el Compendio en el apartado siguiente con el subtítulo “La vía de la caridad” (Compendio 204-208). Pienso que debemos hablar primero de la caridad que es la fuente de todo valor, de la misma existencia humana y del sentido de toda sociedad. Además, como lo expresa el mismo Compendio, es el camino que nos conduce a la verdad, a la justicia y a la libertad (Cf. Compendio 205). Con todos ellos, también es fuente y camino de la convivencia pacífica y democrática.

         El Papa Benedicto XVI nos expone en la segunda parte de su encíclica Deus caritas est que el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como comunidad de amor, tiene al misterio de la Trinidad como fuente, modelo y meta. Recuerdo al beato Pablo VI que dice en la Ecclesiam suam (ES – 6-agosto-1964) que “la caridad lo explica todo” (ES 58), haciendo referencia a la hora de la caridad: “La caridad debe hoy asumir el puesto que le compete, el primero, el más alto, en escala de valores religiosos y morales, no sólo en la estima retórica sino también en la práctica cristiana” (ES 58).

         Es de saber que hablar de un valor en particular no se puede hacer sin relacionarlo con los otros. Por ejemplo, la Conferencia de Medellín enseña que el amor “es también el dinamismo que debe mover a los cristianos a realizar la justicia en el mundo, teniendo como fundamento la verdad y como signo la libertad” (Conclusiones de Medellín, Justicia 4). Es decir, que amar es practicar la justicia, fundada en la verdad, vivida y expresada en la libertad.

En todo el maravilloso magisterio de la Iglesia latinoamericana, existe una coherencia en los valores sociales, que consiste en que antes de hablar de ellos, nosotros debemos escuchar al pueblo. Por eso en Medellín los Pastores escuchan: “un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte” (Conclusiones de Medellín, Pobreza de la Iglesia 2 – Cf. Puebla 88). Pues, en la III Conferencia de Puebla (1979) se enfatiza, diez años después, que ese “clamor pudo haber parecido sordo en ese entonces. Ahora es claro, creciente, impetuoso y, en ocasiones, amenazante” (Puebla 89). De ahí, que “nuestra misión de llevar a Dios a los hombres y los hombres a Dios implica también construir entre ellos una sociedad más humana” (Puebla 90). Así hizo Dios para liberar a Israel, escucho sus gemidos de pueblo esclavizado, eligiendo un líder entre ellos, los movilizó para comenzar a caminar unidos por el desierto sacrificado que lo conduciría a la Patria de libertad. Una libertad vivida en comunión y en corresponsabilidad.

Pero, cuidado, el amor no se agota en la justicia. Así lo hace ver el Compendio: “La caridad presupone y trasciende la justicia” (Compendio 206). Pero, como lo canta el salmista: “El amor y la verdad se encuentran, la paz y la justicia se besan, la verdad brotará de la tierra y la justicia mirará desde el cielo. El Señor mismo traerá la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia irá delante de él, y le preparará el camino” (Salmo 85, 10-13). No hay duda sobre la primacía del amor, como lo enseña San Pablo (1Cor 13). Pero, no olvida San Pablo que el amor no se alegra de las injusticias, sino de la verdad. Sin embargo, el amor no tiene límite.

Naturalmente, es supremo el amor con el que identificamos al mismo Dios: “Dios es amor”, comunidad divina de tres personas distintas en relaciones tan perfectas de amor que es un solo Dios, comunión de amor. Sí, Dios es la sociedad perfecta, fuente, modelo y meta de nuestra sociedad ideal. Por eso, nuestra fe cristiana no puede vivirse en privado ni individualmente, es en comunión de amor. Por eso, lo primero es el amor en fraternidad, la expresión más grande donde la justicia, la verdad, la libertad, la igualdad y la paz, tienen su sentido.

El Compendio expresa que debemos tender hacia la verdad, debemos respetarla y testimoniarla responsablemente (Compendio 198). Aquí podemos apoyarnos en la excelente encíclica Caritas in Veritate (CV – 29-junio-2009), de Benedicto XVI. Comienza diciendo que “el amor – caritas – es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz” (CV 1). Es que “en Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la Verdad” (CV 1).

Para el Papa emérito, la “Caritas in Veritate es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acción moral. Deseo volver a recordar particularmente dos de ellos, requeridos de manera especial por el compromiso para el desarrollo en una sociedad en vías de globalización: la justicia y el bien común” (CV 5). Porque “desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad” (CV 7). Esta justicia comienza por reconocer al otro en su dignidad como persona humana (Compendio 201).

Hablando de justicia quiero recordar un documento olvidado por muchos, a mi juicio, de una enorme actualidad a pesar de ser firmado por Pablo VI en 1971 como fruto del sínodo sobre la justicia en el mundo. Sólo cito una parte:

Escuchando el clamor de quienes sufren violencia, oprimidos por sistemas y mecanismos injustos; y escuchando también los interrogantes de un mundo que con su perversidad contradice el plan del Creador, tenemos conciencia unánime de la vocación de la Iglesia a estar presente en el corazón del mundo predicando la Buena Nueva a los pobres, la liberación a los oprimidos y la alegría a los afligidos. La esperanza y el impulso que anima profundamente al mundo no son ajenos al dinamismo del Evangelio, que por virtud del Espíritu Santo libera a los hombres del pecado personal y de sus consecuencias en la vida social.

La situación actual del mundo, vista a la luz de la fe, nos invita a volver al núcleo mismo del mensaje cristiano, creando en nosotros la íntima conciencia de su verdadero sentido y de sus urgentes exigencias. La misión de predicar el Evangelio en el tiempo presente exige que nos empeñemos en la liberación integral del hombre ya desde ahora, en su existencia terrena. En efecto, si el mensaje cristiano sobre el amor y la justicia no manifiestan su eficacia en la acción por la justicia en el mundo, muy difícilmente logrará credibilidad entre los hombres de nuestro tiempo.

La Iglesia ha recibido de Cristo la misión de predicar el mensaje evangélico, que contiene la llamada del hombre a convertirse del pecado al amor del Padre, la fraternidad universal y, por tanto, la exigencia de justicia en el mundo. Esta es la razón por la cual la Iglesia tiene el derecho, más aún, el deber, de proclamar la justicia en el campo social, nacional e internacionalmente, así como de denunciar las situaciones de injusticia, cuando lo exijan los derechos fundamentales del hombre y su misma salvación. La Iglesia no es la única responsable de la justicia en el mundo; tiene, sin embargo, una responsabilidad propia y específica, que se identifica con su misión de dar ante el mundo testimonio de la exigencia de amor y de justicia tal como se contiene en el mensaje evangélico.

En este sentido, debo recomendar el estudio de la primera parte del Compendio que se refiere a los fundamentos bíblicos y teológicos de la Doctrina Social de la Iglesia, pues, lo dice Juan Pablo II en la Centesimus annus (CA - 1991), “la dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los actuales problemas de la convivencia humana” (CA 55). En esta parte se afirma que la fuente y el fundamento de la doctrina social se encuentran en la acción liberadora de Dios en la historia de salvación que comienza con la cercanía gratuita de este Dios y que tiene en la persona de Jesús su cumplimiento. En Jesucristo se cumple el acontecimiento decisivo de la historia de Dios con los hombres.

En Cristo, en su anuncio y en sus acciones, encontramos la verdad del amor que se vive en la justicia. Porque ese anuncio se concreta en el Reino de Dios, un reino de amor, paz, libertad y justicia. Este Jesús es presentado por la Iglesia como Señor de la historia e inspirador de un verdadero cambio social. Por eso este Reino de Dios no sólo es don, sino también tarea, vocación que nos exige construirlo en las relaciones interhumanas. Por eso, la Iglesia se compromete en la Conferencia de Puebla, a hablar de Jesucristo, proclamar su Evangelio del Reino, y pedirle al pueblo latinoamericano acoger su doctrina liberadora.

Por eso, “solidarios con los sufrimientos y aspiraciones de nuestro pueblo, sentimos la urgencia de darles lo que es específico nuestro: el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios. Sentimos que ésta es la fuerza de Dios capaz de transformar nuestra realidad personal y social, y de encaminarla hacia la libertad y la fraternidad, hacia la plena manifestación del Reino de Dios” (Puebla 180-181).

Cuando se habla de libertad, otro de los valores humanos y, por lo mismo, fundamental en la vida social, es signo eminente de la imagen divina. Con la libertad, el ser humano se expresa como ser divino, partícipe de la naturaleza de Dios. El Compendio, citando textualmente el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), afirma que “la libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana” (Compendio 199 y CIC 1738).

X Semana de la Doctrina Social de la Iglesia - Informe

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
            Hemos celebrado en la Arquidiócesis de Maracaibo, en comunión con la Diócesis de Cabimas, la X Semana de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Se trata de unas jornadas de reflexión sobre las cuestiones sociales de nuestra Venezuela bajo la mirada pastoral de la Iglesia Católica. Su objetivo fundamental es hacer beneficiaria a la familia humana de la riqueza doctrinal contenida en el Magisterio de nuestra Iglesia sobre la persona humana en relación. Como lo expresan las orientaciones ofrecidas por la Congregación para la Educación Católica (30-12-1988), “hoy, la doctrina social está llamada, cada vez con mayor urgencia, a aportar su propio servicio específico a la evangelización, al diálogo con el mundo, a la interpretación cristiana de la realidad y a las orientaciones de la acción pastoral, para iluminar las diversas iniciativas en el plano temporal con principios rectos… Se trata de promover un verdadero progreso social, el cual, para garantizar efectivamente el bien común de todos los hombres, requiere una organización justa de tales estructuras”.
            La responsabilidad de la organización recae, por mandato de nuestros Arzobispo Mons. Ubaldo Santana y su Obispo Auxiliar Ángel Caraballo, en la Coordinación del Área Académica de Pensamiento Teológico, de la Facultad de Filosofía y Teología, de la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA); del Foro Eclesial de Laicos y de la Parroquia San Antonio María Claret, bajo el asesoramiento pastoral del Pbro. Ovidio Duarte. Así mismo en Cabimas, unidos a nosotros, por mandado de su Obispo Mons. William Delgado, son responsables de su organización las Pastorales Universitaria y Social. La organización, la logística y la difusión, luego de una exhaustiva evaluación, fueron excelentes. Debemos darles mérito especial a todos los movimientos y grupos de apostolado de la Parroquia Claret. Cuando se presentó alguna emergencia, todos se movilizaron para superarlo enseguida sin ningún problema.
            Esta X Semana de la DSI gira en torno a un tema: Contribución y Desafíos de la DSI en el siglo XXI. Más bien, en la Venezuela del siglo XXI. El programa se cumplió estrictamente, según se planificó. Como ya es tradición, desde hace diez años, este evento eclesial se celebra la segunda semana de cuaresma (domingo 21 al viernes 26 de febrero 2016). Por lo que, nuestro Arzobispo Santana en Maracaibo, y el Obispo Delgado en Cabimas presidieron la Eucaristía Inaugural con toda solemnidad. A las once de la mañana, con una Asamblea Litúrgica abundante del Templo Claret, ofrecimos al Señor estas jornadas y le pedimos que nos diera las gracias suficientes para hacer realidad esta obra suya que nos ha encomendado como Iglesia suya que somos. La experiencia en Cabimas también fue extraordinaria. ¡Alabado sea nuestro Señor!
            El lunes 22, a las nueve de la mañana, escuchamos desde la sede de la Católica de Maracaibo a Mons. Mariano José Parra Sandoval, Obispo de Ciudad Guayana, quien nos habló sobre la persona humana y sus múltiples dimensiones, utilizando una metodología dialogante que consiste en interrogar al mundo sobre su visión humanista y, luego, preguntar al proyecto de Dios sobre nosotros. Así pudimos confirmar que “la enseñanza social de la Iglesia se origina del encuentro del mensaje evangélico y de su exigencias éticas con los problemas que surgen en la vida de la sociedad”. Ciertamente, fue una enseñanza con profundidad bíblica y teológica, expuesta pastoralmente. Esta misma experiencia se repitió ese día a las 7:30 de la noche en la Iglesia Claret. Si en la UNICA la asistencia fue de una gran cantidad de profesores y alumnos, en el Claret fue aún mayor, de mucho más de cien personas, en su mayoría laicos, con presencia significativa de seminaristas. Lamentamos que estos seminaristas sólo hayan podido asistir a la primera conferencia, igual lo agradecemos.
            La dinámica de todas las actividades se realizó en la Iglesia Claret a las siete y treinta de la tarde, donde después de las conferencias disfrutamos de un compartir extraordinario. Todas las conferencias tuvieron como base el Compendio de la DSI y fueros filmadas por especialistas comunicacionales. El martes 23, escuchamos al Dr. Homero Pérez Aranaga quien disertó sobre los principios de la DSI. El miércoles lo hizo el Pbro. Andrés Bravo sobre los valores de la vida social. El jueves le correspondió al Dr. David Gómez Gamboa hablar de los derechos humanos en el futuro de Venezuela. Para cerrar con lujo, el viernes, con la conferencia del Dr. Guillermo Yepes Boscán que nos enseñó sobre la identidad del laico cristiano-católico y su compromiso social. La asistencia fue en su totalidad de laicos, entre sesenta y setenta personas con una activa participación, con preguntas y reflexiones. Sólo asistieron dos presbíteros.
            En la Diócesis de Cabimas se dictaron tres conferencias: la primera, en la Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt, núcleo de Bachaquero, sobre el conflicto ético-político que enfrenta el universitario cristiano de nuestro tiempo. La segunda sobre el compromiso político del laico en la sociedad actual, en la Parroquia San Benito de Ciudad Ojeda. La tercera dictada por el Pbro. Andrés Bravo, sobre la dimensión política del cristiano, en el Seminario Buen Pastor de Cabimas.
            La gran novedad que vivimos en esta X Semana de la DSI fue la participación de los laicos de la Parroquia Claret que, pastoreados por el Pbro. Duarte, se han organizado en un equipo apostólico de DSI, reuniéndose todos los martes para reflexionar y planificar. Este grupo ha crecido y seguimos nuestras reuniones. De ahí, surgió un conversatorio sobre la DSI con un grupo de treinta catequistas en el Colegio Mater Salvatoris el jueves 3 de este mes. Existen varios proyectos que se irán realizando en el transcurso de este año. ¡Alabado sea el Señor!
Maracaibo, 8 de marzo de 2016