martes, 30 de junio de 2015

Dios ante el Sufrimiento Humano

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 29
XIII Domingo Ordinario

            Siempre me ha sido difícil acercarme a un enfermo o a alguien que sufre la muerte de un ser querido. Las palabras me salen con dificultad y, muchas veces, me siento tonto cuando repito lo mismo que dicen los demás. Se supone que debo consolar y, pienso, que más bien causo mayor dolor, como si al hablar lastimara la herida. Una vez una joven señora a quien visité porque había muerto su bebe recién nacido me dijo: “Por favor, padre, no me diga que deje de llorar, porque todos me dicen lo mismo”. Me quedé sentado frente a ella sin saber que decir. Pareciera que me impedía hablar porque decía lo que ella estaba cansada de escuchar: “Esa fue la voluntad de Dios”. Eso suelen decirles también a los enfermos. Y, confieso con humildad, no acepto cómo mi Dios amor, infinitamente misericordioso, quiere la enfermedad y la muerte de un hermano.
            La misma Palabra de Dios es la que me responde: “Pues, Dios no hizo la muerte ni se alegra destruyendo a los seres vivientes. Todo lo creó para que existiera; lo que el mundo produce es saludable, y en ello no hay veneno mortal; la muerte no reina en la tierra, porque la justicia es inmortal” (Sabiduría 1,13-15). Repite, “Dios creó al hombre para que no muriera, y lo hizo a imagen de su propio ser, sin embargo, por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo” (Sabiduría 2,23-24). Así, pues, no es la voluntad de Dios, sino del diablo. San Pablo afirma que por el pecado vino la muerte (cf. Rom 5,12). Es decir, todo sufrimiento es causado por los errores y pecados de los seres humanos.
            Entonces, ¿cómo podemos aceptar el sufrimiento de los inocentes? Como dijo una vez el papa Francisco, esa es la pregunta para la que no tenemos respuesta. No obstante, cuando toda la humanidad se ve atrapada a la merced del mal, producto del pecado, Dios planifica el rescate e irrumpe en la historia para realizar su designio de salvación. La respuesta de Dios es su presencia salvadora, porque su designio de amor es que el ser humano viva y se desarrolle en este mundo hacia la eternidad.
            Esta salud que brinda el Señor a la persona humana es integral, cuerpo y alma. Como lo enseña el Vaticano II: “Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad” (Gaudium et spes 3). Por eso Jesús, al acercarse al enfermo con solicitud, lo sana totalmente comenzando por el perdón de sus pecados, porque éstos son las verdaderas causas de todo sufrimiento. Por ejemplo, el encuentro con el paralítico (cf. Lc 5,17-26), lo primero que hace Jesús es perdonarle sus pecados y, como confirmación de esta liberación, el hombre se levantó y salió caminando. Estos hechos amorosos de sanación tienen siempre, los elementos salvíficos de la fe, el perdón y la salud que se convierten en signos del Reino de Dios (cf. Mt 12,28).
            Jesús nos revela a un Dios que no dice nada sobre el sufrimiento y la muerte, sino que lo asume y lo vive. No vamos a encontrar en el Evangelio una explicación, más bien nos presenta la acción salvífica del Dios encarnado que toma para sí todos los pecados y sufre sus consecuencias. Jesús es el siervo sufriente (cf. Is 52,13-53,12) que se hace camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6), para que podamos seguirlo y, por la vía del amor extremo del sacrificio de la cruz, podamos trascender y superar el mundo del sufrimiento, hacia la resurrección.
            Nuestra fe nos expresa que más allá del dolor y la muerte está la vida que es abundante, eterna. Antes de partir a la gloria del Padre, el Hijo nos prometió que nos prepararía lugar para nosotros en la casa de la comunión trinitaria. Es que, al no aceptar que el humano muera, lo arranca de la muerte y lo lleva a vivir con Él eternamente. Ahí ya no hay dolor ni enfermedad que nos atormenten. Lo que nosotros llamamos muerte es, en realidad, la liberación definitiva del pecado y sus consecuencias. Como dice San Alberto Hurtado, el encuentro con la verdad que nos libera y nos hace felices.
            Maracaibo, 28 de junio de 2015

viernes, 19 de junio de 2015

La Iglesia servidora de Venezuela


Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 28
XII Domingo Ordinario
            Jesús nos brinda con su persona y su Evangelio un proyecto de vida que abarca todas las dimensiones humanas y se fundamenta en el amor que él nos propone como un novedoso mandamiento. Es San Pablo quien interpreta que el amor de Cristo se ha apoderado de nosotros desde que fuimos testigos de cómo nos amó hasta la entrega de su existencia en la cruz (cf. 2Cor 5,14). Esta es la novedad del mandamiento de Jesús: “Así como yo los amo, así deben amarse ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34). En este sentido, la Iglesia que peregrina y sirve en Venezuela, en su Concilio Plenario nos enseña que “la caridad es el amor cristiano, teologal, desinteresado, que viene de Dios y nos une a él. Es el alma de la solidaridad y de toda acción de servicio a la fraternidad, la justicia y la paz”. Me refiero al extraordinario documento de titulo largo: “La Contribución de la Iglesia a la Gestación de una Nueva Sociedad” (CIGNS), queriendo decir que la Iglesia trabaja con grandes esfuerzos para transformar nuestra sociedad con la novedad de los valores del Evangelio de Jesús.
            Quiero orientar mi reflexión en los temas que, a mi juicio, son los más relevantes de este tercer documento del acontecimiento eclesial del siglo XXI, que lamentablemente no lo hemos acogido como se merece, el Concilio Plenario de Venezuela (CPV). Inaugurado el 26 de noviembre de 2000 y concluido el 7 de octubre de 2006. Se puede decir que es un acontecimiento en medio de una sociedad sacudida por fuertes vientos tormentosos, políticos y sociales, donde la Iglesia hace presenta a Jesús que nos acompaña solidariamente con su gracia y nos reclama mayor profundidad de fe para poder, con la fuerza del Espíritu Santo, renovar a Venezuela y levantarnos en la defensa del bien de todos, hacia la libertad (cf. Mc 4,35-41).
            Creo que el reto principal está expresado con estos términos: “Urge definir cuál debe ser la presencia y el compromiso cristiano en el vasto campo de la cultura, entendida ésta como horizonte general de la actividad humana, es decir, no sólo como expresión artística, sino como los diversos aspectos del quehacer humanizante de las personas y de los pueblos en los ámbitos jurídicos, políticos, económicos, sociales, familiar, artístico” (CIGNS 4). Se concreta en cuatro de ellos como núcleos problemáticos: lo económico, lo social, lo político y lo ético-cultural. Después de hacer un análisis de la realidad (una mirada pastora de la situación de Venezuela en estos cuatro ámbitos), nos presenta una iluminación teológico-pastoral. A esta visión teológica es a la que quiero referirme, completándola con algunos desafíos y sus respuestas comprometedoras.
            Como lo indiqué al principio, en la Persona y el Evangelio de Jesucristo es donde se fundamenta la vida y la misión de la Iglesia al servicio de nuestro pueblo con el deseo de acompañar a todos aquellos que quieran, con sincera entrega, contribuir a la gestación de una nueva sociedad para la Venezuela de hoy. Como para Jesucristo, también para la Iglesia el Reino de Dios es el centro de la evangelización. Aunque sabe que el Reino de Dios trasciende la historia humana, la Iglesia la recibe como misión y vocación, cada una de sus acciones y de sus predicaciones tiene el objetivo de construirlo en este mundo. Dios debe reinar en el aquí concreto de nuestra sociedad.
            Nuestro documento enseña que el paso importante de los cristianos es la conversión para acercarse a Jesús, seguirle y asumir su causa, la causa del Reino. Luego, sumergido en la vivencia de historia de salvación, trabajar constantemente para liberar al pueblo del individualismo egoísta, de la corrupción del pecado, para vivir el ideal de la comunión como expresión del Reino de Dios.
Con el numeral 76 concluye el primer punto sobre Jesucristo y el Reino de Dios, para entrar en el tema esencial del documento, la nueva sociedad: “La Palabra de Dios y el magisterio eclesiástico reciente arrojan luces para determinar la naturaleza y la especificidad de la acción evangelizadora y sus correspondientes aportes a la gestación de una nueva sociedad. La implementación de respuestas acertadas a la nueva situación nos llevará al compromiso, personal y comunitario, de transformar el orden social, comenzando por nuestros propios ambientes, y manifestando claramente la voluntad inequívoca de acercarnos al Reino de Dios”.
Es decir, el compromiso socio-político del cristiano de construir una nueva sociedad, es un mandato evangélico. De ahí que el documento nos ofrece un segundo punto sobre las exigencias del amor. Es que “todos los miembros de la Iglesia estamos llamados a unirnos e interesarnos cada día más por lo social, porque este es un campo de la actividad humana, y nada de lo humano es indiferente a la Iglesia” (CIGNS 82). La fe debe hacerse notar en el amor – ámense como yo los he amado, así sabrán que son mis discípulos – que se vive encarnado en nuestra realidad concreta, con la solidaridad, la lucha por la paz y la justicia: “El compromiso solidario de la Iglesia con los pobres, con los marginados, con los oprimidos, con los débiles, con los tristes, con aquellos cuyos derechos han sido violados o amenazados, es también motivación, invitación y argumento para la fe del mundo en Cristo” (CIGNS 81).
El tercer punto, la opción por los pobres, como exigencia del amor y consecuencia de una auténtica evangelización. A continuación, hace una excelente reflexión sobre la persona humana y la sociedad teniéndolos como principios de su doctrina social. Me permito cerrar esta reflexión con el texto de compromiso a servicio de la nueva sociedad para nuestro pueblo: “Construir una nueva sociedad implica, en primer lugar, tener claro que todo lo que se plantea como objetivo o ideal de sociedad debe ser viable, aunque sea difícil lograrlo. En segundo lugar, implica buscar pistas propias, con cierta originalidad, rechazando la mera imitación, sin que esto signifique alejarnos de nuestra larga tradición eclesial y de nuestro propio pasado histórico. En tercer lugar, debemos señalar que son los laicos quienes deben asumir como propio de su condición la construcción de esta nueva sociedad, en unión con los pastores, que están llamados, a su vez, a iluminar, instruir y motivar” (CIGNS 91).
Toda esta enseñanza abre desafíos muy importantes: la formación de la doctrina social de la Iglesia que nos brinda los principios de reflexión, los criterios de juicios y las directrices de acción. Desde donde la Iglesia ejerce su vocación profética, que anuncia, denuncia y construye. A mi juicio, dos desafíos son de una necesidad apremiante en la actualidad: “Concretar la solidaridad cristiana y defender y promover la paz y los derechos humanos ante las frecuentes violaciones de los mismos” (CIGNS 137). El otro es: “Ayudar a construir y consolidar la democracia, promoviendo la participación y organización ciudadana, así como el fortalecimiento de la sociedad civil” (CIGNS 153).
            Maracaibo, 21 de junio de 2015

viernes, 12 de junio de 2015

Una Nueva Sociedad

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 27
XI Domingo Ordinario
            Sembrar la Palabra de Dios en el corazón de cada ser humano produce el maravilloso fruto de una persona nueva, según el modelo de Cristo Jesús, para la construcción de una nueva sociedad que tiene su plena realización en el reinado de Dios. Esta tarea es una de las más queridas por la Iglesia Latinoamericana e integrada en la misión evangelizadora. Ciertamente, anunciar el Evangelio de Jesús nos compromete en la construcción de una sociedad distinta, donde se viva la novedad de sus valores fundamentales de la vida, la verdad, la justicia, la paz. Una sociedad de amor fraterno: “El Espíritu del Señor impulsa al Pueblo de Dios en la historia a discernir los signos de los tiempos y a descubrir en los más profundos anhelos y problemas de los seres humanos, el plan de Dios sobre la vocación del hombre en la construcción de la Sociedad, para hacerla más humana, justa y fraterna” (Puebla 1128).
            Esta tarea a la que estamos todos comprometidos, supone una visión cristiana de la persona humana que parte por aceptar que la tierra entera es una casa pequeña donde convivimos todos y, so pena de negarnos nuestro progreso personal, no podemos excluir a nadie. Más que vivir, convivimos. Es nuestro deber reconocer que cada ser humano es un hijo de Dios y formamos una sola familia. En esta reflexión seguimos a la constitución Gaudium et spes del Vaticano II que opta por un humanismo integral, donde se contempla al ser humano en su justo valor frente a Dios y al mundo. Reafirmando su propia identidad, la persona humana se reconoce con vocación comunional. Que la sociedad no es un montón de seres y cosas anónimas, sino que es una comunidad de personas libres y responsables, organizadas para convivir en el respeto y servicio.
            El capítulo segundo de la constitución conciliar, iluminando sus enseñanzas con la revelación divina, nos habla ampliamente del sentido de la comunidad humana, donde encontramos las principales características de una sociedad nueva que no es sino la vivencia de lo que debe ser una verdadera comunidad. Es verdad que los progresos técnicos y científicos han facilitado la comunicación y la interrelación de los seres humanos y los pueblos. Sin embargo, debemos dar un gigante salto hacia lo que nuestra constitución califica como “la perfección del coloquio fraterno” (Gaudium et spes 23) que trasciende hacia la hondura de una comunidad de personas que se respetan y se aman: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et spes 24).
            Una de estas características es la interdependencia entre las personas y la sociedad. Recuerdo un afiche de los años setenta del siglo pasado donde presentaba la imagen de un joven cargando sobre su espalda a otro sin piernas, con un escrito que rezaba: “No es una carga, es mi hermano”. Es, pues, uno de esos testimonios más elocuentes que un discurso. En este sentido, dice la Iglesia, que “la vida social no es para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación” (Gaudium et spes 25). No hay dudas, para vivir feliz y con dignidad, nos necesitamos.
            Este es el significado del principio del bien común, que se descubre no porque lo estudiamos o porque lo deducimos de la lógica, sino porque lo experimentamos al aceptar a los demás con sus derechos. Especialmente, cuando Jesús nos lo presenta con sus obras y sus palabras. Para Él, hacer el bien está por encima de cualquier culto o tradición: “¿Qué está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?” (Lc 6,9). Este es el sentido: “El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al contrario. El mismo Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado… Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una renovación de los espíritus y a profundas reformas de la sociedad (Gaudium et spes 26).
            Quiero destacar dos valores más que hoy es sumamente necesario interiorizar y practicar, para la construcción de la nueva sociedad que queremos. En primer lugar, el respeto y amor a los adversarios. Para su comprensión, basta leer el numeral 28 de la Gaudium et spes que sentencia: “Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo”. En esto Jesús es radical: Amen también a sus enemigos, hagan el bien también a los que los odian (cf. Mt 5,43-44). Recuerdo haber leído del pensador francés Emmanuel Mounier que el secreto de un político cristiano es descubrir dónde está el hermano para servirle con amor, no dónde está el enemigo para atacarlo. Refiriéndose a la parábola del “buen samaritano” (cf. Lc 10,25-37).
            El otro es la responsabilidad en correlación con la participación. He predicado muchas veces a futuros profesionales que no podemos darnos el lujo de ser mediocres, incompetentes, irresponsables ni deshonestos. Nuestra sociedad es vieja, caduca e inhumana, porque la falta de un compromiso social responsable, competente y honesto nos destruye como personas humanas. La sociedad se renueva con la participación responsable de cada uno.
El texto con el cual termino esta reflexión goza de mi más grata preferencia: “No puede llegarse a este sentido de la responsabilidad si no se facilitan al hombre condiciones de vida que le permitan tener conciencia de su propia dignidad y respondan a su vocación, entregándose a Dios y a los demás. La libertad humana con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema necesidad, de la misma manera que se envilece cuando el hombre, satisfecho por una vida demasiado fácil, se encierra como en una dorada soledad. Por el contrario, la libertad se vigoriza cuando el hombre acepta las inevitables obligaciones de la vida social, toma sobre sí las multiformes exigencias de la convivencia humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive” (Gaudium et spes 31).
            Maracaibo, 14 de junio de 2015

jueves, 4 de junio de 2015

La Eucaristía, Sacramento de Comunión


Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 26
Solemnidad de Corpus Christi
            La comunión se fundamenta en el amor. Es decir, el amor se expresa en una interrelación íntima de personas que conviven, comparten y participan de intereses comunes, manteniendo intacta la identidad de cada persona. Donde cada una se valora y sabe que sus valores están al servicio de todos. A la vez, cada persona valora a las demás y se sabe necesitada de ellas. Se necesitan mutuamente. El amor es comunión de vidas que se entregan unas al servicio de otras. Así es Dios, Trinidad santa, comunión de personas divinas en la perfecta unidad del conocimiento y del amor. Es este el Dios que creó el mundo en la armonía que revela su belleza y bondad. Y, en este mundo creó al ser humano en el amor y la libertad, en la vocación de relación comunional, con Dios, con los otros humanos y con las demás criaturas.
El ser humano es creado en una digna participación de la divinidad de su Creador que lo hizo a su imagen y semejanza. Convivimos con Dios. Nuestra fuente de existencia es la comunión con nuestro Creador. Lo humano y lo divino nos construye en la gracia y la bondad. Esta relación comunional con Dios es de amor filial. Dios es Padre nuestro. Por eso, la comunión interhumana se identifica con la fraternidad y nace de la comunión Padre-hijos. Es decir, porque Dios es nuestro Padre, todos los humanos somos hermanos. Como lo enseña el Magisterio de la Iglesia latinoamericana, “al hacer el mundo, Dios creó a los hombres para que participáramos en esa comunidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unigénito en el Espíritu Santo” (Puebla 182).
Esta comunión de Dios y de la humanidad tiene su lenguaje, se expresa en signos sacramentales que esconden y revelan el misterio de amor. Son los Sacramentos por donde Dios comunica su gracia y nos permite encontrarlo. Donde Dios viene a nuestro encuentro y entra a vivir en nosotros y nos invita a salir para recibirlo en comunión. El Sacramento por antonomasia es Jesucristo, “Él es imagen del Dios invisible” (Col 1,15). Al seguir a Jesucristo, nos encontramos con el Padre y recibimos el Espíritu Santo. Y la Iglesia es el sacramento del amor comunional de Dios, Trinidad santa: “Cristo, que asciende al Padre y se oculta a los ojos de la humanidad, continua evangelizando visiblemente a través de la Iglesia, sacramento de comunión de los hombres en el único pueblo de Dios, peregrino en la historia. Para ello, Cristo le envía su Espíritu, quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de la conciencia hace aceptar y comprender la palabra de salvación” (Puebla 220).
En la historia de la salvación, el Hijo se encarna y se hace comunión con la humanidad. Lo Eterno y lo histórico, lo Divino y lo humano, conviven unidos en la Persona de Jesucristo. Desde entonces, el mundo y la humanidad están colmados de Dios. Todo nos habla un Dios que nos ama y nos quiere unidos. La comunión entre nosotros y todos con Él, es la realización plena de la historia, su plenitud. El Padre viene a comulgar con nosotros por el Hijo encarnado, en el Espíritu Santo, vínculo de amor.
Y, para que este encuentro comunional se renueve constantemente a lo largo de la historia, nos ha regalado el don de la gracia por medio de los sacramentos. Así llega Dios a nuestro corazón y nos transforma. Lo resumimos con el teólogo napolitano Bruno Forte: “Si Cristo es el sacramento de Dios y la Iglesia es el sacramento de Cristo, los sacramentos son las realización más intensas del encuentro con Dios en la Iglesia, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu… Cada uno de los sacramentos despierta y enriquece nuestra relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo y que todo itinerario sacramental hace que el Dios vivo permanezca en el corazón del hombre y que el hombre nuevo permanezca en el corazón de la Trinidad” (Introducción a los Sacramentos, Paulina, Madrid 1996, pp. 5-6).
En este misterio de comunión interhumano y humano-divino, podemos contemplar el valor extraordinario de la Eucaristía. El Sacramento de nuestra fe (Mysterium fidei) o, como lo identifica nuestro pueblo, el Santísimo Sacramento. Esta es la manera como el Señor se ha querido hacer presente y permanecer en comunión con nosotros. Es importante entender que “tal presencia se llama real no por exclusión, como si las otras (presencias) no fueran reales, sino por excelencia, ya que es substancial, porque mediante ella, ciertamente se hace presente Cristo Dios y Hombre, entero e integro” (Pablo VI, Mysterium fidei 5).
Este sentido de presencia de comunión del Señor que nos realiza como comunidad de fe, esperanza y caridad, es expresado por Juan Pablo II de una manera excepcional en su encíclica sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia (Ecclesia de Eucharistia del jueves santo de 2003). Dice el santo papa: “Con la comunión eucarística la Iglesia consolida también su unidad como cuerpo de Cristo. San Pablo se refiere a esta eficacia unificadora de la participación en el banquete eucarístico cuando escribe a los Corintios: Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan (1Cor 10,16-17). El comentario de san Juan Crisóstomo es detallado y profundo: ¿Qué es, en efecto, el pan? Es el cuerpo de Cristo ¿En qué se transforman los que lo reciben? En cuerpo de Cristo; pero no muchos cuerpos sino un solo cuerpo. En efecto, como el pan es sólo uno, por más que esté compuesto de muchos granos de trigos y éstos se encuentren en él, aunque no se vean, de tal modo que su diversidad desaparece en virtud de su perfecta fusión; de la misma manera, también nosotros estamos unidos recíprocamente unos a otros y, juntos, con Cristo” (Ecclesia de Eucharistia 23).
Concluye su enseñanza: “La argumentación es terminante: nuestra unión con Cristo, que es don y gracia para cada uno, hace que en Él estemos asociados también a la unidad de su cuerpo que es la Iglesia. La Eucaristía consolida la incorporación a Cristo, establecida en el Bautismo mediante el don del Espíritu” (Ecclesia de Eucharistia 23). De ahí su tesis: “La Iglesia vive de la Eucaristía” (Ecclesia de Eucharistia 1). Por eso, la vida del cristiano y de la Iglesia es una Eucaristía prolongada, como afirma san Alberto Hurtado.
            Maracaibo, 7 de junio de 2015

lunes, 1 de junio de 2015

La formación política del cristiano

La formación política del cristiano
Una reflexión sobre la dimensión política del Evangelio

José Andrés Bravo Henríquez
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Mons. Ubaldo Santana, arzobispo de Maracaibo, afirmó a un periodista que el reto de la Iglesia en la actual sociedad venezolana es la formación de los cristianos en la política. La falta de esta sólida formación humano-cristiana es denunciada por el Concilio Plenario de Venezuela como una sombra: “En el campo de la política, escenario donde se configuran las leyes y se toman las grandes decisiones, se evidencia la escasez de laicos formados en la fe y específicamente en la Doctrina Social de la Iglesia, que influyan significativamente en las decisiones que afectan a la nación, particularmente en los campos como la familia, la defensa de la vida, la educación y la libertad religiosa” . La sombra es más oscura cuando “se constata en algunos cristianos una actitud pasiva en participar en la vida de sus comunidades y del país, dejando a un lado la responsabilidad social y política, la cual es insoslayable para cualquier persona como miembro de una sociedad. Esa apatía e indiferencia contraría el compromiso cristiano con la comunidad para la construcción de un nuevo país” .
Esta inquietud ha sido expresada en diversos documentos de la Conferencia Episcopal Venezolana, especialmente en los últimos años. Uno de los más contundentes y oportunos es emitido el 20 de enero de 1998, en medio de la grave crisis de nuestra democracia en franco deterioro, a los cuarenta años - ironía de la historia - del “23 de enero de 1958”. Es firme al valorar la democracia: “Vivir en democracia no es, desde la perspectiva del pensamiento de la Iglesia, algo accidental. Forma parte de las condiciones para garantizar la dignidad de la persona humana, la calidad de vida y la justicia distributiva. Por eso, la Iglesia no puede mantenerse indiferente ante este proceso. Debemos afirmar que la democracia como sistema político no es negociable. Es decir, que no estamos dispuestos a avalar formas autoritarias o dictatoriales que tantas penas y lágrimas nos causaron en el pasado. No se puede olvidar que detrás de estos regímenes de fuerza afloran diversas formas de degradación y manipulación de la persona humana” .
Resalto el llamado a no ser indiferentes. Pero, lo más grave es que muchos venezolanos que se profesan cristianos – unos más que otros – han contribuido, con sus acciones y actitudes, a la perdida de la libertad y de la democracia. Unos empeñados en mantener el poder por cualquier medio, no importando traicionar los principios fundamentales del bien común y asumiendo políticas equivocadas, ineficientes y, no en pocos casos, propiciadoras de corrupción. Otros, queriendo proteger sus intereses, sus negocios, se alistan a formar parte del régimen “socialista”, totalitario y destructor, olvidándose de los valores fundamentales del cristianismo que dicen profesar. Pero, peor aún es la indiferencia de la mayoría cristiana que prefiere encerrarse en sí misma y no comprometerse en lo que es propio del seguidor de Jesús, la entrega amorosa hasta la cruz (sacrificio) para obtener el triunfo del reino de paz y justicia para todos, preferencialmente para los pobres.
Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Christifideles Laici (1988), es aún más claro: “Para animar cristianamente el orden temporal – en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad – los fieles laicos de ningún modo puede abdicar de la participación en la política; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común… Las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro moral, no justifican lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública” .
En los años postconciliares y, específicamente, a partir de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Medellín (1968), nace un movimiento latinoamericano que tuvo a la teología de la liberación como base de reflexión y a las comunidades cristianas populares o de base como elemento operativo con claras opciones sociales contra regímenes totalitarios y sistemas opresores. Unos con clara inspiración marxistas y otros buscando una fuerza cristiana que les ayudara en las terribles luchas contra las más graves injusticias que conducen a la violencia, motivados por la opción preferencial por los pobres y oprimidos. Son muchos y diversos los escritos que han querido dar respuesta a esta situación. Tengo a mano dos artículos que me ayudan a plantear el problema. El primero es del sacerdote chileno Segundo Galilea publicado el año 1973, titulado “Jesús y la liberación de su pueblo” . El otro es del sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, tomado de su obra fundamental Teología de la Liberación del año 1971. El referido artículo se titula “Jesús y el mundo político” .
Según Galilea, el problema que enfrentan muchos cristianos comprometidos en la lucha liberadora es que no se sienten en condiciones de asumir una militancia propiamente política. Sin embargo, saben que, desde su apostolado, deben trabajar para influir a favor de los necesitados. Indudablemente, su acción tiene una vertiente socio-político que deben descubrir en el Evangelio de Jesús. Yo digo que es importante una pastoral socio-política que dé respuestas a este cuestionamiento. Lo que sucede es que se ha tenido miedo en aceptar que también la persona y las enseñanzas de Jesús pueden iluminar el camino hacia esta acción. Acertado es el teólogo chileno al afirmar que “la cristología que muchos de esos cristianos recibieron no los preparó para una lectura socio-política de la vida de Jesús y del Evangelio” .
La falta de una seria formación al respecto, lleva incluso al error de justificar cualquier sistema. En la actual Venezuela se ha querido identificar a Jesús con el régimen totalitario denominado “socialismo del siglo XXI”. Sin embargo, por otra parte, como lo refiere Galilea, “frente a esta realidad y proceso histórico es necesario colocar la misión de Jesús. La carencia de la dimensión política de la cristología tiende a hacer de Cristo ajeno a esta problemática, socialmente desencarnado, predicador de un mensaje salvador de las personas y de un reino extra-temporal” . A un mensaje de Jesús desencarnado le siguen unos cristianos indiferentes y, los más comprometidos, decepcionados.
No podemos negar, aquí me hago ayudar por el artículo de Gustavo Gutiérrez, de que existe un problema muy profundo y complejo que no podemos evadir. Existen algunos cristianos, especialmente jóvenes, que han llegado a preguntarse por la actitud de Jesús frente a la situación política de su tiempo. Es verdad que Jesús no es un rebelde político al estilo zelote, pero tampoco es un espiritualista apartado del mundo como un esenio de su época. Jesús, según el testimonio de los evangelistas, vivió pobre y cerca de los pobres y necesitados. En una cultura como la de su pueblo donde existe clara discriminación contra las mujeres y los niños, Jesús se acerco y compartió con mujeres y bendijo a los niños. A los samaritanos, otros despreciados, son tratados por Jesús con dignidad y hasta como ejemplo de cómo se debe vivir la caridad. A los enfermos, especialmente los considerados impuros, se hace cercano para asistirlos.
Su programa de vida está dirigido a predicarles a los pobres y liberar a los oprimidos. Ciertamente, la predicación de su reino va más allá de los límites humanos, pero cambia radicalmente las relaciones interhumanas, de manera que las personas se rijan por los fundamentales valores que dignifican: justicia, paz, libertad y verdad, para el cumplimiento del mandamiento nuevo del amor fraterno. Porque, bien lo dice Gutiérrez, “para Jesús la opresión y la injusticia no se limita a una situación histórica determinada; sus causas son más profundas y no podrán ser eliminadas verdaderamente si no se va a las raíces mismas de la situación: la quiebra de la fraternidad y la comunión entre los hombres. Además, y esto es de enormes consecuencias, Jesús es opuesto a todo mesianismo político-religioso que no respeta ni la hondura de lo religioso ni la consistencia propia de la acción política” .
Por eso, estoy convencido de que la tarea urgente es formar a los cristianos en el auténtico sentido de la política para que puedan, con los valores del Evangelio y la doctrina social, ser protagonistas en la construcción de una nueva sociedad de progreso y bienestar para todos. Para ello, la Iglesia ofrece los principios de reflexión, los criterios de juicios y las directrices de acción, que tienen su origen en la revelación divina. Ciertamente, la acción liberadora de Dios en la historia , su gesto de acercarse a un pueblo oprimido por el poder que tiraniza, la elección de un líder y la movilización de Israel que se levanta y marcha en comunidad hacia la libertad con la fuerza de la fe y la convicción del valor del sacrificio, es fuente de toda acción política de inspiración cristiana. Como enseña el Compendio de la Doctrina Social en el numeral 23: “El don de la liberación y de la tierra prometida, la Alianza del Sinaí y el Decálogo, están, por tanto, íntimamente unidos por una praxis que debe regular el desarrollo de la sociedad israelita en la justicia y en la solidaridad” . Israel es el prototipo del nuevo pueblo de Dios formado por la humanidad entera y liberado por el sacrificio de Jesús en la cruz.
Pues, el acontecimiento salvífico del Dios de Israel, tiene en Jesucristo el cumplimiento decisivo de la historia liberadora. Cristo encarnado, cuyo proyecto es anunciar una buena noticia a los pobres, la liberación de los oprimidos y establecer un reino de fraternidad , en la libertad y responsabilidad. Aquí está el proyecto originario de toda acción política del cristiano. De este acontecimiento continuamente renovado, donde se actualiza el designio de amor de Dios, nace la visión de la persona humana, de la sociedad y de su historia. Si el cristiano tiene conocimiento y convicción de estas enseñanzas, su fe le mueve a no aislarse en un espiritualismo individualista y evasivo , una piedad privada (pietista), un moralismo excluyente o una caridad casual, que muchas veces justifican su falta de compromiso con la sociedad.
En este sentido, fue en la Conferencia de Medellín (1968), donde la Iglesia de nuestro continente latinoamericano destaca las relaciones de la vida espiritual con la acción liberadora, concretamente en la liturgia. Pues, “la celebración litúrgica corona y comporta un compromiso con la realidad humana, con el desarrollo y con la promoción, precisamente porque toda la creación está insertada en el designio salvador que abarca la totalidad del hombre” . Y, cuando habla de la espiritualidad de los cristianos, invita a promoverse “una genuina espiritualidad de los laicos a partir de su propia experiencia de compromiso en el mundo, ayudándoles a entregarse a Dios en el servicio de los hombres y enseñándoles a descubrir el sentido de la oración y de la liturgia como expresión y alimento de esa doble recíproca entrega” . Más adelante, en la Conferencia de Santo Domingo (1992) se exige como compromiso pastoral, dinamizar “una espiritualidad del seguimiento de Jesús, que logre el encuentro entre la fe y la vida, que sea promotora de la justicia, de la solidaridad y que aliente un proyecto esperanzador y generador de una nueva cultura de la vida” .
Es importante convencer de que en la irrupción de Dios en la historia, se encuentra también la raíz de la visión cristiana de la comunidad política. Así lo enseña la Iglesia en el tesoro de su doctrina social: “Cristo revela a la autoridad humana, siempre tentada por el dominio, que su significado auténtico y pleno es de servicio” . En esto se insiste una y otra vez, porque su fundamento es la dignidad de la persona humana que sólo en una comunidad de paz y libertad puede realizarse plenamente. La principal responsabilidad es el bien común: “La comunidad política tiende al bien común cuando actúa a favor de la creación de un ambiente humano en el que se ofrezca a los ciudadanos la posibilidad del ejercicio real de los derechos humanos y del cumplimiento pleno de los respectivos deberes” .
La política entendida como servicio al bien común, supone que nuestra existencia es convivencia, relación interpersonal. Si bien es importante la autoafirmación como ser individual con su propia identidad – ser idéntico a sí mismo –, este mismo ser no se realiza plenamente si no sale de sí mismo al encuentro con los demás, vigorizando su libertad aceptando las inevitables obligaciones de la vida social, asumiendo las multiformes exigencias de la convivencia humana, obligándose al servicio de la comunidad en que vive .
El mismo Jesús, con su característico lenguaje radical, lo expresa claramente a sus Apóstoles, ante sus ambiciones de poderes y privilegios, tentaciones que acompañan siempre al cristiano. Así habla Jesús de la política: “Saben que entre los paganos los que son tenidos por gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre ustedes; más bien, quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás; quien quiera ser el primero que se haga sirviente de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida como rescate por todos” . El gobernante es el sirviente del pueblo. Es tanto que, sólo podemos participar del reino de Dios si dirigimos nuestra existencia a servir a los demás en la solución de sus más urgentes problemas sociales: El hambre, la sequía y destrucción ambiental, la inmigración y la gravedad de los muchos refugiados, la falta de vivienda, el deterioro de la salud y servicios básicos, del sistema de justicia y la horrible condiciones de las cárceles. Basta leer el Evangelio .
Estas reflexiones son como una manera de introducir lo que sería un desafío cada vez más urgente de formar a los cristianos en el verdadero sentido de la política. Porque el seguidor de Jesús debe tener clara conciencia de su compromiso con la situación socio-política de la sociedad actual. ¿Con qué principios puede un cristiano desarrollar una reflexión hoy? Aquí es necesaria la visión de la persona humana, su dignidad, sus derechos y deberes. ¿Cuáles son los criterios que, desde la fe, se necesitan para un juicio a los sistemas que se imponen, a los sistemas que se proponen y por los que se lucha? Aquí se necesita un conocimiento de la realidad y una capacidad de juicio cristiano; conocer las diversas ideologías, sus valores y sus peligros. También se debe tener claro los derechos y deberes sociales de la Iglesia, para un discernimiento lo más conveniente posible. Y, por último, ¿cuáles son las orientaciones para la acción dinámica del cristiano? Es importante tener una visión evangélica de la dignidad de la persona humana para un diálogo respetuoso y sincero, para la promoción de la justicia en la solidaridad. Todos estos y más, desde la práctica del amor y de la misericordia, como camino para construir la fraternidad, fundamento de la paz, como nos exhorta el Papa Francisco.
El principio de reflexión que nos enseña la doctrina social es la persona humana libre e inteligente, cuya dignidad se fundamenta en su participación en la divinidad de Dios que lo creo a su imagen y semejanza: “El hombre pues, como ser inteligente y libre, sujeto de derechos y deberes es el primer principio y, se puede decir, el corazón y el alma de la enseñanza social de la Iglesia” . En realidad, es el único principio, los demás se desprende de él. Juan Pablo II en su primera encíclica Redemptor hominis 14 afirma que “el hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social – en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la nación, o pueblo (y posiblemente sólo aún del clan o de la tribu), en el ámbito de toda la humanidad – este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo”.
Si este es el principio fundamental, la DSI debe basarse entonces en una clara visión cristiana del ser humano. Lo que podríamos denominar: una antropología cristiana. En este sentido, la Iglesia apuesta por un humanismo integral y solidario. Por eso, la Iglesia, en la Gaudium et spes, da la cara al mundo, para servir a la persona humana. Ella escucha sus interrogantes, comprende la complejidad de su situación, respeta la autonomía de lo terrenal, valora su progreso y brinda a la humanidad el servicio de la evangelización.
De este principio fundamental se desprenden los siguientes principios señalados por el documento de la Congregación para la Educación Católica, ampliado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. A saber, los derechos humanos que derivan de la misma dignidad de la persona humana como imagen de Dios; la dimensión relacional o comunional de esta persona (con Dios, con los demás y con las cosas materiales); el bien común como un valor de servicio y de organización de la vida social y del nuevo orden de la convivencia humana; la solidaridad y la subsidiariedad que protege especialmente al más necesitado, ligadas a la opción preferencial por los pobres; la concepción orgánica de la vida social que no es otra cosa que la organización política que cuide y propicie la libertad y la justicia; la participación, asegurando con ella, en la organización social, las exigencias éticas de la justicia social (“La participación justa, proporcionada y responsable de todos los miembros y sectores de la sociedad en el desarrollo de la vida socio-económica, política y cultural es el camino seguro para conseguir una nueva convivencia humana” ); las estructuras humanas y la comunidad de personas; por último, el destino universal de los bienes, formulado por la Gaudium et spes 69 así: “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa, bajo la guía de la justicia y de la caridad”. Este principio puede provocar el debate sobre la propiedad privada que, a mi juicio, queda aclarado con Juan Pablo II en la encíclica Laborem exercens 14: “La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como algo absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la creación entera: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes”.
Con estas reflexiones no quiero reducirme a la simple discusión de que si la Iglesia puede participar en política, de que si los sacerdotes pueden ser políticos o de que si los políticos manipulan la religión. Pienso que lo más importante es que los seguidores de Jesús conozcan el pensamiento que sobre la política tiene el cristianismo, para que puedan actuar en consecuencia. Es verdad que, a pesar de que la historia de la salvación nos revela una experiencia religiosa de relación de Dios con los seres humanos, su enseñanza ilumina todas las realidades humanas porque es la persona humana integral y concreta la que hay que salvar. Sin embargo, no podemos buscar en la Sagrada Escritura un programa político ideológico. No lo encontraremos. Pero sí nos revelará la verdad humana con su más alta dignidad por ser creado a imagen de Dios y, por el Hijo Jesús, ser adoptado como hijos de Dios. De ahí, la vocación de comunión fraterna en el amor y la entrega por el bien común fundamentado en el mandamiento nuevo del amor mutuo. Ahí encontraremos, sin dudas, los fundamentos más profundos de la política y de todas las realidades humanas.
La Sagrada Escritura nos comunica que la tarea de los reyes de Israel, sus fidelidades a la Alianza y sus infidelidades, sus logros y sus derrotas, repercuten en la libertad o esclavitud del pueblo. Son los profetas los que van a convertirse en los más grandes intérpretes de la realidad socio-política-religiosa del pueblo. Denuncias y anuncios, es la dinámica continua de los profetas. De manera que en sus testimonios nos enseñan el sentido del bien, de la justicia, de la paz, del compromiso y servicio comunitario, de la libertad y la dignidad humana. Se afincan en la realidad de los humanos y la juzgan desde la voluntad de Dios expresada en la Alianza. Pero, no son derrotistas. Son personas de esperanza, miran y comprometen al pueblo a un futuro mejor, donde definitivamente reina Dios.
Vale insistir que Jesús no es un político de oficio , ni lo quiso ser. Frente al representante político, Pilato, que lo condena por rebelde, le manifiesta que si él fuera un político como los de este mundo, su partido lo protegería: “Pero mi reino no es de aquí” . No obstante, “el Hijo de Dios asume lo humano y lo creado y restablece la comunión entre su Padre y los hombres. El hombre adquiere una altísima dignidad y Dios irrumpe en la historia humana, vale decir, en el peregrinar de los hombres hacia la libertad y la fraternidad, que aparecen ahora como un camino hacia la plenitud del encuentro con él” . Por eso la Iglesia afirma que por la misma dignidad de la persona humana, imagen de Dios y realizada plenamente en Jesucristo, “merece nuestro compromiso a favor de su liberación” . Además, porque “sólo en Cristo se revela la verdadera grandeza del hombre y sólo en él es plenamente conocida su realidad más íntima” . Aquí está la base más profunda de una actividad social, vale decir política, del cristiano.
Para concluir quiero referirme a un iluminador texto de un escritor cristiano del tercer siglo de nuestra era, llamado Firmianus Lactantius, mejor conocido como Lactancio. Él nos enseña que la virtud de la humanidad es el fundamento de la sociedad. Esto es importante porque actualmente a muchos de nuestros activistas políticos les falta humanidad. Es decir, correcto sentido de lo humano. A veces se quedan en las simples estrategias y cálculos para obtener el poder. Pero, sin un sentido humano de la política, ésta se convierte en instrumento destructor.
Ciertamente, como lo refiere Lactancio, nuestra naturaleza humana es débil, mientras que los animales son más fuertes para adaptarse a este mundo. Sin embargo, Dios nos hizo seres en relación. La fortaleza de la humanidad es que nosotros podemos organizarnos para una convivencia más pacífica y con responsabilidades mutuas de servicio para el bien común. Todos tenemos la misión de cuidar los espacios y permitir que todos podamos habitarlos con dignidad.
Sencillamente, “porque si el hombre se enfureciera a la vista de otro hombre, como vemos que hacen los animales salvajes, no podría existir sociedad entre los hombres, ni orden, ni seguridad en las ciudades. No habría ninguna tranquilidad en la vida humana si la debilidad de los hombres estuviese expuesta no sólo a los ataques de los demás animales, sino también se combatieran unos a otros continuamente conforme hacen las bestias” (Lactancio). De ahí que la política no puede ser una batalla donde el más fuerte somete a los más débiles.
Dice el clásico cristiano que, para una convivencia libre y pacífica, es necesaria una alianza entre los seres humanos, para formar una sociedad. La ayuda mutua es la clave de la política. Si, por el contrario, se viola la alianza, se está cometiendo un crimen: “Debe considerarse como máximo crimen violar o no conservar aquella alianza establecida entre los hombres”. En el Evangelio de Jesús la verdadera alianza entre los seres humanos consiste en cumplir el mandamiento nuevo de amarnos los unos a los otros.
A mi juicio, estas enseñanzas cristianas constituyen la naturaleza y el fin de la política. Todos estamos llamados a encontrarnos, a formar una comunidad donde el ser humano pueda realizar su propia vocación, vivir su dignidad y libertad, asumiendo con responsabilidad su misión mutua del bien común. Como lo enseña la Iglesia, “el bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las que los hombres, familias y asociaciones pueden lograr más plena y fácilmente su perfección propia” (Gaudium et spes 74).
Por su parte, San Agustín (354-430), enseña que desear el poder es saludable siempre que sea para hacer el bien. “Pero no lo es si se desea por el falto vano del orgullo, por la pompa superflua o una necia vanidad”, muy común entre nosotros. El poder, sin duda, constituye el objeto de toda actividad política, pero no puede utilizarse para oprimir y subyugar a los seres humanos que, por su naturaleza, son libres y responsables. Otro gran Padre de la Iglesia, Isidoro de Sevilla (siglo VI), sentencia que el poder se conquista y se ejerce para el beneficio de los ciudadanos: “Nada peor que tener por el poder la libertad de pecar, ni nada más desgraciado que la facultad de obrar mal”.
Muchos, en nuestros días, justifican su poder sosteniendo que tiene su origen divino. Ciertamente, los Padres así lo han enseñado: “El poder es bueno, y ha sido dado por Dios” (San Isidoro). Pero, olvidan que el mismo Santo explica que algo que viene de Dios tiene el amor por fundamento. Así, el poder que oprime, domina y maltrata la dignidad de los seres humanos, no sólo traiciona sus principios, sino que se construye su condena.
Más aún, la Sagrada Escritura, fuente de toda enseñanza cristiana, nos transmite que el pueblo pide a Dios poder al rey, pero para que gobierne con justicia y defienda al pobre. Porque el mismo Dios revelado por Jesucristo, “rige al mundo con justicia, rige los pueblos con rectitud y gobierna las naciones de la tierra” (Salmo 67).

martes, 26 de mayo de 2015

La Iglesia Comunión

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 25
A los 50 años de la Lumen gentium (21/11/1964)
Fiesta de la Santísima Trinidad

            Yo doy gracias a Dios por la época en que me ha tocado vivir. Especialmente, agradezco la fe cristiana y la pertenencia a la Iglesia Católica. Pienso que el Concilio Vaticano II (1962-1965) marcó la época eclesial y, aunque su programa aún no ha tenido total respuesta, ha despertado un camino renovador extraordinario que, visto los últimos acontecimientos, parece no detenerse. Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI y nuestro actual Francisco, cada uno con su estilo personal y colocando sus acentos en lo que han considerado lo importante para la Iglesia y la humanidad entera, nos han dejado un legado repleto de enseñanzas y compromisos.
Quiero destacar el Magisterio que, después del Concilio, se ha venido enriqueciendo con diversos temas de la vida humana iluminados desde el Evangelio. En lo particular, pienso que nos han enseñado que la fe cristiana se centra en la comunión. Esta es la clave de vivir como Iglesia. Porque, para su autocomprensión, la Iglesia no se busca más en las categorías de poderes y riquezas terrenales, sino en el misterio mismo de Dios, revelado por el galileo Jesús. “Así toda la Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Lumen gentium 4). Como Dios es comunión, la vocación del ser humano también es la comunión, porque fuimos creados a su imagen. Y la Iglesia es su sacramento de comunión.
Juan Pablo II nos regaló para el comienzo del presente milenio un documento sencillo, que nos ayuda a edificarnos en la vida espiritual y pastoral, bajo la clave conciliar de la comunión. Confieso que es uno de los documentos pontificios que cuenta con mi particular aprecio. Su lectura y reflexión nos ayuda a una mayor profundización de nuestra fe. Se trata de la Carta Apostólica al concluir el Gran Jubileo de Año 2000: Novo millennio ineunte (NMI), fechado el 6 de enero del 2001.
“Se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino” (NMI 1), comienza diciendo el papa. Y, recordando la exigencia del Señor de remar mar adentro, nos quiere movilizar, que nos levantemos de nuestras lamentaciones y perezas, de nuestros fracasos y decepciones, y asumamos el compromiso que nos reta a echar las redes con el fin de conquistar a las personas humanas para formar una familia fundada en el amor mutuo, en la comunión fraterna. Pero, ya no con nuestra débil fuerza humana, sino con la gracia de Dios, “en su nombre”.
Es así como debemos ejercer nuestro servicio en la construcción de una nueva sociedad, desde una verdadera espiritualidad, la que Juan Pablo II llama “espiritualidad de comunión”. Entendiendo por espiritualidad no la exaltación del alma espiritual maltratando lo que de nosotros hay de material. No, la espiritualidad consiste, como lo enseña San Pablo, en vivir según el Espíritu Santo (Rom 8) que habita en nuestras existencia y nos moviliza para salir de nosotros mismos al encuentro con los otros (Hermanos) y con el Otro (Dios-Amor), para ser comunión, en la relación amorosa interhumana y humano-divina.
Todo esto nace del encuentro con Jesucristo que, ungido por el Espíritu Santo, se hace humano para revelarnos al Padre. Pues, “el cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que, satisfecho no sólo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de su criatura, y después de haber hablado muchas veces y de diversos modos por medio de los profetas, últimamente, en estos días, nos ha hablado por medio de su Hijo” (NMI 4). Cristo es el Dios-con-nosotros, la cercanía más evidente del Absoluto. Porque el Dios revelado por Cristo, no sólo es comunión en sí (tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, perfectamente unidas en comunión de amor, que es un solo Dios), sino que también se hace comunión con nosotros.
La comunión cristiana no es fruto del esfuerzo de los hombres y mujeres que deciden unirse para algún fin en particular. Esto puede ser, como lo ha acusado el Papa Francisco, una ONG piadosa, pero no es la Iglesia de Cristo, comunidad de amor interhumana y humano-divina. Sin duda, nuestra respuesta humana, libre como el amor, es necesaria por la fe. Pero, la comunión cristiana es fruto del misterio de Dios, comunidad divina de amor, misterio al que estamos llamados a participar en el seguimiento a Cristo.
Juan Pablo II, en esta Carta Apostólica a la que hago referencia, nos propone un proyecto que centra nuestra vida en Jesucristo: contemplar su rosto, sobre todo, su rostro doliente en la cruz, donde nos ama hasta el extremo. Ahí es el entregado por el Padre, como el hijo de la promesa ofrecido por Abraham. En esta contemplación del rostro del Señor podemos escuchar su llamado: “Sígueme”. Al descubrir, así, nuestra vocación, el santo papa nos invita a que, con renovado impulso, caminemos en Cristo. Este camino no es otro que el proyecto del amor de Dios: la vivencia de la comunión fundamentado en el siempre novedoso mandamiento de amarnos (Jn 13,34).
El compromiso que nos deja es el de “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión” (NMI 43). Para esta misión, “hace falta promover una espiritualidad de la comunión” (NMI 43). Es lo que san Juan nos dice siempre, sólo conocemos a Dios si nos amamos, porque “Dios es Amor” (Jn 4,16). También en el acontecimiento del bautizo de Jesús podemos contemplar la revelación del Dios, comunión de Amor, del Padre amante que presenta a su Hijo amado y al Espíritu Santo, el amor que une en comunión al Padre y al Hijo. Ese es el Dios Amor, comunidad trinitaria, donde las distintas Personas Divinas se unen en la comunión perfecta de un solo Dios verdadero. Esta es la meta histórica de la humanidad, llegar habitar en la casa de la Divina comunión trinitaria, siendo nosotros una comunión humana de amor fraterno.
Esta es la esencia de la Iglesia, la casa donde se vive la comunión, la escuela donde se aprende a vivir en comunión y, como añade Mons. Santana, el taller donde se construye esta comunión interhumana y humano-divina. Y, porque la misma Iglesia se ha mirado a sí misma, en el Concilio Vaticano II, a través del misterio de Dios Trinidad, se auto-comprende “como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen gentium 1).
            Maracaibo, 31 de mayo de 2015

viernes, 22 de mayo de 2015

Una Iglesia al Servicio del Mundo

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 24
Domingo de Pentecostés
 
            Quiero dedicar estas reflexiones, a propósito de la solemnidad de Pentecostés, cuando la Iglesia es ungida por el Espíritu Santo y transformada en sierva del mundo para anunciar el Evangelio a los pobres, luchar por la liberación de los oprimidos y proclamar que un mundo gobernado por Dios es posible (cf. Lc 4,16-18), a una persona que fue testimonio de esto, Mons. Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado por los escuadrones de la muerte el lunes 24 de marzo de 1980, en el preciso momento cuando consagraba el pan eucarístico – “este es mi cuerpo entregado…” – en la capilla del hospital de la Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador. Ahí selló con su sangre la alianza de amor con su pueblo que hoy lo venera como el beato Mons. Romero, mártir de América. Es beatificado por el papa Francisco este sábado 23 de marzo, víspera del Domingo de Pentecostés.
            Su pueblo era dominado por un régimen militar totalitario desde 1962, con una fuerza opositora reprimida violentamente, arrestos, desaparecidos, allanamientos de moradas. Por otro lado, una Iglesia comprometida con el pueblo, también sufre la persecución, expulsiones y asesinatos de sacerdotes. Represiones violentas a religiosas y laicos comprometidos. No faltaron reacciones de guerrillas izquierdistas que, mucho más grave, seducían a cristianos cansados ante la situación inhumana de miseria y opresión. Sin embargo, Mons. Romero, el 10 de febrero de 1977, al ser designado arzobispo, aclaró que “el gobierno no debe tomar al sacerdote que se pronuncia por la justicia social como un político o elemento subversivo, cuando éste está cumpliendo su misión en la política de bien común”.
            Mons. Romero es querido, seguido y criticado. Muchos, incluso, lo acusan de izquierdista. Pero, le tocó vivir una situación muy difícil. O era indiferente, cuidando su imagen y evitando que lo acusaran de tomar partido por alguna ideología, o, con la convicción de la fe y el compromiso del Evangelio de Jesús, como la Iglesia en Medellín (1968), sin pretender ningún poder ni defender ideología alguna, optar por la opción preferencial por los pobres. Y, con sólo la predicación de la Palabra de Dios, se convierte en profeta de la paz y de los derechos humanos. Tomó muy en serio lo del Vaticano II: “El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo, de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón” (Gaudium et spes 1).
            Mons. Romero nos dejó sus palabras en numerosas homilías y discursos. Quiero sólo referirme a un discurso extraordinario, pronunciado cincuenta días antes de dar testimonio de su auténtica fe cristiana con el martirio, cuando recibió el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, el 2 de febrero de 1980. Le pidieron que hablara sobre la dimensión política de la fe cristiana. Provocador el tema para uno que se presenta ante tan académico público como pastor: “Sencillamente voy a hablarles más bien como pastor, que, juntamente con su pueblo, ha ido aprendiendo la hermosa y dura verdad de que la fe cristiana no nos separa del mundo, sino que nos sumerge en él, de que la Iglesia no es un reducto separado de la ciudad, sino seguidora de aquel Jesús que vivió, trabajó, luchó y murió en medio de la ciudad, en la polis”.
            En el primer punto tratado, una Iglesia al servicio del mundo, simplemente se basa en el Vaticano II: “La esencia de la Iglesia está en su misión de servicio al mundo, en su misión de salvarlo en totalidad, y de salvarlo en la historia, aquí y ahora. La Iglesia está para solidarizarse con las esperanzas y gozos, con las angustias y tristezas de los hombres. La Iglesia es, como Jesús, para evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido (Lumen gentium 8)”. Ante esto, ¿a qué mundo debe servir la Iglesia local de Mons. Romero? Es el punto siguiente, el mundo de los pobres: “El mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros el mundo de los pobres… Y de ese mundo de los pobres decimos que es la clave para comprender la fe cristiana, la actuación de la Iglesia y la dimensión política de esa fe y de esa actuación eclesial. Los pobres son los que nos dicen qué es el mundo y cuál es el servicio eclesial al mundo. Los pobres son los que nos dicen qué es la polis, la ciudad y qué significa para la Iglesia vivir realmente en el mundo”.
            Dando testimonio de su Iglesia arquidiocesana, pasa al fundamento teológico de lo que ha afirmado: “El constatar estas realidades y dejarnos impactar por ellas, lejos de apartarnos de nuestra fe, nos ha remitido al mundo de los pobres como a nuestro verdadero lugar, nos ha movido como primer paso fundamental a encarnarnos en el mundo de los pobres. En él hemos encontrado los rostros concretos de los pobres de que nos habla Puebla. (cfr. 31 -39). Ahí hemos encontrado a los campesinos sin tierra y sin trabajo estable, sin agua ni luz en sus pobres viviendas, sin asistencia médica cuando las madres dan a luz y sin escuelas cuando los niños empiezan a crecer. Ahí nos hemos encontrado con los obreros sin derechos laborales, despedidos de las fábricas cuando los reclaman y a merced de los fríos cálculos de la economía. Ahí nos hemos encontrado con madres y esposas de desaparecidos y presos políticos. Ahí nos hemos encontrado con los habitantes de tugurios, cuya miseria supera toda imaginación y viviendo el insulto permanente de las mansiones cercanas… Este acercamiento al mundo de los pobres es lo que entendemos a la vez como encarnación y como conversión”.
            Estas reflexiones han querido ser el recuerdo agradecido de un cristiano que supo que la eternidad se consigue entregando la vida para que su pueblo la tenga en abundancia. Quizás, este párrafo explique por qué, ante la evidencia de un asesinato anunciado, Mons. Romero no se detuvo ni se escondió: “Esta fe en Dios es lo que explica lo más profundo del misterio cristiano. Para dar vida a los pobres hay que dar de la propia vida y aún la propia vida. La mayor muestra de la fe en un Dios de vida es el testimonio de quien está dispuesto a dar su vida. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por el hermano (Jn 15,13). Y esto es lo que vemos a diario en nuestro país”. Mons. Romero, ruega para que también nosotros podamos ser dóciles al Espíritu Santo que nos convierte en servidores del mundo de los pobres.
            Maracaibo, 24 de mayo de 2015