viernes, 29 de septiembre de 2017

Mente abierta, Corazón creyente

Mente abierta, Corazón creyente
En homenaje a mis hermanos Sacerdotes de la Arquidiócesis de Maracaibo
Pbro. Mg. José Andrés Bravo Henríquez
Director del Centro Arquidiocesano de Estudios de Doctrina Social de la Iglesia
Arquidiócesis de Maracaibo
Universidad Católica Cecilio Acosta
          Quiero compartir, algunas notas de mi lectura del libro del cardenal jesuita Jorge Mario Bergoglio, el mismo que apareció en el balcón del Vaticano elegido papa Francisco pidiendo la bendición al pueblo que lo esperaba en la plaza san Pedro, el día 13 de marzo de 2013. Es mi segunda lectura más pausada del libro en cuestión, titulado “Mente abierta, Corazón creyente”, publicado en Buenos Aires por la editorial Claretiana el mismo año de su elección como obispo de Roma. Esto me permite hacer una especie de glosario, buscando motivar su agradable lectura.
El prólogo lo escribe el Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina), Mons. José María Arancedo, quien destaca el aspecto testimonial del libro:
“Hablaría de la transmisión de una experiencia de varios años que surge de la vida y tarea de un sacerdote, formador y pastor… Es de marcar la preocupación que manifiesta al presentar la vida cristiana como una realidad orientada a mejorar la vida en sus relaciones con Dios, el mundo y los hombres… Lo bíblico, en especial las enseñanzas de Jesús, aparecen como algo muy cercano a lo humano, como algo, diría, que le pertenece al hombre y que tal vez lo estaba esperando” (pp. 5-6).
El título es una lección completa de una vida de fe auténtica porque es difícil entender a una persona de corazón creyente con una mente cerrada, vuelta a sí misma, sin posibilidad de un encuentro sincero con el mundo y su multiformes dimensiones, con las demás personas que les exige respeto y amor, y con el Absoluto que le ha creado y lo atrae para la comunión y la libertad. Es lo que ha insistido desde que fue elegido papa, salir. Esto de la salida que identifica la actualidad de la misión de la Iglesia, es lo que llama el mismo Bergoglio la cultura del encuentro.
La obra se constituye en diversos escritos, reflexiones de ejercicios espirituales, especialmente dirigidos a los sacerdotes y a los que están formándose para su pronta ordenación. Excelentes, sabias y, a la vez, sencillas, meditaciones agrupadas en cuatro partes.
En la primera parte, sobre “los diálogos de Jesús”, a la que sólo le dedicaré este espacio, fundamenta sus pensamientos en los diferentes relatos que aparecen testimoniados en el Evangelio. Porque, para nuestro autor, “el gozo apostólico se alimenta en la contemplación de Jesucristo: cómo andaba, cómo predicaba, cómo curaba, cómo miraba… Cómo habla Jesús con quienes le quieren imponer condiciones, cómo con quienes pretenden tenderle trampa, cómo con aquellos que tienen el corazón abierto a la esperanza de la salvación” (p. 13).
Los clasifica de diálogos condicionados, diálogos tramposos, diálogos leales: “Cuando alguien se acerca así, el corazón de Cristo se llena de gozo (Lc 10,21)” (p. 14). Así de sencillo y profundo, es su invitación a acercarnos a Jesús para aprender a vivir la verdadera historia que nos conduce a la comunión universal. Aquí no podemos dejar de referirnos a su primera exhortación apostólica como pastor universal, Evangelii gaudium (EG): “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (EG 3). Es como si el mismo papa estuviera interpretando sus meditaciones de cuando era Arzobispo de Buenos Aires.
Al inicio de su primera meditación, dirigida directamente a los sacerdotes, hace la advertencia del peligro de convertirnos en funcionarios religiosos: “Entonces el sacerdocio deja de ser el puente, el pontífice, para terminar siendo una función a cumplir. Deja de ser mediador para convertirse en intermediario” (p.15). Para reflexionar sobre lo dicho, nos propone contemplar el misterio de la presentación de Jesús en el Templo: “El Señor sale al encuentro de su pueblo” (p. 15).
Este encuentro es, por sí mismo, gozo y es vivido como misión, como consolación, como armonía amorosa, como libertad, porque es signo de la presencia de Cristo. Pero, “el grado fundamental del gozo es, pues, esa paz honda, esa imperturbabilidad en el Espíritu que permanece aun en los momentos más dolorosos de cruz” (p. 18). El gozo del Espíritu nos hace felices, la tristeza de Satanás “endurece el corazón y nos lo amarga” (p. 19). Ciertamente, ninguno puede transmitir felicidad viviendo amargado. Sin embargo, ahí está el Señor que quiere acercarse a nosotros y ser nuestro amigo y hermano. Él es el gozo de vivir en el amor donde el sacrificio de la cruz es vencido por la resurrección.
“Porque el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Y la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe (1Jn 5,4)” (p. 26). Así nos introduce al tema de la fe. Para el autor, nuestra fe cristiana es revolucionaria: “Es una fe combativa, pero no con la combatividad de cualquier escaramuza, sino con la de un proyecto discernido bajo la guía del Espíritu para un mayor servicio a la Iglesia. Y, por otro lado, el potencial liberador le viene de su contacto con lo santo: es hierofánica” (p. 27).
Esta fe tiene sus tentaciones, entre otras, la conciencia de derrota, es el enemigo que siembra pesimismo: “Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo… El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria” (p. 27). Es la humildad el arma más poderosa para triunfar. El combate de la fe se libra con los humildes y sencillos. Habla de la gente que continuamente nos encontramos en nuestras comunidades y que son las que mejor reciben el mensaje cristiano. Son los rostros sufrientes de Cristo y los dispuestos al sacrificio.
“Otra tentación es querer separar antes de tiempo el trigo y la cizaña. Hay una experiencia privilegiada del sacerdote: es la confesión. Allí vemos muchas miserias, pero allí está también lo mejor del corazón humano que es el hombre arrepentido” (p.28). Yo creo que Dios no llama a santos, sino que nos llama a ser santos. Es al ser humano, con sus miserias y riquezas, con sus debilidades y fortalezas, a quien llama el Señor a la santidad: “La santidad no es una colección de virtudes: esta concepción entomológica de la santidad nos hace mucho daño y ahoga nuestro corazón y – a la larga – nos plasma en fariseos. La santidad es caminar en la presencia de Dios y ser perfecto, la santidad es vivir encontrándose con Jesucristo” (p. 15). Mientras estamos de camino, necesitamos la misericordia de Dios. Es decir, que Dios sane nuestras miserias. No podemos exigir perfección a quienes están en camino, viviendo su vocación.
“Otra tentación es privilegiar los valores del cerebro sobre los valores del corazón. No es así. Solamente el corazón une e integra. El entendimiento sin el sentir piadoso tiende a dividir. El corazón une la idea con la realidad, el tiempo con el espacio, la vida con la muerte y con la eternidad” (pp. 28-29). La tentación del puro racionalismo, es la que desubica los sentimientos. No creo que  Bergoglio pretenda enseñarnos un sentimentalismo desencarnado, pero si nos quiere prevenir de un racionalismo despiadado, porque así nos convertiremos en “intelectuales ignorantes” (p. 29). Diría yo, prepotentes, creyéndonos saberlo todo nos damos el derecho de exigirlo todo.
“Más bien la misión de nuestra mente es descubrir las semillas del Verbo dentro de la humanidad” (p. 29). Ciertamente, con sólo el entendimiento nos sería difícil reconocer al Salvador del mundo en un niño acostado en un pesebre o en un condenado crucificado. Así como nos es difícil también, adorar a Jesús realmente presente en las humildes especies del pan y el vino consagrados en la Eucaristía. De la misma manera tampoco comprenderíamos que amando y sirviendo al pobre es amar y servir al propio Señor. Es claro, concluyo yo, para obtener una mente abierta, necesitamos un corazón creyente y viceversa.
La fe es un don que debemos pedírselo a quien lo tiene y lo da, a Dios. Aquí resalta la importancia de la oración de petición, o del pedigüeño, como al autor le gusta decir: “Dios nos guarde de no ser pedigüeños con él y con sus santos. Negar que la oración de petición sea superior a las otras oraciones, es la soberbia más refinada. Sólo cuando somos pedigüeños nos reconocemos creaturas” (p. 29).
Esto último nos ayuda a entrar en la siguiente meditación sobre nuestra vocación. Aquí se observa que sus interlocutores son unos seminaristas que se preparan a recibir pronto su ordenación sacerdotal. Comienza con dos preguntas, pero, a mi juicio, una es la esencial: “¿En qué está fundada mi vocación?” (p. 35). Creo que esto, como dije, es esencial para nosotros los sacerdotes, pero también lo es para todos los que hemos optados por el seguimiento de Jesús, me refiero que los laicos no pueden dejar de cuestionarse sobre el fundamento de su propia vocación.
Para eso nos refiere al Evangelio (Mt 7,22-27), donde nos dice que si nuestra casa (vida) está construida sobre arena (nuestras debilidades o, “indigencias” p. 36) se destruirá. Pero, si la construimos sobre roca fuerte y firme (la persona y la doctrina de Jesús que nos revela al Padre amante y, con Él, nos dona al Espíritu Santo de amor) entonces nuestra existencia avanza hacia una historia constructiva de bondad y misericordia capaz de transformar el mundo y alcanzar la eternidad.
El autor de este extraordinario libro no nos presenta puras ideas, esto es existencial, lo vivieron, como él mismo lo señala, personas que fueron llamadas a asociarse al plan de salvación y respondieron, no sin antes expresar que sus posibilidades humanas para cumplir la misión encomendada son muy deficientes: Moisés responde que quién es él para presentarse al Faraón y al pueblo hebreo, para emprender el movimiento liberador. Jeremías, llamado a ser profeta en medio del conflicto, se reconoce incapaz de tal misión porque  es impuro. Así todos reconocen que sus vidas (sus casas) han estado edificadas sobre arena.
Pero, quien nos llama a una misión es Aquel que nos da la fuerza necesaria para cumplirla: “Es la resistencia inicial, el no poder comprender la magnitud del llamado, el miedo a la misión. Esta señal es de buen espíritu, sobre todo si no se queda allí y permite que la fuerza del Señor se exprese sobre esa debilidad y le dé consistencia, la funde: Yo estaré contigo” (p.36).
Yo quiero hacer notar que en toda la historia de la salvación, el Señor prefiere llamar a los jóvenes y a los pobres. Esa siempre serán las excusas: soy muy joven, soy muy pobre. Pero así le ha parecido mejor. En la pobreza y juventud de los llamados, el Señor ejerce su poder de amor a la humanidad. Así también ha querido revelarse en Cristo Jesús, joven y pobre, ese es Dios-con-nosotros, que no hizo alarde de ser divino. En definitiva… “sólo nos queda permitir que el Señor nos hable y ubique en su real dimensión nuestro miedo, nuestra pusilanimidad, nuestro egoísmo” (p. 37).
La fortaleza nos lo da Jesús con su Espíritu y, con él nos fortalece para la vida de comunión (la Iglesia) y así podamos cumplir su misión. Porque debemos tener conciencia clara de que nuestra misión no es nuestra, la que nosotros nos inventamos, es la del Señor que nos llama para servirle en la construcción de su reino:
“Nuestra misión, la que nos da miedo, y nos lleva a pronunciar excusas como la de los elegidos en la Escritura, es evangelizar, pastorear al pueblo fiel de Dios. Y esta misión nos funda en nuestra vocación… Jesús, al llamarnos a ella, nos funda en lo más hondo de nuestro corazón: nos funda como pastores, que es nuestra identidad. En nuestra visita a los enfermos, en la administración de los sacramentos, en nuestra enseñanza del catecismo, en toda nuestra actividad sacerdotal estaremos también colaborando con Cristo fundando corazones cristianos, y – a la vez – por ese camino-trabajo que hacemos, el Señor funda y arraiga nuestro corazón en el suyo” (p. 39).
Es muy importante sentir la Iglesia, como lo hacen los primeros Padres y Teólogos para quienes la Iglesia no es un objeto de estudio, sino el misterio donde viven la fe, el espacio natural de comunión, de misión, de seguimiento de Jesús. Por eso, el cardenal Bergoglio comienza su siguiente meditación con la bella afirmación de que “Jesús funda la Iglesia, y a nosotros nos funda en la Iglesia” (p. 43). La imagen que prefiere de la Iglesia la hace en relación con María, la nazarena elegida para la misión de ser Madre de Dios: “El misterio de la Iglesia va muy unido al misterio de María, la Madre de Dios y la Madre de la Iglesia. María nos engendra y nos cuida. La Iglesia también. María nos hace crecer, la Iglesia también. Y a la hora de la muerte el sacerdote nos despide en nombre de la Iglesia para dejarnos en los brazos de María” (p. 43).
Sí, la Iglesia es la esposa del Señor. Si del cuerpo puro y limpio de la virgen nazarena viene a nosotros el Hijo de Dios, del cuerpo de nuestra santa madre la Iglesia nacemos los hijos de Dios. Así concluye nuestro autor esta bella meditación:
“Quise hablar en esta meditación del amor a la santa madre Iglesia hierarchica, y hemos desembocado en nuestra propia responsabilidad de ser hijos de la Iglesia y – a la vez – hacer Iglesia. Nuestro amor a la Iglesia debe llevarnos a expresarla ante el mundo en su santidad, en su cálida fecundidad y en su disciplina que es ser toda de Cristo y, como dice el Concilio, la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans. Que nuestra Señora, la Virgen Madre, nos obtenga del Señor la gracia de un amor santo, fecundo y disciplinado a la Iglesia” (pp. 48-49).
A mi juicio, una de las más graves tentaciones de la vida cristiana en general y de la vida sacerdotal en particular, es el de olvidar sentirnos Iglesia y vivir una fe individualista, para darle prioridad a nuestros proyectos personales, para nuestros intereses propios. Es lo que llaman, “cristianos a mi manera”, o la equivocada opción del “Cristo sí, la Iglesia no”. Lo más lamentable es que existan sacerdotes que no lo expresan con palabras pero lo manifiestan con sus obras. Muchas veces, al margen de lo que es la Iglesia, se dejan seducir por ideologías o idolatrías, justificando sus conductas por las debilidades de la institucionalidad de la misma Iglesia. Algo así como, cuando la Iglesia es santa yo soy santo. Pero, cuando la Iglesia es pecadora, yo me paso del lado de sus jueces y verdugos. Por eso, el hoy papa Francisco une su voz a la del papa Pablo VI para aclarar esta cuestión (escribo en cursiva el texto de Evangelii nuntiandi con su sigla EN de Pablo VI):
“Nuestra adhesión al reino no puede quedarse en algo abstracto y desencarnado, sino que se revela concretamente por medio de una entrada visible en una comunidad de fieles… la Iglesia sacramento visible de la salvación (EN 23); signo visible del encuentro con Dios, comunión que a su vez se expresa mediante la participación en esos otros signos de Cristo viviente y operante en la Iglesia que son los sacramentos (EN 28).
Nuestra adhesión al reino, pues, ha de adentrarse en el costado de Cristo dormido en la cruz, de donde nace su esposa, madre fecunda de un cuerpo disciplinado al que alimenta con los sacramentos. Existe, por tanto, un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización. Mientras dure este tiempo de la Iglesia, es ella la que tiene a su cargo la tarea de evangelizar. Una tarea que no se cumple sin ella, ni mucho menos contra ella (EN 16). Es una dicotomía absurda pretender amar a Cristo pero sin la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia (EN 16)” (pp. 47-48).
Para comprender todo lo anterior, es valiosa la siguiente meditación que dicta bajo el título de “la cruz y la misión”. La verdad es que nada hay de cristiano que no tenga su sentido en la cruz de Cristo. En ella se funda. También la misión es fruto del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. En el caso de la misión evangelizadora a la que estamos llamados, que identifica a la Iglesia y la edifica, parte de la entrega amorosa en el sacrificio de la cruz. Es ahí, en el amor extremo de entrega de la vida, donde el Hijo amado y donado revela al Padre amante y hace pleno el plan de salvación: “La misión nos pone en el mismo lugar que Cristo Jesús, en la cruz” (p. 54). Es ahí donde anunciamos con eficacia la buena noticia de la salvación.
“El apóstol es un muerto por Cristo (Rom 6,3.4,8) cualificado. No se pertenece: está sepultado con Él (Col 2,12)… La cruz, entonces, adquiere una dimensión de testimonio y, a la vez, es el lugar a donde somos conducidos cuando nuestro testimonio es auténtico” (p. 55). Yo añado simplemente que el evangelizador está entregado en el amor con Cristo en la cruz porque sólo amando, hasta entregarnos totalmente, nuestro anuncio del Evangelio es escuchado y creído. Como lo señala el sólo título de aquel opúsculo del gran teólogo Hans Urs von Balthasar (1905-1988), “sólo el amor es digno de fe”.
Bergoglio menciona dos actitudes como signo de que se ha asumido la misión en la cruz: “el coraje y la constancia apostólicos” (p. 55). Lo contrario son los dos graves defectos que debemos superar: “la presunción y el mal temor” (p. 55):
“Para abrazar la cruz hace falta coraje y para permanecer en ella es necesaria la constancia. Hay cristianos fuertes en emprender obras apostólicas pero, en la dificultad, desfallecen: no saben de paciencia. Padecer con Cristo y por Él será, en definitiva, lo que acrisola al coraje. De ahí que estas dos virtudes – paciencia y coraje – sean eminentemente apostólicas. Ambas se gestan en la cruz y son un índice de que se ha asumido la misión con la formalitas Christi” (p. 56).
Sí, todo tiene su fuente y culmen en la cruz de Cristo, que es igual a decir que esta fuente y este culmen es el amor de la extrema entrega de la existencia cristiana: “Nadie tiene amor más grande de que el que da la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando” (Jn 15,13-14). Esto lo dice Jesús después de que nos ha mandado a cumplir su ley: “Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado” (Jn 15,12). Así es nuestra amistad con Jesús y, por tanto, nuestra identidad como cristianos, amar tal como Él lo hace, hasta la muerte en cruz.
También, “nuestra pertenencia a la Iglesia adquiere su consistencia fundamental allí donde nace la Iglesia: en la cruz… Allí nuestra pertenencia es filial porque nos hacemos hijos en el Hijo. Y allí, de pie, participando del despojo, está la Madre que nos da a luz en esa filiación. Lo mismo sucede cuando queremos fundar nuestro corazón en una renovada pertenencia a la Iglesia. Y porque la Iglesia nace y tiene su fundamento en la cruz, toda fundación participará también de ella. En todo cimiento eclesial hay una cruz. La hora del nacimiento de la Iglesia coincide con la hora de la vigilia de la muerte” (p. 58).
Concluye la meditación con un imperativo: a la cruz se la abraza o se la rechaza: “Si optamos por rechazarla, nuestra vida quedará en nuestras manos, enjaulada en los momentos mezquinos de nuestro horizonte. Si la abrazamos, en esa misma decisión perdemos la vida, la dejamos en manos de Dios, en el tiempo de Dios, y sólo nos será devuelta de otra manera” (p. 65).
Las tres siguientes meditaciones tratan del pecado. El pecado es iniquidad, es maldad, es contrario a la bondad y rompe la comunión con Dios y con los hermanos. Es como las tinieblas, que impiden la conversión. Pero siempre hay una luz que brilla en las tinieblas y nos permite la conversión que transforma nuestras vidas. Esa luz es Jesús salvador, el Dios de bondad y misericordia que rompe las tinieblas del pecado. Sólo así podemos conocer a Dios. En fin, “Jesús exhorta a caminar en la luz mientras hay tiempo, para no tropezar” (p. 67).
Esto es explicado de esta manera: “En la meditación del pecado consideramos la contradicción fundamental de nuestra vida: la oposición entre el plan de Dios, que nos funda, nos integra en su Iglesia, y el pecado como fundamento desintegrador de nuestra pertenencia al Señor y a nuestra santa madre la Iglesia jerárquica” (p. 69). Simple, el pecado es ruptura de la comunión. Aquí vale las enseñanzas luminosas del documento de Puebla: “Roto así por el pecado el eje primordial que sujeta al hombre al dominio amoroso del Padre, brotaron todas las esclavitudes” (Puebla 186), porque se desintegró la comunión y “el hombre se desgarró interiormente. Entrando en el mundo el mal, la muerte y la violencia, el odio y el miedo. Se destruyó la convivencia fraterna” (Puebla 185).
Una de las consecuencias más peligrosas del pecado es la pérdida de la esperanza, es decir,
“la desesperanza de un pueblo que, en el desierto, dice No a la esperanza del Dios vivo y por eso prefiere adorar a un ídolo (Ex 32,7-10; 32,15-24); que dice No a la esperanza del proyecto de salvación y prefiere gustar, en la añoranza, los ajos y las cebollas de la esclavitud (Ex 16,1-3); que dice No a la conducción, refugiándose en el fácil anarquismo de la murmuración (Ex 16,6-8; 17,1-7). Un pueblo que no quiere la prueba, la dificultad. En esta tentación lo que está en juego es que el don de Dios es un regalo, pero el don de Dios se conquista” (p. 71).
Pues, la desesperanza desintegra la familia, la impaciencia desintegra la confianza, la desesperanza desintegra la fraternidad y la constante conducción apostólica, termina diciendo el predicador.
Somos tentados continuamente a abandonar el camino hacia la salvación. Siempre es una lucha constante para no dejar tirada la bandera y desertar de nuestra misión. El cardenal nos advierte que “la tentación es también una prueba de la condición humana” (p. 79). Para comprenderlo nos cuenta la experiencia de Jesús:
“Jesús experimentó la prueba en su vida. Comienza en el desierto (Mt 4,1-11) y seguirá porque en ese entonces el demonio se alejó de Él, hasta el momento oportuno (Lc 4,13). Jesús sufre la prueba hasta la agonía: Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: Padre, líbrame de esta hora? ¡Si para eso he llagado a esta hora! (Jn 12,27; cf. Lc 22,40-46). Jesús experimenta la prueba en sus parientes (Mc 3,33), en Pedro, a quien no duda en llamar Satanás (Mc 8,33), en la perspectiva de un mesianismo temporal (Jn 6,15)” (pp. 79-80).
También “la Iglesia ha de seguir en mismo camino de Cristo (Mc 10,38)” (p. 80). Y en particular, cada uno de los cristianos sufrimos las pruebas y, en ellas, somos probados en la fidelidad. Porque “el meollo de la tentación está en la fidelidad-infidelidad. Dios nuestro Señor quiere una fidelidad que se renueve con cada prueba” (p. 80).
De ahí, el autor predicador, salta a la siguiente meditación para indicarnos las actitudes desesperadas. No sólo debemos pedir la esperanza que es una virtud del Espíritu Santo, sino que, además, debemos disponer la existencia para recibirla correctamente. Ojo, “esta esperanza es distinta del optimismo” (p. 82):
“La esperanza es cierta, nos la da el Padre de toda Verdad. Discierne lo bueno y lo malo. No rinde culto a lo óptimo (no cae en el optimismo) ni se cree segura en lo pésimo (no es pesimista). Porque la esperanza discierne entre el bien y el mal, es combativa; y combate sin ansiedad ni obcecación, con firmeza de quien sabe que corre a una meta segura, como esperanzadamente lo dice el autor bíblico: despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta (Heb 12,1). Precisamente una esperanza combativa es la propuesta” (p. 82).
A ver si podemos entender lo que menciona como actitudes desesperadas que las reúne en un solo pequeño texto: “Estas actitudes desesperadas siguen los mismos escalones del anti-Reino: comienzan por ser poco pobres, siguen vanas y terminan empachadas de soberbia” (p. 82). La primera es, pues, “comenzar por ser poco pobres”. Es decir, a resistir a sufrir, optando por la “riqueza” del no-sufrir: “No dejamos margen al misterio de una libertad y de la gracia, el misterio que nos torna dóciles y que nos unge en pobres” (p. 83). Así nos va explicando de “una riqueza herrumbrosa”, de sola crítica. La opción de “la riqueza de lo negativo”.
“Estos indicios de nuestro apego a la riqueza sería bueno que los sometiéramos a la oración, y que el Señor quiera despojarnos de estas actitudes que son ricas en cuanto desesperanzadas, y que nos recuerde que la esperanzas del Reino tiene dolor de parto” (p. 83). Yo pienso que nos pide despojarnos de actitudes que desesperan como la excesiva crítica, el ver todo negativo y no aceptar que, a pesar de nuestra actitud negativita, hay un Reino por nacer pero necesita que se asuma el “dolor de parto”, el sacrificio.
Por eso, señala la siguiente actitud desesperanzada que menciona como “siguen vanas”. La vanidad: “Son muchas las vanidades que se nos filtran, pero la vanagloria más común, entre nosotros, es la del derrotismo. Y es vanagloria porque se prefiere ser general de los ejércitos derrotados a simple soldados de un escuadrón que, aunque diezmado, sigue luchando” (p. 83). Dice que pensamos en planes gloriosos como una especie de megalómano que termina siendo simples vanidades, “y toda vanidad frustra” (p.84).
“…Y terminan empachadas de soberbia…” La soberbia es la actitud desesperanzada que “deprecia los medios humildes del Evangelio” (p. 84). Es este un tema por enfrentar con toda sinceridad porque es una de las más peligrosas actitudes del sacerdote porque son muchas y valiosas las oportunidades que nuestra sociedad nos presenta como para sentirnos superiores o buscar la competencia entre nosotros, a ver quién es el mejor o hasta que altura puedo llegar. Así el actuar con disimulo, con adulación, con extremada prudencia (cuidando nuestra apariencia) y evitar el compromiso que pueda manchar nuestra imagen. Dejamos de ser lo que la naturaleza de nuestra vocación es, para vivir deslumbrados por las grandezas que el mundo nos ofrece y que, al final, nos convierten en miserables traicioneros del Señor y de su Iglesia. Será mejor leer el texto:
“Es la soberbia la que nos lleva a claudicar de nuestra conducción pastoral, manejando mal los conflictos: o dando un rodeo para no ensuciarnos las manos como el levita y el sacerdote de la parábola de Lucas, o enredándonos en ellos buscando un triunfo personal sectario, o simplemente jugando como árbitros de la historia, ignorándolos, y llevando todo por el camino de un irenismo donde todos los valores son iguales, donde simplemente se busca una pluralidad de convivencia, a costa de la verdad y la justicia. Nuestra vocación evangelizadora nos pide cultivar la humildad de sentirnos mayordomos, pero no amos; y esta humildad se alimenta asumiendo el oprobio y el menosprecio de la cruz de Cristo en el trabajo cotidiano, en el deshilache de nuestra vida al servicio de Jesucristo que nos precede en el camino” (p. 84).
          Esta primera parte del libro objeto de mi lectura, culmina con una muy interesante meditación titulada “La Memoria”. ¿A qué se refiere? Simplemente, “memoria de nuestro camino personal, memoria del modo cómo nos buscó el Señor, memoria de mi familia, memoria del pueblo” (p. 87). Me limito a subrayar las ideas principales que el autor cardenal nos quiere enseñar.
          Nos invita, en primer lugar, a hacer memoria de la obra amorosa de Dios: creación, redención y los dones particulares que recibimos por su gracia, porque así podemos responderle, además de nuestro agradecimiento, con el amor. Haciendo memoria de su acción histórica en nosotros, aprendemos amar. Significa interpretar estas acciones “a la luz de la conciencia presente” (p. 87). Esta memoria, ciertamente, “nos fortalece el corazón” (p. 87).
          Nos enseña que los pueblos son “como María, guardan las cosas en su corazón” (p. 88), por eso la memoria de los pueblo es cuestión del corazón. Pero, además, “la memoria es una potencia unitiva e integradora” (p. 88), nos hace familia y pueblo: “una familia y un pueblo que se recuerdan son una familia y un pueblo de porvenir” (p. 88). En este sentido, “la humanidad entera tiene su memoria común” (p. 88).
          Sin memoria histórica no podemos vivir como personas individuales ni como pueblo. Conocer de dónde venimos, cuál es la fuente de nuestra existencia; cuál y cómo es el camino que hemos recorrido, quién nos guía y hacia dónde nos lleva. Somos esencialmente historia, tenemos un inicio que es la fuente amorosa del Creador, tenemos una razón por la que Dios nos ha creado y para qué nos ha creado.
La memoria nos ayuda a reconocernos en nuestra dignidad de persona creada a imagen del Creador, para la comunión, en libertad y responsabilidad. Nos redescubrimos pecadores y sujetos de un plan de salvación diseñado por el mismo Señor para volver a la comunión de amor y que se desarrolla en el devenir histórico. Memoria que nos compromete y nos mantiene en camino. Somos un pueblo peregrino. Esta realidad esencial es explicada por el Cardenal Bergoglio en varios puntos.
“La memoria como gracia de la presencia del Señor en nuestra vida apostólica. La memoria del pasado que nos acompaña, no como un peso bruto, sino como un hecho interpretado a la luz de la conciencia presente… Acuérdense de quienes los dirigían, porque ellos les anunciaron la Palabra de Dios: consideren cómo terminó su vida e imiten su fe (Heb 13,7). Esta memoria que nos salva de dejarnos seducir por doctrinas varias y extrañas (Heb 13,9), esta memoria nos fortalece el corazón” (p. 87).
“La Iglesia recuerda las misericordia de Dios y por esto trata de ser fiel a la ley. Los diez mandamientos que enseñamos a nuestros niños son otra cara de la alianza, la cara legal para poner marcos humanos a la misericordia de Dios. Cuando el pueblo fue sacado de Egipto, allí recibió la gracia. Y la ley es mandamientos son frutos del recuerdo (Dt 6,1-12), y por eso han de transmitirse de generación en generación: Y cuando tu hijo te pregunte el día de mañana: ¿Qué significan esas normas, esos preceptos y esas leyes que el Señor nos ha impuesto?, tu deberás responderle: Nosotros fuimos esclavos del Faraón en Egipto, pero el Señor nos hizo salir de allí con mano poderosa. Él realizó, ante nuestros ojos, grandes signos… Él nos hizo salir” (p. 90).
Pues, nuestra fe está constituida por el acontecimiento histórico de la revelación de Dios que tiene su culmen en la encarnación del Hijo amado, quien desde la cruz sella la definitiva alianza. Si hoy nos preguntan por qué nos amamos, debemos responder porque el Dios de misericordia nos amó hasta el extremo de entregar su vida en la cruz.
Así, culmina esta primera parte que hemos tratado de sintetizar en estas pocas páginas. Una segunda parte recoge las meditaciones centradas en el tema de “epifanía-manifestación”, manifestación de nosotros mismos como pecadores, revelación del Padre por su Hijo Jesucristo y la epifanía de la Iglesia como esposa. Toda la epifanía como historia de salvación.
Las siguientes meditaciones agrupadas en la tercera parte es titulada “las cartas a las siete iglesias (Ap 1-3)”. Una excelente interpretación de los tres primeros capítulos del libro del Apocalipsis, bajo el principio que señala Romano Guardini: “El Apocalipsis es un libro de consolación. No es una teología de la historia o de las postrimerías sino un consuelo que Dios ha querido colocar en las manos de su Iglesia al terminarse los tiempos apostólicos. La Iglesia tiene necesidad de él ya que vivía en la tribulación” (p. 137).
“Nuestra carne en oración: no se avergüencen de su propia carne (Is 58,7)” (p. 169), es el título de la última parte de este extraordinario libro del hoy papa Francisco. Aquí nos habla del testimonio de Abraham, David, Moisés, Job, Simeón, Judith, finalizando con Jesucristo sacerdote y nosotros: “Se nos exhorta a que pensemos que también nosotros tenemos un cuerpo (Heb 13,1-4) y tomando conciencia de él comprendamos la cercanía de Dios en la carne del Salvador” (pp. 234-235).

viernes, 25 de agosto de 2017

San Alberto Hurtado: una vida con sentido trascendente

Pbro. Mg. José Andrés Bravo Henríquez
Director del Centro Arquidiocesano de Estudios de Doctrina Social de la Iglesia
Arquidiócesis de Maracaibo
Universidad Católica Cecilio Acosta

            El sacerdote jesuita chileno Alberto Hurtado Cruchaga es un ser transparente de una existencia auténtica, vivida con sentido trascendente, fiel al seguimiento de Jesús en su Iglesia. Él mismo lo expresa diciendo que el camino de su vida es la voluntad de Dios, su santificación, que exige colaborar con Dios y realizar su obra. Se pregunta: “¿Habrá algo más grande, más digno, más hermoso, más capaz de entusiasmar?”. Así vive eternamente. Hoy sigue presente como antorcha encendida iluminando los caminos de los universitarios y de los pobres a quienes tanta dedicación consagró. Sigue siendo entusiasta y sigue entusiasmando, como  “un fuego que enciende otros fuegos”. Esta es su mayor lección transmitida por medio de su vida, sus palabras y sus escritos: el sentido trascendente de la existencia. Así se convierte en el mejor maestro del humanismo cristiano, integral y solidario: “Pedimos heroísmo a los cristianos, y ¡tanto heroísmo! ¿En qué se basa esta exigencia? En la visión de eternidad. Uno  es santo o burgués, según comprenda o no esta visión de eternidad. El burgués es el instalado en este mundo, para quien su vida sólo está aquí. Todo lo mira en función del placer. La vida para él es un limón que hay que exprimir hasta la última gota; una colilla de cigarro que se fuma con fruición, sin pensar que luego quedará reducido a una colilla; un árbol cuyas flores hay que cortar pronto… Burguesa es la mentalidad opuesta en todo al cristianismo: es resolver los problemas con sólo el criterio de tiempo. ¡Aprovechar el día! Gozar, gozar.
Su concepción de una vida con sentido trascendente es expresada con su peculiar modo de hablar claro y sencillo: “¿Yo? Ante mí la eternidad. Yo, un disparo a la eternidad. Después de mí, la eternidad. Mi existir un suspiro entre dos eternidades. Bondad infinita de Dios conmigo. Él pensó en mí hace más de cientos de miles de años. Comenzó, si pudiera, a pensar en mí, y ha continuado pensando, sin poderme apartar de su mente, como si yo no más existiera. Si un amigo me dijera: los once años que estuviste ausente, cada día pensé en ti, ¡cómo agradeceríamos tal fidelidad! ¡Y Dios, toda una eternidad! ¡Mi vida, pues, un disparo a la eternidad! No apegarme aquí, sino a través de todo mirar a la vida venidera. Que todas las creaturas sean transparentes y me dejen siempre ver a Dios y la eternidad”.
Es necesaria una reflexión que pueda interpretar ese modo de ver y de vivir la existencia. Muchos piensan, cuando hablamos de un santo, en alguien lejano del cielo inalcanzable o del misterio incomprendido. Decidimos no hablar de ello porque es inútil. Ciertamente, el santo vive en la gloria pero recorriendo antes nuestra historia, encarnados en nuestros pueblos, deja bien marcada sus huellas y lleva en sus pies nuestro barro. Cuando se tiene una visión trascendente de la existencia, todo tiene sentido, nada deja de proyectarse lejos, hacia Dios. Los espíritus se inquietan, la vida se entrega, tal como lo hizo Jesús. Así lo enseña San Alberto a los jóvenes: “Una vida íntegramente cristiana, he ahí la única manera de irradiar a Cristo. Vida cristiana, por tanto, en vuestro hogar; vida cristiana con los pobres que nos rodean; vida cristiana con sus compañeros; vida cristiana en el trato con las jóvenes… vida cristiana en vuestra profesión; vida cristiana en el cine, en el baile, en el deporte. El cristianismo, o es una vida entera de donación, una transformación en Cristo, o es una ridícula parodia que mueve a risa y a desprecio”. Esta visión trascendente no nos aparta del compromiso de transformar el mundo, construir el reino de Dios, de la fraternidad universal. Por el contrario, dinamiza nuestro ser hacia la entrega total de la vida en la cruz para alcanzar la eternidad. Jesús dice que la vida es eterna si se entrega en el amor (cf. Jn 12,25).
          La existencia del padre Alberto comienza el 22 de enero de 1901 en el seno de la familia de Alberto Hurtado Larraín y Ana Cruchaga Tocornal, exactamente en Los Perales de Tapihue de Casablanca, en Viña del Mar, Chile. Un importante detalle en el ambiente familiar de los Hurtado-Cruchaga es la fe cristiana vivida con convicción por sus padres. Pero, además, existe en ellos una gran sensibilidad social, que los lleva a vivir su fe en el servicio social, a favor de los más necesitados. Tanto por la dedicación del trabajo fuerte de su padre como la cuidadosa educación que le brinda su madre, Alberto, el mayor de dos hermanos, crece con esta herencia espiritual que va fortaleciendo día a día, en su peregrinar histórico.
A causa de la muerte de su padre, cuando apenas contaba cuatro años de edad, Alberto es obligado a trasladarse con su familia a la capital para habitar con su tío Jorge Cruchaga. Ahí recibe sus primeras enseñanzas en el Colegio San Ignacio finalizadas en 1917. Pero, su vida familiar y estudiantil va integrada a su fe cristiana vivida apostólicamente. En 1909 recibe la primera comunión y es confirmado al siguiente año. Ya en 1911 comienza su compromiso apostólico como miembro de las Congregaciones Marianas.
Nosotros encontramos en cada instante de la historia de San Alberto un vivir en abundancia, en plenitud. Quiere su vida como una creación amorosa de Dios y como un culminar en su misma gloria. Qué será una historia donde la vida parte de la nada y llega a la nada: una pasión inútil o una náusea, como lo ha proclamado el existencialista Sartre. Pero, para el cristiano, la historia es el camino hacia Dios. Dios es fuente, modelo y meta de la historia de la persona humana. Es una vocación hacia el reino eterno. Dice nuestro santo que “la vida eterna es poseer a Dios… y llenar eternamente con nuevos y nuevos aspectos mi inteligencia sedienta de verdad. No es mirar y saciarme, sino penetrar y ahondar un libro inagotable, porque es infinito y mi inteligencia permanece finita Es un viaje infinitamente nuevo y eternamente largo”.
          En 1918 inicia sus estudios universitarios de Derecho en la Universidad Católica de Chile. Es un universitario inquieto, siempre movido por su seguimiento a Jesús. Activista político en el Partido Conservador, en el Centro de Alumnos de Derecho y dedicado a los pobres en el Patronato de Andacollo. La cuestión obrera también ocupa su vida apostólica con gran entusiasmo. Participa en el Círculo de Estudios León XIII y se convierte en instructor de obreros en el Instituto Nocturno San Ignacio.
          Para obtener su título de Bachiller en Derecho presenta en 1921 una disertación sobre La reglamentación del trabajo de los niños. Tesis que es publicada el mismo año. Esta investigación fue motivada por la realidad de Chile, de los siete mil ciento veintidós niños varones menores de 12 años de edad empleados en las industrias, con medio salario y 8,7 horas de jornada. Así también las tres mil doscientas veintiuna niñas menores de dieciocho años de edad, con medio salario y con 9,2 horas de jornada. Señala Alberto que “la comisión parlamentaria que visitó la zona salitrera expone en su informe en 1917 que sólo en la industria del nitrato había más de tres mil niños menores de 16 años incluyéndose muchos de 7 y 8 años, ocupados en trabajos no sólo superiores a sus fuerzas, en extremo peligrosos e insalubres”. Por eso, sostiene Alberto, es necesaria una legislación sobre el trabajo de los niños y niñas porque “son ellos la parte más delicada de la humanidad y la que más protección merece por ser la más incapaz de valerse por sí misma; porque un trabajo excesivo y prematuro agota sus fuerzas físicas, debilita su inteligencia, enerva su voluntad, les impide recibir la instrucción que ha de hacerlos elementos útiles a la sociedad, los incapacita para aspirar a ser algo más de lo que son y, por consiguiente, los condena a vivir una vida que poco merece ser vivida”. En suma, el autor de esta tesis pretende hacer justicia sobre las injustas situaciones de los menores y que se establezcan leyes que los protejan de la explotación. Esta inquietud se manifestará, no sólo en sus estudios profesionales, sino también en su entrega por los demás, respondiendo como seguidor de Jesús a su vocación sacerdotal.
Al año siguiente (1922), para su licenciatura en Leyes y Ciencias Políticas, presenta: su tesis sobre El trabajo a domicilio, aprobada con distinción máxima y publicada ese mismo año en Santiago de Chile. Otra de las graves realidades que vive su pueblo, que dinamiza su espíritu e inteligencia para aportar eficaces soluciones para el bien, es la cuestión obrera, primera y principal inquietud de la doctrina social de la Iglesia desde la Encíclica Rerum novarum (1891) sobre la condición de los obreros, a raíz de la revolución industrial y la ideología político-económica del capitalismo liberal. Al igual que la tesis anterior, esta apunta a uno de los más importantes problemas sociales, y que requiere una solución urgente. A Hurtado le mueve, pues, el número de estos trabajadores cuyas estadísticas oficiales en su país se desconoce. Además, el aislamiento entre los operarios a domicilio impide una lucha por sus derechos. Por otro lado, denuncia el autor, que por la carencia de una necesaria organización se hace dificultoso conocer los contratos en los cuales se basa esta realidad. Textualmente la disponibilidad de voluntades para la solución de este problema es planteado en estos términos: “Cuando los Estados han querido legislar sobre esta materia los enemigos de la intervención legal, además de repetir las objeciones que forman su credo, han alegado, para confirmar sus razonamientos, que una reglamentación del trabajo a domicilio implicaría la violación de una de las mayores libertades públicas: la inviolabilidad del hogar, que quedaría sometido a inspecciones. Cierto, el hogar es inviolable pero mientras no existe violado un derecho y así como se suspende el imperio de este principio cuando hay razones para temer que allí se oculta un delito, se suspende, por tanto, cuando con fundamento se sospecha que permanentemente se está cometiendo un delito contra la vida y la propiedad de miles de pobres seres, al privarlos de una justa remuneración, derechos éstos, más sagrados y más antiguos que la inviolabilidad de su hogar”. Ciertamente es un delicado tema, sobre todo cuando se enfrentan dos derechos que merecen igual respeto. Pero, la propuesta del joven jurista se basa en la justicia social y en la dignidad de las personas. Con fundamento, concluye presentando un proyecto de ley digno de ser estudiado por los especialistas, teniendo en cuenta el espíritu cristiano que inspira a Alberto Hurtado.
El mismo año 1922 presenta su examen final calificado de sobresaliente. Sin duda, su vida universitaria trascurre entre su activismo político, su  apostolado cristiano y su competencia académica, esto hace de Alberto Hurtado una persona de excelencia.
Pues, además, del Reglamentación del trabajo de los niños (1921) y El trabajo a domicilio (1922), Hurtado publica, El sistema pedagógico John Dewey ante las exigencias de la doctrina católica (1935), La crisis sacerdotal en Chile (1936), La vida afectiva en la adolecente (19367), La crisis de la pubertad la educación de la castidad (1937), ¿Es Chile un país católico? (1941), Puntos de educación (1942), Elección de carrera (1943), Cine y moral (1943), Humanismo social (1947), El orden social cristiano en los documentos de la jerarquía católica (1947), Sindicalismo (1950).
Entre los artículos publicados en la revista Mensaje, fundada por él, se cuentan: Signos del tiempo (Octubre 1951): aquí presenta el pensamiento pontificio en materias sociales y económicas. Denuncia la “concentración de poder, sobre todo financiero, en muy pocas manos puesto no al servicio del bien común, sino del negocio orientado al lucro como fin último. Esto trae desorden del crédito, con grave daño de los que más lo necesitarían para fines honestos. Predominio de los intereses económicos en la gestión política e internacional, con desmedro de la colectividad y de la paz internacional…”. Citando a Pío XII, también denuncia el “crecido número de hombres, desprovistos de toda seguridad directa o indirecta respecto de su vida, no se interesan ya por los valores reales y más elevados del espíritu, abandonan su aspiración de una libertad genuina y se arrojan a los pies de cualquiera que les prometa en alguna forma pan y seguridad”. Además,  “la horrible crisis de desocupación; esas inmensas multitudes vejadas por su falta de trabajo, cuya triste condición se ve aumentada por el amargo contraste que ofrecen otros viviendo en el placer y en el lujo, desinteresados de las necesidades de los pobres”. Ahora, citando la Quadragesimo anno de Pío XI, también denuncia que “la inestabilidad propia de la vida económica y, sobre todo, su complejidad exigen de los que se han entregado a ella una actividad absorbente y asidua. En algunos se han embotado los estímulos de la conciencia hasta llegar a la persuasión de que les es lícito aumentar sus ganancias de cualquier manera y defender por todos los medios las riquezas acumuladas con tanto esfuerzo y trabajo contra los repentinos reveses de la fortuna... La desenfrenada especulación hace aumentar y disminuir insensatamente a la medida de su capricho y avaricia el precio de las mercancías para echar por tierra con sus frecuentes alternativas las previsiones de los fabricantes prudentes”. En la misma línea, expresa “el nacimiento del Comunismo. Para explicar cómo ha conseguido el Comunismo que las masas obreras lo hayan aceptado sin examen, conviene recordar que éstas estaban ya preparadas por el abandono religioso y moral en que las había dejado la economía liberal; con los turnos de trabajo, incluso el Domingo, no les daba tiempo ni siquiera para satisfacer a los más graves deberes religiosos y se continuaba promoviendo positivamente el laicismo". Y para terminar, volviendo a citar la Quadragesimo anno, señala que "los gérmenes del nuevo régimen económico aparecieron por primera vez cuando los errores racionalistas entraban y arraigaban en los entendimientos y con ello pronto nació una nueva ciencia económica distanciada de la verdadera ley moral y que por lo mismo dejaba libre paso a la concupiscencia humana".
Para presentar el nacimiento de la revista Mensaje, escribe un editorial titulado El mensaje cristiano frente al mundo de hoy (Octubre 1951), donde expresa su pretensión con esta publicación en los siguientes términos: “La revista, dentro siempre de un criterio estrictamente católico y sin más limitaciones que las de él, abarcará tanto el campo de la teología y de la filosofía, como el de los problemas económicos y sociales, de la historia, de la literatura y del arte. También procurará Mensaje vincular a los lectores chilenos con los problemas que agitan al mundo entero: el hombre ya no puede vivir aislado, pues cada día lo convierte más en ciudadano del mundo. De una manera especial, eso sí, atenderá a lo tocante a Chile mismo, no sólo para conocerlo, sino también para buscar en común soluciones de mejoramiento en la vida religiosa, intelectual y social”.
Con una trilogía de artículos, le habla a la juventud: Psicología de la juventud: Pre-guerra (Octubre 1951), Psicología de la juventud: Post-guerra I (Noviembre 1951) y Psicología de la juventud: Post-guerra II (Diciembre 1951). Describe en ellos, los rasgos de la juventud chilena en esta difícil época de los primeros años del siglo XX. Una vez más, manifiesta su solícita inquietud por los jóvenes de su pueblo.
El diablo y el buen Dios de J. P. Sartre (Abril 1952), comentario, profundamente interesante, sobre la obra que el existencialista ateo publicó en la revista Les Temps Modernes (1951), con una impresionante publicidad anterior que la convirtió en la obra esperada con ansiedad, según el testimonio del mismo Hurtado. ¿Cuál es el contenido de la obra de Sartre? ¿Cuál su mensaje?, la respuesta a estas interrogantes constituye el presente escrito en la revista “Mensaje”. Concluye nuestro personaje: “El diablo y el buen Dios nos deja, sin pretenderlo, una profunda lección: su sed de absoluto, que Sartre coloca en el yo, en la adoración del hombre, como el marxista en el proletariado, palanca de la sociedad sin clases. Pero, para el cristiano, su único absoluto es Dios, y su gran descubrimiento, su mensaje. Es que la vida sin Dios nada vale”.
La búsqueda de Dios (Septiembre 1952), es un artículo colmado de un gran sentimiento. Así se despide para ir a la casa del Padre. Una vez más expresa el sentido trascendente de la existencia, cuando ésta se vive como respuesta a una vocación o llamado de Dios: “Todas nuestras peregrinaciones terrestres han sido movidas por el llamado divino, llamado que ya nos eleva a lo alto, ya nos precipita en lo hondo. Ese llamado de Dios, perceptible en nuestras almas, es el que nos ha convocado a todo lo que merece llamarse grande en nuestra vida, a todo lo que da sentido a una existencia cuando la vida es en verdad una vida”.
La muerte (Noviembre 1952), es un artículo escrito el año anterior y publicado después de su partida a la eternidad. Para Alberto Hurtado, tanto la razón como la fe nos conducen a Dios. Así, la muerte se contempla con mirada de esperanza: “la muerte para el cristiano es el momento de hallar a Dios, a Dios a quien ha buscado durante toda su vida. Es el encuentro del hijo con el Padre; es la inteligencia que halla la suprema verdad, la inteligencia que se apodera del sumo bien”. Porque “cada día y hora que pasa nos acerca alegremente al tiempo del triunfo divino, al término del pecado y la miseria”.
Misión del Universitario (Enero 1953), otro artículo póstumo escrito en 1945, exponiendo cómo debe presentarse el universitario con las bases del orden cristiano de la sociedad. Para el autor, “el universitario es un obrero intelectual de un mundo mejor”. La Universidad debe despertar en los alumnos: el sentido social, la conciencia activa por la condición humana, el sentido de responsabilidad social, el sentido crítico no sólo para destruir el mal sino también para construir el bien, el hambre y la sed de justicia, la visión de futuro como personas de fe y el espíritu realizador. Por último, nos señala, que “la acción del universitario es hacer que la doctrina de la Iglesia desarrolle su máximo de posibilidades teóricas y prácticas”.
San Ignacio Maestro de la vida espiritual (Julio 1953). Se trata de unos apuntes encontrados entre sus escritos, donde expresa la espiritualidad del fundador de la Compañía de Jesús que bien podríamos resumir así: “En medio de un mundo cristiano sin conciencia de su fe, ante una religión conformista, sentimental o servil, Ignacio levanta la bandera de un cristianismo que comprende las exigencias de la fe porque ha entrevistado la grandeza de Dios. Por otra parte ha visto Ignacio en el Evangelio el aniquilamiento de Jesucristo en su pobreza, en su obediencia y en su pasión. Admirable respuesta de Ignacio a las provocaciones del amor. Seguirá a su jefe en los más duros combates. Él, el vano y valiente capitán se hará pobre y humilde mendigo por amor de Cristo Pobre, pero enseñará a la Compañía formas menos poéticas, puede ser, pero no menos exigentes en su interior despojo. La lucha con el mundo a la que va a lanzar a la Compañía será como la lucha moderna menos aventurera, pero no menos fuerte y exigente”.
Nobleza de la Persona Humana (Agosto 1953). Se trata de una conferencia dictada en una Semana Social para jóvenes, en el año 1940. Una bella y sencilla exposición de su visión humanista basada en las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino y de la moderna doctrina social de la Iglesia, superando toda visión monista (espiritualista o materialista) y dualista, para presentar la nobleza de la persona humana en su integridad. El texto que, a nuestro juicio, más impacto causa y mejor responde a esta visión integral y trascendente de la persona humana es este: “Triste sería que los cristianos se contentasen con esperar como única solución una medida extraordinaria de Dios, o el martirio. Quizás porque muchos han adquirido el hábito de ser víctimas, inconscientemente descansen en esta solución. ¡Cómoda solución, para los que preparan con sus omisiones y torpezas el martirio de los otros! Sto. Tomás Moro hubiera estimado presuntuoso la gloria de ser decapitado por Dios, sin haber antes agotado los otros recursos legítimos para concluir en justicia su proceso. El martirio no suprime las soluciones que guardan proporción con la naturaleza, sino que las reclama y las fecunda”.
Podemos encontrar una serie de escritos sobre la psicología pedagógica en la Revista Católica de Chile, la mayoría compuestos de los apuntes de sus clases universitarias.
Así también están a nuestra disposición obras redactadas a partir de diversos escritos recogidos en varios libros publicados por el Centro de Estudio “San Alberto Hurtado” de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Entre otros: Un disparo a la eternidad (1972), se trata de los apuntes de varios retiros espirituales, donde expresa la visión de fe como visión de eternidad y la visión de la voluntad de Dios como visión de la caridad. Aquí encontramos también un escrito sobre la misión social de la Universidad.
Otro libro editado por el Centro de Estudio es una recopilación de cartas e informes, publicado en 2003. Debemos tener presente, corroborando la visión trascendente que san Alberto tiene sobre la existencia humana, la carta escrita desde su lecho de enfermo a los amigos del Hogar de Cristo: “Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el que se trabaje por crear un clima de verdadero amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo”.
Otra de sus más importantes obras publicadas también por el Centro de Estudio en el 2004 es: Moral Social-Acción Social. Siguiendo su obra Humanismo Social, trata los temas que distingue la moral social de la individual; la moral social católica, el derecho del Magisterio de la Iglesia en el terreno de lo social, las varias formas del Magisterio eclesiástico, las fuentes profanas de la moral social católica, un resumen histórico del desarrollo de la moral social católica, la vida social y las sociedades naturales, el desorden social como cuestión social, los sistemas para resolver la cuestión social; entre muchos otros temas.
Por otro lado, son recogidos conferencias, artículos y discursos pastorales en un libro publicado en 2004 bajo el título La búsqueda de Dios.  En uno de estos escribe que “la Iglesia de Dios se establece y triunfa por el trabajo heroico de sus santos; por la plegaria de sus contemplativas, encerradas en vida; por la aceptación de las madres a la obra de la naturaleza, y que van a realizar en su hogar la obra de la ternura y de la fe; por la educación del que enseña y por la docilidad del que escucha; por las horas de fábrica, de navegación, de campo al sol y a la lluvia; por el trabajo del padre que cumple así su deber cotidiano; por la resistencia del patrón, del político o del dirigente de sindicato a las tentaciones del dinero, al acto deshonesto que enriquece; por el sacrificio de la viuda tuberculosa que deja niñitos chicos y se une con amor a Cristo crucificado; por la energía del jocista, que sabe permanecer alegre y puro en medio de egoístas y corrompidos; por la limosna del pobre que da lo necesario... La Iglesia, en todo momento, se construye y triunfa”. Se muestra en el padre Hurtado una espiritualidad santificante que no descuida ni la acción interior ni la praxis social.
Otro libro es La verdadera educación. Escritos sobre educación y psicología (2005). Y uno de los más excelentes libros es “Un fuego enciende otros fuegos”, que define muy bien la existencia de este excelente hombre. No es sino diversos escritos escogidos por el Centro de Estudio y publicado en 2007.
Ciertamente, entre sus libros, ¿Es Chile un país católico?, escrito en 1941, es el más famoso y de mayor controversia. Es una obra crítica, con cuestionamientos serios a nuestro catolicismo. Comienza analizando el catolicismo de su época en Chile en plena guerra mundial. Estudia las orientaciones filosóficas que influyen en la humanidad calificada por el autor como una guerra espiritual. Ataca por igual el materialismo agnóstico como el pragmatismo, el utilitarismo y el relativismo que recrudece la moral pagana contra la moral cristiana. Otra cuestión que enfrenta es denominada por él como la “Apostasía de las masas”, pues,  “una de las causas más profundas del recrudecimiento de la moral pagana es la pérdida de la fe en las masas. El gran escándalo del siglo XX es que la Iglesia haya perdido la clase obrera, decía con profundo dolor S.S. Pío XI al fundador de la J.O.C., canónigo Cardyn”. Trata de un renacimiento católico, porque a pesar de todo el panorama difícil, se abren caminos, aunque muy tímidos y selectos hacia un cristianismo más auténtico: “Indiscutiblemente dentro de este cuadro general de apostasía de las masas, de indiferentismo religioso, hay un hecho bien comprobado y comprobado en todas partes: el renacimiento religioso de grupos selectos que llevan una vida profundamente cristiana y que compensan con su fervor la indiferencia de los demás. Estos grupos serán el fermento que levantará toda la masa”. J.O.C. es la Juventud Obrera Cristiana, fundada en 1924 por el sacerdote belga Joseph Cardijn.
Siguiendo con su historia, no podemos dejar de destacar la amistad del joven Alberto con quien es su compañero y más tarde Obispo y hasta Presidente del CELAM, Mons. Manuel Larraín, pariente suyo. Junto a este gran amigo, Alberto pudo descubrir su vocación religiosa y sacerdotal. Él en su existencia siempre busca descubrir la voluntad de Dios, “¿Qué quiere Dios para mí?”. Toda vida es una vocación. Todos tenemos una misión que da sentido trascendente a nuestro existir. La Universidad Católica de Chile sintió que entregaba a Dios uno de sus mejores estudiantes cuando en el año 1923 Alberto entra al Noviciado de la Compañía de Jesús (Jesuitas). Entre los años 1927 y 1931 estudia filosofía y teología en Barcelona (España). Continúa la teología en Lovaina (Bélgica).
          Es ordenado Sacerdote el 24 de agosto de 1933 en Lovaina. Al año siguiente aprueba el examen Ad Gradum de Teología y su examen para el Doctorado en Ciencias Pedagógicas en la misma Universidad de Lovaina.
          Su Universidad Católica de Chile no deja de sentir su presencia, aun lejos trata de impulsar la Facultad de Teología. Al retornar a su país el año 1936, comienza su apostolado con los jóvenes y universitarios en general. En su Universidad como profesor, predicador de retiros espirituales y su misión de Pastoral Universitaria. Además, su asesoría espiritual de la Acción Católica a nivel diocesano. También trabaja con estudiantes liceístas.
          En Santiago de Chile, el año 1945, comienza su obra social de inspiración cristiana de mayor importancia en el País, el Hogar de Cristo. Ahora “Cristo, acurrucado bajo los puentes, en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen hace muchos años del beso de madre sobre su frente”, tiene un hogar. En 1947, con un grupo de universitarios constituye la Acción Sindical y Económica Chilena (ASICH) y establece un centro de formación sindical cristiano. En 1951 funda la revista Mensaje de formación cristiana, como ya lo hemos expresado.
          Con la única inquietud por los pobres y necesitados, pero con una existencia disparada a la eternidad, como él mismo lo enseña, sufrió su enfermedad manifestando su fe en las palabras inolvidables para la humanidad: “Contento Señor, contento”. Así parte a la casa del Padre Dios a las 5 de la tarde del 18 de agosto de 1952. Joven, como “un fuego que enciende otros fuegos”, Juan Pablo II lo beatifica el 16 de octubre de 1994 y es canonizado por Benedicto XVI el 23 de octubre de 2005. Al año siguiente, el 7 de abril, en una Visita Pastoral a nuestra Alma Mater, Mons. Ubaldo Santana lo proclama Patrono Oficial de la Universidad Católica Cecilio Acosta.
          Hoy, San Alberto Hurtado es para nosotros un importante referente como modelo de vida humana y cristiana. Su presencia en medio de nuestra Comunidad Universitaria nos inspira a vivir la historia con sentido trascendente. Es un santo de nuestra época, del siglo XX recientemente concluido, aún sus palabras y sus acciones son actuales y nos comprometen. Las grandes cuestiones sociales vividas por él con intensidad, siguen desafiándonos y estimulando nuevas respuestas. Un santo latinoamericano como nosotros, compartiendo nuestra misma cultura y viviendo nuestras mismas necesidades. Un santo que tuvo una vida activa e inquieta como nuestra actual juventud, impulsado por la misma fuerza renovadora y una espiritualidad cristiana traducida en acciones concretas por el bien social, defendiendo los derechos humanos y sirviendo a los jóvenes y a los pobres porque así, lo enseña continuamente, sirve a Jesús de Nazaret. Un santo universitario como nosotros, como estudiante, profesor y guía espiritual. Un sacerdote que hizo de la Eucaristía su vida. Para él su existencia es la prolongación de la Eucaristía y su apostolado sacerdotal en beneficio del progreso y atención de los seres humanos, desde la vida y el Evangelio de Jesús como su profundo conocimiento de la doctrina social de la Iglesia, es la manifestación humana de su misterio. Es, con competencia intelectual y auténtica espiritualidad cristiana, un orientador y promotor de las actividades socio-políticas para los movimientos estudiantiles y obreros. En fin, un santo joven y dinámico que descubre que la vida es eterna si se entrega en el seguimiento a Jesús, nuestro Dios.