lunes, 22 de agosto de 2016

Homilía con motivo de los cincuenta años de vida sacerdotal del Excmo. Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro

Pbro. Eduardo Ortigoza
Basílica de Ntra. Sra. de Chiquinquirá
Maracaibo, 20 de agosto de 2016



Nos congregamos en esta tarde abrigados en el regazo de nuestra Madre María del Rosario de Chiquinquirá, para una vez más hacer profesión de nuestra fe.

Aquí estamos respondiendo a la iniciativa salvífica del Señor expresada hoy por el Profeta Isaías “Yo vendré a reunir a todas las naciones”, ese es el sueño de Dios que en palabras de Jesús nos dice “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”.

Venimos a acompañar a Mons. Roberto Lückert en su acción de gracias por sus cincuenta años de ministerio sacerdotal. Él, durante su vida, ha sido portador de la invitación de comunión y unidad  que nos transmite el Profeta, Él, como buen pastor, se ha esforzado en prepararse junto con su pueblo para pasar por la puerta estrecha.

Nos reúne el testimonio de una vida entregada al servicio del Señor y de los hermanos. Nos estimula la gratitud y el cansancio de un largo camino recorrido por la mayoría de nosotros al lado de un hermano mayor, Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro.

Con afecto fraterno y desde la comunión en un solo Señor, en una sola Fe y en un solo Bautismo, compartimos la alegría y gratitud de este pastor de la Iglesia venezolana, por las Bodas de Oro de su ordenación sacerdotal. Largo ha sido el camino recorrido.

Mons. Lückert, durante estos cincuenta años de ministerio sacerdotal, ha demostrado su fidelidad inquebrantable a los grandes amores de su vida: Cristo, la Iglesia, la Virgen María en sus diversas advocaciones, en especial la Chinita, el Zulia y la Patria Venezolana.

A Monseñor Lückert lo hemos admirado por su sencillez, su amabilidad y su temple de carácter, que ha sabido combinar con una natural mansedumbre y con una voluntad a toda prueba, todos estos son dones que Nuestro Señor, dador de toda gracia, le ha concedido en abundancia y que él ha sabido desarrollar con mucha inteligencia.

Para entender el carácter de este pastor de la Iglesia venezolana debemos referirnos a quienes contribuyeron en su formación.

En primer lugar los Padres Jesuitas del Colegio Gonzaga donde realizó sus estudios de primaria y secundaria. Sin duda que la participación en la Congregación Mariana le permitió consolidar su vocación cristiana y comenzar a pensar en una futura vida sacerdotal. En efecto, en los Colegios dirigidos por los Padres Jesuitas la Congregación Mariana se constituía en un lugar especial donde los alumnos “…desarrollaban una devoción muy particular, fundamentada sobre tres pilares: la frecuencia de los sacramentos, la oración y la penitencia, sin olvidarse de otras obras de piedad. Los miembros llevaban, de este modo, vidas edificantes, muy cercanas a la condición de beatos mensajeros de la Madre de Dios”.[1]

En segundo lugar, los Padres Eudistas quienes durante bastante tiempo fueran los responsables de la formación sacerdotal en el Seminario interdiocesano de Caracas. Que en el decir de, Mons. Baltazar Porras, uno de los compañeros de estudio de nuestro homenajeado,  “…Bajo la estricta disciplina…. y la excelente formación académica de aquellos abnegados formadores. ….Nos fogueaban en las continuas charlas de formación social, política y religiosa que nos daban hombres de renombre y de amplitud de miras. Las convicciones profundas, la forja de virtudes que dan constancia y coraje, se fraguan en la adversidad y en las contradicciones. De allí el agradecimiento perenne a quienes moldearon nuestro ser cristiano y sacerdotal[2].

La etapa histórica por la que hoy damos sentidas gracias al Señor comenzó  el domingo 14 de Agosto de 1966, a las 8.30 am, cuando Mons. Domingo Roa Pérez  ordenó sacerdote al Diácono Roberto Lückert en la Santa Iglesia Catedral de Maracaibo. Al día siguiente, el 15 de agosto de 1966, Solemnidad de la Asunción de la Virgen Santísima, celebraba su Primera Misa en su Parroquia de origen, Ntra. Sra. de La Asunción, en la Av. Los Haticos.

A los pocos de días de haber sido ordenado Presbítero, Mons. Lückert daría una un nuevo paso en su formación permanente. El 22 de septiembre de 1966 es nombrado Vicario Cooperador de la Parroquia Santa Bárbara de Maracaibo, para acompañar a quien sería un gran maestro en su vida pastoral, Monseñor Mariano Parra León. Al año siguiente, por el nombramiento del nuevo obispo de Cumaná, es nombrado Vicario Ecónomo y posteriormente Párroco de la misma.

Como Director del Diario La Columna a partir del 1 de octubre de 1968, pudo continuar la propedéutica experiencia acumulada en los tiempos del Seminario como integrante del equipo redactor de la revista Vínculo, órgano de divulgación de la vida del Seminario.Tal responsabilidad editorial y de difusión introdujo a un grupo de futuros sacerdotes y obispos venezolanos en ambientes de frontera, de confrontación y de horizontes amplios en los que se superan miedos, se dialoga con quienes no piensan como uno y obligan a buscar consensos para caminar con quien sea, sin distingos de ninguna especie. Esa juvenil experiencia se convirtió en una escuela invalorable que a lo largo del tiempo ha marcado nuestras vidas[3].

Allí están las raíces que, unidas a los orígenes familiares, han determinado la vida y el ministerio de este zuliano a carta cabal, de este sacerdote, de este obispo que ha sabido ser hermano, amigo, padre, y pastor en Maracaibo, en Cabimas, en Falcón y también en toda Venezuela.

La Pastoral Vocacional de la Arquidiócesis de Maracaibo, la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes, esta Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, los Movimientos de Apostolado, las funciones de gobierno como Vicario General junto al Arzobispo de Maracaibo, su desempeño durante ocho años como Obispo de Cabimas, las tareas encomendadas por sus hermanos Obispos en la Comisión de Medios de Comunicación de la Conferencia Episcopal Venezolana, en el Departamento para las Comunicaciones Sociales  del Celam con sede en Bogotá Colombia, en el Departamento de Liturgia de la CEV, en la Comisión de Música y Arte Sagrado y Bienes Patrimoniales y en la Comisión de Justicia y Paz de la CEV, su designación en 1993 como Obispo de Coro y en 1998 como Primer Arzobispo de la misma. En apretada síntesis podríamos resumir cincuenta años de trabajo apostólico.

Por eso hemos venido en esta tarde para dar gracias en torno al altar de la Eucaristía por los 50 años de ministerio sacerdotal del Arzobispo de Coro. Es un espacio de tiempo muy respetable, es una vida gastada cada día al servicio del Evangelio cumpliendo lo que nos refiere el evangelista San Juan en palabras de Jesús “…me desprendo de mi vida, para tomarla de nuevo..” Jn. 10, 17. En efecto, para un ministro de Cristo, su vida ya no le pertenece, está en manos de Dios. A Él se la entrega día a día en el servicio de todos, los  pequeños y grandes. Haciéndose amigo de todos y cada uno. En la espera de recibirla de nuevo en la vida eterna.

50 años de servicio en la vida de un pastor que ha permanecido fiel al Evangelio se convierten hoy en libro abierto y en motivo de meditación.

Porque eso ha sabido ser nuestro querido Mons. Lückert, imagen de Cristo Buen Pastor, pues en el obispo, rodeado de sus presbíteros, está presente el mismo Señor Jesucristo, sumo sacerdote para siempre[4]. En efecto, es Cristo, quien por el ministerio ordenado, continúa predicando el Evangelio de la salvación, continúa conduciendo al pueblo de Dios peregrino hacia la felicidad eterna, es Cristo quien hace la Iglesia y quien la fecunda; es Cristo quien nos guía.

Permítanme una confidencia personal:

En mis primeros pasos dentro de la Iglesia, me inicié en el servicio del altar en esta Basílica. Aquí conocí a grandes sacerdotes de esta querida Diócesis, entre los que destacaba la figura del joven Arzobispo, Mons. Domingo Roa Pérez, lleno siempre de seriedad y majestad, de sus Vicarios Generales, el joven Mons. Medardo Luzardo y el anciano Mons. Olegario Villalobos tan lleno de años y de obras, el afamado párroco de Santa Bárbara Mons. Mariano Parra León, el apacible anciano Pbro. Lisandro Puche siempre rodeado de niños, el emprendedor Párroco de esta Basílica Pbro. Ángel Ríos Carvajal, y un grupo de jóvenes sacerdotes que se distinguían por su calidad humana, su piedad y su celo apostólico, entre ellos Gustavo Ocando, Hermán Romero, Jesús Quintero, José Joaquín Troconis, Roberto Lückert, José Severeyn, Antonio López, etc.

El testimonio de estas diversas generaciones de sacerdotes sembró en mi alma de niño el deseo de explorar en las intrincadas sendas de la vocación sacerdotal. Allí destacaba Mons. Lückert, a quien luego por casi medio siglo he tenido como maestro, confesor, compañero y amigo.

Como maestro en la vida sacerdotal, él nos enseñó a muchos de los presentes que ser sacerdote significa vivir como enseña Jesucristo: “El que es mayor debe hacerse el más pequeño, y el que preside, debe servir humildemente”. Ser servidores de todos, de los más grandes y de los más pequeños. Siempre servidores y siempre listos para servir. Y además nos enseñó que ser sacerdote y pastor es ser hombre de oración, de profunda vida eucarística y de firme devoción mariana. De esta manera, teniendo el corazón lleno de Dios podemos salir a predicar su Palabra.

En esa misma dimensión de la vida pastoral ha insistido el Papa Francisco, cuando pide que los pastores “no nos olvidemos que la primera tarea del ministro es la oración, y que la segunda tarea, es el anuncio de la Palabra, luego viene lo demás”[5].

Como compañero sacerdote y amigo, ha estado siempre atento en los diversos momentos de la vida de cada uno de nosotros, en los alegres y en los difíciles y tristes. Su presencia se ha hecho tan cotidiana que, a pesar de la lejanía, siempre ha estado y aparecido cuando más lo hemos necesitado. Muchos de sus amigos aquí presentes podrán confirmar esto que digo.

Hoy nos encontramos junto a Mons. Lückert gran cantidad de familiares y amigos, de todas las edades. Un grupo más grande todavía celebra esta acción de gracias en la liturgia celestial.

En primer lugar, sus padres Walter y Alicia, sus hermanos Eva María, Walter y Francisco, desde el cielo dan gracias al Señor de la Misericordia porque este hijo y hermano ha sabido ser fiel y se ha entregado generosamente por el Evangelio, por la Iglesia y por la Patria, porque ha sabido vivir su vida guardando diligentemente el Magisterio y la Tradición, porque ha vivido intensamente la devoción a María Santísima. Junto a ellos, sus formadores, sus hermanos sacerdotes y tantos amigos y feligreses a quienes bendijo y acompañó en diversos momentos de la vida.

Cincuenta años indican un largo camino recorrido, las fuerzas físicas ya no son las mismas, el peso del tiempo y del trabajo van haciendo su efecto, el comején comienza a carcomer la humanidad del pastor.

Cincuenta años haciendo que las ovejas oigan la voz de Cristo no es labor fácil, riendo con los que ríen, llorando con los que lloran, abrazando al atribulado, siendo luz para los que viven en las tinieblas del pecado personal y del pecado social.  

Cincuenta años viviendo y dejando que sea Cristo el que viva en ti. Renunciando a tus proyectos personales para ser otro Cristo en medio de tu pueblo, llenando tu alma con la sonrisa agradecida de tus feligreses que te sienten cercano y te miran como padre y amigo.

Cincuenta años viviendo la bienaventuranza de sentirte amado por Dios cada vez que la canalla te persigue y te calumnia por causa del Hijo del Hombre.

Cincuenta años siendo figura controversial por llamar las cosas por su nombre y por no quedarte en medias palabras. Hay muchos que te conocen y te quieren, como también hay muchos que no te quieren, pero ninguno ha podido permanecer indiferente.

Cincuenta años poniendo en práctica las enseñanzas de San Ignacio de Loyola: “En todo amar y servir” y “Amar a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Él”. Así has sabido ser buen ejemplo de fidelidad a la Iglesia, siempre remando mar adentro en la Barca de Pedro, en las diversas tareas y encargos pastorales que has desempeñado.

Querido Monseñor Roberto, padre, hermano y amigo, siempre sucede en el servicio a Dios y en su Iglesia, que este trabajo ofrendado diariamente nos puede desgastar pero no destruir, y aunque por la ley de la vida nuestro cuerpo en su integridad sufre el inevitable deterioro físico o psíquico que a todos nos afecta, sin embargo se da un verdadero fortalecimiento con el pasar de los años cuando se han vivido en el Señor, y paradójicamente se crece en serenidad, en libertad y en sabiduría, preciosas virtudes para acoger más y mejor la gracia de la santidad a la que fuimos llamados.  

Monseñor en nombre de esta Iglesia Arquidiocesana de Maracaibo, de su Arzobispo, Mons. Ubaldo Santana, de su Obispo Auxiliar Mons. Ángel Caraballo, y de su clero y de sus feligreses, doy gracias a Dios por la valentía, la paciencia y la serenidad con que has vivido estos cincuenta años de ministerio, gracias porque has llevado la cruz del episcopado en medio de las grandes preocupaciones que ha tenido que vivir nuestra Iglesia Venezolana. Doy gracias porque siempre has sabido ser el pastor cercano que acompañas permanentemente a tu pueblo.

Junto a la acción de gracias pido al Señor que te siga acompañando y que tu voz siga siendo fuerte, oportuna, certera para continuar guiando a tu pueblo, que tu oración llegue al cielo y nos alcance de la misericordia divina, la paz y la justicia que tanto anhelamos nuestra venezuela.

Monseñor. Que Dios te guarde en su amor y en su misericordia durante largos años, quiero finalizar con las palabras del Apóstol Pablo:  “..continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús… “los ha enriquecido… y los hará permanecer irreprochables hasta el fin…” Dios es fiel contigo como tú lo has sido con Él.

Queridos hermanos. Nunca dudemos de la fidelidad del Señor; estos cincuenta años de vida sacerdotal son prueba palpable de la gracia que un día le concedió a su elegido y que le ha permitido perseverar con fortaleza. Este hermano nuestro, hoy  celebra  con el mismo fervor y devoción con que celebró su primera eucaristía, con una conciencia más clara pero siempre con emoción nueva y gratitud. Esta Eucaristía es la acción de gracias de un hombre sencillo a quien el señor ha invitado a vivir en su intimidad, a descubrir los secretos de su corazón, a revelarle el rostro de su Padre.



[1] Fermín Marín Barriguete,  Los jesuitas y el culto mariano, en TIEMPOS MODERNOS 9, 2003-2004.
[2] Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo, Arzobispo de Mérida. Catedral de Coro, 29 de junio de 2010, Homilía con motivo de los veinticinco años de vida episcopal del Excmo. Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro.
[3] Ibid.
[4] Papa Francisco, Homilía en la ordenación de nuevos Obispos, 19-03-2016.
[5] Ibid.

Homilía con motivo de los cincuenta años de vida sacerdotal del Excmo. Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro

Pbro. Eduardo Ortigoza
Basílica de Ntra. Sra. de Chiquinquirá
Maracaibo, 20 de agosto de 2016



Nos congregamos en esta tarde abrigados en el regazo de nuestra Madre María del Rosario de Chiquinquirá, para una vez más hacer profesión de nuestra fe.

Aquí estamos respondiendo a la iniciativa salvífica del Señor expresada hoy por el Profeta Isaías “Yo vendré a reunir a todas las naciones”, ese es el sueño de Dios que en palabras de Jesús nos dice “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”.

Venimos a acompañar a Mons. Roberto Lückert en su acción de gracias por sus cincuenta años de ministerio sacerdotal. Él, durante su vida, ha sido portador de la invitación de comunión y unidad  que nos transmite el Profeta, Él, como buen pastor, se ha esforzado en prepararse junto con su pueblo para pasar por la puerta estrecha.

Nos reúne el testimonio de una vida entregada al servicio del Señor y de los hermanos. Nos estimula la gratitud y el cansancio de un largo camino recorrido por la mayoría de nosotros al lado de un hermano mayor, Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro.

Con afecto fraterno y desde la comunión en un solo Señor, en una sola Fe y en un solo Bautismo, compartimos la alegría y gratitud de este pastor de la Iglesia venezolana, por las Bodas de Oro de su ordenación sacerdotal. Largo ha sido el camino recorrido.

Mons. Lückert, durante estos cincuenta años de ministerio sacerdotal, ha demostrado su fidelidad inquebrantable a los grandes amores de su vida: Cristo, la Iglesia, la Virgen María en sus diversas advocaciones, en especial la Chinita, el Zulia y la Patria Venezolana.

A Monseñor Lückert lo hemos admirado por su sencillez, su amabilidad y su temple de carácter, que ha sabido combinar con una natural mansedumbre y con una voluntad a toda prueba, todos estos son dones que Nuestro Señor, dador de toda gracia, le ha concedido en abundancia y que él ha sabido desarrollar con mucha inteligencia.

Para entender el carácter de este pastor de la Iglesia venezolana debemos referirnos a quienes contribuyeron en su formación.

En primer lugar los Padres Jesuitas del Colegio Gonzaga donde realizó sus estudios de primaria y secundaria. Sin duda que la participación en la Congregación Mariana le permitió consolidar su vocación cristiana y comenzar a pensar en una futura vida sacerdotal. En efecto, en los Colegios dirigidos por los Padres Jesuitas la Congregación Mariana se constituía en un lugar especial donde los alumnos “…desarrollaban una devoción muy particular, fundamentada sobre tres pilares: la frecuencia de los sacramentos, la oración y la penitencia, sin olvidarse de otras obras de piedad. Los miembros llevaban, de este modo, vidas edificantes, muy cercanas a la condición de beatos mensajeros de la Madre de Dios”.[1]

En segundo lugar, los Padres Eudistas quienes durante bastante tiempo fueran los responsables de la formación sacerdotal en el Seminario interdiocesano de Caracas. Que en el decir de, Mons. Baltazar Porras, uno de los compañeros de estudio de nuestro homenajeado,  “…Bajo la estricta disciplina…. y la excelente formación académica de aquellos abnegados formadores. ….Nos fogueaban en las continuas charlas de formación social, política y religiosa que nos daban hombres de renombre y de amplitud de miras. Las convicciones profundas, la forja de virtudes que dan constancia y coraje, se fraguan en la adversidad y en las contradicciones. De allí el agradecimiento perenne a quienes moldearon nuestro ser cristiano y sacerdotal[2].

La etapa histórica por la que hoy damos sentidas gracias al Señor comenzó  el domingo 14 de Agosto de 1966, a las 8.30 am, cuando Mons. Domingo Roa Pérez  ordenó sacerdote al Diácono Roberto Lückert en la Santa Iglesia Catedral de Maracaibo. Al día siguiente, el 15 de agosto de 1966, Solemnidad de la Asunción de la Virgen Santísima, celebraba su Primera Misa en su Parroquia de origen, Ntra. Sra. de La Asunción, en la Av. Los Haticos.

A los pocos de días de haber sido ordenado Presbítero, Mons. Lückert daría una un nuevo paso en su formación permanente. El 22 de septiembre de 1966 es nombrado Vicario Cooperador de la Parroquia Santa Bárbara de Maracaibo, para acompañar a quien sería un gran maestro en su vida pastoral, Monseñor Mariano Parra León. Al año siguiente, por el nombramiento del nuevo obispo de Cumaná, es nombrado Vicario Ecónomo y posteriormente Párroco de la misma.

Como Director del Diario La Columna a partir del 1 de octubre de 1968, pudo continuar la propedéutica experiencia acumulada en los tiempos del Seminario como integrante del equipo redactor de la revista Vínculo, órgano de divulgación de la vida del Seminario.Tal responsabilidad editorial y de difusión introdujo a un grupo de futuros sacerdotes y obispos venezolanos en ambientes de frontera, de confrontación y de horizontes amplios en los que se superan miedos, se dialoga con quienes no piensan como uno y obligan a buscar consensos para caminar con quien sea, sin distingos de ninguna especie. Esa juvenil experiencia se convirtió en una escuela invalorable que a lo largo del tiempo ha marcado nuestras vidas[3].

Allí están las raíces que, unidas a los orígenes familiares, han determinado la vida y el ministerio de este zuliano a carta cabal, de este sacerdote, de este obispo que ha sabido ser hermano, amigo, padre, y pastor en Maracaibo, en Cabimas, en Falcón y también en toda Venezuela.

La Pastoral Vocacional de la Arquidiócesis de Maracaibo, la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes, esta Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, los Movimientos de Apostolado, las funciones de gobierno como Vicario General junto al Arzobispo de Maracaibo, su desempeño durante ocho años como Obispo de Cabimas, las tareas encomendadas por sus hermanos Obispos en la Comisión de Medios de Comunicación de la Conferencia Episcopal Venezolana, en el Departamento para las Comunicaciones Sociales  del Celam con sede en Bogotá Colombia, en el Departamento de Liturgia de la CEV, en la Comisión de Música y Arte Sagrado y Bienes Patrimoniales y en la Comisión de Justicia y Paz de la CEV, su designación en 1993 como Obispo de Coro y en 1998 como Primer Arzobispo de la misma. En apretada síntesis podríamos resumir cincuenta años de trabajo apostólico.

Por eso hemos venido en esta tarde para dar gracias en torno al altar de la Eucaristía por los 50 años de ministerio sacerdotal del Arzobispo de Coro. Es un espacio de tiempo muy respetable, es una vida gastada cada día al servicio del Evangelio cumpliendo lo que nos refiere el evangelista San Juan en palabras de Jesús “…me desprendo de mi vida, para tomarla de nuevo..” Jn. 10, 17. En efecto, para un ministro de Cristo, su vida ya no le pertenece, está en manos de Dios. A Él se la entrega día a día en el servicio de todos, los  pequeños y grandes. Haciéndose amigo de todos y cada uno. En la espera de recibirla de nuevo en la vida eterna.

50 años de servicio en la vida de un pastor que ha permanecido fiel al Evangelio se convierten hoy en libro abierto y en motivo de meditación.

Porque eso ha sabido ser nuestro querido Mons. Lückert, imagen de Cristo Buen Pastor, pues en el obispo, rodeado de sus presbíteros, está presente el mismo Señor Jesucristo, sumo sacerdote para siempre[4]. En efecto, es Cristo, quien por el ministerio ordenado, continúa predicando el Evangelio de la salvación, continúa conduciendo al pueblo de Dios peregrino hacia la felicidad eterna, es Cristo quien hace la Iglesia y quien la fecunda; es Cristo quien nos guía.

Permítanme una confidencia personal:

En mis primeros pasos dentro de la Iglesia, me inicié en el servicio del altar en esta Basílica. Aquí conocí a grandes sacerdotes de esta querida Diócesis, entre los que destacaba la figura del joven Arzobispo, Mons. Domingo Roa Pérez, lleno siempre de seriedad y majestad, de sus Vicarios Generales, el joven Mons. Medardo Luzardo y el anciano Mons. Olegario Villalobos tan lleno de años y de obras, el afamado párroco de Santa Bárbara Mons. Mariano Parra León, el apacible anciano Pbro. Lisandro Puche siempre rodeado de niños, el emprendedor Párroco de esta Basílica Pbro. Ángel Ríos Carvajal, y un grupo de jóvenes sacerdotes que se distinguían por su calidad humana, su piedad y su celo apostólico, entre ellos Gustavo Ocando, Hermán Romero, Jesús Quintero, José Joaquín Troconis, Roberto Lückert, José Severeyn, Antonio López, etc.

El testimonio de estas diversas generaciones de sacerdotes sembró en mi alma de niño el deseo de explorar en las intrincadas sendas de la vocación sacerdotal. Allí destacaba Mons. Lückert, a quien luego por casi medio siglo he tenido como maestro, confesor, compañero y amigo.

Como maestro en la vida sacerdotal, él nos enseñó a muchos de los presentes que ser sacerdote significa vivir como enseña Jesucristo: “El que es mayor debe hacerse el más pequeño, y el que preside, debe servir humildemente”. Ser servidores de todos, de los más grandes y de los más pequeños. Siempre servidores y siempre listos para servir. Y además nos enseñó que ser sacerdote y pastor es ser hombre de oración, de profunda vida eucarística y de firme devoción mariana. De esta manera, teniendo el corazón lleno de Dios podemos salir a predicar su Palabra.

En esa misma dimensión de la vida pastoral ha insistido el Papa Francisco, cuando pide que los pastores “no nos olvidemos que la primera tarea del ministro es la oración, y que la segunda tarea, es el anuncio de la Palabra, luego viene lo demás”[5].

Como compañero sacerdote y amigo, ha estado siempre atento en los diversos momentos de la vida de cada uno de nosotros, en los alegres y en los difíciles y tristes. Su presencia se ha hecho tan cotidiana que, a pesar de la lejanía, siempre ha estado y aparecido cuando más lo hemos necesitado. Muchos de sus amigos aquí presentes podrán confirmar esto que digo.

Hoy nos encontramos junto a Mons. Lückert gran cantidad de familiares y amigos, de todas las edades. Un grupo más grande todavía celebra esta acción de gracias en la liturgia celestial.

En primer lugar, sus padres Walter y Alicia, sus hermanos Eva María, Walter y Francisco, desde el cielo dan gracias al Señor de la Misericordia porque este hijo y hermano ha sabido ser fiel y se ha entregado generosamente por el Evangelio, por la Iglesia y por la Patria, porque ha sabido vivir su vida guardando diligentemente el Magisterio y la Tradición, porque ha vivido intensamente la devoción a María Santísima. Junto a ellos, sus formadores, sus hermanos sacerdotes y tantos amigos y feligreses a quienes bendijo y acompañó en diversos momentos de la vida.

Cincuenta años indican un largo camino recorrido, las fuerzas físicas ya no son las mismas, el peso del tiempo y del trabajo van haciendo su efecto, el comején comienza a carcomer la humanidad del pastor.

Cincuenta años haciendo que las ovejas oigan la voz de Cristo no es labor fácil, riendo con los que ríen, llorando con los que lloran, abrazando al atribulado, siendo luz para los que viven en las tinieblas del pecado personal y del pecado social.  

Cincuenta años viviendo y dejando que sea Cristo el que viva en ti. Renunciando a tus proyectos personales para ser otro Cristo en medio de tu pueblo, llenando tu alma con la sonrisa agradecida de tus feligreses que te sienten cercano y te miran como padre y amigo.

Cincuenta años viviendo la bienaventuranza de sentirte amado por Dios cada vez que la canalla te persigue y te calumnia por causa del Hijo del Hombre.

Cincuenta años siendo figura controversial por llamar las cosas por su nombre y por no quedarte en medias palabras. Hay muchos que te conocen y te quieren, como también hay muchos que no te quieren, pero ninguno ha podido permanecer indiferente.

Cincuenta años poniendo en práctica las enseñanzas de San Ignacio de Loyola: “En todo amar y servir” y “Amar a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Él”. Así has sabido ser buen ejemplo de fidelidad a la Iglesia, siempre remando mar adentro en la Barca de Pedro, en las diversas tareas y encargos pastorales que has desempeñado.

Querido Monseñor Roberto, padre, hermano y amigo, siempre sucede en el servicio a Dios y en su Iglesia, que este trabajo ofrendado diariamente nos puede desgastar pero no destruir, y aunque por la ley de la vida nuestro cuerpo en su integridad sufre el inevitable deterioro físico o psíquico que a todos nos afecta, sin embargo se da un verdadero fortalecimiento con el pasar de los años cuando se han vivido en el Señor, y paradójicamente se crece en serenidad, en libertad y en sabiduría, preciosas virtudes para acoger más y mejor la gracia de la santidad a la que fuimos llamados.  

Monseñor en nombre de esta Iglesia Arquidiocesana de Maracaibo, de su Arzobispo, Mons. Ubaldo Santana, de su Obispo Auxiliar Mons. Ángel Caraballo, y de su clero y de sus feligreses, doy gracias a Dios por la valentía, la paciencia y la serenidad con que has vivido estos cincuenta años de ministerio, gracias porque has llevado la cruz del episcopado en medio de las grandes preocupaciones que ha tenido que vivir nuestra Iglesia Venezolana. Doy gracias porque siempre has sabido ser el pastor cercano que acompañas permanentemente a tu pueblo.

Junto a la acción de gracias pido al Señor que te siga acompañando y que tu voz siga siendo fuerte, oportuna, certera para continuar guiando a tu pueblo, que tu oración llegue al cielo y nos alcance de la misericordia divina, la paz y la justicia que tanto anhelamos nuestra venezuela.

Monseñor. Que Dios te guarde en su amor y en su misericordia durante largos años, quiero finalizar con las palabras del Apóstol Pablo:  “..continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús… “los ha enriquecido… y los hará permanecer irreprochables hasta el fin…” Dios es fiel contigo como tú lo has sido con Él.

Queridos hermanos. Nunca dudemos de la fidelidad del Señor; estos cincuenta años de vida sacerdotal son prueba palpable de la gracia que un día le concedió a su elegido y que le ha permitido perseverar con fortaleza. Este hermano nuestro, hoy  celebra  con el mismo fervor y devoción con que celebró su primera eucaristía, con una conciencia más clara pero siempre con emoción nueva y gratitud. Esta Eucaristía es la acción de gracias de un hombre sencillo a quien el señor ha invitado a vivir en su intimidad, a descubrir los secretos de su corazón, a revelarle el rostro de su Padre.



[1] Fermín Marín Barriguete,  Los jesuitas y el culto mariano, en TIEMPOS MODERNOS 9, 2003-2004.
[2] Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo, Arzobispo de Mérida. Catedral de Coro, 29 de junio de 2010, Homilía con motivo de los veinticinco años de vida episcopal del Excmo. Mons. Roberto Lückert León, Arzobispo de Coro.
[3] Ibid.
[4] Papa Francisco, Homilía en la ordenación de nuevos Obispos, 19-03-2016.
[5] Ibid.

miércoles, 13 de julio de 2016

EXHORTACIÓN DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA


EXHORTACIÓN DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA

CENTÉSIMA SEXTA ASAMBLEA PLENARIA ORDINARIA

"EL SEÑOR AMA AL QUE BUSCA LA JUSTICIA" (Prov. 15, 9)

1) Los Arzobispos y Obispos de Venezuela, reunidos en la 106ª Asamblea Ordinaria, queremos compartir con el pueblo venezolano las angustias que sufrimos y comunicarle la esperanza de que reconciliados y en diálogo encontraremos soluciones eficaces a la presente crisis.

CLIMA SOCIAL

2) Los venezolanos estamos atravesando por un momento crucial en los campos moral, económico, político y social. Ha disminuido drásticamente la calidad de vida. La escasez y carestía de alimentos, medicinas e insumos hospitalarios nos están llevando al borde de una crisis de seguridad alimentaria y sanitaria, con consecuencias sociales impredecibles. En la vida pública, crecen la inseguridad, la impunidad y la represión militar.

3) El discurso belicista y agresivo de la dirigencia oficial hace cada día más difícil la vida. La prédica constante de odio, la criminalización y castigo a toda disidencia afectan a la familia y a las relaciones sociales. Frente a esta situación, el acrecentamiento del poder militar es una amenaza a la tranquilidad y a la paz.

4) El auge de la delincuencia y de la impunidad entorpecen el ordinario quehacer de la gente y provocan, en ciudades o poblaciones grandes o pequeñas, verdaderos toques de queda. Hace pocos días, en Mérida, fueron agredidos transeúntes, entre ellos un grupo de seminaristas menores de edad. Fueron golpeados y desnudados, violando sus derechos a la dignidad y al respeto, sin que ninguna autoridad pública interviniera para protegerlos. Los recientes desórdenes en Cumaná y Tucupita, así como los intentos de saqueos y cierres de vías por protestas populares, en diferentes regiones del país, constituyen una expresión del creciente malestar social.

UNA DEMOCRACIA RESQUEBRAJADA

5) El Estado de Derecho consagrado en el numeral dos de la Constitución Nacional, se ha debilitado. Vivimos prácticamente al arbitrio de las autoridades y de los funcionarios públicos, quienes tienden a convertirse en los censores de la vida, del pensamiento y de la actuación de los ciudadanos. Tales actitudes y procedimientos son inaceptables. La identidad cultural del venezolano se reduce y hasta se pierde cuando se valora únicamente si está vinculada al proyecto político imperante.

6) La democracia en Venezuela está resquebrajada, y el Gobierno y los otros poderes, que tienen la responsabilidad de oír y concertar con todos los sectores, no están haciendo lo suficiente para reconstruirla. El diálogo sincero y constructivo, el ejercicio de la política en su concepción más noble, como búsqueda del bien común, por más difíciles que parezcan, han de seguir siendo los caminos que debemos transitar. No se puede dialogar si no se reconoce en primer lugar la existencia y la igualdad del otro. Ignorarlo o descalificarlo como interlocutor, cierra toda posibilidad de superar el conflicto.

7) La crisis moral es mayor que la crisis económica y política, porque afecta a toda la población en sus normas de comportamiento. La verdad cede su puesto a la mentira, la transparencia a la corrupción, el diálogo a la intolerancia y la convivencia a la anarquía. La corrupción se ha incrementado en los organismos del Estado y la descomposición moral ha invadido a muchas personas integrantes de instituciones privadas y públicas, civiles y militares, así como a amplios componentes de la sociedad. Un exponente de esta degradación moral es la reventa especulativa de productos, llamada popularmente "bachaqueo".

8) Desconocer la autoridad legítima de la Asamblea Nacional, deslegitima a quienes así actúan, porque contradice la voluntad soberana expresada en el voto popular. La división, autonomía y colaboración entre los Poderes es un principio democrático irrenunciable.

9) Es tal la indefensión de los ciudadanos ante la delincuencia que se están multiplicando los casos de pobladas enardecidas que toman la justicia por sus propias manos y proceden a inmorales y deplorables ejecuciones colectivas ("linchamientos"). La violencia, en ninguna de sus formas, es solución a los problemas. Como nos dijo San Juan Pablo II: "La justicia social no puede ser conseguida por violencia. La violencia mata lo que intenta crear".

10) La raíz de los problemas está en la implantación de un proyecto político totalitario, empobrecedor, rentista y centralizador que el Gobierno se empeña en mantener.

PROPUESTAS URGENTES

11) El Consejo Nacional Electoral tiene la obligación de cuidar el proceso del referéndum revocatorio para que se realice este año. Es un camino democrático, un derecho político contemplado en la Constitución. Impedirlo o retrasarlo con múltiples trabas es una medida absurda, pues pone en peligro la estabilidad política y social del país, con fatales consecuencias para personas, instituciones y bienes.

12) Es de urgente prioridad que el Ejecutivo permita la entrada de medicamentos al país, dada su gran escasez. Para su recepción y distribución, la Iglesia ofrece los servicios e infraestructura de Cáritas, y de otras instancias eclesiales abiertas a la cooperación de otras confesiones religiosas e instituciones privadas. Este servicio no es la solución definitiva, pero sí es una ayuda significativa. La caridad nos impulsa a comportarnos como samaritanos compasivos, dispuestos a curar a los heridos del camino (Cf. Lc. 10, 25-37).

13) Es una necesidad que se abra de manera permanente la frontera colombo-venezolana. El haber permitido su apertura el pasado domingo 10 de Julio hizo posible que numerosos hermanos pudieran proveerse de alimentos, medicinas y otros insumos. El paso de miles de ciudadanos al vecino país es prueba evidente de la crisis.

14) Aumenta el número de ciudadanos venezolanos recluidos en las cárceles y en distintos lugares de jurisdicción policial, injustamente privados de libertad, muchos de ellos por razones políticas. La gran mayoría se encuentra en condiciones inhumanas y carece del debido proceso. Estas personas, siendo inocentes, deben salir en libertad plena o al menos, deben ser juzgadas en libertad, tal como lo establece el Código Orgánico Procesal Penal.

"LA ESPERANZA NO DEFRAUDA" (Rm. 5,8)

15) Las angustias y esperanzas del pueblo venezolano son compartidas en estos momentos por numerosas instancias nacionales e internacionales. El gobierno no debe declararlas ajenas a nuestros derechos ni culpar a quienes acuden a ellas legítimamente, denunciando injerencias y aduciendo soberanía e independencia, ya que vivimos en un mundo interconectado y globalizado. Ni los derechos humanos, ni la justicia tienen fronteras. No nos dejemos robar la esperanza que hace posible, con la ayuda de Dios, lo que parece imposible (Cf. Lc. 1, 37).

16) En el nombre de Jesús que nos manda "amarnos unos a otros" (Jn. 13, 34), hacemos un llamado a las autoridades para que frenen el deterioro de la vida de los venezolanos, cualquiera sea su preferencia política, y para que se detenga la actual espiral de violencia, odio y muerte. Movidos exclusivamente por el bien y la paz de todos los venezolanos, reiteramos el ofrecimiento de nuestros buenos oficios para facilitar el encuentro entre los contrarios y el entendimiento en la búsqueda de soluciones efectivas.

17) En la fe tenemos la firme convicción de que Jesucristo, el Señor de la historia, nos acompaña. Como hijos de un mismo Padre y hermanos los unos de los otros, nos comprometemos en la construcción de la unión y de la paz. Invitamos con alegría a todos los creyentes y a las mujeres y hombres de buena voluntad, a unirnos el próximo dos de agosto, a la Jornada de ayuno y oración, convocada por el Papa Francisco en Asís, como una ocasión especial de pedir por la paz y la reconciliación entre los venezolanos. Invitamos a recitar la Oración por Venezuela, y a los párrocos a leer ésta exhortación en la misa dominical. Rogamos a Dios Padre derrame de manera más abundante en este año jubilar su misericordia y su consuelo sobre nuestro pueblo. Colocamos en las manos maternales de Nuestra Señora de Coromoto estas propuestas que expresan el sentir y el anhelo de la inmensa mayoría de los venezolanos,

Con nuestra bendición,

LOS ARZOBISPOS Y OBISPOS DE VENEZUELA

Caracas, 12 de julio de 2016

lunes, 11 de julio de 2016

San Alberto Hurtado y la Pastoral Universitaria

Pbro. Mg. Andrés Bravo
Director del Centro de Estudios de la Doctrina y Praxis Social de la Iglesia, UNICA

            La vida y las enseñanzas de San Alberto Hurtado es un faro que ilumina nuestra misión cristiana en el mundo universitario. Sobre ello vale la pena reflexionar ante los desafíos que la Pastoral Universitaria nos plantea hoy en Venezuela.
Él es un Sacerdote Jesuita nacido en Viña del Mar, Chile, el 22 de enero de 1901 y, con un extraordinario testimonio de fe y confianza en el Señor, vivió hasta entregar totalmente su vida el 18 de agosto de 1952 en el hospital de la Universidad Católica de Chile. Su último mensaje es dirigido a los amigos de su más maravillosa obra de caridad y justicia, el “Hogar de Cristo”. Ahí, expresa: “Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el de que se trabaje a crear un clima de verdadero amor y respeto, porque el pobre es Cristo”. Este es el manifiesto evangélico que nos permite marcar, como agentes pastorales, la formación humana y cristiana de nuestros universitarios.
Los espíritus inquietos de nuestros jóvenes venezolanos merecen un proyecto de vida, una existencia ejemplar y unas enseñanzas que dinamicen el compromiso por el bien de todos, por una sociedad libre y justa. Un sentido por qué vivir, estudiar, trabajar, luchar y dar la vida. Es que San Alberto tomó en serio el Evangelio de Jesús. Comprendió que la vida se hace eterna cuando se entrega por el Reino de Dios. Así, sirviendo y entregándose amorosamente, proectó su existencia.
Si su vida es una entrega constante, su muerte no puede ser sino su última ofrenda al Señor. En una de sus meditaciones, precisamente sobre la muerte, dice que la manera humana de entender y enfrentar la muerte es un “gran derrumbe, el fin de todo”. Pero, para el seguidor de Jesús, “es el momento de hallar a Dios, a Dios a quien ha buscado durante toda su vida”. No es, pues, el cómo se muere, sino el sentido que le damos a la vida: “La vida ha sido dada al hombre para cooperar con Dios, para realizar su plan, la muerte es el complemento de esa colaboración, es la entrega de todos nuestros poderes en manos del Creador. Que cada día sea como la preparación de mi muerte entregándome minuto a minuto a la obra de cooperación que Dios me pide, cumpliendo mi misión, la que Dios espera de mí, la que no puedo hacer sino yo”.
Hoy es sumamente necesario presentarle al joven razones por qué vivir, esperar, luchar y morir. Este es el mensaje pascual que centra la acción evangelizadora de la Iglesia en la humanidad. Porque, Alberto Hurtado vivió así, murió así, es por lo que hoy sigue pastoreando en medio de nuestros universitarios.
Juan Pablo II lo beatifica el 16 de octubre de 1994 y Benedicto XVI lo canoniza el día 23 de octubre de 2005. El primero expresaba: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22, 37. 39). Este sería el programa de vida de San Alberto Hurtado, que quiso identificarse con el Señor y amar con su mismo amor a los pobres. La formación recibida en la Compañía de Jesús, consolidada por la oración y la adoración de la Eucaristía, le llevó a dejarse conquistar por Cristo, siendo un verdadero contemplativo en la acción. En el amor y entrega total a la voluntad de Dios encontraba la fuerza para el apostolado. Fundó El Hogar de Cristo para los más necesitados y los sin techos, ofreciéndoles un ambiente familiar lleno de calor humano. En su ministerio sacerdotal destacaba por su sencillez y disponibilidad hacia los demás, siendo una imagen viva del Maestro, manso y humilde de corazón. Al final de sus días, entre los fuertes dolores de la enfermedad, aún tenía fuerzas para repetir: Contento, Señor, contento, expresando así la alegría con la que siempre vivió”.
Desde el 7 de abril de 2006, cuando el Arzobispo de Maracaibo y Canciller de la Universidad Católica “Cecilio Acosta”, Mons. Ubaldo Santana, lo proclama solemnemente Patrono de esta misma Casa de Estudios Superiores, la Católica de Maracaibo, San Alberto Hurtado orienta la pastoral universitaria e ilumina nuestros caminos hacia un humanismo cristocéntrico y, por lo mismo, trinitario, integral y solidaria.

sábado, 9 de julio de 2016

Habla la Iglesia

Palabras del Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, Mons. Diego Padrón, Arzobispo de Cumaná, en la Apertura de la Centésima Sexta Asamblea Ordinaria Plenaria.

 

Caracas, 07 de Julio de 2016.

 

Al iniciar hoy la CVI Asamblea Ordinaria Plenaria de la Conferencia Episcopal Venezolana nuestros pensamientos y nuestros corazones de pastores del pueblo de Dios se elevan al Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo que nos conforta en todos nuestros sufrimientos, para poder nosotros dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios (2 Co 1, 3-4)

Mi saludo fraterno y cordial al Sr. Cardenal Jorge Urosa Savino, Arzobispo de Caracas y Presidente de Honor de nuestra Conferencia, Al Excmo. Mons. Aldo Giordano, Nuncio Apostólico en Venezuela, y por su digna representación al querido Papa Francisco; A los apreciados hermanos Arzobispos y Obispos de Venezuela.

Saludo de manera especial y doy la bienvenida a este Colegio episcopal a los Excmos. Sres. Obispos recién ordenados: Mons. Jonny Reyes, Vicario Apostólico de Puerto Ayacucho, Mons. Pablo Modesto González, Obispo de la nueva Diócesis de Guasdualito, Mons. Víctor Hugo Basabe, Obispo de San Felipe, y Mons. Polito Rodríguez Méndez, Obispo de San Carlos. Saludo y doy la más cordial bienvenida a los Obispos Electos Mons. Enrique Parravano, Obispo Auxiliar de Caracas y Mons. Carlos Cabezas Mendoza, de la Diócesis de Punto Fijo. Todos ellos participan por primera vez con voz y voto en la Asamblea episcopal. Con afecto y veneración saludo a los hermanos Obispos Eméritos.

Un especial saludo y sincero agradecimiento al Rvdo. Padre Francisco José Virtuoso, Rector de esta ilustre Universidad, que nos acoge en esta y otras ocasiones.

Mi saludo y agradecimiento por su presencia, a los Superiores y Superioras Mayores representantes de la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Venezuela (CONVER), al Presidente y demás miembros de la Junta Directiva del Consejo Nacional de Laicos (CONALAI), a la Presidenta y demás miembros de la Junta Directiva de la Asociación de Educadores Católicos (AVEC), al Gerente General de INPRECLERO, al Gerente General y demás miembros de la Junta Directiva de APEP.

Saludo y doy la más cordial bienvenida a los nuevos Subsecretarios de la Conferencia Episcopal de Venezuela, los Presbíteros Rivelino Antonio Cáceres, de la Diócesis de Barinas, y Gerardo Salas Arjona, de la Arquidiócesis de Mérida. Saludo igualmente al Equipo de Directores del Secretariado Permanente del Episcopado Venezolano (SPEV), a los sacerdotes Secretarios de Actas de esta Asamblea y al personal de empleados y obreros del Secretariado y de la Casa "Mons. Ibarra". A todos ellos el reconocimiento en nombre de todos los hermanos Obispos.

A los representantes de los Medios de Comunicación Social, el saludo cordial y el sincero agradecimiento por su atención a esta Conferencia Episcopal, a lo largo de todo el año. Señoras y Señores.

PANORAMA ECLESIAL

A pesar de los problemas de toda índole que agobian a todos los que vivimos en este país, la Iglesia en Venezuela, como institución, goza de buena salud espiritual. La asamblea comienza con nueva fuerza del Espíritu. Está precedida por el encuentro de los diecisiete obispos de nuevo nombramiento, en el que durante tres días reflexionaron sobre su vocación y ministerio en las circunstancias actuales de la Iglesia y de la nación.

Por otra parte, el Jubileo de la misericordia se está viviendo con una sobria espiritualidad, en la línea de la conversión personal, pero con fervorosa participación, creatividad litúrgica y sentido de solidaridad en cada diócesis, parroquias y comunidades, y entre los diversos sectores de la Iglesia, Presbíteros, Religiosos y Religiosas, Movimientos laicales de apostolado, agentes de pastoral y fieles cristianos.

Ha venido en nuestra ayuda la reciente Exhortación postsinodal Amoris Laetitia (La alegría del amor) del Papa Francisco. Va siendo leída, estudiada y asimilada paulatinamente por los sacerdotes, los agentes de la Pastoral familiar, movimientos apostólicos e incluso por familias individuales y laicos más comprometidos. Este documento ofrece una visión integral de la familia, fruto de una larga reflexión de toda la Iglesia, expuesta desde los ángulos culturales y sociales más diversos, pero sistematizada en los dos últimos Sínodos de la Iglesia. Es una visión que se fundamenta en la palabra de Dios y en la tradición multisecular de la Iglesia, pero también en la realidad concreta de la situación familiar en cada continente. <>.

El mismo Santo Padre, con sabia pedagogía da como una clave que ayuda a leer el documento. Advierte con claridad: Esta Exhortación aborda, con diferentes estilos, muchos y variados temas. Eso explica su inevitable extensión. Por eso no recomiendo una lectura general apresurada. Podrá ser mejor aprovechada, tanto por las familias como por los agentes de pastoral familiar, si la profundizan pacientemente parte por parte o se buscan en ella lo que puedan necesitar en cada circunstancia concreta.

La Exhortación se compone de nueve capítulos. El Papa añade: Es probable, por ejemplo que los matrimonios se identifiquen con los capítulos cuarto y quinto, que los agentes de pastoral tengan especial interés en el capítulo sexto, y que todos se vean muy interpelados por el capítulo octavo. Espero que cada uno a través de la lectura, se sienta llamado a cuidar con amor la vida de las familias, porque ellas << no son un problema, sino principalmente una oportunidad >>

En otras palabras no es que la Exhortación tenga un capítulo más importante que otro sino, que todos constituyen un todo orgánico y plural como el cuerpo humano.

Francisco sitúa la Exhortación en el contexto del año jubilar de la Misericordia en el que adquiere un sentido especial. En primer lugar, porque el Papa la escribe como << propuesta para las familias cristianas, que las estimule a valorar los dones del matrimonio y la familia. En segundo lugar, porque procura alentar a todos para que sean signos de misericordia y cercanía allí 5

donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo>>

Aunque Amoris Laetitia, la Alegría del Amor, es una propuesta del Evangelio de la familia, no se limita a los católicos sino que en ella cualquiera que busque descubrir la verdad y la belleza de la institución familiar podrá encontrar una respuesta amplia, sería profunda y realista a la complejidad de la vida familiar moderna. No es un texto teórico desconectado de los problemas reales de la gente.

El Papa, con toda la Iglesia, proclama y reafirma sin ambages que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer.

Las uniones entre las personas del mismo sexo no se pueden equiparar al matrimonio cristiano.

La Exhortación rechaza la ideología de género como un pensamiento cerrado que defiende las diferencias entre el hombre y la mujer no son naturales sino resultado de una convención social, construcciones meramente culturales según los roles que cada sociedad asigna a los sexos. Una de sus consignas fundamentales es que << el hombre y la mujer no nacen sino que se hacen >>. En consecuencia, la homosexualidad es algo normal por lo cual no solo debe respetarse sino defenderse, protegerse y hasta privilegiarse. Es inquietante dice el Papa – que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones, a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños.

Sobre esta difícil problemática oportunamente a través de las comisiones de Fe y Doctrina y de Familia.

La Exhortación es un documento Pastoral en el que destaca el reconocimiento a los diferentes esfuerzos, muchas veces erróneos o incompletos, por formar una familia estable, integrada por un padre, una madre y sus hijos. Aquí entra de lleno la orientación amplia y motivadora del capítulo VIII que lleva por título: ACOMPAÑAR, DISCERNIR E INTEGRAR LA FRAGILIDAD. Es aquí, en las situaciones familiares difíciles, donde los pastores hemos de conjugar en todas sus formas el verbo acompañar. << Nadie – dice el Papa- puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio>>. Y continua: <> (277). El Papa, consecuentemente, hace mención de la <> (308).

Desde otro punto de vista, Francisco hace un llamado a una preparación más prolongada, mediante <> al sacramento del matrimonio y pide que la preparación inmediata no se concentre exclusivamente en los preparativos de la celebración social.

En Venezuela es urgente y obligatorio, dada la crisis económica, reducir los gastos en la celebración de la boda. Hay familias que por esos gastos de sus hijos quedan al borde de la quiebra o de la ruina. Es también nuestro deber pastoral orientar a Los novios o contrayentes y ayudarlos a entender que es más importante la preparación humana y espiritual que la mera celebración social. 7

PANORAMA NACIONAL

No me detendré a describir la situación del país, porque hoy constituyen una rara excepción los venezolanos que no sufren una dura realidad. A más de que el sistema que nos gobierna ya está agotado, los actuales gobernantes manifiestan incapacidad para solucionar los urgentes problemas del país.

Se observa claramente que los intereses del gobierno no son los intereses del país, de sus gentes y sus instituciones. La ingobernabilidad, aparte de la brutal represión, y la carencia de respuestas serias y estables, que superen la improvisación y la provisionalidad, provocan la percepción generalizada de que la crisis global se agudiza y se prolonga sin límites. Percepción que genera al mismo tiempo incertidumbre, desesperanza, depresión rabia y violencia social. Las ciudades de Cumaná y Tucupita, entre otras, han experimentado los efectos de las políticas económicas y sociales equivocadas y la indolencia de las autoridades. Pareciera que una nueva edición del <> se realiza por capítulos.

Un gobierno que no ha podido derrotar y dar alimentos y medicinas al pueblo, aún más, negado a permitir que instituciones religiosas o sociales presten su concurso para aliviar las penurias y dolencias del pueblo, carece de autoridad moral para llamar al diálogo y a la paz.

Un gobierno que durante diecisiete años y no ha podido, a pesar de todos sus recursos, controlar y dominar la delincuencia no está en condiciones de asegurar tranquilidad y paz a los ciudadanos. La sola represión, como la Operación de Liberación del Pueblo (OLP) no es el camino que nos conducirá a la paz.

El diálogo, del cual habla el gobierno, comienza por el reconocimiento de la gravedad de la situación en todos los órdenes y la manifestación de la voluntad mediante signos visibles, de querer cambiar positivamente o transformar la situación. El incremento del poder militar no solucionará los problemas éticos y sociales. Un diálogo político sin metas precisas, sin fases definidas y sin resultados previstos es inútil.

La locura del poder y la permanencia en el poder no justifican cualquier acción ni cualquier política. Estamos los venezolanos ante una disyuntiva moral, pues no podemos admitir ni permitir que la vida humana ceda el puesto a la divinización de la ideología. Cuando se da una situación así, hay que recurrir al poder originario que está en el pueblo. Consultarlo y acatar su decisión es un imperativo moral que no puede ser soslayado por ninguna autoridad. El Referéndum Revocatorio comenzó prácticamente el 6 de Diciembre.

Las inquietudes de la población venezolana son compartidas en estos momentos por muchas instancias nacionales e internacionales. En un mundo globalizado no podemos declararnos ajenos a ellas, aduciendo soberanía e independencia. Es una verdad ética que la democracia en Venezuela está resquebrajada, y quienes tienen la obligación de oír y concertar con todos los sectores no lo están haciendo. Tampoco se puede dialogar si no se reconoce en primer lugar la existencia y paridad del otro. Ignorarlo o eliminarlo agrava más la situación.

Los Obispos no somos ni oficialistas ni opositores per se. En nombre del mandato divino de pastorear a todos, a los unos ya los otros, hacemos un llamado para evitar que se siga deteriorando la vida del venezolano y caigamos en una espiral de odio y muerte, cuando existen mecanismos pacíficos y constitucionales que ofrecen una salida legítima a la crisis. Nosotros no somos profetas del desastre. Somos pastores y profetas de la esperanza.

Como miembros de la Iglesia hacemos un llamado en este año de la misericordia al encuentro, al perdón y a la reconciliación. Ofrecemos nuestros buenos oficios para facilitar canales de diálogo. Agradecemos a los mediadores internacionales de un dialogo entre el gobierno y la oposición para la paz. Es necesario reconocer los errores. Es necesario corregir las fallas. Es necesario abrirse a la creatividad en la que quepamos todos sin distingos de ninguna clase.

Como tarea urgente, ratificamos públicamente nuestra solicitud de que se permita la entrada de medicamentos que necesitan muchos venezolanos urgidos de una atención sanitaria de altura. La capilaridad de Cáritas de Venezuela y la cooperación de instituciones privadas, y no de entes gubernamentales, nos hace capaces de recibir y distribuir adecuadamente las muchas ofertas que recibimos a diario del exterior. No es la solución definitiva pero sí es un paliativo que no debería esperar más.

Ruego al Padre misericordioso e invoco la protección de María de Coromoto a fin de que estas reflexiones que expresan el sentir no solo de la Conferencia Episcopal sino del y el anhelo de la inmensa mayoría del pueblo venezolano, que espera una solución pronta y definitiva, a la crisis que vivimos, encuentren un camino pacífico y democrático.

 

+Mons. Diego Rafael Padrón Sánchez

Arzobispo de Cumaná 10

Presidente CEV