lunes, 27 de julio de 2015

Teología de la Liberación

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 34
XVI Domingo Ordinario
            Esta breve reflexión tiene como objetivo presentar al movimiento teológico latinoamericano denominado “Teología de la Liberación” (TL) que me tocó exponer en el el curso sobre política latinoamericana. Tomo como base el libro: “Del Lado de los Pobres. Teología de la Liberación” (CEP, Lima 2005), que recoge seis artículos, tres del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, considerado el padre de la TL, y tres del teólogo alemán el cardenal Gerhard Ludwig Müller, actual prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Debo advertir que me ubico en el plano de la teología, discurso sobre Dios o, si se prefiere, ciencia sagrada. Por tanto, la fuente es la Revelación Divina transmitida por las Sagradas Escrituras. Haciendo notar, además, como lo desarrolla el primer artículo escrito por Gutiérrez, se trata de una función de Iglesia: “Partimos de la convicción de que la tarea teológica es una vocación que se suscita y se ejerce en el seno de la comunidad eclesial… (Se) nutre con las fuentes de la Revelación” (pág. 15). Otra cosa más de aclarar es que la teología está al servicio de la evangelización, acción pastoral que identifica a la Iglesia (cf. pág. 16).
            Un resumen de lo que hemos advertido, que ayuda a comprender la naturaleza del tema en cuestión, es este texto del citado artículo: “La teología es un hablar de Dios a la luz de la fe, un lenguaje sobre quien es, en verdad, su único tema. Al misterio de Dios debemos acercarnos con respeto y humildad; pero, en una perspectiva bíblica, misterio no significa algo que debe permanecer secreto. El misterio debe más bien ser dicho y comunicado. Ser revelado pertenece a la esencia misma del misterio (cf. Rom 16,25-26). La teología se constituye entonces en ciencia de la Revelación Cristiana” (pág. 17).
            Debo señalar que el método de la TL parte de una reflexión de fe desde una realidad de opresión que viven los pueblos latinoamericanos, denominada por Gutiérrez, reflexión crítica de la praxis eclesial en la realidad. Aclarando que “lo primero es el compromiso de caridad, de servicio. La teología viene después, es acto segundo. La acción pastoral de la Iglesia no se deduce como una conclusión de premisas teológicas. La teología no engendra la pastoral, es más bien reflexión sobre ella; debe saber encontrar en ella la presencia del Espíritu inspirando el actuar de la comunidad cristiana; la vida de la Iglesia será para ella un lugar teológico. Reflexionar sobre la presencia y el actuar de la Iglesia en el mundo, significa estar abierto a este último, recoger las cuestiones que se plantean en él, estar atento a los avatares de su devenir histórico” (Gutiérrez, G., Hacia una Teología de la Liberación, Bogotá 1971 – se trata de una conferencia dictada en 1968 desde donde parte el movimiento en cuestión).
             Dos categorías son trabajadas en el discurso teológico: liberación y pobres, considerando que este movimiento es latinoamericano. Ciertamente, la situación de pobreza que sufre la población de nuestro continente se presenta ante nuestros ojos con una crudeza que interroga. Una realidad humana que reta la tarea eclesial. La cuestión fundamental es: ¿Cómo decirle al pobre, al último de la sociedad, que Dios lo ama? (cf. pág.19).
            A partir de aquí, Gutiérrez, siguiendo el documento de Puebla, señala dos niveles en la noción de liberación (aunque Puebla habla de tres en los numerales 321-329. cf. págs. 20-21): 1) Liberación integral en Cristo que nos lleva a la plena comunión con Dios y con los demás. 2) Liberación social y política que no debe ocultar de ningún modo el significado final y radical de la liberación del pecado que sólo puede ser obra del perdón y de la gracia de Dios. Aquí aclara Gutiérrez que el contenido de la predicación y la fe es el Reino de Dios acogido por personas que viven en la historia y, por tanto, es un mensaje que incide en la convivencia social, aunque este Reino trasciende cualquier proyecto político (cf. pág. 21). Es decir, el Reino de Dios, de amor, de paz y de justicia, va más allá de los proyectos políticos (sociales), pero los implica. También el compromiso humano de una nueva sociedad centrada en la dignidad de la persona humana es asumido en el mensaje cristiano, y la praxis cristiana encuentra en la historia humana concreta su lugar.
            La otra categoría política es la opción por los pobres que, desde la Conferencia de Medellín (1968) hasta hoy, es opción de la Iglesia (cf. pág. 23). Aunque en los tres artículos de Gutiérrez trata el tema, yo prefiero enfocarme en su tercer artículo que comienza en la página 111: “Dónde dormirán los pobres”. Es significativo y elocuente su título original: “El rostro de Dios en la historia” (2002). Eso me recuerda lo que san Alberto Hurtado decía: “los pobres son Cristo”. Es decir, en cada pobre y necesitado, vemos el rostro del “Siervo Sufriente” (cf. Mt 35).
            Gutiérrez, al tratar el tema de los pobres, insiste en que “la teología es un hablar acerca de Dios animado por la fe; Dios es, en verdad, el primer y el último tema del lenguaje  teológico. Muchos otros puntos pueden ser tocados por él, pero esto no ocurre sino en la medida en que ellos dicen relación con Dios” (pág. 113). Dicho eso, se afirma que “nada escapa a la acción salvífica de Jesucristo. Ésta alcanza, y pone su impronta en ella, todas las dimensiones humanas, personales y sociales” (Pág. 115). Así también la TL hace “…esfuerzo de comprensión exigido por el don de la fe y, simultáneamente, es cambiante en cuanto responde a interpelaciones concretas y a un mundo cultural dado” (pág. 116). En suma, la TL en su preocupación pastoral e inquietud evangelizadora, se sostiene en un compromiso liberador con la sociedad latinoamericana, particularmente con los más pobres.
            “La opción por los pobres es radicalmente evangélica, constituye por ello un criterio importante para operar una criba en los precipitados acontecimientos y en las corrientes de pensamiento de nuestros días” (pág. 117). El dato más importante de la realidad latinoamericana es la de una sociedad pobre y creyente a la vez. Esta inhumana pobreza inspiró la búsqueda de su noción bíblica: 1) Pobreza real como escandalosa, consecuencias del pecado, no deseada por Dios, como lo denuncian los profetas. 2) Pobreza espiritual, lo que llaman los maestros espirituales infancia espiritual, desprendimiento del mundo y confianza en Dios. 3) Pobreza como compromiso, solidaridad con los pobres y protesta contra la pobreza.
            En este artículo, Gutiérrez hace un amplio análisis teológico desde de una economía planetaria. La profundidad teológica lo expresa: “La temática de la pobreza y la marginación nos invita a hablar de justicia y a tener presentes los deberes del cristiano al respecto… En la raíz de esa opción está la gratuidad del amor de Dios. Éste es el fundamento último de la preferencia” (pág. 119).
            En cuanto al tema que titula “hacia una economía planetaria” analiza lo afirmado por el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo de que el siglo nuestro es “un siglo fascinante y cruel” (pág. 123). Lo fascinante por los logros y progresos de la ciencia y la tecnología, especialmente, las comunicaciones y el dominio de la naturaleza. Lo cruel para los pobres y últimos, “si no hacemos un inmenso esfuerzo de solidaridad, …habrá una mayor miseria y será más numerosos los que vivan en ella” (pág. 124). En definitiva, esta realidad sigue desafiando a la inteligencia de la fe en el Dios de Jesucristo que nos llama a proteger a los más pequeños (pág. 124).
            Müller, por su parte, ve la experiencia del movimiento de la TL como un impulso a la teología que se hace en Europa. En su primer artículo (pág 29), ubica a la TL entre las corrientes teológicas más importantes del siglo XX, partiendo del Vaticano II y fruto de las conferencias de obispos latinoamericanos. “La Iglesia ya no es más Iglesia para el pueblo o solamente Iglesia del pueblo, sino pueblo de Dios entre el mar de pueblos de la tierra y, por eso, pueblo de Dios para el mundo. Los pobres y los marginados palpan su dignidad como seres humanos en su encuentro profundo con Dios y con el Evangelio pero participan activamente, vitalmente, en la comunidad, conscientes de la misión de la Iglesia como sacramento de la salvación del mundo” (pág. 34).
            A la cuestión de cómo nos ven los europeos, podemos responder que, al menos Müller habla de la TL desde Gutiérrez. Dice que el teólogo de la liberación comparte los sufrimientos y esperanzas: “En el mejor sentido de la palabra, la teología de la liberación es teología que nace coherentemente de la comunidad y se supera de este modo la brecha entre una teología universitaria, académica, y una reflexión en la fe acerca de las experiencias concretas de las comunidades” (pág. 34). Añade: “La TL no trata de una nueva Revelación. Sólo quiere alentar la participación de los cristianos en la praxis transformadora de Dios” (pág. 35). Y aclara que “la TL no es una sociología decorada con religiosidad ni un tipo de socioteología. La TL es teología en sentido estricto” (pág. 37).
            Con respecto a la metodología, Müller señala tres etapas (cf. págs. 37-39): 1) En la fe, seguimiento a Cristo; participan los cristianos en la praxis de Dios que libera a los hombres al obtener para ellos su dignidad y su salvación. 2) La reflexión sociológica, racional y crítica, que analiza a la luz del Evangelio y con los criterios de la Revelación las dimensiones masivas de la miseria, su estructura y su historia, sus causas nacionales e internacionales. 3) Acometer activamente la transformación, igualmente crítica y reflexiva, de la realidad empírica. Porque la meta es el reinado de Dios en la tierra, tal como Jesús lo anunció.
            Müller, en su artículo “la TL en debate” (pág. 79), plantea uno de los problemas fundamentales de la teología: la salvación y la liberación. Ciertamente, la teología habla del Dios bíblico “que ha dado al mundo y al hombre grandeza espiritual y material, y se ofrece como vida para esta única realidad en la creación, en la historia, en la plenitud final de los tiempos. Es el Dios de la vida y de la salvación. Ofrece y realiza la salvación y la vida en este mundo hecho de creaturas humanas, sociales, históricas, es decir, vida y salvación en la unidad espiritual y corporal del hombre” (pág 85).
            Aquí se supera el dualismo del “bienestar terreno” y la “salvación ultraterrena”, adoptando una concepción integral y una línea de pensamiento bíblico: La experiencia de Dios como autor de la creación y de la redención de un único mundo, y la unidad de la existencia humana, personal, espiritual/corporal y social (cf. pág. 86).
            De ahí que la TL entienda “por teología la participación activa y transformadora, práctica por tanto, en la acción liberadora emprendida por Dios, quien hace de la historia el proceso en el que la libertad se autorrealiza” (pág. 87). Esto justifica las tres instancias metodológicas de la TL señalada por Müller: el análisis social, la sistematización hermenéutica y la pastoral práctica y sus aplicaciones (cf. pág. 90).
            Quiero decir que siento una gran admiración por el ahora dominico Gustavo Gutiérrez, he leído con pasión sus obras y he aprendido mucho de él. Así también dedo advertir que no me agradan todos los autores de la TL y sus enseñanzas, en particular, me niego a aceptar cualquier postura ideológica de cualquier signo y cualquier método que nos lleve al error materialista y, por tanto, anti-humanista. Eso sí, no me niego a estudiar ninguna corriente teológica, porque siempre hay una buena enseñanza que no quiero perderme. Sin embargo, todo estudio debe comprometerme con un claro discernimiento, desde la fe vivida en comunión con la Iglesia cristiana-católica.
            Maracaibo, 19 de julio de 2015

Escuchar al Papa Francisco

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 33
XV Domingo Ordinario
            Para los políticos y economistas con sus analistas, la reciente visita del papa Francisco a tres países latinoamericanos – Ecuador, Bolivia y Paraguay – significa una estrategia política e indagan cuáles son sus intensiones. Algunos acusan un apoyo a la izquierda, otros a acabar con ella. Afortunadamente, para la mayoría entusiasta sintiendo la cercanía del pastor universal, es una bendición. Con sus espontáneos gestos y su modo claro de hablar, el papa logró sembrar esperanza, fe, paz y compromiso de caridad traducido en justicia y fraternidad. Se dirige a la persona integral, en sus ámbitos personal, familiar y social. Por eso, su presencia y mensaje repercute lógicamente en lo político. Porque la fe no puede seguir divorciada de la vida social concreta, por el contrario, se compromete en una praxis liberadora de los males que dañan las relaciones humanas. Así, pues, nos conviene escuchar al papa Francisco.
            Sus homilías, mensajes y discursos no tienen desperdicio. Son cuidadosamente elaborados y claramente anunciados. Uno de los encuentros más significativos fue con la sociedad civil o, como él mismo los califica, “con hombres y mujeres que representan y dinamizan la vida social, política y económica del país”. En Ecuador les presentó algunas claves de la convivencia ciudadana tomando como base la vivencia familiar. Esto significa, en primer lugar, que ninguno debe sentirse excluido. Implica también la ayuda y el apoyo mutuo. Como consecuencia, los problemas de uno son responsabilidad de todos. Lo cito textualmente porque es importante su precisión: “Si uno tiene una dificultad, incluso grave, aunque se la haya buscado él, los demás acuden en su ayuda, lo apoyan; su dolor es de todos”. En este caso, ni a los que hayan cometido un delito los podemos abandonar. Como me decía un amigo, que él reconocía que su hermano había cometido un delito y estaba preso justamente. Pero es mi hermano y lo acompaño en su condena, aunque busco todas las formas para que salga de su mal comportamiento, no aprobando su conducta, pero jamás abandonándolo. El papa refiere otro ejemplo parecido pero la lección es la misma: “En la sociedad, ¿no debería suceder también lo mismo?”, porque la sociedad es una gran familia.
            Otra clave: “En las familias todos contribuyen al proyecto común, todos trabajan por el bien común, pero sin anular al individuo; al contrario, lo sostienen, lo promueven. Se pelean, pero hay algo que no se mueve: ese lazo familiar. Las peleas de familia son reconciliaciones después”. Debemos aprender a ver al oponente político como a uno de casa, uno de los nuestros aunque de distintas tendencias partidistas. Aquí nuestro papa nos lanza unas cuestiones fundamentales: “¿Amamos nuestra sociedad o sigue siendo algo lejano, algo anónimo, que no nos involucra, no nos mete, no nos compromete? ¿Amamos nuestro país, la comunidad que estamos intentando construir? ¿La amamos sólo en los conceptos disertados, en el mundo de las ideas?”. La respuesta es la gran clave.
            Si realmente amamos nuestra sociedad, debemos preocuparnos por sembrar en el corazón de las personas, como lo hace la familia verdadera, “los valores fundamentales del amor, la fraternidad y el respeto mutuo, que se traducen en valores sociales esenciales, y son la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad”. Estas claves forman el centro del contenido de su discurso. “En el ámbito social, esto supone asumir que la gratuidad no es complemento sino requisito necesario para la justicia”. Esto es la base de toda economía de justicia social.
            Dice el papa que “de la fraternidad vivida en la familia, nace ese segundo valor, la solidaridad en la sociedad, que no consiste únicamente en dar al necesitado, sino en ser responsables los unos de los otros. Si vemos en el otro a un hermano, nadie puede quedar excluido, nadie puede quedar apartado”. La inclusión social parece ser una constante en la predicación de nuestro Francisco. “Por último, el respeto del otro que se aprende en la familia se traduce en el ámbito social en la subsidiariedad”.
            Realmente, este discurso es una lección de la visión cristiana de la política que todos deberíamos recibir y asumir. Pero, podemos añadir otro de sus discursos más iluminadores, esta vez dirigido a la sociedad civil de Paraguay. Lo construye respondiendo a las inquietudes que les han hecho llegar anteriormente, de ahí reflexiona el tema de la sociedad fraterna y la verdadera felicidad para responder a las interrogantes de la juventud paraguaya. El tema del verdadero diálogo y la cultura del encuentro que nos lleva, desde el conflicto que debemos enfrentar, hacia la comunión. El tercer tema tratado es la acogida del clamor de los pobres para construir una sociedad más inclusiva. En este último tema denuncia el mal de las ideologías: “Las ideologías terminan mal, no sirven”, dice el papa categóricamente. El cuarto tema trata de “una economía con rostro humano”. Finaliza con la cultura, especialmente, “la cultura de los pueblos, de los pueblos originarios, de las diversas etnias. Una cultura que me atrevería a llamar – pero en el buen sentido – una cultura popular”.
            Ésta es otra de sus extraordinarias enseñanzas sobre la visión cristiana de la política. Afirmaciones como éstas: “Un pueblo que vive en la inercia de la aceptación pasiva, es un pueblo muerto”, por el contrario, este pueblo debe despertar e inquietar los espíritus latinoamericanos. Igual que este texto que llena de fe y esperanza comprometidas, moviliza hacia una auténtica acción política: “Dios siempre está a favor de todo lo que ayude a levantar, mejorar, la vida de sus hijos. Hay cosas que están mal, sí. Hay situaciones injustas, sí. Pero verlos y sentirlos me ayuda a renovar la esperanza en el Señor que sigue actuando en medio de su gente”. Por eso, insisto, nos conviene escuchar al papa Francisco, interiorizar sus palabras y practicarlas. Nos hace mucho bien.
            La lucha de los jóvenes es “hacer que la sociedad sea un ámbito de fraternidad, de justicia, de paz y dignidad para todos”. Porque la “verdadera felicidad pasa por la lucha de un país fraterno… La felicidad exige compromiso y entrega”. Por otro lado, nos habla del diálogo auténtico, no del “diálogo-teatro” como califica el papa al falso diálogo. La clave del verdadero diálogo es que nadie pierda su identidad. Nadie debe dejar de ser él mismo para escuchar al otro y hablarle con sinceridad. Pero, la cuestión es no despreciar la base fundamental que nos une, la identidad común, “el amor a la patria”. Aclara: “La patria primero, después mi negocio. ¡La patria primero! Esa es la identidad. Entonces, yo, desde esa identidad, voy a dialogar. Si yo voy a dialogar sin esa identidad el diálogo no sirve. Además, el diálogo presupone y nos exige buscar esa cultura del encuentro. Es decir, un encuentro que sabe reconocer que la diversidad no solo es buena, es necesaria… El diálogo es para el bien común, y el bien común se busca, desde nuestras diferencias, dándole posibilidad siempre a nuevas alternativas”.
            En este sentido, trata el papa un tema muy sensible para los políticos, “acoger el clamor de los pobres para construir una sociedad más inclusiva”. En relación a esto, digo yo, tenemos que desmontar el populismo, las ideologías que utilizan a los pobres como banderas para engañar y ostentar el poder. Por eso, el papa es categórico en sentenciar que “las ideologías terminan mal, no sirven. Las ideologías tienen una relación o incompleta o enferma o mala con el pueblo. Las ideologías no asumen al pueblo. Por eso, fíjense en el siglo pasado. ¿En qué terminaron las ideologías? En dictaduras, siempre, siempre. Piensan por el pueblo, no dejan pensar al pueblo”. Concluye que debemos “respetar al pobre. No usarlo como objeto para lavar nuestras culpas. Aprender de los pobres, con lo que dije, con las cosas que tienen, con los valores que tienen. Y los cristianos tenemos ese motivo, que son la carne de Jesús”.
            Apuesta nuestro Francisco por una economía en función de la persona y no del dinero, esto es “una economía con rostro humano”. Finalmente, responde a la inquietud sobre la cultura del pueblo. Y, con la espontaneidad que lo caracteriza, antes de su bendición, advirtió que no pensemos que el papa dijo eso para “fulano”, para uno o para otros, nos ha hablado a cada uno de nosotros, lo ha dicho para ti y para mí: “¿El papa a quién le dijo eso? A mí. Cada uno, quien sea: A mí”. Escuchemos al papa Francisco que nos habla de corazón a nuestro corazón.
            Maracaibo, 12 de julio de 2015

viernes, 10 de julio de 2015

Una Iglesia Profética

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 30
XIV Domingo Ordinario 
            Mons. Ovidio Pérez Morales describe a la Iglesia que se quiere construir desde el Concilio Plenario de Venezuela (CPV) con estas notas renovadoras: Comunional, Solidaria, Profética, Santa, Misionera, Formadora, Inculturada y Dialogante. Esto nos ayuda a enfocar nuestra pastoral, como lo enseña el Cardenal Carlos María Martini (Para vivir la Palabra, Madrid 2000), en tres puntos fundamentales: la primacía de la Palabra, la centralidad de la Eucaristía y la urgente vivencia de la Caridad. Pero la acción de la Iglesia no se fragmenta, la Iglesia comunión nace del anuncio profético de la Palabra de Dios y se expresa sacramentalmente en la Eucaristía que se vive en la Caridad. Toda la existencia cristiana es una prolongación de la Eucaristía.
            Así se proyectan los documentos de nuestro Concilio Plenario, que Mons. Pérez Morales los agrupa desde seis dimensiones: anuncio, catequesis, liturgia, comunidad, nueva sociedad y diálogo. A mi parecer, los tres primeros documentos son pilares que fundamentan  la vida de la Iglesia en Venezuela: una Iglesia Profética (La Proclamación Profética del Evangelio de Jesucristo en Venezuela – PPEV), una Iglesia Comunión (La Comunión en la Vida de la Iglesia en Venezuela – CVI) y una Iglesia Servidora-Dialogante (La Contribución de la Iglesia a la Gestación de una Nueva Sociedad – CIGNS). Una Iglesia así, puede responder a su misión en la catequesis, la vida consagrada, la vida de los ministros ordenados, la vida de los laicos, la liturgia, las diferentes instancias de comunión y participación, al diálogo ecuménico; a las pastorales vocacional, juvenil, de educación, de los medios de comunicación y de la familia, y a la evangelización de la cultura.
            Pero, ante el pueblo venezolano, en el CPV, la Iglesia quiere ser profeta. Este es su primer desafío: “A la Iglesia en Venezuela se le exige una proclamación decidida y profética de la Buena Noticia de la Salvación que genere conversión y vida coherente con el Evangelio, que renueve la vocación misionera de todo bautizado y aliente su compromiso para transformar la realidad” (PPEV 103). Esta no es una tarea fácil, en medio de un pueblo en plena crisis socio-política, consecuencias de graves errores y pecados. La Iglesia denuncia, entre otras cosas, que “la realidad social que se ha venido gestando y reforzando en esta época, y en la que estamos inmersos, está lejos del ideal evangélico. De hecho, se da un deterioro en todos los planos. Cada vez son más los excluidos de los beneficios que el progreso está llamado a crear y multiplicar. La globalización de la economía produce la globalización de la injusticia social. Son evidentes las inmensas deficiencias y desigualdades en las oportunidades que tienen personas e instituciones sociales en este ámbito. Así como hay una minoría de personas que lleva una vida refinada y suntuosa, las grandes mayorías están condenadas, aun antes de nacer, a quedar fuera del banquete de la vida” (PPEV 28).
            Al tema de la dimensión profética de la Iglesia va dirigida la presente reflexión, apoyándome en este primer documento del CPV. Sabemos por la experiencia de los profetas de la antigua Alianza y por la propia persona profética de Jesús, que esta misión no es fácil, porta consigo una vida profundamente conflictiva. Porque la reacción de quienes no aceptan el mensaje que interpela y llama a la conversión, es muchas veces violenta. El mismo Jesús lamenta que los profetas son rechazados incluso por su pueblo y su propia familia (cf. Lc 4,24; Mt 13,57; Mc 6,4).
            El profeta no es quien adivina el futuro. Sin embargo, es una persona con una profunda capacidad de conocer la realidad de su pueblo y de interpretarla a la luz del designio de Dios. Con una mirada limpia a los más grandes acontecimientos de su pueblo, puede prevenir un futuro que es positivo si el comportamiento de los protagonistas es coherente a la voluntad de Dios y fiel a la Alianza, o negativo cuando se actúa en el pecado, en la maldad, en contra de la dignidad de la persona humana, cuando se vive en la violencia y se responde a otras voluntades, convirtiendo en dioses al poder, a las riquezas o a los placeres
En este mismo sentido, el documento de Puebla es iluminador: “En la fuerza de la consagración mesiánica del bautizado, el pueblo de Dios es enviado a servir al crecimiento del Reino en los demás pueblos. Se le envía como pueblo profético que anuncia el Evangelio o discierne las voces del Señor en la historia. Anuncia dónde se manifiesta la presencia de su Espíritu. Denuncia dónde opera el misterio de iniquidad, mediante hechos y estructuras que impiden una participación más fraternal en la construcción de la sociedad y en el goce de los bienes que Dios creó para todos” (Puebla 267).
            Los relatos vocacionales que los mismos profetas de la Antigua Alianza nos brindan con sus escritos son los que nos indican las cualidades de un profeta. La misión de profeta no se adquiere como profesión, por elección propia. Nadie elige ser profeta, el profeta lo es por vocación divina. Es Dios quien elige a sus profetas y es el mismo Señor quien le da las gracias que necesitan para cumplir tan difícil misión. Este llamado es iniciativa de Dios, la respuesta libre es una entrega de fe, confianza que transforma totalmente su vida y se convierte en un enviado (misionero). Claro que la respuesta es libre, pero el llamado es insistente, no acepta excusas. Por ejemplo, a la objeción de Jeremías de que es apenas un muchacho y no sabe expresarse bien (cf. Jr 1,6), el Señor le responde: “No digas que eres muy joven. Tú irás a donde yo te mande, y dirás lo que yo te ordene” (Jr 1,7). Porque la tarea del profeta no es propia, es el mensaje de Dios el que debe anunciar al pueblo. El profeta es quien habla en nombre de Dios. Por él, el Señor vive en continua comunicación con su pueblo, es su guía, es su compañero de camino, es su orientador y es quien lo corrige y lo prueba.
            El profeta es un servidor público. Está entregado al servicio del pueblo. Por eso tiene un profundo conocimiento de todo lo que es el pueblo, sus aspiraciones, sus necesidades, sus ilusiones, sus aciertos y sus errores, su manera de concebir la vida social, sus costumbres y tradiciones, sus creencias y sus sueños más profundos. Nada de lo que es humano le es indiferente. La experiencia de Dios y todo lo que Éste quiere para su pueblo debe proclamarlo con el lenguaje del pueblo. El profeta, pues, se da al pueblo, aun cuando éste sea muy hostil. A Ezequiel, por ejemplo, dice Dios: “Hijo del hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde, que se ha sublevado contra mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy. También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envío para que les comuniques mis palabras. Y ellos, te escuchen o no, porque son una raza rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos” (Ez 2,3-5).
            El profeta es un servidor de la Palabra de Dios. Por eso es un místico, una persona profundamente espiritual, en contacto íntimo con Dios, es primeramente un oyente de la Palabra comunicada por el Señor. Como Isaías, que todas las mañana está atento para escuchar dócilmente al Señor que lo instruye (cf. Is 50,4-5). Muchas veces esa Palabra es dulce y consuela (cf. Is 51). Pero, otras veces pega a la conciencia: “La Palabra de Dios tiene vida y poder. Es más cortante que cualquier espada de doble filo, penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreo 4,12). Como dice Isaías: “Convirtió mi lengua es espada afilada, me escondió bajo el amparo de su mano, me convirtió en una flecha aguda y me guardó en su aljaba” (Is 49,2).
            Es que cuando la Palabra de Dios se encuentra con la situación humana, el error y el pecado quedan al descubierto y se produce el conflicto. Por eso, el profeta no es querido, su presencia y su misión es incómoda, acusa la conciencia y provoca el disgusto. Pero no es eso lo que busca el profeta, él quiere que el pueblo se convierta y vuelva a Dios. Aquí la experiencia del profeta campesino Amós es emblemático: “Amasía, sacerdote de Betel, mandó a decir a Jeroboam, rey de Israel: ‘Amós anda entre la gente de Israel, conspirando contra Su Majestad. El país ya no puede soportar que siga hablando…’. Luego,  Amasía le ordenó a Amós: ‘¡Largo de aquí, profeta! Si quieres ganarte la vida profetizando, vete a Judá; pero no profetices más en Betel, porque es santuario del rey y templo principal del reino’. Pero Amós le contestó: ‘Yo no soy profeta, ni pretendo serlo. Me gano la vida cuidando ovejas y cosechando higos silvestres, pero el Señor me quitó de andar cuidando ovejas, y me dijo: ‘Ve y habla en mi nombre a mi pueblo Israel’. Por lo tanto, oye la Palabra del Señor” (Amós 7,10-16).
            Amós, como todos los profetas, habla fuerte, denuncia la situación inhumana porque es contraria a la voluntad de Dios: “Oigan esto, ustedes que oprimen a los humildes y arruinan a los pobres del país” (Amós 8,4). Por cierto, uno de las tentaciones de un profeta es el miedo y la seducción del poder. Los poderosos atacan, amenazan, pero, muchas veces seducen queriendo ganarse al profeta para que se ponga a su servicio. Pero, un verdadero profeta obedece y confía en el Dios verdadero. Esta fue, por ejemplo, la experiencia de Amós. La Iglesia venezolana, por su parte, confiesa “que, en no pocos casos, hemos perdido la mordiente profética de nuestra fe. Hemos perdido empuje y no nos dejamos llevar suficientemente por la fuerza transformadora y vigorosa del Evangelio. Muchas veces Cristo no ha sido el centro de la predicación. No siempre hemos hablado debidamente. No siempre hemos dado testimonio, con la vida de cada día, de lo que predicamos. Más bien hay signo de que, a veces, nos hemos plegado al materialismo y al consumo dominante. Hay ruptura entre fe y vida” (PPEV 27). También, a veces, hay quienes, por miedo o conveniencia, prefieren convertirse en defensores del régimen de turno.
            Jesús es el Profeta. Él es el ungido por el Espíritu Santo y el enviado por el Padre, el Evangelio de Dios para los pobres. Proclama la liberación a los oprimidos y centra su predicación en el Reino de Dios. Aún más, Él es la Profecía. Aquél de quien profetizaban los profetas (cf. Lc 4,16-22). El Profeta que tenía que venir, a quien el Bautista anunció ya presente en medio de los hombres. Como lo afirma la Iglesia, “a las palabras Jesús unió los hechos: acciones maravillosas y actitudes sorprendentes que muestran que el Reino anunciado ya está presente, que Él es el signo eficaz de la nueva presencia de Dios en la historia, que es el portador del poder transformante de Dios, que su presencia desenmascara al maligno, que el amor de Dios redime al mundo y alborea ya un hombre nuevo en un mundo nuevo” (Puebla 191).
            Debemos tener mucho cuidado al tratar de identificar a Jesús como un profeta como los demás. De hecho, algunos creían que era Juan el Bautista, Elías, Jeremías a algún otro profeta (cf. 16,14). Pero Jesús, como lo confiesa Pedro, es el Mesías, el Hijo de Dios vivo (cf. Mt 16,16). Sin embargo, Jesús se presenta con un mensaje específico, el Reino de Dios, con un llamado a la conversión, con una pastoral de salida, peregrino constante, testimoniando la verdad que predica, con un programa existencial concreto y apasionante. Jesús es un Profeta de excepción, que llama a construir comunidad y a seguir sus pasos. Ese talante de Profeta es vivido hasta las últimas consecuencias, hasta dar la vida en la cruz y realizar ahí la esperanza liberadora del pueblo.
Jesús es el Hijo que revela al Padre, el Mesías liberador que colma la esperanza del pueblo, el Profeta que realiza la promesa anunciada por los profetas, el Mártir que habla de vida desde la cruz y triunfa en la resurrección. La existencia de Jesús es definida en el Amor y así también quiere que nos identifiquemos sus seguidores. Es un servidor entregado, no se reserva nada, muere amando hasta a sus mismos verdugos. La reconciliación que vino a realizar la hizo desde la ofrenda de su vida, por eso muere perdonando. Es el Profeta que da vida (en abundancia) dando la suya. La resurrección es la respuesta definitiva, la manifestación de su Reino.
Para la Iglesia Latinoamericana, en la IV Conferencia en Santo Domingo, Jesucristo es el Evangelio del Padre, “el centro del designio amoroso de Dios” (Santo Domingo 3). Además, Jesucristo es el evangelizador viviente en su Iglesia: “Toda evangelización parte del mandato de Cristo a sus apóstoles y sucesores, se desarrolla en la comunidad de los bautizados, en el seno de comunidades vivas que comparten su fe, y se orientan a fortalecer la vida de adopción filial en Cristo, que se expresa principalmente en el amor fraterno” (Santo Domingo 23). Aún más, Jesucristo es la misma vida y esperanza de nuestros pueblos, “Él nos da la vida que deseamos comunicar plenamente a nuestros pueblos para que tengan todos un espíritu de solidaridad, reconciliación y esperanza” (Santo Domingo 288). Así entiende la Iglesia su misión profética.
El CPV busca renovar su misión de evangelizadora y profética en esta Venezuela del siglo XXI. En su primer documento concentra se atención en cuatros puntos esenciales. Primero, el principio fundamental es que Jesucristo es la respuesta a las interrogantes y aspiraciones de los seres humanos. Es una misión al servicio de la salvación de las personas humanas. A ellas es anunciado Cristo como modelo de vida auténtica. La Iglesia desea que la humanidad acepte y viva el proyecto del Evangelio.
Como segundo punto, la fe encarnada en las culturas. Ciertamente, desde el Concilio Vaticano II, con un impulso extraordinario de Pablo VI y su Evangelii nuntiandi, asumida por las Conferencias de la Iglesia Latinoamericana, la evangelización de las culturas forman parte principal de la misión. Para nuestro concilio venezolano, “incultura es insertar la fe cristiana en el alma de una cultura para que sea asimilada y re-expresada por esas culturas de modo propio y original y se convierta en una dimensión fundamental de su vida y de su pensamiento. La evangelización busca que la fe cristiana sea fermento que ponga en crisis, dinamice y oriente las culturas a las que se anuncia el Evangelio” (PPEV 97).
Un tercer punto, la religiosidad popular a la que hay que enriquecer más con el mensaje del Evangelio. Y, por último, la vocación misionera de la Universidad, con los criterios indicadores de Juan Pablo II en la Ex corde ecclesiae.
            Maracaibo, 5 de julio de 2015

martes, 30 de junio de 2015

Dios ante el Sufrimiento Humano

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 29
XIII Domingo Ordinario

            Siempre me ha sido difícil acercarme a un enfermo o a alguien que sufre la muerte de un ser querido. Las palabras me salen con dificultad y, muchas veces, me siento tonto cuando repito lo mismo que dicen los demás. Se supone que debo consolar y, pienso, que más bien causo mayor dolor, como si al hablar lastimara la herida. Una vez una joven señora a quien visité porque había muerto su bebe recién nacido me dijo: “Por favor, padre, no me diga que deje de llorar, porque todos me dicen lo mismo”. Me quedé sentado frente a ella sin saber que decir. Pareciera que me impedía hablar porque decía lo que ella estaba cansada de escuchar: “Esa fue la voluntad de Dios”. Eso suelen decirles también a los enfermos. Y, confieso con humildad, no acepto cómo mi Dios amor, infinitamente misericordioso, quiere la enfermedad y la muerte de un hermano.
            La misma Palabra de Dios es la que me responde: “Pues, Dios no hizo la muerte ni se alegra destruyendo a los seres vivientes. Todo lo creó para que existiera; lo que el mundo produce es saludable, y en ello no hay veneno mortal; la muerte no reina en la tierra, porque la justicia es inmortal” (Sabiduría 1,13-15). Repite, “Dios creó al hombre para que no muriera, y lo hizo a imagen de su propio ser, sin embargo, por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo” (Sabiduría 2,23-24). Así, pues, no es la voluntad de Dios, sino del diablo. San Pablo afirma que por el pecado vino la muerte (cf. Rom 5,12). Es decir, todo sufrimiento es causado por los errores y pecados de los seres humanos.
            Entonces, ¿cómo podemos aceptar el sufrimiento de los inocentes? Como dijo una vez el papa Francisco, esa es la pregunta para la que no tenemos respuesta. No obstante, cuando toda la humanidad se ve atrapada a la merced del mal, producto del pecado, Dios planifica el rescate e irrumpe en la historia para realizar su designio de salvación. La respuesta de Dios es su presencia salvadora, porque su designio de amor es que el ser humano viva y se desarrolle en este mundo hacia la eternidad.
            Esta salud que brinda el Señor a la persona humana es integral, cuerpo y alma. Como lo enseña el Vaticano II: “Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad” (Gaudium et spes 3). Por eso Jesús, al acercarse al enfermo con solicitud, lo sana totalmente comenzando por el perdón de sus pecados, porque éstos son las verdaderas causas de todo sufrimiento. Por ejemplo, el encuentro con el paralítico (cf. Lc 5,17-26), lo primero que hace Jesús es perdonarle sus pecados y, como confirmación de esta liberación, el hombre se levantó y salió caminando. Estos hechos amorosos de sanación tienen siempre, los elementos salvíficos de la fe, el perdón y la salud que se convierten en signos del Reino de Dios (cf. Mt 12,28).
            Jesús nos revela a un Dios que no dice nada sobre el sufrimiento y la muerte, sino que lo asume y lo vive. No vamos a encontrar en el Evangelio una explicación, más bien nos presenta la acción salvífica del Dios encarnado que toma para sí todos los pecados y sufre sus consecuencias. Jesús es el siervo sufriente (cf. Is 52,13-53,12) que se hace camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6), para que podamos seguirlo y, por la vía del amor extremo del sacrificio de la cruz, podamos trascender y superar el mundo del sufrimiento, hacia la resurrección.
            Nuestra fe nos expresa que más allá del dolor y la muerte está la vida que es abundante, eterna. Antes de partir a la gloria del Padre, el Hijo nos prometió que nos prepararía lugar para nosotros en la casa de la comunión trinitaria. Es que, al no aceptar que el humano muera, lo arranca de la muerte y lo lleva a vivir con Él eternamente. Ahí ya no hay dolor ni enfermedad que nos atormenten. Lo que nosotros llamamos muerte es, en realidad, la liberación definitiva del pecado y sus consecuencias. Como dice San Alberto Hurtado, el encuentro con la verdad que nos libera y nos hace felices.
            Maracaibo, 28 de junio de 2015

viernes, 19 de junio de 2015

La Iglesia servidora de Venezuela


Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 28
XII Domingo Ordinario
            Jesús nos brinda con su persona y su Evangelio un proyecto de vida que abarca todas las dimensiones humanas y se fundamenta en el amor que él nos propone como un novedoso mandamiento. Es San Pablo quien interpreta que el amor de Cristo se ha apoderado de nosotros desde que fuimos testigos de cómo nos amó hasta la entrega de su existencia en la cruz (cf. 2Cor 5,14). Esta es la novedad del mandamiento de Jesús: “Así como yo los amo, así deben amarse ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34). En este sentido, la Iglesia que peregrina y sirve en Venezuela, en su Concilio Plenario nos enseña que “la caridad es el amor cristiano, teologal, desinteresado, que viene de Dios y nos une a él. Es el alma de la solidaridad y de toda acción de servicio a la fraternidad, la justicia y la paz”. Me refiero al extraordinario documento de titulo largo: “La Contribución de la Iglesia a la Gestación de una Nueva Sociedad” (CIGNS), queriendo decir que la Iglesia trabaja con grandes esfuerzos para transformar nuestra sociedad con la novedad de los valores del Evangelio de Jesús.
            Quiero orientar mi reflexión en los temas que, a mi juicio, son los más relevantes de este tercer documento del acontecimiento eclesial del siglo XXI, que lamentablemente no lo hemos acogido como se merece, el Concilio Plenario de Venezuela (CPV). Inaugurado el 26 de noviembre de 2000 y concluido el 7 de octubre de 2006. Se puede decir que es un acontecimiento en medio de una sociedad sacudida por fuertes vientos tormentosos, políticos y sociales, donde la Iglesia hace presenta a Jesús que nos acompaña solidariamente con su gracia y nos reclama mayor profundidad de fe para poder, con la fuerza del Espíritu Santo, renovar a Venezuela y levantarnos en la defensa del bien de todos, hacia la libertad (cf. Mc 4,35-41).
            Creo que el reto principal está expresado con estos términos: “Urge definir cuál debe ser la presencia y el compromiso cristiano en el vasto campo de la cultura, entendida ésta como horizonte general de la actividad humana, es decir, no sólo como expresión artística, sino como los diversos aspectos del quehacer humanizante de las personas y de los pueblos en los ámbitos jurídicos, políticos, económicos, sociales, familiar, artístico” (CIGNS 4). Se concreta en cuatro de ellos como núcleos problemáticos: lo económico, lo social, lo político y lo ético-cultural. Después de hacer un análisis de la realidad (una mirada pastora de la situación de Venezuela en estos cuatro ámbitos), nos presenta una iluminación teológico-pastoral. A esta visión teológica es a la que quiero referirme, completándola con algunos desafíos y sus respuestas comprometedoras.
            Como lo indiqué al principio, en la Persona y el Evangelio de Jesucristo es donde se fundamenta la vida y la misión de la Iglesia al servicio de nuestro pueblo con el deseo de acompañar a todos aquellos que quieran, con sincera entrega, contribuir a la gestación de una nueva sociedad para la Venezuela de hoy. Como para Jesucristo, también para la Iglesia el Reino de Dios es el centro de la evangelización. Aunque sabe que el Reino de Dios trasciende la historia humana, la Iglesia la recibe como misión y vocación, cada una de sus acciones y de sus predicaciones tiene el objetivo de construirlo en este mundo. Dios debe reinar en el aquí concreto de nuestra sociedad.
            Nuestro documento enseña que el paso importante de los cristianos es la conversión para acercarse a Jesús, seguirle y asumir su causa, la causa del Reino. Luego, sumergido en la vivencia de historia de salvación, trabajar constantemente para liberar al pueblo del individualismo egoísta, de la corrupción del pecado, para vivir el ideal de la comunión como expresión del Reino de Dios.
Con el numeral 76 concluye el primer punto sobre Jesucristo y el Reino de Dios, para entrar en el tema esencial del documento, la nueva sociedad: “La Palabra de Dios y el magisterio eclesiástico reciente arrojan luces para determinar la naturaleza y la especificidad de la acción evangelizadora y sus correspondientes aportes a la gestación de una nueva sociedad. La implementación de respuestas acertadas a la nueva situación nos llevará al compromiso, personal y comunitario, de transformar el orden social, comenzando por nuestros propios ambientes, y manifestando claramente la voluntad inequívoca de acercarnos al Reino de Dios”.
Es decir, el compromiso socio-político del cristiano de construir una nueva sociedad, es un mandato evangélico. De ahí que el documento nos ofrece un segundo punto sobre las exigencias del amor. Es que “todos los miembros de la Iglesia estamos llamados a unirnos e interesarnos cada día más por lo social, porque este es un campo de la actividad humana, y nada de lo humano es indiferente a la Iglesia” (CIGNS 82). La fe debe hacerse notar en el amor – ámense como yo los he amado, así sabrán que son mis discípulos – que se vive encarnado en nuestra realidad concreta, con la solidaridad, la lucha por la paz y la justicia: “El compromiso solidario de la Iglesia con los pobres, con los marginados, con los oprimidos, con los débiles, con los tristes, con aquellos cuyos derechos han sido violados o amenazados, es también motivación, invitación y argumento para la fe del mundo en Cristo” (CIGNS 81).
El tercer punto, la opción por los pobres, como exigencia del amor y consecuencia de una auténtica evangelización. A continuación, hace una excelente reflexión sobre la persona humana y la sociedad teniéndolos como principios de su doctrina social. Me permito cerrar esta reflexión con el texto de compromiso a servicio de la nueva sociedad para nuestro pueblo: “Construir una nueva sociedad implica, en primer lugar, tener claro que todo lo que se plantea como objetivo o ideal de sociedad debe ser viable, aunque sea difícil lograrlo. En segundo lugar, implica buscar pistas propias, con cierta originalidad, rechazando la mera imitación, sin que esto signifique alejarnos de nuestra larga tradición eclesial y de nuestro propio pasado histórico. En tercer lugar, debemos señalar que son los laicos quienes deben asumir como propio de su condición la construcción de esta nueva sociedad, en unión con los pastores, que están llamados, a su vez, a iluminar, instruir y motivar” (CIGNS 91).
Toda esta enseñanza abre desafíos muy importantes: la formación de la doctrina social de la Iglesia que nos brinda los principios de reflexión, los criterios de juicios y las directrices de acción. Desde donde la Iglesia ejerce su vocación profética, que anuncia, denuncia y construye. A mi juicio, dos desafíos son de una necesidad apremiante en la actualidad: “Concretar la solidaridad cristiana y defender y promover la paz y los derechos humanos ante las frecuentes violaciones de los mismos” (CIGNS 137). El otro es: “Ayudar a construir y consolidar la democracia, promoviendo la participación y organización ciudadana, así como el fortalecimiento de la sociedad civil” (CIGNS 153).
            Maracaibo, 21 de junio de 2015

viernes, 12 de junio de 2015

Una Nueva Sociedad

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 27
XI Domingo Ordinario
            Sembrar la Palabra de Dios en el corazón de cada ser humano produce el maravilloso fruto de una persona nueva, según el modelo de Cristo Jesús, para la construcción de una nueva sociedad que tiene su plena realización en el reinado de Dios. Esta tarea es una de las más queridas por la Iglesia Latinoamericana e integrada en la misión evangelizadora. Ciertamente, anunciar el Evangelio de Jesús nos compromete en la construcción de una sociedad distinta, donde se viva la novedad de sus valores fundamentales de la vida, la verdad, la justicia, la paz. Una sociedad de amor fraterno: “El Espíritu del Señor impulsa al Pueblo de Dios en la historia a discernir los signos de los tiempos y a descubrir en los más profundos anhelos y problemas de los seres humanos, el plan de Dios sobre la vocación del hombre en la construcción de la Sociedad, para hacerla más humana, justa y fraterna” (Puebla 1128).
            Esta tarea a la que estamos todos comprometidos, supone una visión cristiana de la persona humana que parte por aceptar que la tierra entera es una casa pequeña donde convivimos todos y, so pena de negarnos nuestro progreso personal, no podemos excluir a nadie. Más que vivir, convivimos. Es nuestro deber reconocer que cada ser humano es un hijo de Dios y formamos una sola familia. En esta reflexión seguimos a la constitución Gaudium et spes del Vaticano II que opta por un humanismo integral, donde se contempla al ser humano en su justo valor frente a Dios y al mundo. Reafirmando su propia identidad, la persona humana se reconoce con vocación comunional. Que la sociedad no es un montón de seres y cosas anónimas, sino que es una comunidad de personas libres y responsables, organizadas para convivir en el respeto y servicio.
            El capítulo segundo de la constitución conciliar, iluminando sus enseñanzas con la revelación divina, nos habla ampliamente del sentido de la comunidad humana, donde encontramos las principales características de una sociedad nueva que no es sino la vivencia de lo que debe ser una verdadera comunidad. Es verdad que los progresos técnicos y científicos han facilitado la comunicación y la interrelación de los seres humanos y los pueblos. Sin embargo, debemos dar un gigante salto hacia lo que nuestra constitución califica como “la perfección del coloquio fraterno” (Gaudium et spes 23) que trasciende hacia la hondura de una comunidad de personas que se respetan y se aman: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et spes 24).
            Una de estas características es la interdependencia entre las personas y la sociedad. Recuerdo un afiche de los años setenta del siglo pasado donde presentaba la imagen de un joven cargando sobre su espalda a otro sin piernas, con un escrito que rezaba: “No es una carga, es mi hermano”. Es, pues, uno de esos testimonios más elocuentes que un discurso. En este sentido, dice la Iglesia, que “la vida social no es para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación” (Gaudium et spes 25). No hay dudas, para vivir feliz y con dignidad, nos necesitamos.
            Este es el significado del principio del bien común, que se descubre no porque lo estudiamos o porque lo deducimos de la lógica, sino porque lo experimentamos al aceptar a los demás con sus derechos. Especialmente, cuando Jesús nos lo presenta con sus obras y sus palabras. Para Él, hacer el bien está por encima de cualquier culto o tradición: “¿Qué está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?” (Lc 6,9). Este es el sentido: “El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al contrario. El mismo Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado… Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una renovación de los espíritus y a profundas reformas de la sociedad (Gaudium et spes 26).
            Quiero destacar dos valores más que hoy es sumamente necesario interiorizar y practicar, para la construcción de la nueva sociedad que queremos. En primer lugar, el respeto y amor a los adversarios. Para su comprensión, basta leer el numeral 28 de la Gaudium et spes que sentencia: “Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo”. En esto Jesús es radical: Amen también a sus enemigos, hagan el bien también a los que los odian (cf. Mt 5,43-44). Recuerdo haber leído del pensador francés Emmanuel Mounier que el secreto de un político cristiano es descubrir dónde está el hermano para servirle con amor, no dónde está el enemigo para atacarlo. Refiriéndose a la parábola del “buen samaritano” (cf. Lc 10,25-37).
            El otro es la responsabilidad en correlación con la participación. He predicado muchas veces a futuros profesionales que no podemos darnos el lujo de ser mediocres, incompetentes, irresponsables ni deshonestos. Nuestra sociedad es vieja, caduca e inhumana, porque la falta de un compromiso social responsable, competente y honesto nos destruye como personas humanas. La sociedad se renueva con la participación responsable de cada uno.
El texto con el cual termino esta reflexión goza de mi más grata preferencia: “No puede llegarse a este sentido de la responsabilidad si no se facilitan al hombre condiciones de vida que le permitan tener conciencia de su propia dignidad y respondan a su vocación, entregándose a Dios y a los demás. La libertad humana con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema necesidad, de la misma manera que se envilece cuando el hombre, satisfecho por una vida demasiado fácil, se encierra como en una dorada soledad. Por el contrario, la libertad se vigoriza cuando el hombre acepta las inevitables obligaciones de la vida social, toma sobre sí las multiformes exigencias de la convivencia humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive” (Gaudium et spes 31).
            Maracaibo, 14 de junio de 2015

jueves, 4 de junio de 2015

La Eucaristía, Sacramento de Comunión


Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 26
Solemnidad de Corpus Christi
            La comunión se fundamenta en el amor. Es decir, el amor se expresa en una interrelación íntima de personas que conviven, comparten y participan de intereses comunes, manteniendo intacta la identidad de cada persona. Donde cada una se valora y sabe que sus valores están al servicio de todos. A la vez, cada persona valora a las demás y se sabe necesitada de ellas. Se necesitan mutuamente. El amor es comunión de vidas que se entregan unas al servicio de otras. Así es Dios, Trinidad santa, comunión de personas divinas en la perfecta unidad del conocimiento y del amor. Es este el Dios que creó el mundo en la armonía que revela su belleza y bondad. Y, en este mundo creó al ser humano en el amor y la libertad, en la vocación de relación comunional, con Dios, con los otros humanos y con las demás criaturas.
El ser humano es creado en una digna participación de la divinidad de su Creador que lo hizo a su imagen y semejanza. Convivimos con Dios. Nuestra fuente de existencia es la comunión con nuestro Creador. Lo humano y lo divino nos construye en la gracia y la bondad. Esta relación comunional con Dios es de amor filial. Dios es Padre nuestro. Por eso, la comunión interhumana se identifica con la fraternidad y nace de la comunión Padre-hijos. Es decir, porque Dios es nuestro Padre, todos los humanos somos hermanos. Como lo enseña el Magisterio de la Iglesia latinoamericana, “al hacer el mundo, Dios creó a los hombres para que participáramos en esa comunidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unigénito en el Espíritu Santo” (Puebla 182).
Esta comunión de Dios y de la humanidad tiene su lenguaje, se expresa en signos sacramentales que esconden y revelan el misterio de amor. Son los Sacramentos por donde Dios comunica su gracia y nos permite encontrarlo. Donde Dios viene a nuestro encuentro y entra a vivir en nosotros y nos invita a salir para recibirlo en comunión. El Sacramento por antonomasia es Jesucristo, “Él es imagen del Dios invisible” (Col 1,15). Al seguir a Jesucristo, nos encontramos con el Padre y recibimos el Espíritu Santo. Y la Iglesia es el sacramento del amor comunional de Dios, Trinidad santa: “Cristo, que asciende al Padre y se oculta a los ojos de la humanidad, continua evangelizando visiblemente a través de la Iglesia, sacramento de comunión de los hombres en el único pueblo de Dios, peregrino en la historia. Para ello, Cristo le envía su Espíritu, quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de la conciencia hace aceptar y comprender la palabra de salvación” (Puebla 220).
En la historia de la salvación, el Hijo se encarna y se hace comunión con la humanidad. Lo Eterno y lo histórico, lo Divino y lo humano, conviven unidos en la Persona de Jesucristo. Desde entonces, el mundo y la humanidad están colmados de Dios. Todo nos habla un Dios que nos ama y nos quiere unidos. La comunión entre nosotros y todos con Él, es la realización plena de la historia, su plenitud. El Padre viene a comulgar con nosotros por el Hijo encarnado, en el Espíritu Santo, vínculo de amor.
Y, para que este encuentro comunional se renueve constantemente a lo largo de la historia, nos ha regalado el don de la gracia por medio de los sacramentos. Así llega Dios a nuestro corazón y nos transforma. Lo resumimos con el teólogo napolitano Bruno Forte: “Si Cristo es el sacramento de Dios y la Iglesia es el sacramento de Cristo, los sacramentos son las realización más intensas del encuentro con Dios en la Iglesia, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu… Cada uno de los sacramentos despierta y enriquece nuestra relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo y que todo itinerario sacramental hace que el Dios vivo permanezca en el corazón del hombre y que el hombre nuevo permanezca en el corazón de la Trinidad” (Introducción a los Sacramentos, Paulina, Madrid 1996, pp. 5-6).
En este misterio de comunión interhumano y humano-divino, podemos contemplar el valor extraordinario de la Eucaristía. El Sacramento de nuestra fe (Mysterium fidei) o, como lo identifica nuestro pueblo, el Santísimo Sacramento. Esta es la manera como el Señor se ha querido hacer presente y permanecer en comunión con nosotros. Es importante entender que “tal presencia se llama real no por exclusión, como si las otras (presencias) no fueran reales, sino por excelencia, ya que es substancial, porque mediante ella, ciertamente se hace presente Cristo Dios y Hombre, entero e integro” (Pablo VI, Mysterium fidei 5).
Este sentido de presencia de comunión del Señor que nos realiza como comunidad de fe, esperanza y caridad, es expresado por Juan Pablo II de una manera excepcional en su encíclica sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia (Ecclesia de Eucharistia del jueves santo de 2003). Dice el santo papa: “Con la comunión eucarística la Iglesia consolida también su unidad como cuerpo de Cristo. San Pablo se refiere a esta eficacia unificadora de la participación en el banquete eucarístico cuando escribe a los Corintios: Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan (1Cor 10,16-17). El comentario de san Juan Crisóstomo es detallado y profundo: ¿Qué es, en efecto, el pan? Es el cuerpo de Cristo ¿En qué se transforman los que lo reciben? En cuerpo de Cristo; pero no muchos cuerpos sino un solo cuerpo. En efecto, como el pan es sólo uno, por más que esté compuesto de muchos granos de trigos y éstos se encuentren en él, aunque no se vean, de tal modo que su diversidad desaparece en virtud de su perfecta fusión; de la misma manera, también nosotros estamos unidos recíprocamente unos a otros y, juntos, con Cristo” (Ecclesia de Eucharistia 23).
Concluye su enseñanza: “La argumentación es terminante: nuestra unión con Cristo, que es don y gracia para cada uno, hace que en Él estemos asociados también a la unidad de su cuerpo que es la Iglesia. La Eucaristía consolida la incorporación a Cristo, establecida en el Bautismo mediante el don del Espíritu” (Ecclesia de Eucharistia 23). De ahí su tesis: “La Iglesia vive de la Eucaristía” (Ecclesia de Eucharistia 1). Por eso, la vida del cristiano y de la Iglesia es una Eucaristía prolongada, como afirma san Alberto Hurtado.
            Maracaibo, 7 de junio de 2015