martes, 27 de septiembre de 2016

Ser Sacerdote


Homilía en la Eucaristía del décimo aniversario del P. Nedward Andrade
16/9/2016

Pbro. Mg. José Andrés Bravo H.
Director del Centro de Estudios de Doctrina y Praxis Social de la Iglesia UNICA
            Nos reúne hoy la acción de gracias por los diez años de una existencia consagrada al Señor para el servicio del Pueblo de Dios, como sacerdote, como pastor y como profeta. Como lo recuerda el papa Juan Pablo II al comienzo de nuestro milenio, refiriéndose al mandato que Jesús hace a aquellos pescadores a quienes luego los consagra para ser sus Apóstoles y remar mar adentro, “¡Duc in altum! Estas palabras resuenan también hoy para nosotros y nos invitan a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro” (Novo millennio ineunte 1).
         Éste es el mandato que recibimos todos y la gracia de poder responder como lo hicieron esos humildes pescadores: dejándolo todo, lo siguieron. Éste es el gozo que hoy celebramos en la persona del padre Nedward Jorge Andrade Govea. Gratitud por el pasado, por su vocación, por su llamado, por el mandato recibido, por su elección, por su consagración. Ese pasado de entrega llena de vivencias gratas y pruebas difíciles. Diez años que han pasado entre trabajos pastorales y estudios, que inspira una alabanza agradecida al Señor de la historia.
         El Padre Nedward fue ordenado sacerdote el 16 de septiembre de 2006, por la imposición de manos y la oración consagratoria de nuestro Arzobispo, Mons. Ubaldo Santana. Un sacerdote para el tercer milenio. De origen marense, aunque nacido en Maracaibo, porque su papá, el Maestro Norberto Andrade viene del pueblo de San Rafael de El Moján, cantor y compositor de nuestra música folclórica, característica de nuestro pueblo costeño, donde las aguas del lago chocan con el malecón inspirando las más hermosas musas. Su mamá, la Sra. Nancy Govea de Andrade, desde el cielo lo acompaña, lo guía y bendice siempre.
Precisamente en Mara vive sus primeras experiencias pastorales, primero como vicario parroquial de la parroquia Inmaculada Concepción de Carrasquero; luego como administrador parroquial de la Parroquia Nuestra Señora de Coromoto y San José Obrero de la Sierrita. Aunque sus primeros servicios los brinda como vicario parroquial de las parroquias populares San Pablo Apóstol y la Resurrección del Señor.
Una de las más gratas vivencias que da el ser sacerdote es poder sentir el calor humano, sencillo y humilde de las comunidades parroquiales. Acercarse y servir a Cristo en ellas, compartiendo sus inquietudes y enseñándoles a vivir la comunión, es, más que un trabajo, un descanso espiritual, una caricia divina.
No digo que las dificultades son inexistentes. Pero los momentos de compartir son aún más agradables. Yo sé lo que significa el trabajo pastoral y comunitario en pueblos y barrios. No dejan tiempo ni para el reposo. Enseña el papa Francisco que en la parroquia se requiere la docilidad y creatividad misioneras del Pastor y de la comunidad. Que estemos en contacto con los hogares y la vida del pueblo sin separarnos de la gente. No podemos dedicarnos a grupos selectos que nos mimen y donde podemos sentirnos seguros. Todo esto nos enseña nuestro actual papa. Para él, “la Parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración” (Evangelii gaudium 28).
El Padre Nedward desde seminarista ha orientado su formación y su ministerio preferencialmente a la sagrada liturgia. Gran parte de su vida sacerdotal la ha dedicado con gran competencia y responsabilidad a la liturgia de la Arquidiócesis, como Maestro de Ceremonias. Esto lo conduce a Madrid, España, donde realiza sus estudios de postgrado en teología litúrgica en la Universidad Eclesiástica de San Dámaso. A pesar de dedicarse con responsabilidad a sus estudios en España, no deja su acción pastoral en la parroquia madrileña Santa María de la Caridad.
Regresando a esta su Iglesia particular, se dedica a una de las más importantes y graves tareas del Pueblo de Dios, la formación de los futuros sacerdotes. Pues, es nombrado vice-rector de nuestro Seminario Mayor y profesor de teología litúrgica. Es tan importante esta acción pastoral que el Vaticano II reconoce que la renovación impulsada por este concilio depende en gran parte del ministerio sacerdotal y, estos, de “la trascendental importancia que tiene la formación sacerdotal” (Optatam totius 1). Porque, como lo enseña el santo papa Juan Pablo II en su exhortación apostólica Pastores dado vobis en el capítulo cuarto, la vocación sacerdotal es la pastoral de la Iglesia. Es, pues, una gravísima responsabilidad para un formador, porque para enseñar a ser sacerdote se debe vivir como los apóstoles, en el seguimiento de Cristo.
Juan Pablo II indica las dimensiones de esta formación sacerdotal. Mientras las señalamos, más nos convencemos de su gran importancia. Comenzando con la formación humana, que significa una justa y necesaria maduración y realización de sí mismo. Más aún, exige el cultivo de valores que ayuden a una personalidad equilibrada, sólida y libre, capaz de llevar el peso de las  responsabilidades pastorales.
También, se debe fortalecer la capacidad de relacionarse con los demás. Sobre esto, dice el santo papa: “Esto exige que el sacerdote no sea arrogante ni polémico, sino afable, hospitalario, sincero en sus palabras y en su corazón, prudente y discreto, generoso y disponible para el servicio, capaz de ofrecer personalmente y de suscitar en todos relaciones leales y fraternas, dispuesto a comprender, perdonar y consolar” (PDB 43).
Otra dimensión subrayada por Juan Pablo II es la formación espiritual. Esta formación es, por supuesto, integral, pues, “la misma formación humana, si se desarrolla en el contexto de una antropología que abarca toda la verdad sobre el hombre, se abre y se completa en la formación espiritual” (PDB 45).
Y, con estas dos primeras dimensiones de la formación sacerdotal, se integra la formación intelectual – el santo papa lo refiere como la inteligencia de la fe – aquí tienen una gran responsabilidad los formadores, especialmente los profesores del Seminario. Y, por último pero no menos importante, la formación pastoral. Así, padre Nedward, comprendo perfectamente tu constante y asidua inquietud por la formación de los futuros sacerdotes nuestros. Comprendo tu grave tarea como vice-rector del Seminario, porque también yo, como joven sacerdote, llegué a honrarme con esa misión. A igual que tú, lo viví con gran pasión, pero con temor y temblor por la magnitud de su importancia.
Actualmente, el padre Nedward tiene bajo su cuidado pastoral, nada menos que la capellanía de la Universidad Católica Cecilio Acosta desde donde también sirve al Seminario como profesor. Es director general del Instituto Niños Cantores Ciudad de Dios, capellán militar, miembro del Consejo Presbiteral, Maestro de Ceremonia, y otras acciones que lo mantienen entregado por completo a la Iglesia que ama, la Iglesia de Cristo.
         Así, pues, se encuentra hoy viviendo el presente con pasión y el futuro con confianza. En entrega renovada, con el entusiasmo de siempre comenzar, sabiendo que el amanecer no arrastra el afán del día anterior, sino que nos despierta para una nueva jornada que trae consigo sus propias inquietudes, sus nuevas exigencias.
Pasión por el Evangelio que debe anunciar siempre con nuevo ardor, nuevo método y nuevas expresiones. Como lo exige el documento de la Conferencia de Puebla, “debemos presentar a Jesús de Nazaret compartiendo la vida, las esperanzas y las angustias de su pueblo y mostrar que Él es el Cristo creído, proclamado y celebrado por la Iglesia” (Puebla 176).
         Querido padre Nedward, la única forma que conozco para que nuestro pueblo crea en este Cristo, resucitado y glorificado, anunciado y celebrado por la Iglesia, es viviendo nosotros como Jesús, compartiendo la vida, las esperanzas y las angustias de este nuestro pueblo. No olvides que el glorioso Cristo es quien ha entregado su vida en la cruz, quien es despojado de todo, quien siendo eterno se hace terreno, quien siendo divino se hace humano, quien siendo rey se hace esclavo, quien siendo todopoderoso se hace débil, quien siendo rico se hace pobre, quien siendo inmortal muere crucificado.
Es ese Jesucristo a quien seguimos, el sumo y eterno sacerdote quien, según nos testimonia la carta a los Hebreos, inaugura un nuevo estilo de sacerdote que en vez de derramar sangre y sacrificar vidas de animales, sacrifica su propia vida y derrama su propia sangre, porque es Él el verdadero cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Así es el verdadero sacerdote cristiano. Entrega total de la vida hasta la cruz.
Sí, querido hermano, en la cruz nace nuestro sacerdocio. Porque al ser instituido en la última cena, como un solo misterio con la Eucaristía, Jesús dijo que entregaba su vida y derramaba su sangre por todos, especialmente por los pecadores, y que nosotros debemos hacerlo en memoria suya. Sacerdocio y Eucaristía son los sacramentos del amor extremo que se viven y celebran entregando la vida por la salvación de todos los seres humanos tal como lo hace Jesús en la cruz.
Hoy, el mismo Señor te hace un regalo, con gran significado. En esta celebración, Acción de Gracias por el don de tu sacerdocio, permite que un hijo espiritual tuyo, Ángel Pico, engendrado en el bautismo por ti, reciba la primera comunión.
Que el Pastor bueno te bendiga a ti y a esta Comunidad Parroquial que celebró con gozo tu ordenación sacerdotal y hoy comparte contigo la fiesta de tus diez años de entrega. Recordando con gratitud el pasado, viviendo con pasión el presente y abriéndose con confianza al futuro. ¡Alabado sea el Señor!

lunes, 5 de septiembre de 2016

LA MADRE TERESA DE CALCUTA

Por Mons. Baltazar Porras
Arzobispo de Mérida
 
El domingo 4 de septiembre el Papa Francisco canonizará a la Madre Teresa de Calcuta y ese mismo día tendrá lugar en Roma el jubileo de la misericordia para todos los agentes pastorales que trabajan en medio de los más pobres del mundo. Mujer menuda, nacida en Albania, hecha religiosa en la India, sintió una especial vocación para servir a los más pobres entre los pobres. Su gran libro fue su propia vida, el testimonio de una existencia marcada por la alegría de aceptar que el amor a Jesús lo es todo. Las Hermanas de la Caridad de Calcuta, con su sencillo hábito blanco con franjas azules, son las continuadoras de su obra en casi todo el mundo.

Venezuela tiene el honor de haber sido la sede de la primera casa de las Hermanas fuera de la India. Durante el Concilio Vaticano II, el entonces obispo de Barquisimeto, Críspulo Benítez Fonturvel, tuvo noticias de la existencia de una congregación que apenas estaba solicitando la aprobación pontificia. La sensibilidad social de Mons. Benítez fue una de las características sobresalientes del ilustre prelado margariteño. El estado Yaracuy formaba parte de la diócesis barquisimetana. Cocorote, pueblo entonces sin párroco, recibió en julio de 1965 la primera visita de la Madre Teresa con el primer grupo de hermanas que se han sembrado en aquel pintoresco pueblo que conserva viva la memoria de la fundadora que en varias ocasiones visitó a sus hermanas. La casa es considerada santuario de la Madre y conserva una serie de objetos usados por la santa durante su vida.

A las visitas anuales de la Madre Teresa a Venezuela se suma el homenaje que el Presidente Luis Herrera Campins le brindó en 1980. La comida ofrecida por el primer mandatario no cambió la dieta ordinaria de la Madre quien apenas tomó un caldo, suficiente para alimentar la enjuta humanidad de aquella mujer cuya fortaleza estaba en el amor a Dios que animaba todos sus actos. “No es lo mucho que hagas, sino el amor que le ponemos a las obras”. El día de su beatificación el Papa Juan Pablo II dijo: “Con el testimonio de su vida, madre Teresa recuerda a todos que la misión evangelizadora de la Iglesia pasa a través de la caridad, alimentada con la oración y la escucha de la palabra de Dios. Su vida es un testimonio de la dignidad y del privilegio del servicio humilde. No sólo eligió ser la última, sino también la servidora de los últimos. Como verdadera madre de los pobres, se inclinó hacia todos los que sufrían diversas formas de pobreza”.

Su vida fue un ejemplo de entrega total. En muchas ocasiones recibió críticas de algunas personas, las cuales le recordaban ese viejo adagio que dice: “si le das a un pobre un pez comerá un día, si le das una caña de pescar comerá todos los días”; ella con una sonrisa en su rostro les respondía: “eso es cierto, pero los que yo cuido son tan débiles que no pueden sostener la caña de pescar”. Esta es una de las tantas anécdotas del amor inmenso que poseía la Madre Teresa.

Su canonización es oportunidad para valorar el auténtico sentido del amor a los pobres, bofetada para quienes se aprovechan de los pobres para medrar en su beneficio dejando a los pobres sumidos en la mayor de las dependencias. Buena lección para los tiempos que corren en este país. Oremos con Teresa de Calcuta: “El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz”.
42.- 27-8-16 (3509)

lunes, 22 de agosto de 2016

Homilía con motivo de los cincuenta años de vida sacerdotal del Excmo. Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro

Pbro. Eduardo Ortigoza
Basílica de Ntra. Sra. de Chiquinquirá
Maracaibo, 20 de agosto de 2016



Nos congregamos en esta tarde abrigados en el regazo de nuestra Madre María del Rosario de Chiquinquirá, para una vez más hacer profesión de nuestra fe.

Aquí estamos respondiendo a la iniciativa salvífica del Señor expresada hoy por el Profeta Isaías “Yo vendré a reunir a todas las naciones”, ese es el sueño de Dios que en palabras de Jesús nos dice “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”.

Venimos a acompañar a Mons. Roberto Lückert en su acción de gracias por sus cincuenta años de ministerio sacerdotal. Él, durante su vida, ha sido portador de la invitación de comunión y unidad  que nos transmite el Profeta, Él, como buen pastor, se ha esforzado en prepararse junto con su pueblo para pasar por la puerta estrecha.

Nos reúne el testimonio de una vida entregada al servicio del Señor y de los hermanos. Nos estimula la gratitud y el cansancio de un largo camino recorrido por la mayoría de nosotros al lado de un hermano mayor, Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro.

Con afecto fraterno y desde la comunión en un solo Señor, en una sola Fe y en un solo Bautismo, compartimos la alegría y gratitud de este pastor de la Iglesia venezolana, por las Bodas de Oro de su ordenación sacerdotal. Largo ha sido el camino recorrido.

Mons. Lückert, durante estos cincuenta años de ministerio sacerdotal, ha demostrado su fidelidad inquebrantable a los grandes amores de su vida: Cristo, la Iglesia, la Virgen María en sus diversas advocaciones, en especial la Chinita, el Zulia y la Patria Venezolana.

A Monseñor Lückert lo hemos admirado por su sencillez, su amabilidad y su temple de carácter, que ha sabido combinar con una natural mansedumbre y con una voluntad a toda prueba, todos estos son dones que Nuestro Señor, dador de toda gracia, le ha concedido en abundancia y que él ha sabido desarrollar con mucha inteligencia.

Para entender el carácter de este pastor de la Iglesia venezolana debemos referirnos a quienes contribuyeron en su formación.

En primer lugar los Padres Jesuitas del Colegio Gonzaga donde realizó sus estudios de primaria y secundaria. Sin duda que la participación en la Congregación Mariana le permitió consolidar su vocación cristiana y comenzar a pensar en una futura vida sacerdotal. En efecto, en los Colegios dirigidos por los Padres Jesuitas la Congregación Mariana se constituía en un lugar especial donde los alumnos “…desarrollaban una devoción muy particular, fundamentada sobre tres pilares: la frecuencia de los sacramentos, la oración y la penitencia, sin olvidarse de otras obras de piedad. Los miembros llevaban, de este modo, vidas edificantes, muy cercanas a la condición de beatos mensajeros de la Madre de Dios”.[1]

En segundo lugar, los Padres Eudistas quienes durante bastante tiempo fueran los responsables de la formación sacerdotal en el Seminario interdiocesano de Caracas. Que en el decir de, Mons. Baltazar Porras, uno de los compañeros de estudio de nuestro homenajeado,  “…Bajo la estricta disciplina…. y la excelente formación académica de aquellos abnegados formadores. ….Nos fogueaban en las continuas charlas de formación social, política y religiosa que nos daban hombres de renombre y de amplitud de miras. Las convicciones profundas, la forja de virtudes que dan constancia y coraje, se fraguan en la adversidad y en las contradicciones. De allí el agradecimiento perenne a quienes moldearon nuestro ser cristiano y sacerdotal[2].

La etapa histórica por la que hoy damos sentidas gracias al Señor comenzó  el domingo 14 de Agosto de 1966, a las 8.30 am, cuando Mons. Domingo Roa Pérez  ordenó sacerdote al Diácono Roberto Lückert en la Santa Iglesia Catedral de Maracaibo. Al día siguiente, el 15 de agosto de 1966, Solemnidad de la Asunción de la Virgen Santísima, celebraba su Primera Misa en su Parroquia de origen, Ntra. Sra. de La Asunción, en la Av. Los Haticos.

A los pocos de días de haber sido ordenado Presbítero, Mons. Lückert daría una un nuevo paso en su formación permanente. El 22 de septiembre de 1966 es nombrado Vicario Cooperador de la Parroquia Santa Bárbara de Maracaibo, para acompañar a quien sería un gran maestro en su vida pastoral, Monseñor Mariano Parra León. Al año siguiente, por el nombramiento del nuevo obispo de Cumaná, es nombrado Vicario Ecónomo y posteriormente Párroco de la misma.

Como Director del Diario La Columna a partir del 1 de octubre de 1968, pudo continuar la propedéutica experiencia acumulada en los tiempos del Seminario como integrante del equipo redactor de la revista Vínculo, órgano de divulgación de la vida del Seminario.Tal responsabilidad editorial y de difusión introdujo a un grupo de futuros sacerdotes y obispos venezolanos en ambientes de frontera, de confrontación y de horizontes amplios en los que se superan miedos, se dialoga con quienes no piensan como uno y obligan a buscar consensos para caminar con quien sea, sin distingos de ninguna especie. Esa juvenil experiencia se convirtió en una escuela invalorable que a lo largo del tiempo ha marcado nuestras vidas[3].

Allí están las raíces que, unidas a los orígenes familiares, han determinado la vida y el ministerio de este zuliano a carta cabal, de este sacerdote, de este obispo que ha sabido ser hermano, amigo, padre, y pastor en Maracaibo, en Cabimas, en Falcón y también en toda Venezuela.

La Pastoral Vocacional de la Arquidiócesis de Maracaibo, la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes, esta Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, los Movimientos de Apostolado, las funciones de gobierno como Vicario General junto al Arzobispo de Maracaibo, su desempeño durante ocho años como Obispo de Cabimas, las tareas encomendadas por sus hermanos Obispos en la Comisión de Medios de Comunicación de la Conferencia Episcopal Venezolana, en el Departamento para las Comunicaciones Sociales  del Celam con sede en Bogotá Colombia, en el Departamento de Liturgia de la CEV, en la Comisión de Música y Arte Sagrado y Bienes Patrimoniales y en la Comisión de Justicia y Paz de la CEV, su designación en 1993 como Obispo de Coro y en 1998 como Primer Arzobispo de la misma. En apretada síntesis podríamos resumir cincuenta años de trabajo apostólico.

Por eso hemos venido en esta tarde para dar gracias en torno al altar de la Eucaristía por los 50 años de ministerio sacerdotal del Arzobispo de Coro. Es un espacio de tiempo muy respetable, es una vida gastada cada día al servicio del Evangelio cumpliendo lo que nos refiere el evangelista San Juan en palabras de Jesús “…me desprendo de mi vida, para tomarla de nuevo..” Jn. 10, 17. En efecto, para un ministro de Cristo, su vida ya no le pertenece, está en manos de Dios. A Él se la entrega día a día en el servicio de todos, los  pequeños y grandes. Haciéndose amigo de todos y cada uno. En la espera de recibirla de nuevo en la vida eterna.

50 años de servicio en la vida de un pastor que ha permanecido fiel al Evangelio se convierten hoy en libro abierto y en motivo de meditación.

Porque eso ha sabido ser nuestro querido Mons. Lückert, imagen de Cristo Buen Pastor, pues en el obispo, rodeado de sus presbíteros, está presente el mismo Señor Jesucristo, sumo sacerdote para siempre[4]. En efecto, es Cristo, quien por el ministerio ordenado, continúa predicando el Evangelio de la salvación, continúa conduciendo al pueblo de Dios peregrino hacia la felicidad eterna, es Cristo quien hace la Iglesia y quien la fecunda; es Cristo quien nos guía.

Permítanme una confidencia personal:

En mis primeros pasos dentro de la Iglesia, me inicié en el servicio del altar en esta Basílica. Aquí conocí a grandes sacerdotes de esta querida Diócesis, entre los que destacaba la figura del joven Arzobispo, Mons. Domingo Roa Pérez, lleno siempre de seriedad y majestad, de sus Vicarios Generales, el joven Mons. Medardo Luzardo y el anciano Mons. Olegario Villalobos tan lleno de años y de obras, el afamado párroco de Santa Bárbara Mons. Mariano Parra León, el apacible anciano Pbro. Lisandro Puche siempre rodeado de niños, el emprendedor Párroco de esta Basílica Pbro. Ángel Ríos Carvajal, y un grupo de jóvenes sacerdotes que se distinguían por su calidad humana, su piedad y su celo apostólico, entre ellos Gustavo Ocando, Hermán Romero, Jesús Quintero, José Joaquín Troconis, Roberto Lückert, José Severeyn, Antonio López, etc.

El testimonio de estas diversas generaciones de sacerdotes sembró en mi alma de niño el deseo de explorar en las intrincadas sendas de la vocación sacerdotal. Allí destacaba Mons. Lückert, a quien luego por casi medio siglo he tenido como maestro, confesor, compañero y amigo.

Como maestro en la vida sacerdotal, él nos enseñó a muchos de los presentes que ser sacerdote significa vivir como enseña Jesucristo: “El que es mayor debe hacerse el más pequeño, y el que preside, debe servir humildemente”. Ser servidores de todos, de los más grandes y de los más pequeños. Siempre servidores y siempre listos para servir. Y además nos enseñó que ser sacerdote y pastor es ser hombre de oración, de profunda vida eucarística y de firme devoción mariana. De esta manera, teniendo el corazón lleno de Dios podemos salir a predicar su Palabra.

En esa misma dimensión de la vida pastoral ha insistido el Papa Francisco, cuando pide que los pastores “no nos olvidemos que la primera tarea del ministro es la oración, y que la segunda tarea, es el anuncio de la Palabra, luego viene lo demás”[5].

Como compañero sacerdote y amigo, ha estado siempre atento en los diversos momentos de la vida de cada uno de nosotros, en los alegres y en los difíciles y tristes. Su presencia se ha hecho tan cotidiana que, a pesar de la lejanía, siempre ha estado y aparecido cuando más lo hemos necesitado. Muchos de sus amigos aquí presentes podrán confirmar esto que digo.

Hoy nos encontramos junto a Mons. Lückert gran cantidad de familiares y amigos, de todas las edades. Un grupo más grande todavía celebra esta acción de gracias en la liturgia celestial.

En primer lugar, sus padres Walter y Alicia, sus hermanos Eva María, Walter y Francisco, desde el cielo dan gracias al Señor de la Misericordia porque este hijo y hermano ha sabido ser fiel y se ha entregado generosamente por el Evangelio, por la Iglesia y por la Patria, porque ha sabido vivir su vida guardando diligentemente el Magisterio y la Tradición, porque ha vivido intensamente la devoción a María Santísima. Junto a ellos, sus formadores, sus hermanos sacerdotes y tantos amigos y feligreses a quienes bendijo y acompañó en diversos momentos de la vida.

Cincuenta años indican un largo camino recorrido, las fuerzas físicas ya no son las mismas, el peso del tiempo y del trabajo van haciendo su efecto, el comején comienza a carcomer la humanidad del pastor.

Cincuenta años haciendo que las ovejas oigan la voz de Cristo no es labor fácil, riendo con los que ríen, llorando con los que lloran, abrazando al atribulado, siendo luz para los que viven en las tinieblas del pecado personal y del pecado social.  

Cincuenta años viviendo y dejando que sea Cristo el que viva en ti. Renunciando a tus proyectos personales para ser otro Cristo en medio de tu pueblo, llenando tu alma con la sonrisa agradecida de tus feligreses que te sienten cercano y te miran como padre y amigo.

Cincuenta años viviendo la bienaventuranza de sentirte amado por Dios cada vez que la canalla te persigue y te calumnia por causa del Hijo del Hombre.

Cincuenta años siendo figura controversial por llamar las cosas por su nombre y por no quedarte en medias palabras. Hay muchos que te conocen y te quieren, como también hay muchos que no te quieren, pero ninguno ha podido permanecer indiferente.

Cincuenta años poniendo en práctica las enseñanzas de San Ignacio de Loyola: “En todo amar y servir” y “Amar a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Él”. Así has sabido ser buen ejemplo de fidelidad a la Iglesia, siempre remando mar adentro en la Barca de Pedro, en las diversas tareas y encargos pastorales que has desempeñado.

Querido Monseñor Roberto, padre, hermano y amigo, siempre sucede en el servicio a Dios y en su Iglesia, que este trabajo ofrendado diariamente nos puede desgastar pero no destruir, y aunque por la ley de la vida nuestro cuerpo en su integridad sufre el inevitable deterioro físico o psíquico que a todos nos afecta, sin embargo se da un verdadero fortalecimiento con el pasar de los años cuando se han vivido en el Señor, y paradójicamente se crece en serenidad, en libertad y en sabiduría, preciosas virtudes para acoger más y mejor la gracia de la santidad a la que fuimos llamados.  

Monseñor en nombre de esta Iglesia Arquidiocesana de Maracaibo, de su Arzobispo, Mons. Ubaldo Santana, de su Obispo Auxiliar Mons. Ángel Caraballo, y de su clero y de sus feligreses, doy gracias a Dios por la valentía, la paciencia y la serenidad con que has vivido estos cincuenta años de ministerio, gracias porque has llevado la cruz del episcopado en medio de las grandes preocupaciones que ha tenido que vivir nuestra Iglesia Venezolana. Doy gracias porque siempre has sabido ser el pastor cercano que acompañas permanentemente a tu pueblo.

Junto a la acción de gracias pido al Señor que te siga acompañando y que tu voz siga siendo fuerte, oportuna, certera para continuar guiando a tu pueblo, que tu oración llegue al cielo y nos alcance de la misericordia divina, la paz y la justicia que tanto anhelamos nuestra venezuela.

Monseñor. Que Dios te guarde en su amor y en su misericordia durante largos años, quiero finalizar con las palabras del Apóstol Pablo:  “..continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús… “los ha enriquecido… y los hará permanecer irreprochables hasta el fin…” Dios es fiel contigo como tú lo has sido con Él.

Queridos hermanos. Nunca dudemos de la fidelidad del Señor; estos cincuenta años de vida sacerdotal son prueba palpable de la gracia que un día le concedió a su elegido y que le ha permitido perseverar con fortaleza. Este hermano nuestro, hoy  celebra  con el mismo fervor y devoción con que celebró su primera eucaristía, con una conciencia más clara pero siempre con emoción nueva y gratitud. Esta Eucaristía es la acción de gracias de un hombre sencillo a quien el señor ha invitado a vivir en su intimidad, a descubrir los secretos de su corazón, a revelarle el rostro de su Padre.



[1] Fermín Marín Barriguete,  Los jesuitas y el culto mariano, en TIEMPOS MODERNOS 9, 2003-2004.
[2] Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo, Arzobispo de Mérida. Catedral de Coro, 29 de junio de 2010, Homilía con motivo de los veinticinco años de vida episcopal del Excmo. Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro.
[3] Ibid.
[4] Papa Francisco, Homilía en la ordenación de nuevos Obispos, 19-03-2016.
[5] Ibid.

Homilía con motivo de los cincuenta años de vida sacerdotal del Excmo. Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro

Pbro. Eduardo Ortigoza
Basílica de Ntra. Sra. de Chiquinquirá
Maracaibo, 20 de agosto de 2016



Nos congregamos en esta tarde abrigados en el regazo de nuestra Madre María del Rosario de Chiquinquirá, para una vez más hacer profesión de nuestra fe.

Aquí estamos respondiendo a la iniciativa salvífica del Señor expresada hoy por el Profeta Isaías “Yo vendré a reunir a todas las naciones”, ese es el sueño de Dios que en palabras de Jesús nos dice “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”.

Venimos a acompañar a Mons. Roberto Lückert en su acción de gracias por sus cincuenta años de ministerio sacerdotal. Él, durante su vida, ha sido portador de la invitación de comunión y unidad  que nos transmite el Profeta, Él, como buen pastor, se ha esforzado en prepararse junto con su pueblo para pasar por la puerta estrecha.

Nos reúne el testimonio de una vida entregada al servicio del Señor y de los hermanos. Nos estimula la gratitud y el cansancio de un largo camino recorrido por la mayoría de nosotros al lado de un hermano mayor, Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro.

Con afecto fraterno y desde la comunión en un solo Señor, en una sola Fe y en un solo Bautismo, compartimos la alegría y gratitud de este pastor de la Iglesia venezolana, por las Bodas de Oro de su ordenación sacerdotal. Largo ha sido el camino recorrido.

Mons. Lückert, durante estos cincuenta años de ministerio sacerdotal, ha demostrado su fidelidad inquebrantable a los grandes amores de su vida: Cristo, la Iglesia, la Virgen María en sus diversas advocaciones, en especial la Chinita, el Zulia y la Patria Venezolana.

A Monseñor Lückert lo hemos admirado por su sencillez, su amabilidad y su temple de carácter, que ha sabido combinar con una natural mansedumbre y con una voluntad a toda prueba, todos estos son dones que Nuestro Señor, dador de toda gracia, le ha concedido en abundancia y que él ha sabido desarrollar con mucha inteligencia.

Para entender el carácter de este pastor de la Iglesia venezolana debemos referirnos a quienes contribuyeron en su formación.

En primer lugar los Padres Jesuitas del Colegio Gonzaga donde realizó sus estudios de primaria y secundaria. Sin duda que la participación en la Congregación Mariana le permitió consolidar su vocación cristiana y comenzar a pensar en una futura vida sacerdotal. En efecto, en los Colegios dirigidos por los Padres Jesuitas la Congregación Mariana se constituía en un lugar especial donde los alumnos “…desarrollaban una devoción muy particular, fundamentada sobre tres pilares: la frecuencia de los sacramentos, la oración y la penitencia, sin olvidarse de otras obras de piedad. Los miembros llevaban, de este modo, vidas edificantes, muy cercanas a la condición de beatos mensajeros de la Madre de Dios”.[1]

En segundo lugar, los Padres Eudistas quienes durante bastante tiempo fueran los responsables de la formación sacerdotal en el Seminario interdiocesano de Caracas. Que en el decir de, Mons. Baltazar Porras, uno de los compañeros de estudio de nuestro homenajeado,  “…Bajo la estricta disciplina…. y la excelente formación académica de aquellos abnegados formadores. ….Nos fogueaban en las continuas charlas de formación social, política y religiosa que nos daban hombres de renombre y de amplitud de miras. Las convicciones profundas, la forja de virtudes que dan constancia y coraje, se fraguan en la adversidad y en las contradicciones. De allí el agradecimiento perenne a quienes moldearon nuestro ser cristiano y sacerdotal[2].

La etapa histórica por la que hoy damos sentidas gracias al Señor comenzó  el domingo 14 de Agosto de 1966, a las 8.30 am, cuando Mons. Domingo Roa Pérez  ordenó sacerdote al Diácono Roberto Lückert en la Santa Iglesia Catedral de Maracaibo. Al día siguiente, el 15 de agosto de 1966, Solemnidad de la Asunción de la Virgen Santísima, celebraba su Primera Misa en su Parroquia de origen, Ntra. Sra. de La Asunción, en la Av. Los Haticos.

A los pocos de días de haber sido ordenado Presbítero, Mons. Lückert daría una un nuevo paso en su formación permanente. El 22 de septiembre de 1966 es nombrado Vicario Cooperador de la Parroquia Santa Bárbara de Maracaibo, para acompañar a quien sería un gran maestro en su vida pastoral, Monseñor Mariano Parra León. Al año siguiente, por el nombramiento del nuevo obispo de Cumaná, es nombrado Vicario Ecónomo y posteriormente Párroco de la misma.

Como Director del Diario La Columna a partir del 1 de octubre de 1968, pudo continuar la propedéutica experiencia acumulada en los tiempos del Seminario como integrante del equipo redactor de la revista Vínculo, órgano de divulgación de la vida del Seminario.Tal responsabilidad editorial y de difusión introdujo a un grupo de futuros sacerdotes y obispos venezolanos en ambientes de frontera, de confrontación y de horizontes amplios en los que se superan miedos, se dialoga con quienes no piensan como uno y obligan a buscar consensos para caminar con quien sea, sin distingos de ninguna especie. Esa juvenil experiencia se convirtió en una escuela invalorable que a lo largo del tiempo ha marcado nuestras vidas[3].

Allí están las raíces que, unidas a los orígenes familiares, han determinado la vida y el ministerio de este zuliano a carta cabal, de este sacerdote, de este obispo que ha sabido ser hermano, amigo, padre, y pastor en Maracaibo, en Cabimas, en Falcón y también en toda Venezuela.

La Pastoral Vocacional de la Arquidiócesis de Maracaibo, la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes, esta Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, los Movimientos de Apostolado, las funciones de gobierno como Vicario General junto al Arzobispo de Maracaibo, su desempeño durante ocho años como Obispo de Cabimas, las tareas encomendadas por sus hermanos Obispos en la Comisión de Medios de Comunicación de la Conferencia Episcopal Venezolana, en el Departamento para las Comunicaciones Sociales  del Celam con sede en Bogotá Colombia, en el Departamento de Liturgia de la CEV, en la Comisión de Música y Arte Sagrado y Bienes Patrimoniales y en la Comisión de Justicia y Paz de la CEV, su designación en 1993 como Obispo de Coro y en 1998 como Primer Arzobispo de la misma. En apretada síntesis podríamos resumir cincuenta años de trabajo apostólico.

Por eso hemos venido en esta tarde para dar gracias en torno al altar de la Eucaristía por los 50 años de ministerio sacerdotal del Arzobispo de Coro. Es un espacio de tiempo muy respetable, es una vida gastada cada día al servicio del Evangelio cumpliendo lo que nos refiere el evangelista San Juan en palabras de Jesús “…me desprendo de mi vida, para tomarla de nuevo..” Jn. 10, 17. En efecto, para un ministro de Cristo, su vida ya no le pertenece, está en manos de Dios. A Él se la entrega día a día en el servicio de todos, los  pequeños y grandes. Haciéndose amigo de todos y cada uno. En la espera de recibirla de nuevo en la vida eterna.

50 años de servicio en la vida de un pastor que ha permanecido fiel al Evangelio se convierten hoy en libro abierto y en motivo de meditación.

Porque eso ha sabido ser nuestro querido Mons. Lückert, imagen de Cristo Buen Pastor, pues en el obispo, rodeado de sus presbíteros, está presente el mismo Señor Jesucristo, sumo sacerdote para siempre[4]. En efecto, es Cristo, quien por el ministerio ordenado, continúa predicando el Evangelio de la salvación, continúa conduciendo al pueblo de Dios peregrino hacia la felicidad eterna, es Cristo quien hace la Iglesia y quien la fecunda; es Cristo quien nos guía.

Permítanme una confidencia personal:

En mis primeros pasos dentro de la Iglesia, me inicié en el servicio del altar en esta Basílica. Aquí conocí a grandes sacerdotes de esta querida Diócesis, entre los que destacaba la figura del joven Arzobispo, Mons. Domingo Roa Pérez, lleno siempre de seriedad y majestad, de sus Vicarios Generales, el joven Mons. Medardo Luzardo y el anciano Mons. Olegario Villalobos tan lleno de años y de obras, el afamado párroco de Santa Bárbara Mons. Mariano Parra León, el apacible anciano Pbro. Lisandro Puche siempre rodeado de niños, el emprendedor Párroco de esta Basílica Pbro. Ángel Ríos Carvajal, y un grupo de jóvenes sacerdotes que se distinguían por su calidad humana, su piedad y su celo apostólico, entre ellos Gustavo Ocando, Hermán Romero, Jesús Quintero, José Joaquín Troconis, Roberto Lückert, José Severeyn, Antonio López, etc.

El testimonio de estas diversas generaciones de sacerdotes sembró en mi alma de niño el deseo de explorar en las intrincadas sendas de la vocación sacerdotal. Allí destacaba Mons. Lückert, a quien luego por casi medio siglo he tenido como maestro, confesor, compañero y amigo.

Como maestro en la vida sacerdotal, él nos enseñó a muchos de los presentes que ser sacerdote significa vivir como enseña Jesucristo: “El que es mayor debe hacerse el más pequeño, y el que preside, debe servir humildemente”. Ser servidores de todos, de los más grandes y de los más pequeños. Siempre servidores y siempre listos para servir. Y además nos enseñó que ser sacerdote y pastor es ser hombre de oración, de profunda vida eucarística y de firme devoción mariana. De esta manera, teniendo el corazón lleno de Dios podemos salir a predicar su Palabra.

En esa misma dimensión de la vida pastoral ha insistido el Papa Francisco, cuando pide que los pastores “no nos olvidemos que la primera tarea del ministro es la oración, y que la segunda tarea, es el anuncio de la Palabra, luego viene lo demás”[5].

Como compañero sacerdote y amigo, ha estado siempre atento en los diversos momentos de la vida de cada uno de nosotros, en los alegres y en los difíciles y tristes. Su presencia se ha hecho tan cotidiana que, a pesar de la lejanía, siempre ha estado y aparecido cuando más lo hemos necesitado. Muchos de sus amigos aquí presentes podrán confirmar esto que digo.

Hoy nos encontramos junto a Mons. Lückert gran cantidad de familiares y amigos, de todas las edades. Un grupo más grande todavía celebra esta acción de gracias en la liturgia celestial.

En primer lugar, sus padres Walter y Alicia, sus hermanos Eva María, Walter y Francisco, desde el cielo dan gracias al Señor de la Misericordia porque este hijo y hermano ha sabido ser fiel y se ha entregado generosamente por el Evangelio, por la Iglesia y por la Patria, porque ha sabido vivir su vida guardando diligentemente el Magisterio y la Tradición, porque ha vivido intensamente la devoción a María Santísima. Junto a ellos, sus formadores, sus hermanos sacerdotes y tantos amigos y feligreses a quienes bendijo y acompañó en diversos momentos de la vida.

Cincuenta años indican un largo camino recorrido, las fuerzas físicas ya no son las mismas, el peso del tiempo y del trabajo van haciendo su efecto, el comején comienza a carcomer la humanidad del pastor.

Cincuenta años haciendo que las ovejas oigan la voz de Cristo no es labor fácil, riendo con los que ríen, llorando con los que lloran, abrazando al atribulado, siendo luz para los que viven en las tinieblas del pecado personal y del pecado social.  

Cincuenta años viviendo y dejando que sea Cristo el que viva en ti. Renunciando a tus proyectos personales para ser otro Cristo en medio de tu pueblo, llenando tu alma con la sonrisa agradecida de tus feligreses que te sienten cercano y te miran como padre y amigo.

Cincuenta años viviendo la bienaventuranza de sentirte amado por Dios cada vez que la canalla te persigue y te calumnia por causa del Hijo del Hombre.

Cincuenta años siendo figura controversial por llamar las cosas por su nombre y por no quedarte en medias palabras. Hay muchos que te conocen y te quieren, como también hay muchos que no te quieren, pero ninguno ha podido permanecer indiferente.

Cincuenta años poniendo en práctica las enseñanzas de San Ignacio de Loyola: “En todo amar y servir” y “Amar a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Él”. Así has sabido ser buen ejemplo de fidelidad a la Iglesia, siempre remando mar adentro en la Barca de Pedro, en las diversas tareas y encargos pastorales que has desempeñado.

Querido Monseñor Roberto, padre, hermano y amigo, siempre sucede en el servicio a Dios y en su Iglesia, que este trabajo ofrendado diariamente nos puede desgastar pero no destruir, y aunque por la ley de la vida nuestro cuerpo en su integridad sufre el inevitable deterioro físico o psíquico que a todos nos afecta, sin embargo se da un verdadero fortalecimiento con el pasar de los años cuando se han vivido en el Señor, y paradójicamente se crece en serenidad, en libertad y en sabiduría, preciosas virtudes para acoger más y mejor la gracia de la santidad a la que fuimos llamados.  

Monseñor en nombre de esta Iglesia Arquidiocesana de Maracaibo, de su Arzobispo, Mons. Ubaldo Santana, de su Obispo Auxiliar Mons. Ángel Caraballo, y de su clero y de sus feligreses, doy gracias a Dios por la valentía, la paciencia y la serenidad con que has vivido estos cincuenta años de ministerio, gracias porque has llevado la cruz del episcopado en medio de las grandes preocupaciones que ha tenido que vivir nuestra Iglesia Venezolana. Doy gracias porque siempre has sabido ser el pastor cercano que acompañas permanentemente a tu pueblo.

Junto a la acción de gracias pido al Señor que te siga acompañando y que tu voz siga siendo fuerte, oportuna, certera para continuar guiando a tu pueblo, que tu oración llegue al cielo y nos alcance de la misericordia divina, la paz y la justicia que tanto anhelamos nuestra venezuela.

Monseñor. Que Dios te guarde en su amor y en su misericordia durante largos años, quiero finalizar con las palabras del Apóstol Pablo:  “..continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús… “los ha enriquecido… y los hará permanecer irreprochables hasta el fin…” Dios es fiel contigo como tú lo has sido con Él.

Queridos hermanos. Nunca dudemos de la fidelidad del Señor; estos cincuenta años de vida sacerdotal son prueba palpable de la gracia que un día le concedió a su elegido y que le ha permitido perseverar con fortaleza. Este hermano nuestro, hoy  celebra  con el mismo fervor y devoción con que celebró su primera eucaristía, con una conciencia más clara pero siempre con emoción nueva y gratitud. Esta Eucaristía es la acción de gracias de un hombre sencillo a quien el señor ha invitado a vivir en su intimidad, a descubrir los secretos de su corazón, a revelarle el rostro de su Padre.



[1] Fermín Marín Barriguete,  Los jesuitas y el culto mariano, en TIEMPOS MODERNOS 9, 2003-2004.
[2] Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo, Arzobispo de Mérida. Catedral de Coro, 29 de junio de 2010, Homilía con motivo de los veinticinco años de vida episcopal del Excmo. Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro.
[3] Ibid.
[4] Papa Francisco, Homilía en la ordenación de nuevos Obispos, 19-03-2016.
[5] Ibid.

miércoles, 13 de julio de 2016

EXHORTACIÓN DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA


EXHORTACIÓN DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA

CENTÉSIMA SEXTA ASAMBLEA PLENARIA ORDINARIA

"EL SEÑOR AMA AL QUE BUSCA LA JUSTICIA" (Prov. 15, 9)

1) Los Arzobispos y Obispos de Venezuela, reunidos en la 106ª Asamblea Ordinaria, queremos compartir con el pueblo venezolano las angustias que sufrimos y comunicarle la esperanza de que reconciliados y en diálogo encontraremos soluciones eficaces a la presente crisis.

CLIMA SOCIAL

2) Los venezolanos estamos atravesando por un momento crucial en los campos moral, económico, político y social. Ha disminuido drásticamente la calidad de vida. La escasez y carestía de alimentos, medicinas e insumos hospitalarios nos están llevando al borde de una crisis de seguridad alimentaria y sanitaria, con consecuencias sociales impredecibles. En la vida pública, crecen la inseguridad, la impunidad y la represión militar.

3) El discurso belicista y agresivo de la dirigencia oficial hace cada día más difícil la vida. La prédica constante de odio, la criminalización y castigo a toda disidencia afectan a la familia y a las relaciones sociales. Frente a esta situación, el acrecentamiento del poder militar es una amenaza a la tranquilidad y a la paz.

4) El auge de la delincuencia y de la impunidad entorpecen el ordinario quehacer de la gente y provocan, en ciudades o poblaciones grandes o pequeñas, verdaderos toques de queda. Hace pocos días, en Mérida, fueron agredidos transeúntes, entre ellos un grupo de seminaristas menores de edad. Fueron golpeados y desnudados, violando sus derechos a la dignidad y al respeto, sin que ninguna autoridad pública interviniera para protegerlos. Los recientes desórdenes en Cumaná y Tucupita, así como los intentos de saqueos y cierres de vías por protestas populares, en diferentes regiones del país, constituyen una expresión del creciente malestar social.

UNA DEMOCRACIA RESQUEBRAJADA

5) El Estado de Derecho consagrado en el numeral dos de la Constitución Nacional, se ha debilitado. Vivimos prácticamente al arbitrio de las autoridades y de los funcionarios públicos, quienes tienden a convertirse en los censores de la vida, del pensamiento y de la actuación de los ciudadanos. Tales actitudes y procedimientos son inaceptables. La identidad cultural del venezolano se reduce y hasta se pierde cuando se valora únicamente si está vinculada al proyecto político imperante.

6) La democracia en Venezuela está resquebrajada, y el Gobierno y los otros poderes, que tienen la responsabilidad de oír y concertar con todos los sectores, no están haciendo lo suficiente para reconstruirla. El diálogo sincero y constructivo, el ejercicio de la política en su concepción más noble, como búsqueda del bien común, por más difíciles que parezcan, han de seguir siendo los caminos que debemos transitar. No se puede dialogar si no se reconoce en primer lugar la existencia y la igualdad del otro. Ignorarlo o descalificarlo como interlocutor, cierra toda posibilidad de superar el conflicto.

7) La crisis moral es mayor que la crisis económica y política, porque afecta a toda la población en sus normas de comportamiento. La verdad cede su puesto a la mentira, la transparencia a la corrupción, el diálogo a la intolerancia y la convivencia a la anarquía. La corrupción se ha incrementado en los organismos del Estado y la descomposición moral ha invadido a muchas personas integrantes de instituciones privadas y públicas, civiles y militares, así como a amplios componentes de la sociedad. Un exponente de esta degradación moral es la reventa especulativa de productos, llamada popularmente "bachaqueo".

8) Desconocer la autoridad legítima de la Asamblea Nacional, deslegitima a quienes así actúan, porque contradice la voluntad soberana expresada en el voto popular. La división, autonomía y colaboración entre los Poderes es un principio democrático irrenunciable.

9) Es tal la indefensión de los ciudadanos ante la delincuencia que se están multiplicando los casos de pobladas enardecidas que toman la justicia por sus propias manos y proceden a inmorales y deplorables ejecuciones colectivas ("linchamientos"). La violencia, en ninguna de sus formas, es solución a los problemas. Como nos dijo San Juan Pablo II: "La justicia social no puede ser conseguida por violencia. La violencia mata lo que intenta crear".

10) La raíz de los problemas está en la implantación de un proyecto político totalitario, empobrecedor, rentista y centralizador que el Gobierno se empeña en mantener.

PROPUESTAS URGENTES

11) El Consejo Nacional Electoral tiene la obligación de cuidar el proceso del referéndum revocatorio para que se realice este año. Es un camino democrático, un derecho político contemplado en la Constitución. Impedirlo o retrasarlo con múltiples trabas es una medida absurda, pues pone en peligro la estabilidad política y social del país, con fatales consecuencias para personas, instituciones y bienes.

12) Es de urgente prioridad que el Ejecutivo permita la entrada de medicamentos al país, dada su gran escasez. Para su recepción y distribución, la Iglesia ofrece los servicios e infraestructura de Cáritas, y de otras instancias eclesiales abiertas a la cooperación de otras confesiones religiosas e instituciones privadas. Este servicio no es la solución definitiva, pero sí es una ayuda significativa. La caridad nos impulsa a comportarnos como samaritanos compasivos, dispuestos a curar a los heridos del camino (Cf. Lc. 10, 25-37).

13) Es una necesidad que se abra de manera permanente la frontera colombo-venezolana. El haber permitido su apertura el pasado domingo 10 de Julio hizo posible que numerosos hermanos pudieran proveerse de alimentos, medicinas y otros insumos. El paso de miles de ciudadanos al vecino país es prueba evidente de la crisis.

14) Aumenta el número de ciudadanos venezolanos recluidos en las cárceles y en distintos lugares de jurisdicción policial, injustamente privados de libertad, muchos de ellos por razones políticas. La gran mayoría se encuentra en condiciones inhumanas y carece del debido proceso. Estas personas, siendo inocentes, deben salir en libertad plena o al menos, deben ser juzgadas en libertad, tal como lo establece el Código Orgánico Procesal Penal.

"LA ESPERANZA NO DEFRAUDA" (Rm. 5,8)

15) Las angustias y esperanzas del pueblo venezolano son compartidas en estos momentos por numerosas instancias nacionales e internacionales. El gobierno no debe declararlas ajenas a nuestros derechos ni culpar a quienes acuden a ellas legítimamente, denunciando injerencias y aduciendo soberanía e independencia, ya que vivimos en un mundo interconectado y globalizado. Ni los derechos humanos, ni la justicia tienen fronteras. No nos dejemos robar la esperanza que hace posible, con la ayuda de Dios, lo que parece imposible (Cf. Lc. 1, 37).

16) En el nombre de Jesús que nos manda "amarnos unos a otros" (Jn. 13, 34), hacemos un llamado a las autoridades para que frenen el deterioro de la vida de los venezolanos, cualquiera sea su preferencia política, y para que se detenga la actual espiral de violencia, odio y muerte. Movidos exclusivamente por el bien y la paz de todos los venezolanos, reiteramos el ofrecimiento de nuestros buenos oficios para facilitar el encuentro entre los contrarios y el entendimiento en la búsqueda de soluciones efectivas.

17) En la fe tenemos la firme convicción de que Jesucristo, el Señor de la historia, nos acompaña. Como hijos de un mismo Padre y hermanos los unos de los otros, nos comprometemos en la construcción de la unión y de la paz. Invitamos con alegría a todos los creyentes y a las mujeres y hombres de buena voluntad, a unirnos el próximo dos de agosto, a la Jornada de ayuno y oración, convocada por el Papa Francisco en Asís, como una ocasión especial de pedir por la paz y la reconciliación entre los venezolanos. Invitamos a recitar la Oración por Venezuela, y a los párrocos a leer ésta exhortación en la misa dominical. Rogamos a Dios Padre derrame de manera más abundante en este año jubilar su misericordia y su consuelo sobre nuestro pueblo. Colocamos en las manos maternales de Nuestra Señora de Coromoto estas propuestas que expresan el sentir y el anhelo de la inmensa mayoría de los venezolanos,

Con nuestra bendición,

LOS ARZOBISPOS Y OBISPOS DE VENEZUELA

Caracas, 12 de julio de 2016