lunes, 10 de agosto de 2015

Juan XXIII y su Mensaje de Paz

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 36
XVIII Domingo Ordinario


Cuentan que en pleno día del 28 de octubre de 1958 un campesino, tirando por tierra su compra, grita emocionado en el mercado de Sotto il Monte (Bérgamo-Italia): ¡Angelo es papa! Efectivamente, en ese preciso momento, desde el balcón del Vaticano se anunciaba que el cardenal Angelo Giuseppe Roncalli es elegido obispo de Roma y pastor universal tomando por nombre Juan XXIII. La sorpresa del hermano del nuevo papa no la sentirá la Iglesia y la humanidad entera sino el día 25 de enero del año siguiente cuando Juan XXIII anuncia la celebración de un nuevo concilio ecuménico para la Iglesia universal. Ciertamente, este papa viene cargado de inquietudes y dispuesto a obedecer al Espíritu Santo para renovar la Iglesia.
            Cuando leemos, por ejemplo, la constitución apostólica Humanae Salutis (25-12-1961), con la que convoca solemnemente el concilio ecuménico Vaticano II, podemos darnos cuenta que estamos en presencia de una persona de Dios, de la Iglesia y de la Humanidad. No teme a los cambios, más bien está dispuesto a asumirlos con una gran confianza en Aquél que lo eligió. Valora los logros y avances del progreso humano, la grandeza de la ciencia y la tecnología, los actuales pensamientos políticos, filosóficos y humanísticos. Para él la historia no puede seguir siendo enemiga de lo eterno. La historia es reveladora, por eso nos llama a escrutar los signos de los tiempos (cf. Humanae Salutis y Gaudium et spes 4). Más que la censura y la condena, el mundo pide a la Iglesia comprensión, diálogo, respeto, entendimiento, espacio de encuentro y comunión.
Reconoce que la humanidad, muchas veces ha progresado olvidándose de la ética y, en mucho de los casos, lo ha hecho sin Dios. Más grave aún, tratando de matar a Dios, para construir un mundo sin Dios (ateo). Sin embargo, de parte de la Iglesia, como, mucho más tarde lo expresa claramente el teólogo alemán Walter Kasper: “A medida que el conocimiento humano iba avanzando, descubriendo progresivamente las causas naturales de la realidad, la fe fue tomando actitudes cada vez más defensivas, más en retirada. Se intentó repetidamente instalar a Dios en los puntos de la realidad donde no había llegado el saber. De este modo, Dios se convirtió en un tapagujeros, en la hipótesis que servía para explicar las estructuras cósicas aún no aclaradas por la ciencia. Pero el caso era que las posiciones tomadas tenían que ser desalojadas en seguida ante el avance continuo de la ciencia; todo consistía entonces en trazar nuevas líneas de contención. Así, la realidad de Dios se fue situando cada vez más allá de la experiencia natural. Dios se fue haciendo cada vez menos mundano, el mundo cada vez más ateo” (Introducción a la Fe, Salamanca 1989, p.37).
Este modo de actuar, observa Juan XXIII, no produce sino una humanidad sufrida: “Almas desconfiadas no ven ya sino extenderse pesadas tinieblas sobre la faz de la tierra, envolviéndola completamente… Y es que aun las mismas sangrientas guerras, que han sucedido en nuestros tiempos, así como las ruinas espirituales causadas ya por muchas ideologías y por los frutos de tantas amargas experiencias, no han dejado de ser voz aleccionadora. El mismo progreso científico y técnico, que ha dado al hombre la posibilidad de crear instrumentos catastróficos para su propia destrucción, ha suscitado angustiosos interrogantes” (Humanae Salutis 3). El papa bueno, clavando profundamente sus ojos de pastor sobre esta cruda situación humana, sabe, sin embargo, que Jesús sigue salvando por medio de la Iglesia. Por eso exige a la Iglesia dejar de defenderse y mirarse Ella misma como conservándose como objeto de museo, y entender que tiene una difícil y urgente misión que cumplir.
Aquí el papa, con sus mismos ojos de pastor, observa también a la Iglesia que, a pesar de sus sufrimientos, se vigoriza constantemente. La llamada primero es a la unidad “para dar a la Iglesia la posibilidad de contribuir con mayor eficacia a la solución de los problemas de la edad moderna” (Humanae Salutis 5). Para eso debe renovarse, mirarse de nuevo en el modelo de su fundador. Seguramente el papa pensó en una renovación que le permitiese una unidad más auténtica a base de un diálogo sincero con las otras religiones no católicas, incluso con las no cristianas. Pero, como la unidad querida por Dios es la de todo el género humano, también será necesaria una relación de diálogo con los diferentes pensamientos científicos, filosóficos y humanísticos, incluso con los ateos y agnósticos.
            No obstante, la más importante llamada que hace a la Iglesia, al convocar el concilio, es a servir con urgencia a la paz. Dice Juan XXIII que “respecto del mundo, perdido, confuso y angustiado bajo la continua amenaza de nuevos espantosos conflictos, el próximo concilio está llamado a ofrecer a los hombres de buena voluntad, una posibilidad de encaminarse por pensamientos y propósitos de una verdadera paz: paz que puede y debe venir, sobre todo, de las realidades espirituales y sobrenaturales, de la inteligencia y de la conciencia humanas, iluminadas y guiadas por Dios, Creador y Redentor de la humanidad” (Humanae Salutis 5). Es sumamente significativo este llamado a la unidad y a la paz, dos valores correlativos. Por eso, además de la unidad y el diálogo que ha exigido una radical renovación de la Iglesia, la paz del mundo es uno de los principales objetivos del concilio Vaticano II.
            El 29 de junio de 1959, Juan XXIII nos ofrece su primera encíclica Ad Petri Cathedram. Aquí marca las líneas más importantes de su ministerio pastoral. Precisamente, el tema es “sobre la verdad, unidad y paz que se han de promover con espíritu de caridad”. De entrada, nos manifiesta que el concilio, junto a otros grandes acontecimientos eclesiales, conduce “a todos a un mayor y más profundo conocimiento de la verdad, a una saludable renovación de las costumbres cristianas, y a la restauración de la unidad, de la concordia y de la paz” (Ad Petri Cathedram 1).
La verdad genera la paz y la unidad es su expresión más patente. Este tema lo irá desarrollando también en su última encíclica, Pacem in terris (11-4-1963). Considero que dos ideas importantes se destacan en esta su primera encíclica: la primera, se fundamenta en la armonía original de la creación, donde asegura que Dios nos creó no como enemigos sino hermanos: “Las diversas Naciones no son otra cosa sino comunidades de hombres, es decir, de hermanos, que deben tender, unidos fraternalmente, no sólo al fin propio de cada una, sino también al bien común de toda la familia humana” (Ad Petri Cathedram 8). La segunda idea es que la paz debe ser activa y militante: “Porque es paz no completamente tranquila, no del todo serena: es paz laboriosa, no ociosa, ni inerte; es sobre todo paz militante contra todo error, aunque disimulado bajo falsa apariencia de verdad, contra los estímulos y halagos de los vicios, y en fin contra toda clase de enemigo del alma que pueden debilitar, manchar o destruir nuestra inocencia y nuestra fe católica; y también contra los odios, las enemistades, las divisiones que pueden quebrantar o lacerar la misma fe” (APC 23).
Por eso, insistirá todo el magisterio eclesial de todos los tiempos, la paz es un don, pero también es una vocación a la que estamos llamados todos a construir. Cuando Jesús dice que nos da la paz no como la da el mundo es porque su paz es dada desde la cruz, desde una vida entregada en el amor hasta las últimas consecuencias. De ahí que la paz no se contrapone al conflicto, que una existencia cristiana llamada a construir el Reino de Dios pueda provocar ante las reacciones de la maldad. Es la violencia que destruye la vida del ser humano la que se opone a la paz. Así lo aprendimos de San Pablo cuando exhorta a vencer el mal a fuerza de bien (cf. Rom 12,21).
            Sabemos que la inquietud por la paz acompañará este tan denso, fructífero, renovador, aunque corto, pontificado del papa bueno. Dos grandes encíclicas sociales son importantes para nuestro tema: Mater et Magistra (15-05-1961) y, como ya lo hemos señalado, la Pacem in Terris. Especialmente, esta última, en el que nuestro tema abarca la totalidad del documento, es una encíclica “sobre la paz entre todos los pueblos, que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”. Pero, la Mater et Magistra, que toca el tema “sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana”, no deja de iluminar la lucha cristiana por la paz. Parte de un fundamento antropológico integral que va a influir en el Vaticano II y regirá toda la doctrina social de la Iglesia: “La doctrina de Cristo une, en efecto, la tierra con el cielo, ya que considera al hombre completo, alma y cuerpo, inteligencia y voluntad, y le ordena elevar su mente desde las condiciones transitorias de esta vida terrena hasta las alturas de la vida eterna, donde un día ha de gozar de felicidad y de paz imperecederas” (Mater et Magistra 2).
De hecho, ¿cómo se puede hablar de desarrollo económico sin que éste se fundamente en la dignidad de la persona humana? También, sólo podemos entender el desarrollo económico basado en las relaciones de convivencia en la verdad, en la justicia y en el amor. Porque, denuncia Juan XXIII, el más grave peligro del momento es el olvidarse del ser humano. Los seres humanos actuales, “mientras se empeñan en dominar y transformar el mundo exterior, corren el peligro de incurrir por negligencia en el olvido de sí mismos y de debilitar las energías de su espíritu y de su cuerpo” (Mater et Magistra 27). Esto nos introducirá a la extraordinaria encíclica Pacem in Terris.
            Cuatro valores humanos son los pilares que sostienen una convivencia humana en paz: verdad, justicia, amor y libertad. Este es el orden establecido por Dios. Esta es la gracia original de la creación fundada en la armonía entre los humanos, entre los humanos con la naturaleza y lo que ellos son capaces de transformar con su trabajo y arte, y entre los humanos y su Creador. El ser del hombre creado a imagen de Dios, es comunión de amor. Aquí fundamenta el santo papa el progreso científico y los adelantos tecnológicos. Son valorados desde la misma gloria de Dios. Esos progresos “demuestran la grandeza infinita de Dios” (Pacem in Terris 1). Buscar reconstruir ese orden armónico de la gracia original de la creación es la obra salvadora del Hijo de Dios.
Este orden exige, en primer lugar, el respeto de la persona humana como sujeto de derechos y deberes. Sujeto y no objeto, actor no receptor, llamado a hacer crecer y multiplicar el mundo. La persona humana es señor del mundo no su esclavo, es hermano de sus semejantes no enemigo, es hijo de Dios no es Dios. Entonces, ¿cuál es el fundamento cristiano de la dignidad de la persona humana? Ser creado a imagen y semejanza de Dios. Este Dios, ha sido revelado por Jesucristo como Padre. En consecuencia, la dignidad de hijo de Dios se vive en la fraternidad, en una convivencia donde reine la verdad, la justicia, el amor y la libertad, esto es la paz. En estos valores se basan los derechos y también lo deberes de la persona humana, tal como Dios los ha ordenado en la creación.
Afirma Juan XXIII que “la convivencia civil sólo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la dignidad humana, si se funda en la verdad” (Pacem in Terris 6). Ciertamente, es difícil imaginar unas relaciones interhumanas basada en el engaño, la deshonestidad, la trampa o la mentira. Precisamente a este tema sobre la verdad para la paz le ha dedicado Benedicto XVI su mensaje de la Jornada Mundial de la Paz del año 2006: “en la verdad, la paz”. Queriendo reafirmar la doctrina de la Pacem in Terris, fortalecida en el Vaticano II, nuestro papa emérito nos quiere convencer que, para emprender el camino de la paz, debemos dejarnos iluminar por la verdad.
Citando la Gaudium et spes 77, insiste Benedicto XVI, que no se construye “un mundo más humano para todos los hombres, en todos los lugares de la tierra, a no ser que todos, con espíritu renovado, se conviertan a la verdad de la paz”. Esa verdad de la paz se funda en el Evangelio de Jesús. Por su parte, Juan XXIII nos enseña que la sociedad humana es una realidad espiritual porque se forma con seres humanos iluminados por la verdad, que se comunican entre sí con sinceridad, para defender sus derechos y cumplir sus deberes, deseando el bien espiritual de todos. Pero, además, para el compartir mutuo los bienes espirituales y materiales (cf. Pacem in Terris 6).
En la misma línea de pensamiento, Juan XXIII asegura que la guía de la paz es la justicia: “Porque se funda en la verdad, debe practicarse según los preceptos de la justicia” (Pacem in Terris 6). Pablo VI va ampliar el tema de la paz en relación con la justicia, cuando en su mensaje de la Jornada Mundial de la Paz del año 1972 lanza el imperativo: “Si quieres la paz, trabaja por la justicia”. En este mensaje, Pablo VI, llama a tener una auténtica concepción de la paz y a dinamizar la vida para su construcción. Afirma claramente, su raíz verdadera está en el sentido del hombre: “Una paz que no sea resultado del verdadero respeto del hombre, no es verdadera paz. Y ¿cómo llamamos a este sentido verdadero del hombre? Lo llamamos justicia”.
Este tema de Pablo VI – creador de la Jornada Mundial de la Paz cada primero de enero desde 1968 – es inspirado de un pequeño documento, casi olvidado, del sínodo de 1971 sobre la justicia en el mundo, de donde podemos profundizar las enseñanzas de Juan XXIII sobre la justicia como guía de la paz. El documento sinodal denuncia: “La contradicciones en que, dentro de esta perspectiva de unidad, el ímpetu de las divisiones y los antagonismos parecen aumentar hoy su fuerza. Las viejas divisiones entre naciones e imperios, entre razas y clases, poseen ahora nuevos instrumentos técnicos de destrucción; la rápida carrera de los armamentos amenaza el bien mejor del hombre, que es la vida; hace más miserable a los pueblos y hombres pobres, dando ventaja a los que son ya pudientes; engendra un continuo peligro de conflagración y, si se trata de las armas nucleares, amenaza con destruir toda clase de vida de la faz de la tierra”. Ciertamente, ya la injusticia es violencia. Por eso, si realmente queremos construir la paz debemos necesariamente luchar por la justicia.
El otro valor, pilar fundamental que sostiene una convivencia pacífica, es la libertad, porque el ser humano es libre y racional (cf. Pacem in Terris 48). En este sentido, “la autoridad no es, en su contenido sustancial, una fuerza física; por ello tienen que apelar los gobernantes a la conciencia del ciudadano, esto es, al deber que sobre cada uno pesa de prestar su pronta colaboración al bien común” (Pacem in Terris 48). Por eso, los gobernantes deben saber que gobiernan a personas humanas, racionales y libres, sujetos de deberes y de derechos, con la dignidad de ser creados a imagen de Dios y “la libertad es signo eminente de esa imagen divina en el ser humano” (Gaudium et spes 17). La libertad es participación activa que sostiene una sociedad democrática.
Sin embargo, debemos considerar que en el humano, por su condición de creatura, la libertad no es absoluta. Esto indica que, nadie puede ejercer su libertad pasando por encima de los demás, como imponiendo su poder (opresor). La libertad, para ser digna del humano, debe ejercerse en responsabilidad comunitaria. Se trata de una libertad compartida que construye una convivencia pacífica. Como lo enseña la constitución Gaudium et spes, influido por el magisterio social de Juan XXIII, “la libertad se vigoriza cuando el hombre acepta las inevitables obligaciones de la vida social, toma sobre sí las multiformes exigencias de la convivencia humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive” (Gaudium et spes 31).
El valor de la libertad es exigencia del designio de Dios y fruto amoroso de la misión de Jesucristo: “Cristo nos dio la libertad para que seamos libres. Por tanto, manténganse firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” (Gálata 5,1). Pero, más adelante san Pablo nos refiere que hemos sido llamados a la libertad, “pero no usen esta libertad para dar rienda suelta a sus instintos. Más bien sírvanse los unos a los otros por amor” (Gálata 5,13-14). Por eso, la verdadera libertad nos impulsa al servicio del amor.
Resume el papa bueno en la Pacem in terris 37, que “el orden vigente en la sociedad es todo él de naturaleza espiritual. Porque se funda en la verdad, debe practicarse según los preceptos de la justicia, exige ser vivido y completado por el amor mutuo, y, por último, respetando íntegramente la libertad, ha de ajustarse a una igualdad cada día más humana”. Este es el orden social querido por Dios, lo que sus sucesores inmediatos, Pablo VI y Juan Pablo II, van a denominar la “civilización del amor”, la especificidad del cristianismo social. Así lo recoge en compendio de la doctrina social de la Iglesia en su conclusión (numeral 580): “El comportamiento de la persona es plenamente humano cuando nace del amor, manifiesta el amor y está ordenado al amor. Esta verdad vale también en el ámbito social: es necesario que los cristianos sean testigos profundamente convencidos y sepan mostrar, con sus vidas, que el amor es la única fuerza (cf. 1Cor 12,31-14,1) que puede conducir a la perfección personal y social y mover la historia hacia el bien”.
La paz del Señor sea con ustedes.

            Maracaibo, 2 de agosto de 2015

martes, 4 de agosto de 2015

LA VIRTUD DE GRATITUD


Dr. Emilio Fereira

En reconocimiento a la labor del Padre Edgar Doria,

quien, con su espíritu sacerdotal y su desprendimiento,

viene construyendo un fuerte sentido de comunidad cristiana

 en la Parroquia de Ntra. Señora de Coromoto

de la Arquidiócesis de Maracaibo.

04 de Agosto, 2015.

Día del Cura de Ars, San Juan Bautista Vianney.

 
La palabra gratitud deriva del latín «gratia» cuyo significado, dependiendo del contexto, es «gracia, donaire o agradecimiento». En cierto modo gratitud abarca todos ellos. El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define la gratitud en los siguientes términos: “Sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o ha querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera”.[1].
La gratitud es un reconocimiento por lo que recibe un individuo, ya sea tangible o intangible. Con gratitud, la gente reconoce la bondad en sus vidas. En el proceso, la gente generalmente reconoce que la fuente de la bondad se encuentra, al menos parcialmente, fuera de ellos mismos. Como resultado, la gratitud también ayuda a las personas a conectarse con algo superior a ellos mismos como una comunidad, otras personas, la naturaleza, nuestro Dios.[2].
Como Psicólogo, percibo la gratitud como un sentimiento de aprecio y valoración por las acciones que otros hacen a favor nuestro. Implica una suerte de «deuda moral» con quien nos hace bien. Deuda que no significa hacer un cálculo para pagarla, sino elevar la estima por quien nos hace un favor o nos prodiga un bien, y estar abiertos a la posibilidad de corresponderle por el beneficio recibido.
El Agradecimiento nunca ha sido fácil para nosotros, los seres humanos, y es una «virtud en extinción» en los tiempos modernos, al considerar que la gratitud es el sentimiento de aprecio por lo que ya tenemos, puesto que en nuestra sociedad consumista, nos centramos en lo que nos falta, o lo que otras personas tienen que no poseemos. Gratitud es el reconocimiento de que el bien en nuestra vida puede venir de alguien o algo que está fuera de nosotros y fuera de nuestro control.[3].
Todavía más, el gran teólogo italiano, Romano Guardini (1885-1968) observó con su habitual agudeza que la virtud de la gratitud se encuentra hoy en retroceso, en razón de haber constatado  que el libre dar y recibir ya no es un elemento determinante de la vida social, puesto que más que fundarse en un donarse, se basa en un pacto o contrato social donde priman las exigencias de derechos sobre las obligaciones, hecho que ha degradado la gratitud a virtud olvidada.
Ahora bien, desde una perspectiva ética y axiológica, la gratitud es una fuerza vinculada: Primero, a la virtud de religión: en efecto, al recibir los mayores beneficios de Dios, le rendimos homenaje, especialmente, en la Eucaristía, «acción de gracias» por excelencia. Segundo, a la piedad, al reconocer los beneficios recibidos de nuestros padres. Tercero, a la justicia, porque  la «acción de gracias» pretende servir de retribución o recompensa.
La virtud, enseñaba Aristóteles, en su ética, es una excelencia añadida como perfección; un hábito determinado por la razón;  “No adquirimos las virtudes sino después de haberlas practicado [...] Se hace uno justo, practicando la justicia; sabio, cultivando la sabiduría; valiente, ejercitando el valor. La virtud está en el término medio: [...] lo que no contraviene, ni por exceso, ni por defecto”.[4].
Tomada en su sentido estricto, una virtud es un hábito, sobreañadido a la facultad que dispone a una persona a alcanzar con prontitud actos conformes a su naturaleza racional. Su esencia es ser un hábito operativo esencialmente bueno, en contraposición al vicio, hábito operativo  esencialmente malo[5]. San Agustín la concebía como constancia y facilidad en el bien obrar procedente de la bondad interior de un hombre íntegro.[6].
Basta observar la actitud de nuestros hijos con los padres, de los superiores con los subordinados y viceversa; de los empleados hacia sus organizaciones, de los ciudadanos hacia sus entornos ambientales y sociales, cada quien encapsulado  en el «yo» propio, incapaz de reconocer en el servicio o cualidades del «otro», el bien que le proporcionan.
La gratitud es un signo de nobleza y dignidad. Es conveniente recordar la sentencia de filosofía popular brotada de los labios de nuestros mayores: «De biennacidos es ser agradecidos.» Sin embargo, lo que parece haber prevalecido en la historia, no es el agradecimiento, sino su antónimo: la ingratitud, síntoma de soberbia y egoísmo, cuando no de mala fe.
El ingrato se caracteriza porque está tan acostumbrado a obtener siempre lo mejor para sí que no les es nada fácil reconocer los méritos ajenos. Los favores que recibe lejos de inspirarle agradecimiento, le inspiran rencor. Evidencia de ello encontramos ya en el Deuteronomio cuando Moisés reclama  la necesidad de reconocer  la grandeza de nuestro Dios:
«Él es la Roca, sus obras son perfectas, sus caminos son justos;  es un Dios fiel, sin maldad,  es justo y recto. Hijos degenerados, se portaron mal con él,    generación malvada y pervertida. […]  El Señor sólo […]  los crió con miel silvestre, […]  con cuajada de vaca    y leche de ovejas,  con grasa de corderos y carneros, ganado de Basán y cabritos, con la mejor harina de trigo, y por bebida, con la sangre fermentada de la uva. […] Si fueran sensatos, lo entenderían,    comprenderían su destino. De todos los pecados, no hay ninguno más común que la ingratitud.  Está arraigada al lado del egoísmo.  Es un pecado feísimo en los ojos de los demás pero muchas veces nosotros estamos cegados a su presencia en nuestra vida.  En este texto de  Moisés vemos como los hijos de Israel mostraron su ingratitud a pesar de todo lo que el Señor había hecho para ellos»[7].
También vale la pena considerar el relato de Lucas sobre la curación de los diez leprosos por Jesús.[8] Sin pérdida de tiempo, claman a él: «Ten misericordia de nosotros». Jesús les dice que vayan a mostrarse a los sacerdotes para que acrediten su curación. Ellos obedecieron y, «mientras iban, fueron limpiados». ¡Sorprendente! Pero más sorprendente aún es el final del acontecimiento. «Uno de ellos (samaritano), viendo que había sido sanado, volvió glorificando a Dios a gran voz y se postró en tierra a los pies de Jesús dándole gracias. Jesús le preguntó: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los otros nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?».
Para el cristiano, el deber de la gratitud es claro e indeclinable. El apóstol Pablo exhortaba a los Efesios a vivir gozosamente «dando siempre gracias por todo al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo».  Por otro lado, a los Tesalonicenses les instaba a «dar gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios»  y a los Colosenses les recuerda, entre otros, ese mismo deber: «Sed agradecidos».[9].
Debemos reconocer la ingratitud como la cosa feísima que realmente es.  Debemos ser prontos en decir gracias a todos los que nos hacen aun un pequeño favor.  Debemos alabar a Dios por todo lo que él ha hecho y está haciendo para nosotros. La gratitud no humilla ni esclaviza a nadie. Lo que nos esclaviza es nuestro orgullo. La gratitud es manifestación de magnanimidad, grandeza de espíritu. La ausencia de gratitud no sólo afea nuestro carácter. Revela la negrura de la mente y el corazón humanos.
Sirvan de colofón los beneficios científicamente probados de la gratitud que nos motivarán a dar gracias durante toda la vida: 1) La gratitud abre las puertas a más relaciones sanas. 2) Renueva la salud física. 3) Aumenta la salud psicológica. 4) Acrecienta la empatía y reduce la agresión. 5) Facilita un mejor dormir. 6) Acrecienta la autoestima. 7) Intensifica la fuerza mental.[10]




[1] La Real Academia Española (RAE). 2014. Diccionario de la lengua española 23a Edición.

[2] Cf. Harvard Mental Health Letter , November 1, 2011. In Praise of Gratitude. http://www.health.harvard.edu/newsletter_article/in-praise-of-gratitude   04-7-2015.


[4] Aristóteles. (2004). Ética Eudemia. Buenos Aires, Argentina: Losada, pag , 50-64

[5] Sto. Tomás de Aquino. Suma teológica, Concepto esencial de la virtud.Q 55, art III. BAC. Tomo V. Tratado De Los Habitos Y Virtudes. http://www.bac-editorial.com/catalogo/resena_14727_NO0709_-_Indice.pdf 02-8-2015.

[6] Cf.  BERNHARD HÄRING. 1961. LA LEY DE CRISTO I. Herder - Barcelona . Págs. 513-524 www.mercaba.org/Haring/LEY/513-524_virtudes_en_general.htm 02-08-2015

[7] Deuteronomio 32: 3-29

[8] Lc. 17:11-19,

[9] Ef. 5:19-201 Ts. 5:18 Col. 3:15;19, 20;  Ro. 1:19-21

[10] Amy Morin. 2014.  7 Scientifically Proven Benefits Of Gratitude That Will Motivate You To Give Thanks Year-Round. http://www.forbes.com/sites/amymorin/2014/11/23/7-scientifically-proven-benefits-of-gratitude-that-will-motivate-you-to-give-thanks-year-round/  04-8-2015

La Iglesia servidora de la Paz

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 35
XVII Domingo Ordinario
             Algunos pensaron que la Iglesia era como una barca en medio de un mar increpado manteniéndose imperturbable a cualquier peligro. Mientras los fuertes vientos y las aguas inclementes destruían todo lo que se encontraban, la barca (Iglesia) no sufría ningún daño. La realidad es que la Iglesia es, en Cristo para el mundo, “un sacramento; es decir, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen gentium 1). Es la barca de toda la humanidad cuyos vientos y aguas increpados arremeten también contra ella porque lo hacen con la humanidad donde está encarnada. Pero con la presencia de Jesús que vence con nosotros desde la cruz hasta el triunfo de la vida.
Por tanto, la Iglesia no es ajena a la humanidad con sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias, sus aciertos y errores, sus éxitos y fracasos. Porque “la comunidad cristiana (la Iglesia) está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (Gaudium et spes 1). Más aún, la Iglesia es la sirvienta de la humanidad (Pablo VI). En la historia ha aprendido de la humanidad y ha servido a la humanidad. Más que experta en humanidad, como de hecho es, no hay duda, es el lugar de encuentro de los humanos entre sí y con Dios. Es casa y escuela donde todos estamos llamados a convivir como hermanos porque somos hijos de Dios.
            Así pues, la Iglesia es servidora de la humanidad porque es el espacio donde los seres humanos pueden convivir en dignidad, en respeto, en verdad, en justicia, en paz y en amor. Donde todos son personas importantes, cada uno con sus carismas, ministerios y misión. Donde todos somos miembros diversos, pero unidos, del Pueblo que es de Dios. La Iglesia es signo que transparenta al mundo la comunión interhumana y humano-divina. Pero, es instrumento que busca hacer posible que la humanidad aprenda a convivir en el amor y la paz. De esta manera se presenta como un taller donde se construye la humanidad en la paz. Jesús es el arquitecto y el constructor de esta convivencia de amor y paz. Con Él, todos somos constructores en el taller que es la Iglesia.
            La paz es la aspiración más sentida de la humanidad y su vocación esencial, sobre todo, en los momentos donde la convivencia humana está en mayor riesgo de perderse. En este sentido, la Iglesia como Madre y Maestra, nos ha regalado extraordinarias enseñanzas con un Magisterio que ha servido para iluminar los caminos del peregrino histórico y alimentar su corazón y entendimiento con principios de reflexión, criterios de juicios y directrices de acción (cf. Sollicitudo rei socialis 41). Es la revelación transmitida en la Sagrada Escritura como historia de salvación la que nos revela la vocación de servicio de la Iglesia y la vocación de toda la humanidad a una comunión de paz.
La paz se encuentra revelada en la Creación. Existen dos textos del Magisterio que expresan claramente esta afirmación. El primero es del Concilio Vaticano II: “La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios… Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer (Gen 1,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás. Dios, pues, nos dice también la Biblia, miró cuanto había hecho, y lo juzgó muy bueno (Gen 1,31)” (Gaudium et spes 12).
El segundo texto es de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano: “Nos enseña la Sagrada Escritura que no somos nosotros, los hombres, quienes hemos amado primero, Dios es quien primero nos amó. Dios planeó y creó el mundo en Jesucristo, su propia imagen increada (Col 1,15-17). Al hacer el mundo, Dios creó a los hombres para que participáramos es esa comunidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unigénito en el Espíritu Santo (Ef 1,3-6). Este designio divino, que en bien de los hombres y para la gloria de la inmensidad de su amor, concibió el Padre en su Hijo antes de crear el mundo (Ef 1,9), nos lo ha revelado conforme al proyecto misterioso que Él tenía de llevar la historia humana a su plenitud, realizando por medio de Jesucristo la unidad del universo, tanto de lo terrestre como de lo celeste (cf. Ef 1,10). El hombre eternamente ideado y eternamente elegido (cf. Juan Pablo II, Discurso inaugural I, 9) en Jesucristo, debía realizarse como imagen creada de Dios, reflejando el misterio divino de comunión en sí mismo y en la convivencia con sus hermanos, a través de una acción transformadora sobre el mundo. Sobre la tierra debía tener, así, el hogar de su felicidad, no un campo de batalla donde reinasen la violencia, el odio, la explotación y la servidumbre” (Puebla 182-184).
            Conclusiones: Dios que es amor, comunión de amor de tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidos  en el amor. Perfecto pluralismo y perfecta unidad en el amor, es la comunión de la Trinidad Santa, nos ha creado un mundo para la humanidad. Un mundo bueno y bello, en un perfecto orden armónico (un Paraíso-Jardín). Y ha creado al ser humano a su imagen y semejanza. Es decir, en comunión de amor tal como es el mismo Creador. El misterio de la humanidad es la comunión. La relación amorosa con Dios (revelado plenamente por el Hijo como nuestro Padre) es de filiación, somos hijos en el Hijo, Dios es nuestro Padre quien nos ama en su Hijo. Ahí radica la dignidad de la persona humana: somos la imagen de Dios y, más aún, somos sus hijos. Y si somos hijos, somos hermanos entre sí. La relación amorosa entre los seres humanos, que tiene su fuente en el mismo Dios, es de fraternidad. Porque somos hijos de Dios, somos también nosotros hermanos entre sí.
En este sentido, el Apóstol Juan en su primera carta es enfático: “Quien no practica la justicia ni ama a su hermano no procede de Dios… Quien odia a su hermano es homicida, y saben que ningún homicida posee la vida eterna… El amor llagará en nosotros a su perfección si somos en el mundo lo que Él fue y esperamos confiados el día del juicio. En el amor no cabe el temor, antes bien, el amor desaloja el temor. Porque el temor se refiere al castigo, y quien teme no ha alcanzado un amor perfecto. Nosotros amamos porque Él nos amó antes. Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; porque si no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y el mandato que nos dio es que quien ama a Dios ame también a su hermano” (1Jn 4,7-21).
Por otro lado, nuestra relación con las cosas creadas, la naturaleza y lo que somos capaces de realizar con ella por medio del trabajo, el arte o artesanía, con la razón y con la habilidad de nuestras manos, es de señorío. No somos destructores del mundo creado ni tampoco somos sus esclavos por las pasiones, ambiciones e idolatrías. El mundo creado está al servicio de toda la humanidad con santidad y justicia. En esto, bien nos podría ayudar el Mensaje de Benedicto XVI de la Jornada de Paz 2010: “¿Acaso no es cierto que en el origen de lo que, en sentido cósmico, llamamos naturaleza, hay un designio de amor y de verdad? El mundo no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar… Procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad (Catecismo de la Iglesia Católica 295). El Libro del génesis nos remite en sus primeras páginas al proyecto sapiente del cosmos, fruto del pensamiento de Dios, en cuya cima se sitúa el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza del Creador para llenar la tierra y dominarla como administradores de Dios mismo (cf. Gen 1,28)”.
            Aquí está el misterio de la paz, su origen, su naturaleza y su ser. Vivir en la armonía originaria de la creación, que es reflejo de Dios-Amor, es la paz a la que todos estamos llamados a construir y que vino a restaurar el Hijo encarnado. Porque “el hombre, ya desde el comienzo, rechazó el amor de su Dios. No tuvo interés por la comunión con Él. Quiso construir un reino en este mundo prescindiendo de Dios. En vez de adorar al Dios verdadero, adoró ídolos: las obras de sus manos, las cosas del mundo; se adoró a sí mismo. Por eso, el hombre se desgarró interiormente. Entraron en el mundo el mal, la muerte y la violencia, el odio y el miedo. Se destruyó la convivencia fraterna. Roto así por el pecado el eje primordial que sujeta al hombre al dominio amoroso del Padre, brotaron todas las esclavitudes” (Puebla 185-186).
La paz, convivencia humana en el amor, sacramento de Dios (Comunión perfecta en el Amor) es destruida por el pecado. El orden de bondad y belleza, se transforma en desnudez y destierro, en odio y fratricida (Caín asesina a Abel). Quien no reconoce a Dios por Padre porque no desea vivir bajo su obediencia, no quiere vivir con el hermano ni le importa trabajar la tierra. El hijo rebelde es el explotador y opresor de su hermano y esclavo del mundo (del pecado). A mi juicio, donde mejor se entiende esta triste realidad es en la parábola del hijo pródigo (Jn 15, 11-32). El destino del pecador es la deshumanización total (ser un sirviente de los cerdos; es decir, de lo impuro) o la conversión (volver a la casa del padre donde sí se vive la justicia, la paz y el amor).
            La humanidad pecadora – el desorden, la discordia, el caos – se destruye: “La tierra estaba corrompida ante Dios y llena de crímenes. Dios vio la tierra corrompida, porque todos los vivientes de la tierra se habían corrompido en su proceder” (Gen 6,11-12). Hace falta un hombre recto y honrado, para reconstruir la armonía y Dios lo encontró en Noé y su familia. El acontecimiento conocido como el diluvio universal, tras una alianza de Dios con Noé, arrasa con una humanidad contraria al designio de Dios. Y, al manifestarse el fin de la destrucción y muerte, por medio de lo que la historia identificará como el símbolo de la paz (la paloma), nace la esperanza de una humanidad pacifica. La alianza con Noé implica un compromiso para los seres humanos: no más violencia, porque “yo pediré cuentas de la sangre y la vida de cada uno de ustedes, se las pediré a cualquier animal. Pero, al hombre le pediré cuentas de la vida de su hermano” (Gen 9, 5). La promesa de Dios es la paz: “El diluvio no volverá a destruir la vida ni habrá otro diluvio que destruya la tierra” (Gen 9, 11).
            Un signo de la convivencia humana en paz y armonía es el lenguaje, la comunicación: “El mundo entero hablaba la misma lengua con las mismas palabras” (Gen 11, 1). La importancia de una comunicación sin obstáculos es indispensable para una convivencia humana en el amor y la paz. A propósito, el Cardenal Carlos María Martini hace una iluminadora interpretación del pasaje evangélico donde se narra la curación del sordomudo (Mc 7, 31-37). Y, para poderlo explicar con la mayor claridad, el Cardenal que es un Maestro en Sagrada Escritura, introduce con una breve interpretación del sentido de la torre de Babel. Se interroga: ¿Es posible un encuentro en Babel? Realmente aquellos tiempos en el que todos se entendían es un tiempo que se presenta ante nosotros más que para recordar o añorar, para plantearnos el compromiso de construir una humanidad donde el lenguaje no sea el del conflicto y de la guerra, sino del entendimiento mutuo en un diálogo franco, abierto, en el respeto y la fraternidad.
Pero, la torre de Babel significa, aun para nosotros, el empeño de construir un monumento gigante que supere al mismo absoluto, para probar así lo que, sin Dios, lo somos capaces de hacer. Pero, lo que se logró fue el desorden de la violencia, grandes monstruos dividieron a la humanidad y se desataron las ambiciones de poder. Las lenguas se confundieron y se rompieron las comunicaciones pacíficas y se desataron las guerras. Explica, pues, el Cardenal: “Babel representa la imposibilidad de todos los humanos para hablar entre ellos con un único lenguaje. Evoca señales que se sobreponen mutuamente, se confunden y se destruyen unas a otras. Babel es el lugar de los encuentros frustrados: las lenguas no se entienden, se multiplican los equívocos y las personas no logran encontrarse. Más bien suceden choques, enfados mutuos; cada cual se lamenta de que el otro no lo comprende” (effatá “Ábrete”, Bogotá 1993, págs. 9-10).
En respuesta a la situación humana significada en Babel, Jesús se hace presente para acercarse a una humanidad que es sorda porque no quiere escuchar con respeto al otro, y es muda porque no es capaz de comunicarse con sinceridad. “Contemplemos a Jesús en el momento en que está haciendo salir a un hombre de su incapacidad de comunicarse. Se trata de la curación del sordomudo contada en Mc 7, 31-37” (id. p. 11). Por eso, sólo los creyentes que, recibiendo al Espíritu Santo, fueron capaces de proclamar el Evangelio de la paz y, sorprendidos sus interlocutores porque les entendían cada uno en su propia lengua, exclamaban: “¿Acaso los que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno los oímos en nuestra lengua nativa?... Todos los oímos contar, en nuestras lenguas, las maravillas de Dios” (Hech 2, 5-11). Pentecostés es la liberación de la confusión de las comunicaciones humanas y la posibilidad de una nueva humanidad en convivencia de amor, justicia, verdad y paz. A partir de este salvífico acontecimiento divino, la comunidad cristiana se presenta como signo real, existencial, en medio de un mundo dividido, de comunión fraterna: “Los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común. Vendían bienes y posesiones y las repartían según la necesidades de cada uno” (Hech 2, 44-45). Eran testimonio de una comunidad de amor, signo de la paz cristiana. Ésta es la Iglesia, servidora de la paz.
            Maracaibo, 26 de julio de 2015

lunes, 27 de julio de 2015

Teología de la Liberación

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 34
XVI Domingo Ordinario
            Esta breve reflexión tiene como objetivo presentar al movimiento teológico latinoamericano denominado “Teología de la Liberación” (TL) que me tocó exponer en el el curso sobre política latinoamericana. Tomo como base el libro: “Del Lado de los Pobres. Teología de la Liberación” (CEP, Lima 2005), que recoge seis artículos, tres del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, considerado el padre de la TL, y tres del teólogo alemán el cardenal Gerhard Ludwig Müller, actual prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Debo advertir que me ubico en el plano de la teología, discurso sobre Dios o, si se prefiere, ciencia sagrada. Por tanto, la fuente es la Revelación Divina transmitida por las Sagradas Escrituras. Haciendo notar, además, como lo desarrolla el primer artículo escrito por Gutiérrez, se trata de una función de Iglesia: “Partimos de la convicción de que la tarea teológica es una vocación que se suscita y se ejerce en el seno de la comunidad eclesial… (Se) nutre con las fuentes de la Revelación” (pág. 15). Otra cosa más de aclarar es que la teología está al servicio de la evangelización, acción pastoral que identifica a la Iglesia (cf. pág. 16).
            Un resumen de lo que hemos advertido, que ayuda a comprender la naturaleza del tema en cuestión, es este texto del citado artículo: “La teología es un hablar de Dios a la luz de la fe, un lenguaje sobre quien es, en verdad, su único tema. Al misterio de Dios debemos acercarnos con respeto y humildad; pero, en una perspectiva bíblica, misterio no significa algo que debe permanecer secreto. El misterio debe más bien ser dicho y comunicado. Ser revelado pertenece a la esencia misma del misterio (cf. Rom 16,25-26). La teología se constituye entonces en ciencia de la Revelación Cristiana” (pág. 17).
            Debo señalar que el método de la TL parte de una reflexión de fe desde una realidad de opresión que viven los pueblos latinoamericanos, denominada por Gutiérrez, reflexión crítica de la praxis eclesial en la realidad. Aclarando que “lo primero es el compromiso de caridad, de servicio. La teología viene después, es acto segundo. La acción pastoral de la Iglesia no se deduce como una conclusión de premisas teológicas. La teología no engendra la pastoral, es más bien reflexión sobre ella; debe saber encontrar en ella la presencia del Espíritu inspirando el actuar de la comunidad cristiana; la vida de la Iglesia será para ella un lugar teológico. Reflexionar sobre la presencia y el actuar de la Iglesia en el mundo, significa estar abierto a este último, recoger las cuestiones que se plantean en él, estar atento a los avatares de su devenir histórico” (Gutiérrez, G., Hacia una Teología de la Liberación, Bogotá 1971 – se trata de una conferencia dictada en 1968 desde donde parte el movimiento en cuestión).
             Dos categorías son trabajadas en el discurso teológico: liberación y pobres, considerando que este movimiento es latinoamericano. Ciertamente, la situación de pobreza que sufre la población de nuestro continente se presenta ante nuestros ojos con una crudeza que interroga. Una realidad humana que reta la tarea eclesial. La cuestión fundamental es: ¿Cómo decirle al pobre, al último de la sociedad, que Dios lo ama? (cf. pág.19).
            A partir de aquí, Gutiérrez, siguiendo el documento de Puebla, señala dos niveles en la noción de liberación (aunque Puebla habla de tres en los numerales 321-329. cf. págs. 20-21): 1) Liberación integral en Cristo que nos lleva a la plena comunión con Dios y con los demás. 2) Liberación social y política que no debe ocultar de ningún modo el significado final y radical de la liberación del pecado que sólo puede ser obra del perdón y de la gracia de Dios. Aquí aclara Gutiérrez que el contenido de la predicación y la fe es el Reino de Dios acogido por personas que viven en la historia y, por tanto, es un mensaje que incide en la convivencia social, aunque este Reino trasciende cualquier proyecto político (cf. pág. 21). Es decir, el Reino de Dios, de amor, de paz y de justicia, va más allá de los proyectos políticos (sociales), pero los implica. También el compromiso humano de una nueva sociedad centrada en la dignidad de la persona humana es asumido en el mensaje cristiano, y la praxis cristiana encuentra en la historia humana concreta su lugar.
            La otra categoría política es la opción por los pobres que, desde la Conferencia de Medellín (1968) hasta hoy, es opción de la Iglesia (cf. pág. 23). Aunque en los tres artículos de Gutiérrez trata el tema, yo prefiero enfocarme en su tercer artículo que comienza en la página 111: “Dónde dormirán los pobres”. Es significativo y elocuente su título original: “El rostro de Dios en la historia” (2002). Eso me recuerda lo que san Alberto Hurtado decía: “los pobres son Cristo”. Es decir, en cada pobre y necesitado, vemos el rostro del “Siervo Sufriente” (cf. Mt 35).
            Gutiérrez, al tratar el tema de los pobres, insiste en que “la teología es un hablar acerca de Dios animado por la fe; Dios es, en verdad, el primer y el último tema del lenguaje  teológico. Muchos otros puntos pueden ser tocados por él, pero esto no ocurre sino en la medida en que ellos dicen relación con Dios” (pág. 113). Dicho eso, se afirma que “nada escapa a la acción salvífica de Jesucristo. Ésta alcanza, y pone su impronta en ella, todas las dimensiones humanas, personales y sociales” (Pág. 115). Así también la TL hace “…esfuerzo de comprensión exigido por el don de la fe y, simultáneamente, es cambiante en cuanto responde a interpelaciones concretas y a un mundo cultural dado” (pág. 116). En suma, la TL en su preocupación pastoral e inquietud evangelizadora, se sostiene en un compromiso liberador con la sociedad latinoamericana, particularmente con los más pobres.
            “La opción por los pobres es radicalmente evangélica, constituye por ello un criterio importante para operar una criba en los precipitados acontecimientos y en las corrientes de pensamiento de nuestros días” (pág. 117). El dato más importante de la realidad latinoamericana es la de una sociedad pobre y creyente a la vez. Esta inhumana pobreza inspiró la búsqueda de su noción bíblica: 1) Pobreza real como escandalosa, consecuencias del pecado, no deseada por Dios, como lo denuncian los profetas. 2) Pobreza espiritual, lo que llaman los maestros espirituales infancia espiritual, desprendimiento del mundo y confianza en Dios. 3) Pobreza como compromiso, solidaridad con los pobres y protesta contra la pobreza.
            En este artículo, Gutiérrez hace un amplio análisis teológico desde de una economía planetaria. La profundidad teológica lo expresa: “La temática de la pobreza y la marginación nos invita a hablar de justicia y a tener presentes los deberes del cristiano al respecto… En la raíz de esa opción está la gratuidad del amor de Dios. Éste es el fundamento último de la preferencia” (pág. 119).
            En cuanto al tema que titula “hacia una economía planetaria” analiza lo afirmado por el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo de que el siglo nuestro es “un siglo fascinante y cruel” (pág. 123). Lo fascinante por los logros y progresos de la ciencia y la tecnología, especialmente, las comunicaciones y el dominio de la naturaleza. Lo cruel para los pobres y últimos, “si no hacemos un inmenso esfuerzo de solidaridad, …habrá una mayor miseria y será más numerosos los que vivan en ella” (pág. 124). En definitiva, esta realidad sigue desafiando a la inteligencia de la fe en el Dios de Jesucristo que nos llama a proteger a los más pequeños (pág. 124).
            Müller, por su parte, ve la experiencia del movimiento de la TL como un impulso a la teología que se hace en Europa. En su primer artículo (pág 29), ubica a la TL entre las corrientes teológicas más importantes del siglo XX, partiendo del Vaticano II y fruto de las conferencias de obispos latinoamericanos. “La Iglesia ya no es más Iglesia para el pueblo o solamente Iglesia del pueblo, sino pueblo de Dios entre el mar de pueblos de la tierra y, por eso, pueblo de Dios para el mundo. Los pobres y los marginados palpan su dignidad como seres humanos en su encuentro profundo con Dios y con el Evangelio pero participan activamente, vitalmente, en la comunidad, conscientes de la misión de la Iglesia como sacramento de la salvación del mundo” (pág. 34).
            A la cuestión de cómo nos ven los europeos, podemos responder que, al menos Müller habla de la TL desde Gutiérrez. Dice que el teólogo de la liberación comparte los sufrimientos y esperanzas: “En el mejor sentido de la palabra, la teología de la liberación es teología que nace coherentemente de la comunidad y se supera de este modo la brecha entre una teología universitaria, académica, y una reflexión en la fe acerca de las experiencias concretas de las comunidades” (pág. 34). Añade: “La TL no trata de una nueva Revelación. Sólo quiere alentar la participación de los cristianos en la praxis transformadora de Dios” (pág. 35). Y aclara que “la TL no es una sociología decorada con religiosidad ni un tipo de socioteología. La TL es teología en sentido estricto” (pág. 37).
            Con respecto a la metodología, Müller señala tres etapas (cf. págs. 37-39): 1) En la fe, seguimiento a Cristo; participan los cristianos en la praxis de Dios que libera a los hombres al obtener para ellos su dignidad y su salvación. 2) La reflexión sociológica, racional y crítica, que analiza a la luz del Evangelio y con los criterios de la Revelación las dimensiones masivas de la miseria, su estructura y su historia, sus causas nacionales e internacionales. 3) Acometer activamente la transformación, igualmente crítica y reflexiva, de la realidad empírica. Porque la meta es el reinado de Dios en la tierra, tal como Jesús lo anunció.
            Müller, en su artículo “la TL en debate” (pág. 79), plantea uno de los problemas fundamentales de la teología: la salvación y la liberación. Ciertamente, la teología habla del Dios bíblico “que ha dado al mundo y al hombre grandeza espiritual y material, y se ofrece como vida para esta única realidad en la creación, en la historia, en la plenitud final de los tiempos. Es el Dios de la vida y de la salvación. Ofrece y realiza la salvación y la vida en este mundo hecho de creaturas humanas, sociales, históricas, es decir, vida y salvación en la unidad espiritual y corporal del hombre” (pág 85).
            Aquí se supera el dualismo del “bienestar terreno” y la “salvación ultraterrena”, adoptando una concepción integral y una línea de pensamiento bíblico: La experiencia de Dios como autor de la creación y de la redención de un único mundo, y la unidad de la existencia humana, personal, espiritual/corporal y social (cf. pág. 86).
            De ahí que la TL entienda “por teología la participación activa y transformadora, práctica por tanto, en la acción liberadora emprendida por Dios, quien hace de la historia el proceso en el que la libertad se autorrealiza” (pág. 87). Esto justifica las tres instancias metodológicas de la TL señalada por Müller: el análisis social, la sistematización hermenéutica y la pastoral práctica y sus aplicaciones (cf. pág. 90).
            Quiero decir que siento una gran admiración por el ahora dominico Gustavo Gutiérrez, he leído con pasión sus obras y he aprendido mucho de él. Así también dedo advertir que no me agradan todos los autores de la TL y sus enseñanzas, en particular, me niego a aceptar cualquier postura ideológica de cualquier signo y cualquier método que nos lleve al error materialista y, por tanto, anti-humanista. Eso sí, no me niego a estudiar ninguna corriente teológica, porque siempre hay una buena enseñanza que no quiero perderme. Sin embargo, todo estudio debe comprometerme con un claro discernimiento, desde la fe vivida en comunión con la Iglesia cristiana-católica.
            Maracaibo, 19 de julio de 2015