miércoles, 13 de julio de 2016

EXHORTACIÓN DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA


EXHORTACIÓN DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA

CENTÉSIMA SEXTA ASAMBLEA PLENARIA ORDINARIA

"EL SEÑOR AMA AL QUE BUSCA LA JUSTICIA" (Prov. 15, 9)

1) Los Arzobispos y Obispos de Venezuela, reunidos en la 106ª Asamblea Ordinaria, queremos compartir con el pueblo venezolano las angustias que sufrimos y comunicarle la esperanza de que reconciliados y en diálogo encontraremos soluciones eficaces a la presente crisis.

CLIMA SOCIAL

2) Los venezolanos estamos atravesando por un momento crucial en los campos moral, económico, político y social. Ha disminuido drásticamente la calidad de vida. La escasez y carestía de alimentos, medicinas e insumos hospitalarios nos están llevando al borde de una crisis de seguridad alimentaria y sanitaria, con consecuencias sociales impredecibles. En la vida pública, crecen la inseguridad, la impunidad y la represión militar.

3) El discurso belicista y agresivo de la dirigencia oficial hace cada día más difícil la vida. La prédica constante de odio, la criminalización y castigo a toda disidencia afectan a la familia y a las relaciones sociales. Frente a esta situación, el acrecentamiento del poder militar es una amenaza a la tranquilidad y a la paz.

4) El auge de la delincuencia y de la impunidad entorpecen el ordinario quehacer de la gente y provocan, en ciudades o poblaciones grandes o pequeñas, verdaderos toques de queda. Hace pocos días, en Mérida, fueron agredidos transeúntes, entre ellos un grupo de seminaristas menores de edad. Fueron golpeados y desnudados, violando sus derechos a la dignidad y al respeto, sin que ninguna autoridad pública interviniera para protegerlos. Los recientes desórdenes en Cumaná y Tucupita, así como los intentos de saqueos y cierres de vías por protestas populares, en diferentes regiones del país, constituyen una expresión del creciente malestar social.

UNA DEMOCRACIA RESQUEBRAJADA

5) El Estado de Derecho consagrado en el numeral dos de la Constitución Nacional, se ha debilitado. Vivimos prácticamente al arbitrio de las autoridades y de los funcionarios públicos, quienes tienden a convertirse en los censores de la vida, del pensamiento y de la actuación de los ciudadanos. Tales actitudes y procedimientos son inaceptables. La identidad cultural del venezolano se reduce y hasta se pierde cuando se valora únicamente si está vinculada al proyecto político imperante.

6) La democracia en Venezuela está resquebrajada, y el Gobierno y los otros poderes, que tienen la responsabilidad de oír y concertar con todos los sectores, no están haciendo lo suficiente para reconstruirla. El diálogo sincero y constructivo, el ejercicio de la política en su concepción más noble, como búsqueda del bien común, por más difíciles que parezcan, han de seguir siendo los caminos que debemos transitar. No se puede dialogar si no se reconoce en primer lugar la existencia y la igualdad del otro. Ignorarlo o descalificarlo como interlocutor, cierra toda posibilidad de superar el conflicto.

7) La crisis moral es mayor que la crisis económica y política, porque afecta a toda la población en sus normas de comportamiento. La verdad cede su puesto a la mentira, la transparencia a la corrupción, el diálogo a la intolerancia y la convivencia a la anarquía. La corrupción se ha incrementado en los organismos del Estado y la descomposición moral ha invadido a muchas personas integrantes de instituciones privadas y públicas, civiles y militares, así como a amplios componentes de la sociedad. Un exponente de esta degradación moral es la reventa especulativa de productos, llamada popularmente "bachaqueo".

8) Desconocer la autoridad legítima de la Asamblea Nacional, deslegitima a quienes así actúan, porque contradice la voluntad soberana expresada en el voto popular. La división, autonomía y colaboración entre los Poderes es un principio democrático irrenunciable.

9) Es tal la indefensión de los ciudadanos ante la delincuencia que se están multiplicando los casos de pobladas enardecidas que toman la justicia por sus propias manos y proceden a inmorales y deplorables ejecuciones colectivas ("linchamientos"). La violencia, en ninguna de sus formas, es solución a los problemas. Como nos dijo San Juan Pablo II: "La justicia social no puede ser conseguida por violencia. La violencia mata lo que intenta crear".

10) La raíz de los problemas está en la implantación de un proyecto político totalitario, empobrecedor, rentista y centralizador que el Gobierno se empeña en mantener.

PROPUESTAS URGENTES

11) El Consejo Nacional Electoral tiene la obligación de cuidar el proceso del referéndum revocatorio para que se realice este año. Es un camino democrático, un derecho político contemplado en la Constitución. Impedirlo o retrasarlo con múltiples trabas es una medida absurda, pues pone en peligro la estabilidad política y social del país, con fatales consecuencias para personas, instituciones y bienes.

12) Es de urgente prioridad que el Ejecutivo permita la entrada de medicamentos al país, dada su gran escasez. Para su recepción y distribución, la Iglesia ofrece los servicios e infraestructura de Cáritas, y de otras instancias eclesiales abiertas a la cooperación de otras confesiones religiosas e instituciones privadas. Este servicio no es la solución definitiva, pero sí es una ayuda significativa. La caridad nos impulsa a comportarnos como samaritanos compasivos, dispuestos a curar a los heridos del camino (Cf. Lc. 10, 25-37).

13) Es una necesidad que se abra de manera permanente la frontera colombo-venezolana. El haber permitido su apertura el pasado domingo 10 de Julio hizo posible que numerosos hermanos pudieran proveerse de alimentos, medicinas y otros insumos. El paso de miles de ciudadanos al vecino país es prueba evidente de la crisis.

14) Aumenta el número de ciudadanos venezolanos recluidos en las cárceles y en distintos lugares de jurisdicción policial, injustamente privados de libertad, muchos de ellos por razones políticas. La gran mayoría se encuentra en condiciones inhumanas y carece del debido proceso. Estas personas, siendo inocentes, deben salir en libertad plena o al menos, deben ser juzgadas en libertad, tal como lo establece el Código Orgánico Procesal Penal.

"LA ESPERANZA NO DEFRAUDA" (Rm. 5,8)

15) Las angustias y esperanzas del pueblo venezolano son compartidas en estos momentos por numerosas instancias nacionales e internacionales. El gobierno no debe declararlas ajenas a nuestros derechos ni culpar a quienes acuden a ellas legítimamente, denunciando injerencias y aduciendo soberanía e independencia, ya que vivimos en un mundo interconectado y globalizado. Ni los derechos humanos, ni la justicia tienen fronteras. No nos dejemos robar la esperanza que hace posible, con la ayuda de Dios, lo que parece imposible (Cf. Lc. 1, 37).

16) En el nombre de Jesús que nos manda "amarnos unos a otros" (Jn. 13, 34), hacemos un llamado a las autoridades para que frenen el deterioro de la vida de los venezolanos, cualquiera sea su preferencia política, y para que se detenga la actual espiral de violencia, odio y muerte. Movidos exclusivamente por el bien y la paz de todos los venezolanos, reiteramos el ofrecimiento de nuestros buenos oficios para facilitar el encuentro entre los contrarios y el entendimiento en la búsqueda de soluciones efectivas.

17) En la fe tenemos la firme convicción de que Jesucristo, el Señor de la historia, nos acompaña. Como hijos de un mismo Padre y hermanos los unos de los otros, nos comprometemos en la construcción de la unión y de la paz. Invitamos con alegría a todos los creyentes y a las mujeres y hombres de buena voluntad, a unirnos el próximo dos de agosto, a la Jornada de ayuno y oración, convocada por el Papa Francisco en Asís, como una ocasión especial de pedir por la paz y la reconciliación entre los venezolanos. Invitamos a recitar la Oración por Venezuela, y a los párrocos a leer ésta exhortación en la misa dominical. Rogamos a Dios Padre derrame de manera más abundante en este año jubilar su misericordia y su consuelo sobre nuestro pueblo. Colocamos en las manos maternales de Nuestra Señora de Coromoto estas propuestas que expresan el sentir y el anhelo de la inmensa mayoría de los venezolanos,

Con nuestra bendición,

LOS ARZOBISPOS Y OBISPOS DE VENEZUELA

Caracas, 12 de julio de 2016

lunes, 11 de julio de 2016

San Alberto Hurtado y la Pastoral Universitaria

Pbro. Mg. Andrés Bravo
Director del Centro de Estudios de la Doctrina y Praxis Social de la Iglesia, UNICA

            La vida y las enseñanzas de San Alberto Hurtado es un faro que ilumina nuestra misión cristiana en el mundo universitario. Sobre ello vale la pena reflexionar ante los desafíos que la Pastoral Universitaria nos plantea hoy en Venezuela.
Él es un Sacerdote Jesuita nacido en Viña del Mar, Chile, el 22 de enero de 1901 y, con un extraordinario testimonio de fe y confianza en el Señor, vivió hasta entregar totalmente su vida el 18 de agosto de 1952 en el hospital de la Universidad Católica de Chile. Su último mensaje es dirigido a los amigos de su más maravillosa obra de caridad y justicia, el “Hogar de Cristo”. Ahí, expresa: “Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el de que se trabaje a crear un clima de verdadero amor y respeto, porque el pobre es Cristo”. Este es el manifiesto evangélico que nos permite marcar, como agentes pastorales, la formación humana y cristiana de nuestros universitarios.
Los espíritus inquietos de nuestros jóvenes venezolanos merecen un proyecto de vida, una existencia ejemplar y unas enseñanzas que dinamicen el compromiso por el bien de todos, por una sociedad libre y justa. Un sentido por qué vivir, estudiar, trabajar, luchar y dar la vida. Es que San Alberto tomó en serio el Evangelio de Jesús. Comprendió que la vida se hace eterna cuando se entrega por el Reino de Dios. Así, sirviendo y entregándose amorosamente, proectó su existencia.
Si su vida es una entrega constante, su muerte no puede ser sino su última ofrenda al Señor. En una de sus meditaciones, precisamente sobre la muerte, dice que la manera humana de entender y enfrentar la muerte es un “gran derrumbe, el fin de todo”. Pero, para el seguidor de Jesús, “es el momento de hallar a Dios, a Dios a quien ha buscado durante toda su vida”. No es, pues, el cómo se muere, sino el sentido que le damos a la vida: “La vida ha sido dada al hombre para cooperar con Dios, para realizar su plan, la muerte es el complemento de esa colaboración, es la entrega de todos nuestros poderes en manos del Creador. Que cada día sea como la preparación de mi muerte entregándome minuto a minuto a la obra de cooperación que Dios me pide, cumpliendo mi misión, la que Dios espera de mí, la que no puedo hacer sino yo”.
Hoy es sumamente necesario presentarle al joven razones por qué vivir, esperar, luchar y morir. Este es el mensaje pascual que centra la acción evangelizadora de la Iglesia en la humanidad. Porque, Alberto Hurtado vivió así, murió así, es por lo que hoy sigue pastoreando en medio de nuestros universitarios.
Juan Pablo II lo beatifica el 16 de octubre de 1994 y Benedicto XVI lo canoniza el día 23 de octubre de 2005. El primero expresaba: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22, 37. 39). Este sería el programa de vida de San Alberto Hurtado, que quiso identificarse con el Señor y amar con su mismo amor a los pobres. La formación recibida en la Compañía de Jesús, consolidada por la oración y la adoración de la Eucaristía, le llevó a dejarse conquistar por Cristo, siendo un verdadero contemplativo en la acción. En el amor y entrega total a la voluntad de Dios encontraba la fuerza para el apostolado. Fundó El Hogar de Cristo para los más necesitados y los sin techos, ofreciéndoles un ambiente familiar lleno de calor humano. En su ministerio sacerdotal destacaba por su sencillez y disponibilidad hacia los demás, siendo una imagen viva del Maestro, manso y humilde de corazón. Al final de sus días, entre los fuertes dolores de la enfermedad, aún tenía fuerzas para repetir: Contento, Señor, contento, expresando así la alegría con la que siempre vivió”.
Desde el 7 de abril de 2006, cuando el Arzobispo de Maracaibo y Canciller de la Universidad Católica “Cecilio Acosta”, Mons. Ubaldo Santana, lo proclama solemnemente Patrono de esta misma Casa de Estudios Superiores, la Católica de Maracaibo, San Alberto Hurtado orienta la pastoral universitaria e ilumina nuestros caminos hacia un humanismo cristocéntrico y, por lo mismo, trinitario, integral y solidaria.

sábado, 9 de julio de 2016

Habla la Iglesia

Palabras del Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, Mons. Diego Padrón, Arzobispo de Cumaná, en la Apertura de la Centésima Sexta Asamblea Ordinaria Plenaria.

 

Caracas, 07 de Julio de 2016.

 

Al iniciar hoy la CVI Asamblea Ordinaria Plenaria de la Conferencia Episcopal Venezolana nuestros pensamientos y nuestros corazones de pastores del pueblo de Dios se elevan al Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo que nos conforta en todos nuestros sufrimientos, para poder nosotros dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios (2 Co 1, 3-4)

Mi saludo fraterno y cordial al Sr. Cardenal Jorge Urosa Savino, Arzobispo de Caracas y Presidente de Honor de nuestra Conferencia, Al Excmo. Mons. Aldo Giordano, Nuncio Apostólico en Venezuela, y por su digna representación al querido Papa Francisco; A los apreciados hermanos Arzobispos y Obispos de Venezuela.

Saludo de manera especial y doy la bienvenida a este Colegio episcopal a los Excmos. Sres. Obispos recién ordenados: Mons. Jonny Reyes, Vicario Apostólico de Puerto Ayacucho, Mons. Pablo Modesto González, Obispo de la nueva Diócesis de Guasdualito, Mons. Víctor Hugo Basabe, Obispo de San Felipe, y Mons. Polito Rodríguez Méndez, Obispo de San Carlos. Saludo y doy la más cordial bienvenida a los Obispos Electos Mons. Enrique Parravano, Obispo Auxiliar de Caracas y Mons. Carlos Cabezas Mendoza, de la Diócesis de Punto Fijo. Todos ellos participan por primera vez con voz y voto en la Asamblea episcopal. Con afecto y veneración saludo a los hermanos Obispos Eméritos.

Un especial saludo y sincero agradecimiento al Rvdo. Padre Francisco José Virtuoso, Rector de esta ilustre Universidad, que nos acoge en esta y otras ocasiones.

Mi saludo y agradecimiento por su presencia, a los Superiores y Superioras Mayores representantes de la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Venezuela (CONVER), al Presidente y demás miembros de la Junta Directiva del Consejo Nacional de Laicos (CONALAI), a la Presidenta y demás miembros de la Junta Directiva de la Asociación de Educadores Católicos (AVEC), al Gerente General de INPRECLERO, al Gerente General y demás miembros de la Junta Directiva de APEP.

Saludo y doy la más cordial bienvenida a los nuevos Subsecretarios de la Conferencia Episcopal de Venezuela, los Presbíteros Rivelino Antonio Cáceres, de la Diócesis de Barinas, y Gerardo Salas Arjona, de la Arquidiócesis de Mérida. Saludo igualmente al Equipo de Directores del Secretariado Permanente del Episcopado Venezolano (SPEV), a los sacerdotes Secretarios de Actas de esta Asamblea y al personal de empleados y obreros del Secretariado y de la Casa "Mons. Ibarra". A todos ellos el reconocimiento en nombre de todos los hermanos Obispos.

A los representantes de los Medios de Comunicación Social, el saludo cordial y el sincero agradecimiento por su atención a esta Conferencia Episcopal, a lo largo de todo el año. Señoras y Señores.

PANORAMA ECLESIAL

A pesar de los problemas de toda índole que agobian a todos los que vivimos en este país, la Iglesia en Venezuela, como institución, goza de buena salud espiritual. La asamblea comienza con nueva fuerza del Espíritu. Está precedida por el encuentro de los diecisiete obispos de nuevo nombramiento, en el que durante tres días reflexionaron sobre su vocación y ministerio en las circunstancias actuales de la Iglesia y de la nación.

Por otra parte, el Jubileo de la misericordia se está viviendo con una sobria espiritualidad, en la línea de la conversión personal, pero con fervorosa participación, creatividad litúrgica y sentido de solidaridad en cada diócesis, parroquias y comunidades, y entre los diversos sectores de la Iglesia, Presbíteros, Religiosos y Religiosas, Movimientos laicales de apostolado, agentes de pastoral y fieles cristianos.

Ha venido en nuestra ayuda la reciente Exhortación postsinodal Amoris Laetitia (La alegría del amor) del Papa Francisco. Va siendo leída, estudiada y asimilada paulatinamente por los sacerdotes, los agentes de la Pastoral familiar, movimientos apostólicos e incluso por familias individuales y laicos más comprometidos. Este documento ofrece una visión integral de la familia, fruto de una larga reflexión de toda la Iglesia, expuesta desde los ángulos culturales y sociales más diversos, pero sistematizada en los dos últimos Sínodos de la Iglesia. Es una visión que se fundamenta en la palabra de Dios y en la tradición multisecular de la Iglesia, pero también en la realidad concreta de la situación familiar en cada continente. <>.

El mismo Santo Padre, con sabia pedagogía da como una clave que ayuda a leer el documento. Advierte con claridad: Esta Exhortación aborda, con diferentes estilos, muchos y variados temas. Eso explica su inevitable extensión. Por eso no recomiendo una lectura general apresurada. Podrá ser mejor aprovechada, tanto por las familias como por los agentes de pastoral familiar, si la profundizan pacientemente parte por parte o se buscan en ella lo que puedan necesitar en cada circunstancia concreta.

La Exhortación se compone de nueve capítulos. El Papa añade: Es probable, por ejemplo que los matrimonios se identifiquen con los capítulos cuarto y quinto, que los agentes de pastoral tengan especial interés en el capítulo sexto, y que todos se vean muy interpelados por el capítulo octavo. Espero que cada uno a través de la lectura, se sienta llamado a cuidar con amor la vida de las familias, porque ellas << no son un problema, sino principalmente una oportunidad >>

En otras palabras no es que la Exhortación tenga un capítulo más importante que otro sino, que todos constituyen un todo orgánico y plural como el cuerpo humano.

Francisco sitúa la Exhortación en el contexto del año jubilar de la Misericordia en el que adquiere un sentido especial. En primer lugar, porque el Papa la escribe como << propuesta para las familias cristianas, que las estimule a valorar los dones del matrimonio y la familia. En segundo lugar, porque procura alentar a todos para que sean signos de misericordia y cercanía allí 5

donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo>>

Aunque Amoris Laetitia, la Alegría del Amor, es una propuesta del Evangelio de la familia, no se limita a los católicos sino que en ella cualquiera que busque descubrir la verdad y la belleza de la institución familiar podrá encontrar una respuesta amplia, sería profunda y realista a la complejidad de la vida familiar moderna. No es un texto teórico desconectado de los problemas reales de la gente.

El Papa, con toda la Iglesia, proclama y reafirma sin ambages que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer.

Las uniones entre las personas del mismo sexo no se pueden equiparar al matrimonio cristiano.

La Exhortación rechaza la ideología de género como un pensamiento cerrado que defiende las diferencias entre el hombre y la mujer no son naturales sino resultado de una convención social, construcciones meramente culturales según los roles que cada sociedad asigna a los sexos. Una de sus consignas fundamentales es que << el hombre y la mujer no nacen sino que se hacen >>. En consecuencia, la homosexualidad es algo normal por lo cual no solo debe respetarse sino defenderse, protegerse y hasta privilegiarse. Es inquietante dice el Papa – que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones, a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños.

Sobre esta difícil problemática oportunamente a través de las comisiones de Fe y Doctrina y de Familia.

La Exhortación es un documento Pastoral en el que destaca el reconocimiento a los diferentes esfuerzos, muchas veces erróneos o incompletos, por formar una familia estable, integrada por un padre, una madre y sus hijos. Aquí entra de lleno la orientación amplia y motivadora del capítulo VIII que lleva por título: ACOMPAÑAR, DISCERNIR E INTEGRAR LA FRAGILIDAD. Es aquí, en las situaciones familiares difíciles, donde los pastores hemos de conjugar en todas sus formas el verbo acompañar. << Nadie – dice el Papa- puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio>>. Y continua: <> (277). El Papa, consecuentemente, hace mención de la <> (308).

Desde otro punto de vista, Francisco hace un llamado a una preparación más prolongada, mediante <> al sacramento del matrimonio y pide que la preparación inmediata no se concentre exclusivamente en los preparativos de la celebración social.

En Venezuela es urgente y obligatorio, dada la crisis económica, reducir los gastos en la celebración de la boda. Hay familias que por esos gastos de sus hijos quedan al borde de la quiebra o de la ruina. Es también nuestro deber pastoral orientar a Los novios o contrayentes y ayudarlos a entender que es más importante la preparación humana y espiritual que la mera celebración social. 7

PANORAMA NACIONAL

No me detendré a describir la situación del país, porque hoy constituyen una rara excepción los venezolanos que no sufren una dura realidad. A más de que el sistema que nos gobierna ya está agotado, los actuales gobernantes manifiestan incapacidad para solucionar los urgentes problemas del país.

Se observa claramente que los intereses del gobierno no son los intereses del país, de sus gentes y sus instituciones. La ingobernabilidad, aparte de la brutal represión, y la carencia de respuestas serias y estables, que superen la improvisación y la provisionalidad, provocan la percepción generalizada de que la crisis global se agudiza y se prolonga sin límites. Percepción que genera al mismo tiempo incertidumbre, desesperanza, depresión rabia y violencia social. Las ciudades de Cumaná y Tucupita, entre otras, han experimentado los efectos de las políticas económicas y sociales equivocadas y la indolencia de las autoridades. Pareciera que una nueva edición del <> se realiza por capítulos.

Un gobierno que no ha podido derrotar y dar alimentos y medicinas al pueblo, aún más, negado a permitir que instituciones religiosas o sociales presten su concurso para aliviar las penurias y dolencias del pueblo, carece de autoridad moral para llamar al diálogo y a la paz.

Un gobierno que durante diecisiete años y no ha podido, a pesar de todos sus recursos, controlar y dominar la delincuencia no está en condiciones de asegurar tranquilidad y paz a los ciudadanos. La sola represión, como la Operación de Liberación del Pueblo (OLP) no es el camino que nos conducirá a la paz.

El diálogo, del cual habla el gobierno, comienza por el reconocimiento de la gravedad de la situación en todos los órdenes y la manifestación de la voluntad mediante signos visibles, de querer cambiar positivamente o transformar la situación. El incremento del poder militar no solucionará los problemas éticos y sociales. Un diálogo político sin metas precisas, sin fases definidas y sin resultados previstos es inútil.

La locura del poder y la permanencia en el poder no justifican cualquier acción ni cualquier política. Estamos los venezolanos ante una disyuntiva moral, pues no podemos admitir ni permitir que la vida humana ceda el puesto a la divinización de la ideología. Cuando se da una situación así, hay que recurrir al poder originario que está en el pueblo. Consultarlo y acatar su decisión es un imperativo moral que no puede ser soslayado por ninguna autoridad. El Referéndum Revocatorio comenzó prácticamente el 6 de Diciembre.

Las inquietudes de la población venezolana son compartidas en estos momentos por muchas instancias nacionales e internacionales. En un mundo globalizado no podemos declararnos ajenos a ellas, aduciendo soberanía e independencia. Es una verdad ética que la democracia en Venezuela está resquebrajada, y quienes tienen la obligación de oír y concertar con todos los sectores no lo están haciendo. Tampoco se puede dialogar si no se reconoce en primer lugar la existencia y paridad del otro. Ignorarlo o eliminarlo agrava más la situación.

Los Obispos no somos ni oficialistas ni opositores per se. En nombre del mandato divino de pastorear a todos, a los unos ya los otros, hacemos un llamado para evitar que se siga deteriorando la vida del venezolano y caigamos en una espiral de odio y muerte, cuando existen mecanismos pacíficos y constitucionales que ofrecen una salida legítima a la crisis. Nosotros no somos profetas del desastre. Somos pastores y profetas de la esperanza.

Como miembros de la Iglesia hacemos un llamado en este año de la misericordia al encuentro, al perdón y a la reconciliación. Ofrecemos nuestros buenos oficios para facilitar canales de diálogo. Agradecemos a los mediadores internacionales de un dialogo entre el gobierno y la oposición para la paz. Es necesario reconocer los errores. Es necesario corregir las fallas. Es necesario abrirse a la creatividad en la que quepamos todos sin distingos de ninguna clase.

Como tarea urgente, ratificamos públicamente nuestra solicitud de que se permita la entrada de medicamentos que necesitan muchos venezolanos urgidos de una atención sanitaria de altura. La capilaridad de Cáritas de Venezuela y la cooperación de instituciones privadas, y no de entes gubernamentales, nos hace capaces de recibir y distribuir adecuadamente las muchas ofertas que recibimos a diario del exterior. No es la solución definitiva pero sí es un paliativo que no debería esperar más.

Ruego al Padre misericordioso e invoco la protección de María de Coromoto a fin de que estas reflexiones que expresan el sentir no solo de la Conferencia Episcopal sino del y el anhelo de la inmensa mayoría del pueblo venezolano, que espera una solución pronta y definitiva, a la crisis que vivimos, encuentren un camino pacífico y democrático.

 

+Mons. Diego Rafael Padrón Sánchez

Arzobispo de Cumaná 10

Presidente CEV

 

miércoles, 29 de junio de 2016

LA NATURALEZA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA



Guillermo Yepes Boscán
Coordinador del Foro Eclesial de Laicos


Introducción

Este taller quiere ser un instrumento de formación para grupos comunidades y círculos de estudios sociales de laicos católicos.  Intenta ofrecer unas exposiciones necesariamente sintéticas sobre la enseñanza social de la iglesia, ya en sus bases escriturísticas y en la tradición hasta estos últimos tiempos.   El taller proporcionará una visión de conjunto de lo que es la Doctrina Social de la Iglesia. En primer lugar, porque sinceramente pensamos que la enseñanza social de la iglesia, como continuación de una tradición secular de justicia y caridad, es en sí misma de gran valor, un monumento moral sin parangón.  En segundo lugar, porque los fallos, las omisiones, las rupturas, y sobre todo, las inconsecuencias se suelen repetir de forma machacona, y quizás alguna vez, sin negarlo debemos tomar conciencia también del tesoro que tenemos entre manos.  Y, en tercer lugar, porque, en el fondo, estamos ya metidos en el reino de Dios; la Resurrección de Jesús es presente, y Dios nos ofrece un camino constructivo y gozoso.

Con esto no queremos justificar los pecados de la Iglesia, que son los nuestros, sino estimular a la conversión, a la reacción, a la ilusión y muy especialmente a la creatividad, que hoy necesitamos en dosis notables.  Se progresa en el clima  de sano optimismo y en la convicción de que la utopía lo es cuando se va convirtiendo en realidad y no cuando queda en el ámbito de los sueños imposibles.

Sin lugar a dudas, la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII, publicada en 1891, es el documento de la enseñanza social de la iglesia de los tiempos actuales.  Ella fue un punto de llegada de todo un movimiento social cristiano, que en el siglo XIX se sensibiliza con los grandes problemas éticos y morales que el capitalismo reinante había provocado a la conciencia.  Hay toda una historia de búsqueda y de trabajo social, que iba abriéndose camino en las Iglesias europeas, norteamericanas y latinoamericanas.  Ya no bastaba con los tratados tradicionales sobre la Justicia y el Derecho, porque la “cuestión social” era tan provocadora que postulaba otro tipo de tratamiento.  Ya en 1846, la Iglesia Católica cambiaba de actitud y de rumbo con la condena del socialismo y el comunismo. En la Encíclica “Qui Pluribus”, que publicó Pio IX con ocasión de su elevación al pontificado, condenó a ambos movimientos y lo fue repitiendo no pocas veces.  Lo que pasa es que no precisó concretamente a que se refería con las palabras “socialismo” y “comunismo”, porque en aquel entonces había cantidad de socialismos y comunismos que indicaban en su conjunto a los movimientos revolucionarios, los cuales no había alcanzado los niveles de concreción e ideología propios de los partidos comunistas y socialistas, tan pluriformes, del siglo XX.

LA DSI FECUNDA Y FERMENTA LA SOCIEDAD CON EL EVANGELIO

Con su doctrina social, la Iglesia se hace cargo del anuncio que el Señor le ha confiado.  Actualiza en los acontecimientos históricos el mensaje de liberación y redención de Cristo, el Evangelio del Reino.  La Iglesia, anunciando el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y les descubre las exigencias de la justicia y de la paz,  conformes a la sabiduría divina.  (Cf. San Juan Pablo II, Carta Encíclica Redentor hominis, 14).



En cuanto Evangelio que resuena mediante la Iglesia en el hoy del hombre, la doctrina social es palabra que libera.  Esto significa que posee la eficacia de verdad y de gracia del Espíritu de Dios, que penetra los corazones disponiéndolos a cultivar pensamientos y proyectos de amor, de justicia y de paz.  Evangelizar en ámbito social significa infundir en el corazón de los hombres la carga de significado y de liberación del Evangelio, para promover así una sociedad a medida del hombre en cuanto que es a medida de Cristo: es construir una ciudad del hombre más humana porque es más conforme al Reino de Dios.  

DOCTRINA SOCIAL, EVANGELIZACIÓN Y PROMOCIÓN HUMANA

La Doctrina Social es parte integrante del ministerio de evangelización de la Iglesia; todo lo que atañe a la comunidad de los hombres –situaciones y problemas relacionados con la justicia, la liberación, el desarrollo, las relaciones entre los pueblos, la paz-, no es ajeno a la evangelización; ésta no sería completa si no tuviese en cuenta la mutua conexión que se presenta constantemente entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre. Entre evangelización y promoción humana existe vínculos profundos: “Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos.  Lazos de orden teológico ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención, que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir, y de justicia, que hay que restaurar.  Vínculos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover mediante la justicia y la paz el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre?” (Cf. Pablo VI Exhortación Apostólica Evangeli Nuntiandi, 31).

II

LA NATURALEZA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

a)    UN CONOCIMIENTO ILUMINADO POR LA FE



La Doctrina Social de la Iglesia no ha sido pensada desde el principio como un sistema orgánico, sino que se ha formado en el curso del tiempo, a través de las numerosas intervenciones del Magisterio sobre temas sociales.  Una clarificación decisiva en este sentido la encontramos, precedida por una significativa indicación  en  las encíclicas Laborem Excercens y Solicitudo Rei Socialis de San Juan Pablo II: “La Doctrina Social de la Iglesia no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral.  No se puede definir según parámetros socioeconómicos.  No es un sistema ideológico o pragmático, que tiende a definir y componer las relaciones económicas, políticas y sociales, sino una categoría propia: es la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial.  Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, transcendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana” (Cf. San Juan Pablo II, Solicitudo Rei Socialis, 41).

La doctrina social, por tanto, es de naturaleza teológica, y específicamente teológico–moral, ya que se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas.  “Se sitúa en el cruce de la vida y de la conciencia cristiana con las situaciones del mundo y se manifiesta en los esfuerzos que realizan los individuos, las familias, operadores culturales y sociales, políticos y hombres de Estado, para darles forma y aplicación en la historia”. (Cf. Carta Encíclica Centésimus Annus, 59).  La doctrina social refleja, de hecho, los tres niveles de la enseñanza teológico-moral: el nivel fundante de las motivaciones; el nivel directivo de las normas de la vida social; el nivel deliberativo de la conciencia, llamada a mediar las normas objetivas y generales en las situaciones sociales concretas y particulares.  Estos tres niveles definen implícitamente también el método propio y la estructura epistemológica específica de la Doctrina Social de la Iglesia.

La doctrina social halla su fundamento esencial en la Revelación Bíblica y en la Tradición de la Iglesia.  De esta fuente, que viene de lo alto, obtiene la inspiración y la luz para comprender, juzgar y orientar la experiencia humana y la historia.

La fe, que acoge la palabra divina y la pone en práctica, interacciona eficazmente con la razón.  La inteligencia de la fe, en particular de la fe orientada a la praxis, es estructurada por la razón y se sirve de todas las aportaciones que ésta le ofrece.  También la doctrina social, en cuanto saber aplicado a la contingencia y a la historicidad de la praxis, conjuga a la vez “fides et ratio” y es expresión elocuente de su fecunda relación (Cf. Carta Encíclica Fides et Ratio).

La fe y la razón constituyen las dos vías cognoscitivas de la doctrina social, siendo dos las fuentes de las cuales se nutre: la Revelación y la naturaleza humana.  El conocimiento de fe comprende y dirige la vida del hombre a la luz del misterio histórico-salvífico, del revelarse y donarse de Dios en Cristo por nosotros los hombres. La inteligencia de la fe incluye la razón, mediante la cual ésta, dentro de sus límites, explica y comprende la verdad revelada y la integra con la verdad de la naturaleza humana, según el proyecto divino expresado por la creación (Cf. Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 14), es decir, la verdad integral de la persona en cuanto ser espiritual y corpóreo, en relación con Dios, con los demás seres humanos y con las demás criaturas.

La centralidad del misterio de Cristo, por tanto, no debilita ni excluye el papel de la razón y por lo mismo no priva a la Doctrina Social de la Iglesia de plausibilidad racional y, por tanto, de su destino universal.  Ya que el misterio de Cristo ilumina el misterio del hombre, la razón da plenitud de sentido a la comprensión de la dignidad humana y de las exigencias morales que la tutelan.La doctrina social es un conocimiento iluminado por la fe, que  –precisamente porque es tal-  expresa una mayor capacidad de entendimiento.  Da razón a todos de las verdades que afirma y de los deberes que comporta: puede hallar acogida y ser compartida por todos.

b)    EN DIÁLOGO CORDIAL CON TODOS LOS SABERES

La Doctrina Social de la Iglesia se sirve de todas las aportaciones cognoscitivas, provenientes de cualquier saber, y tiene una importante dimensión interdisciplinaria: “Para encarnar cada vez mejor, en contextos socioeconómicos y políticos distintos, y continuamente cambiantes, la única verdad sobre el hombre, esta doctrina entra en diálogo con las diversas disciplinas que se ocupan del hombre, e incorpora sus aportaciones” (Cf. San Juan Pablo II, Carta Encíclica Centésimus Annus, 59).  La doctrina social se vale de las contribuciones de significado de la filosofía e igualmente de los aportes descriptivos de las ciencias humanas.

Es esencial, ante todo, el aporte de la filosofía, señalado ya al indicar la naturaleza humana como fuente y la razón como vía cognoscitiva de la misma fe.   Mediante la razón, la doctrina social asume la filosofía en su misma lógica interna, es decir, en la argumentación que le es propia.  Afirmar que la doctrina social debe encuadrarse en la teología más que en la filosofía, no significa ignorar o subestimar la función y el aporte filosófico.  La filosofía, en efecto, es un instrumento idóneo e indispensable para una correcta comprensión  de  los   conceptos básicos de  la   Doctrina  Social  de  la Iglesia -como la persona, la sociedad, la libertad, la conciencia, la ética, el derecho, la justicia, el bien común, la solidaridad, la subsidiaridad, el Estado-, una comprensión tal que inspire una convivencia social armónica.  Además, la filosofía hace resaltar la plausibilidad racional de la luz que el Evangelio proyecta sobre la sociedad  y solicita la apertura y el asentimiento de la verdad de toda inteligencia y conciencia.

Una contribución significativa a la Doctrina Social de la Iglesia procede también de las ciencias humanas y sociales; ningún saber resulta excluido, por la parte de verdad de la que es portador.  La Iglesia reconoce y acoge todo aquello que contribuye a la compresión del hombre en la red de las relaciones sociales, cada vez más extensa, cambiante y compleja.  La apertura atenta y constante a la ciencia proporciona a la Doctrina Social de la Iglesia competencia, concreción y actualidad.  Gracias a éstas, la Iglesia puede comprender de forma más precisa al hombre en la sociedad, hablar a los hombres de su tiempo de modo más convincente y cumplir más eficazmente su tarea de encarnar en la conciencia y en la sensibilidad social de nuestro tiempo, la palabra de Dios y la fe, de la cual la Doctrina Social de la Iglesiaarranca”.



C) EXPRESIÓN DEL MINISTERIO DE ENSEÑANZA DE LA  IGLESIA

La doctrina social es de la Iglesia porque la Iglesia es el sujeto que la elabora, la difunde y la enseña.  No es prerrogativa de un componente del cuerpo eclesial, sino de la comunidad entera: es expresión del modo en que la Iglesia comprende la sociedad y se confronta con sus estructuras y sus variaciones.  Toda la comunidad eclesial – sacerdotes, religiosos y laicos – participan en la elaboración de la doctrina social según la diversidad de tareas, carisma y ministerios.

Los aportes múltiples y multiformes  -que son también expresión del sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo- (Cf. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, 12), son asumidas, interpretadas y unificadas por el Magisterio, que promulga la enseñanza social como doctrina de la Iglesia.  El Magisterio compete en la Iglesia, a quienes están investidos del munus docendi, es decir, del ministerio de enseñar en el campo de la fe y de la moral con la autoridad recibida de Cristo.  La doctrina social no es sólo fruto del pensamiento y de la obra de personas cualificadas, sino que es el pensamiento de la Iglesia, en cuanto obra del Magisterio, que enseña con la autoridad que Cristo ha conferido a los Apóstoles y a sus sucesores: el Papa y los Obispos en comunión con él. (Cf.  Catecismo de la Iglesia Católica, 2034).

En la Doctrina Social de la Iglesia se pone en acto el Magisterio en todos sus componentes y expresiones.  Se encuentra, en primer lugar, el Magisterio universal del Papa y del Concilio: es este Magisterio el que determina la dirección y señala el desarrollo de la doctrina social.  Éste, a su vez, está integrado por el Magisterio Episcopal, que especifica, traduce y actualiza la enseñanza en los aspectos concretos y peculiares de las múltiples y diversas situaciones locales (Cf. Pablo VI, Carta Apostólica Octogesima adveniens, 3-5).  La enseñanza social de los obispos ofrece contribuciones válidas y estímulos al magisterio del Romano Pontífice.

En cuanto parte de la enseñanza moral de la Iglesia, la doctrina social reviste la misma dignidad y tiene la misma autoridad de tal enseñanza.  Es Magisterio auténtico que exige la aceptación  y adhesión de los fieles (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 20-37).  El peso doctrinal de las diversas enseñanzas y el asentimiento que requieren depende de su naturaleza, de su grado de independencia respecto a elementos contingentes y variables, y de la frecuencia con la cual son invocados. (Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum veritatis, 16-17)

D)   HACIA UNA SOCIEDAD RECONCILIADA EN LA JUSTICIA Y EN EL AMOR

El objeto de la doctrina social es esencialmente el mismo que constituye su razón de ser: el hombre llamado a la salvación, y como tal, confiado por Cristo al cuidado y a la responsabilidad de la Iglesia (Cf. San Juan Pablo II, Carta Encíclica Centésimus annus, 53).  Con su Doctrina Social, la Iglesia se preocupa de la vida humana en la sociedad, con la conciencia que de la calidad de la vida social, es decir, de las relaciones de justicia y amor que la forman, depende en modo decisivo la tutela y la promoción de las personas que constituyen cada una de las comunidades.   En la sociedad, en efecto, estan en juego la dignidad y los derechos de la persona y la paz en las relaciones entre las personas y entre las comunidades.  Estos bienes deben ser logrados y garantizados por la comunidad social.

En esta perspectiva, la doctrina social realiza una tarea de anuncio y de denuncia.

Ante todo, el anuncio de lo que la iglesia posee como propio: “una visión global del hombre y de la humanidad” (Cf. Paulo VI, Carta Encíclica Populorum Progressio, 4), no sólo en el nivel teórico, sino práctico.  La doctrina social, en efecto, no ofrece solamente significados, valores y criterios de juicio, sino también las normas y las directrices de acción que de ellos derivan.  Con esta doctrina, la Iglesia no persigue fines de estructuración y organización de la sociedad sino de exigencia, dirección y formación de las conciencias.

La doctrina social comporta también una tarea de denuncia en presencia del pecado: es el pecado de injusticia y de violencia que de diversos modos afecta a la sociedad y en ella toma cuerpo.  Ésta denuncia se hace juicio y defensa de los derechos ignorados y violados, especialmente de los derechos de los pobres, de los pequeños, de los débiles.  Esta denuncia es tanto más necesaria cuanto más se extiendan las injusticias y la violencia que abarca categoría entera de personas  y amplias áreas geográficas del mundo, y dan lugar a cuestiones sociales, es decir a abusos y desequilibrios que agitan a las sociedades.  Gran parte de la enseñanza social de la Iglesia, es requerida y determinada por las grandes cuestiones sociales, para las que quiere ser una respuesta de justicia social.

La finalidad de la doctrina social es de orden religioso y moral.  Religioso, porque la misión evangelizadora y salvífica de la Iglesia alcanza al hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y, a la vez, de su ser comunitario.  Moral, porque la Iglesia mira hacia un humanismo pleno, es decir, a la liberación de todo lo que oprime al hombre y al desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres.  La doctrina social traza los caminos que hay que recorrer para edificar una sociedad reconciliada y armonizada en la justicia y en el amor, que anticipa en la historia de modo insipiente y prefigurado “los nuevos cielos y nueva tierra, en los que habita la justicia (Cf. Segunda Carta de Pedro, 3,13).



Por fidelidad doctrinaria con lo aquí expuesto debemos afirmar que estas reflexiones han sido tomadas del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, elaborado por el Consejo Pontificio “Justicia y Paz”, y de la obra de Jesús Renau, S.J. Desafiados por la realidad. Enseñanza social de la Iglesia, Editorial SAL TERRAE. Santander (España), 1994. Las referencias y las citas de las encíclicas pertenecen, por igual, al Compendio.

martes, 31 de mayo de 2016

Apuntes históricos sobre la Doctrina Social de la Iglesia

Dr. Rafael Díaz Blanco[1]
Abogado y Politólogo
Profesor Universitario
Para la Iglesia, el mensaje social del Evangelio no

 debe considerarse como una teoría, sino por encima

de todo, un fundamento y estímulo para la acción

(Centesimus annus, 57)

Comenzaremos con algunos conceptos sobre la Doctrina Social de la Iglesia, haremos un recorrido histórico de la Rerum Novarum hasta nuestros días y terminaremos con algunas consideraciones sobre las reflexiones de los Obispos venezolanos, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, sobre la realidad nacional.
 
Concepto de Doctrina Social de la Iglesia
 
La misión de la Iglesia es de orden religioso, no de orden político económico o social. La Iglesia no ofrece soluciones técnicas y no pretende mezclarse en política, pero si tiene una misión que cumplir a favor de una sociedad a medida del hombre (Benedicto XVI, 2009: 16). Como afirma De la Iglesia (2014: 286) “Ninguna realización humana lleva a plenitud el ideal del Evangelio”.
La Doctrina Social de la Iglesia “no es una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial”. Sin embargo, el magisterio se ha pronunciado con frecuencia contra el comunismo y los regímenes totalitarios, excluye el socialismo como remedio  y rechaza el liberalismo entendido como ilimitada competencia entre las fuerzas económicas (CDSI, 2006: 65-67).
La locución doctrina social se remonta a Pio XII para designar “el corpus doctrinal relativo a temas de relevancia social que, a partir de la encíclica Rerum novarum de León XIII, se ha desarrollado en la Iglesia a través de los Romanos Pontífices y los Obispos en comunión con ellos” (CDSI, 2006: 64).
Sin embargo, decimos con Van Gestel (1964: 21) que la Doctrina Social de la Iglesia es más antigua que la Iglesia misma en el sentido que ya en el Antiguo Testamento encontramos las ideas sociales que desarrollaría la predicación de Jesucristo y se recogerían en el Nuevo Testamento, los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y sus Epístolas. Señalaba san Juan Pablo II (1981: 5) en Laborem exercens que la Doctrina Social de la Iglesia “tiene su fuente en la Sagrada Escritura, comenzando por el libro del Génesis y, en particular, en el Evangelio y en los escritos apostólicos. Esa doctrina perteneció desde el principio a la enseñanza de la Iglesia misma, a su concepción del hombre y de la vida social y, especialmente, a la moral social elaborada según las necesidades de las distintas épocas”.
De acuerdo con los documentos de Puebla de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) la enseñanza social de la Iglesia es “el conjunto de orientaciones doctrinales y criterios de acción que tienen su fuente en la Sagrada Escritura, en la enseñanza de los Padres y grandes teólogos de la Iglesia y en el magisterio, especialmente en los últimos papas” (García, 2010: 25).
La Doctrina Social de la Iglesia es la reflexión política, económica y social desarrollada en las encíclicas, documentos conciliares, discursos pontificios, documentos de los distintos dicasterios de la Iglesia, en un momento histórico concreto, cónsona con la tradición humanista cristiana que en cada país corresponderá a las respectivas Conferencias Episcopales hacer las aplicaciones a las realidades particulares. Considerándose la Iglesia “experta en humanidad” debe escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio (San Juan Pablo II, 1987: 4).
La Doctrina Social de la Iglesia debe resultar “un saber teórico-práctico orientador de la acción parroquial” que surge del derecho y deber de la Iglesia de emitir juicios morales sobre situaciones, estructuras y sistemas (Rodríguez, 1990: 1). Decía Juan XXIII (1961:39) en Mater et Magistra (15/05/1961) que “la doctrina social profesada por la Iglesia Católica es algo inseparable de la doctrina que la Iglesia enseña sobre la vida humana (222). Por esto deseamos intensamente que se estudie cada vez más esta doctrina. Exhortamos, en primer lugar, a que se enseñe como disciplina obligatoria en los colegios católicos de todo grado, y principalmente en los seminarios, aunque sabemos que en algunos centros de este género se está dando dicha enseñanza acertadamente desde hace tiempo. Deseamos, además, que esta disciplina social se incluya en el programa de enseñanza religiosa de las parroquias y de las asociaciones de apostolado de los seglares y se divulgue también por todos los procedimientos modernos de difusión, esto es, ediciones de diarios y revistas, publicación de libros doctrinales, tanto para los entendidos como para el pueblo, y, por último, emisiones de radio y televisión (223)”.
Por su parte, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI, 2006: 320) señala que “la doctrina social es un punto de referencia indispensable para una formación cristiana completa”. “Es absolutamente indispensable –sobre todo para los fieles laicos comprometidos de diversos modos en el campo social y político- un conocimiento exacto de la doctrina social de la Iglesia”. Se destaca que “el valor formativo de la doctrina social debe estar más presente en la actividad catequética” y “no menos relevante debe ser el compromiso de emplear la doctrina social en la formación de presbíteros y de los candidatos al sacerdocio (CDSI, 2006: 323).
Señala el Compendio (CDSI, 2006: 19) que la Doctrina Social de la Iglesia contiene los principios de reflexión, los criterios de juicio y los principios de acción que sirven de base para promover un humanismo integral y solidario. Sus valores fundamentales: la verdad, la libertad, la justicia, la solidaridad, la paz y la caridad o amor cristiano, posibilitan la primacía de la ética sobre la técnica, la persona sobre las cosas, y el espíritu sobre la materia (Rodríguez, 1990: 3).
Para Benedicto XVI (2009: 20-21), la DSI es “una única enseñanza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva”. Cada pontífice, cada encíclica tiene sus peculiaridades, sin perder la coherencia de todo el corpus doctrinal en su conjunto. Está construida sobre el fundamento trasmitido por los Apóstoles a los Padres de la Iglesia y acogida y profundizada por los grandes doctores cristianos La Doctrina Social de la Iglesia tiene una importante dimensión interdisciplinaria que permite a la fe, a la teología, a la metafísica y a las ciencias económicas encontrar su lugar dentro de una colaboración al servicio del hombre (Benedicto XVI, 2009: 42-43). Su enseñanza está “orientada esencialmente a la acción” y “se desarrolla en función de las circunstancias cambiantes de la historia” (n. 72) (Rodríguez, 1990: 3). San Juan Pablo II en Sollicitudo Rei Socialis (41) señaló que la Doctrina Social de la Iglesia “no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral” (CDSI, 2006: 55).
Siendo Arzobispo de Buenos Aires, el entonces Cardenal Bergoglio afirmaba que la Iglesia no debe meterse en la política partidista, sino en la gran política que nace de los mandamientos y del Evangelio. Es hacer política con sentido evangélico, denunciar los atropellos a los derechos humanos, situaciones de explotación o exclusión, carencias en la educación o alimentación (Rubin y Ambrogetti, 2013: 85).
Belaunde (1982: 10-11) concluye: 1) Existe una doctrina o enseñanza social propia y original de la Iglesia Católica por los principios que la inspiran; 2) Es una doctrina evolutiva, dinámica y actual porque va extrayendo nuevas consecuencias de los principios teniendo en cuenta las realidades cambiantes de la problemática social; 3) Es obligatoria para los católicos como lo señala Juan XXIII en Mater et Magistra (60) por ser “una parte integrante de la concepción cristiana de la vida”.
Por último, advertimos que no debemos confundir la Doctrina Social de la Iglesia con el denominado ‘pensamiento social católico’ producto de la acumulación de estudios sistemáticos, interpretaciones y aplicaciones de la Doctrina Social de la Iglesia, ya que tales contenidos, en muchos casos de gran interés, no poseen la autoridad del Magisterio de la Iglesia (Rodríguez Iturbe, 2001: 1).

Las encíclicas sociales
 
Antecedentes inmediatos:
 
Antecedentes inmediatos de las encíclicas sociales son: el proyecto de decreto sobre la situación de los trabajadores presentado durante el Concilio Vaticano I (1869-1870) y la encíclica Aeterni Patris de León XIIl del 04/08/1879 sobre la restauración de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de santo Tomás de Aquino.

Encíclicas sociales

Se consideran encíclicas sociales las siguientes:

Rerum novarum (15/05/1891) de León XIII (1878-1903) “sobre la situación de los obreros”.

Quadragesimo Anno (15/05/1931) de Pio XI (1922-1939) “sobre la restauración del orden social en perfecta conformidad con la ley evangélica”.

Mater et Magistra (15/05/1961) de Juan XXIII (1958-1963) “sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana”.

Pacem in Terris (11/04/1963) de Juan XXIII “sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”.

Populorum progressio (26/03/1967) de Pablo VI (1963-1978) sobre la “sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos”.

Laborem exercens (14/09/1981) de san Juan Pablo II (1978-2005) “sobre el trabajo humano”.

Sollicitudo rei sociali (30/12/1987) de san Juan Pablo II (1987: 9), “al cumplirse el vigésimo aniversario de la Populorum Progressio”.

Centesimus annus (01/05/1991) de san Juan Pablo II, a los 100 años de la Rerum Novarum.

Caritas in Veritate (29/06/2009) de Benedicto XVI (2005-2013) “sobre el desarrollo humano integral en la caridad y la verdad”.

Laudato Si (24/05/2015) del Papa Francisco (2013-?) “sobre el cuidado de la casa común”.
 
Otros documentos
Son documentos de gran relevancia para la Doctrina Social de la Iglesia los siguientes:

Encíclica Divini redemtoris “sobre el comunismo ateo” de Pio XI.

Encíclica Summi Pontificatus (20/10/1939) y radiomensajes: La Solennitá (01/6/1941), Oggi (1-9-43), Benignitas et humanitas  24/12/44) de Pio XII (1939-1958).

Constitución Pastoral Gaudium et spes (07/12/1965) “sobre la Iglesia en el mundo actual” y Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II (1958-1965).

Carta Apostólica Octagesima adveniens (14/05/1971) de Pablo VI, a los 80 años de la Rerum Novarum.

Códigos de Malinas de 1927 de la Unión Internacional de Estudios Sociales.

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia de 2012 promulgado por Benedicto XVI.

Pio IX (1846-1878)
A finales del pontificado de Pio IX se reúne el Concilio Vaticano I (1869-1870) al cual se presentó un proyecto de decreto sobre la situación de los trabajadores que denunciaba la miseria imperante. También hubo iniciativas sobre el peligro del socialismo, sin embargo, el fin abrupto del Concilio, derivado de la ocupación de Roma, impidió la consideración de ambas propuestas (Belaunde, 1982: 7).
León XIII (1878-1903)
La encíclica Rerum novarum (15/05/1891) de León XIII “sobre la situación de los obreros” es considerada la primera gran encíclica social (López, 1986: 206). “Carta magna del orden social” la llamará Pio XI (1931: 10). Juan XXIII (1961: 5) dirá que “ha sido reconocida como la Carta Magna de la instauración del nuevo orden económico y social” y recordará (1961: 2) que “abrió un camino más amplio a la acción de la Iglesia Católica”. San Juan Pablo II (1991: 5), afirmará que “confirió a la Iglesia una especie de ´carta de ciudadanía´ respecto a las realidades de la vida pública”.
Aparece la encíclica en un momento de apogeo del capitalismo europeo. La revolución industrial iniciada en Inglaterra se ha expandido y los principios liberales dominan Europa (Reih, 1982: 27). La Rerum novarum es parte de un movimiento de renovación doctrinal que tiene como fuente la encíclica Aeterni Patris (04/08/1879) de Leon XIIl sobre la restauración de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de santo Tomás de Aquino. León XIII –afirma van Gestel (1964: 21)- restablece el contacto de la Iglesia con el mundo en la época del liberalismo y del nacimiento del socialismo. Atacará lo que constituye el común denominador de las corrientes políticas de entonces: una concepción individualista y materialista de la vida humana. Se trata del reencuentro del Evangelio con las realidades de una época.
La Rerum novarum en su introducción anuncia como objetivo abordar la “cuestión social”, o sea, el problema de la situación miserable de los obreros; analiza sus causas, su gravedad y el deber del magisterio pontificio de intervenir. En la primera parte, estudia la solución propuesta por el socialismo y las razones de su rechazo absoluto. En la segunda, propone acciones que dependen de la Iglesia, el Estado y los obreros (Pérez, 2009: 64).
Cuatro líneas doctrinales que todavía tienen En síntesis, las propuestas de la encíclica, según Reich (1982: 27) son: 1) Reformar la sociedad; 2) Enfocar las relaciones sociales desde un punto de vista ético; y 3) Intervención estatal en las relaciones sociales. Asimismo, su importancia primordial está en que la Iglesia se aparta de la solución de los problemas sociales vigencia se exponen: 1) Garantizar un salario suficiente acorde con las necesidades del trabajador; 2) El Estado debe promover una mayor distribución de la propiedad, habida cuenta que es un derecho de toda persona; 3) Las condiciones de trabajo deben garantizar la seguridad física del trabajador; y 4) El derecho de asociación es un derecho natural, principal instrumento de los trabajadores para la defensa legítima de sus intereses (Camacho, 2014: 204).
por medio de métodos exclusivamente caritativos.
Dice el Compendio que “toda la doctrina social se podría entender como una actualización, una profundización y una expansión del núcleo originario de los principios expuestos en la Rerum novarum” (CDSI, 2006: 66).
Pio XI (1922-1939)
Durante los pontificados de san Pio X (1903-1914) y Benedicto XV (1914-1922) no hubo encíclicas sociales. 40 años después de la Rerum novarum el mundo está experimentando la mayor crisis del sistema capitalista. Las medidas sociales y políticas adoptadas hasta entonces no bastaban como correctivo del sistema (Reich, 1982: 29). El fascismo se ha instalado en Italia y el comunismo en Rusia. La Quadragesimo Anno (15/05/1931) de Pio XI “sobre la restauración del orden social en perfecta conformidad con la ley evangélica” se ocupa ampliamente del orden impuesto por el capitalismo, así como de la lucha de clases promovida por el socialismo. Confirma el principio de la solidaridad y la colaboración para superar las antinomias sociales. Analiza los frutos de la Rerum Novarum, revisa y pone al día su doctrina en relación a la propiedad, el capital, el trabajo, el salario y la restauración del orden social (Pérez, 2009: 66-67). La libre concurrencia no basta como principio básico como creían los liberales (Belaunde, 1982: 69). Es una radical crítica al capitalismo de aquellos años, sin embargo, Pio XI no lo rechaza en cuanto el sistema se base en la colaboración de capital y trabajo (Camacho, 2014: 205). Se habla de una formación de capital en manos de los trabajadores y una regulación definitiva de las relaciones capital-trabajo. El capital y el trabajo deben entenderse como amigos (Reich, 1982: 30-31).
Formula el principio de la subsidiariedad, de acuerdo al cual las decisiones de la sociedad deben estar en el nivel más cercano a los afectados por ésta (García, 2010: 35). Pio XI exige un nuevo principio regulador de la economía impregnado de justicia. Debe estar sometida a una autoridad mayor que la simple del capital, una autoridad cuya ley máxima no sea el egoísmo o el interés individual, sino el bienestar común (Reich, 1982: 33).
Destaca el Compendio (CDSI, 2006: 67-68) que Pio XI hizo oír su voz contra los regímenes totalitarios y destaca las encíclicas Non abbiamo bisogno (29/06/1931) protestando contra los atropellos del régimen fascista, Mit brennender Sorge (1937) sobre la situación de la Iglesia católica en Reich alemán y Divini Redemtoris sobre el comunismo ateo, definido intrínsecamente malo y la doctrina socialcristiana. Mit brennender Sorge solicitada a Pio XI por los Obispos alemanes fue leída desde todos los pulpitos de Alemania, tras haber sido difundida con la máxima reserva. En 1938, ante la difusión del antisemitismo Pio XI afirmaría: “Somos espiritualmente semitas”.
Pio XII (1939-1958)
Pio XII, precursor inmediato del Concilio Vaticano II, aunque no dictó ninguna encíclica social, en la Summi Pontificatus (20/10/1939) enumera errores capitales del orden político que vivía, el olvido de la solidaridad (28-38) y la concepción totalitaria (39-43). También son sumamente valiosas las enseñanzas contenidas en sus radio mensajes: La Solennitá (01/6/1941), Oggi (1-9-43), Benignitas et humanitas  24/12/44) Iglesia (Bravo, 2009: 17-19).
En los sesenta, el mundo se ha recuperado de la devastación de la II Guerra Mundial, se ha iniciado la descolonización y hay señales de deshielo en el clima de la Guerra Fría. La cuestión social se ha universalizado y afecta a todos los países (CDSI, 2006: 69).
 Juan XXIII (1958-1963)
El papa Roncalli conmemora el 70 aniversario de la Rerum Novarum con una nueva encíclica que sorprende al mundo: Mater et Magistra (15/05/1961) “sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana”. Es considerada una encíclica de transición entre el pensamiento oficial de la Iglesia antes y después del Concilio Vaticano II (Camacho, 2014: 245). En la introducción, Juan XXIII recuerda la doble misión asignada a la Iglesia: Enseñar y practicar la caridad y su misión social. En la primera parte, expone sucintamente las enseñanzas de sus predecesores y presenta una visión de conjunto de los nuevos problemas que plantea la evolución contemporánea. En la segunda parte, trata problemas tradicionales vistos en su nuevo aspecto: las relaciones entre iniciativa privada e intervención estatal en el campo económico, multiplicación y entrecruzamiento de las relaciones sociales, la “socialización”, relaciones entre patronos y empleados en la empresa, en la profesión, y en la vida económica nacional e internacional, el derecho de propiedad. La tercera parte, está dedicada a los problemas nuevos de la época planteados por el desarrollo y el subdesarrollo. La cuarta parte, sobre todo pastoral, exalta la doctrina social de la Iglesia frente a las ideologías contemporáneas que considera truncadas y falsas (Van Gestel, 1964: 105-107).
El tratamiento del trabajo va adquiriendo preeminencia sobre la propiedad, como advierte Camacho (2014: 207-208), probablemente, por la pérdida de prioridad de la polémica antisocialista, se coloca el trabajo en primer término como lo exige el orden ético y más tarde lo afirmará expresamente san Juan Pablo II. Juan XXIII viendo con profundidad los “signos de los tiempos” precisa en Mater et Magistra los criterios del salario justo, el cual no puede estar sometido a la libre competencia. Establece como principio “que los trabajadores cobren un salario cuyo importe les permita mantener un nivel de vida verdaderamente humano y hacer frente con dignidad sus obligaciones familiares”. En consecuencia será necesario tomar en cuenta: 1) La efectiva aportación del trabajador a la actividad económica; 2) La situación financiera de la empresa: 3) Las exigencias del bien común nacional y 4) Las exigencias del bien común universal. En cuanto a la propiedad debe establecerse un equilibrio entre la dimensión individual y social. Es decir, debe servir simultáneamente a los individuos y al bien común (Camacho, 2014: 244).
En el contexto de la proliferación de armas nucleares, Juan XXIII dirige a “todos los hombres de buena voluntad” Pacem in Terris (11/04/1963) “sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”. Constata la existencia de una comunidad mundial y la necesidad de organizarla mediante la constitución de una autoridad internacional (Allo, 1982: 16). Se ocupa del orden entre los seres humanos y el universo, las relaciones entre los hombres y el poder público, entre comunidades, sus derechos y deberes. Reafirma las enseñanzas de la Iglesia y destaca la necesidad de la paz para la existencia de la humanidad (López, 1986: 207).
En Pacem in Terris, por primera vez en una encíclica, se reflexiona sobre los derechos humanos, “es la encíclica de la paz y de la dignidad de las personas”. Se detiene sobre los poderes públicos de la comunidad mundial, llamados a “examinar y resolver los problemas relacionados con el bien común universal en el orden económico, social, político o cultural” (CDSI, 2006: 70).
La primera parte, se refiere a la ordenación de las relaciones civiles detallando los derechos y deberes. La segunda parte, está dedicada a la ordenación de las relaciones políticas. Considera la autoridad, el bien común, la constitución jurídico-política de la sociedad y las exigencias de la época. Al hablar de la autoridad advierte que la doctrina de acuerdo a la cual ésta proviene de Dios es perfectamente conciliable “con cualquier clase de régimen auténticamente democrático”. La tercera parte, trata de la ordenación de las relaciones internacionales. La cuarta parte, está dedicada a la ordenación de las relaciones mundiales y la quinta parte, a la acción temporal del cristiano (Rodríguez, 1990: 14-17).
El Concilio Vaticano II (1962-1965) convocado por Juan XXIII en 1959 y clausurado por Pablo VI dicta la Constitución pastoral Gaudium et spes (07/12/1965) “sobre la Iglesia en el mundo actual” y la declaración Dignitatis Humanae, en la que se proclama el derecho a la libertad religiosa.
Gaudium et spes delinea el rostro de una Iglesia “íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia…” en sintonía con la renovación eclesiológica “refleja una nueva concepción de ser comunidad de creyentes y pueblo de Dios…”. Estudia orgánicamente: la cultura, la vida económico-social, el matrimonio y la familia, la comunidad política, la paz y la comunidad de los pueblos (CDSI, 2006: 70).
Pablo VI (1963-1978)
“El desarrollo es el nuevo nombre de la paz” afirma Pablo VI en la encíclica social Populorum progressio (26/03/1967) “sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos”. Se considera una ampliación de la Gaudium et spes, en lo económico-social (CDSI, 2006: 72).
Como se desprende del propio título, a diferencia de las encíclicas sociales precedentes, el objetivo antes que la relación entre los grupos sociales, es la relación entre los pueblos. Se ocupa de una solución cristiana al subdesarrollo, de un desarrollo integral y solidario de la persona, de la necesidad de un mundo estructurado sobre nuevas bases. Señala las acciones a emprender con relación a la propiedad, la industrialización, el trabajo, la violencia, la planificación, la alfabetización y la educación, la familia, la demografía, el sindicalismo y la cultura (Pérez, 2009: 82-84).
San Juan Pablo II, al interpretar la Populorum progressio, señala tres novedades: 1/ Destacar el carácter ético y cultural del problema del desarrollo; 2/ Ampliar la cuestión social al orden mundial; y 3/ Vincular la paz a las posibilidades de desarrollo (Aparicio, 2014: 30).
También del Papa Montini debemos mencionar la carta apostólica Octagesima adveniens (14/05/1971) que a los 80 años de la Rerum Novarum, ratifica el rechazo cristiano al análisis marxista inseparable del ateísmo y la antropología marxista (Rodríguez, 2007b: 714). Se ocupa de la urbanización, los jóvenes, la mujer, el trabajo, la discriminación, las fuentes de trabajo, los medios de comunicación social, los derechos humanos. Reclama mayor justicia en la distribución de los bienes, tanto interna como internacionalmente (Pérez, 2009: 90-92). Pablo VI trata del sentido de la política y el peligro de visiones utópicas e ideológicas que comprometen su cualidad ética y humana (Benedicto XVI, 2009: 22).
San Juan Pablo II (1978-2005)
Durante el brevísimo período de Albino Luciani, Juan Pablo I (1978), como es natural, hubo pocos documentos pontificios. Luego, con san Juan Pablo II, tendríamos uno de los pontificados más largos de la historia que incluye tres encíclicas sociales.
La primera encíclica social del Papa Wojtyla es Laborem exercens (14/09/1981) “sobre el trabajo humano”, centro de la “cuestión social”. Se refiere a la relación del trabajo con el hombre y el capital, a los derechos del trabajador, y a la espiritualidad del trabajo (Pérez, 2009: 96-100). Se aborda desde una perspectiva teológico-antropológica, de acuerdo a la cual, el trabajo es una dimensión fundamental de la existencia humana. Se identifica como error el economicismo -sistema capitalista- y el materialismo –sistema socialista- y como solución una auténtica participación de los trabajadores. Se enumeran en el capitalismo: 1) La copropiedad de los medios de trabajo, 2) La participación de los trabajadores en la gestión y 3) en la propiedad; y para el socialismo: l) Asociar el trabajo a la propiedad del capital y 2) promover sociedades intermedias económicas, sociales y culturales (Camacho 2014: 210-212).
Sollicitudo rei sociali (30/12/1987) es la segunda encíclica social de san Juan Pablo II (1987: 9), “al cumplirse el vigésimo aniversario de la Populorum Progressio”. Analiza, como ya se indicó, sus novedades pero también su significado. Se ocupa del nuevo panorama del mundo contemporáneo, el cual visto bajo el aspecto de un auténtico desarrollo humano ofrece una impresión más bien negativa. Señala el creciente abismo entre el Norte desarrollado y el Sur en vías de desarrollo, y los negativos indicadores económicos, sociales y culturales. Destaca la contraposición geopolítica, ideológica y militar Este-Oeste propia de la Guerra Fría con tendencias al imperialismo y a formas de neocolonialismo que contribuye a ampliar las diferencias económicas entre el Norte y el Sur. Denuncia el armamentismo, la tragedia de los refugiados, el terrorismo, las campañas sistemáticas contra la natalidad. Al evaluar los aspectos positivos señala una mayor conciencia del respeto de los derechos humanos, de una mayor interdependencia y de la solidaridad necesaria, justicia y paz, en función del destino común, así como una mayor preocupación ecológica.
Al referirse al auténtico desarrollo humano la encíclica distingue ente progreso y desarrollo, y afirma que “el verdadero desarrollo no puede limitarse a la multiplicación de los bienes y servicios, esto es, a lo que se posee, sino que debe contribuir a la plenitud del “ser” del hombre. De este modo, pretende señalar con claridad el carácter moral del verdadero desarrollo” (CDSI, 2006, 74).
En su tercera encíclica social, Centesimus annus (01/05/1991), san Juan Pablo II realiza una relectura de la centenaria Rerum Novarum que enmarca dentro de la “opción preferencial por los pobres”. Constata el fracaso de las ideologías especialmente socialistas y del sistema comunista (Bravo, 2009: 20-21). Se dan respuestas a los problemas del mercado, la empresa, los beneficios empresariales, la deuda externa, las amenazas de las economías avanzadas, la cuestión ecológica en sus vertientes natural y humana, la mercantilización, la alienación y el capitalismo como supuesto modelo alternativo (Yepes, 1991: 69).
Recuerda san Juan Pablo II que el contenido esencial de la Rerum novarum “fue proclamar las condiciones fundamentales de la justicia en la coyuntura económica y social de entonces” y ratificar el principio de acuerdo al cual “la paz se edifica sobre el fundamento de la justicia”. Destaca la relevancia del derecho a la propiedad privada ante el fracaso de la propiedad colectiva y el principio que la complementa sobre el destino universal de los bienes y el derecho de asociaciones privadas empresariales, profesionales o sindicales. Se subrayan derechos de los trabajadores como el derecho al salario justo y al descanso. También se refiere la encíclica a los deberes del Estado, su obligación de intervenir y tutelar a los más débiles, al principio de la solidaridad, elemental de una sana organización política (Yepes, 1991: 59-61).
En 2004, el Pontificio Consejo “Justicia y Paz” instituido por Pablo VI en 1967, culmina la redacción del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia promulgado por Benedicto XVI que presenta de manera completa y sistemática, aunque sintética, la enseñanza social de la Iglesia (Bravo, 2009: 36).
Benedicto XVI (2005-2013)
Caritas in Veritate (29/06/2009) es la última encíclica de Benedicto XVI. En su introducción señala que la caridad en la verdad es “el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia”. Se trata de una visión amplia de la caridad desarrollada en la encíclica Deus Caritas (Benedicto XVI, 2009: 10). Se ocupa de la justicia, medida mínima de la caridad y del bien común como exigencia de la caridad y la justicia para el desarrollo en una sociedad en vías de globalización.
En el capítulo I trata el mensaje de la Populorum Progresio; en el capítulo II del desarrollo humano en nuestro tiempo; en el capítulo III de la fraternidad, desarrollo económico y sociedad civil; en el capítulo IV del desarrollo de los pueblos, de sus deberes y derechos y del ambiente; en el capítulo V de la colaboración de la familia humana; en el capítulo VI del desarrollo de los pueblos y la técnica.
Concluye con un llamado a afirmar individualmente y como comunidad un humanismo íntegro y verdadero. Para la Iglesia, “el humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano” (Benedicto XVI, 2009: 1-62)
Francisco (2013-?)
Laudato Si (24/05/2015) del Papa Francisco “sobre el cuidado de la casa común” es la última encíclica social. Se refiere al deterioro ambiental global. Para el Papa Bergoglio la degradación ambiental y la degradación humana están íntimamente ligadas.
 
Las reflexiones de los Obispos venezolanos

Al hablar de la Doctrina Social de la Iglesia en América Latina debemos  incluir los documentos de las Conferencias Generales del Episcopado latinoamericano y del Caribe, y particularmente las de Medellín (1968) y Puebla (1979) (Bravo, 2009: 14).[2] En cuanto a la realidad venezolana, son imprescindibles los documentos de la Conferencia Episcopal Venezolana que, como ya se dijo, le corresponde hacer las aplicaciones a nuestras realidades particulares.
Entre 1904 y 1962, los Obispos venezolanos realizaron once conferencias ordinarias y ocho extraordinarias siendo frutos importantes las instrucciones pastorales de 1904, 1928 y 1957 (Santana, 2007: 3). Sin embargo, será la Carta Pastoral de monseñor Arias Blanco, Arzobispo de Caracas, en ocasión del 1° de mayo de 1957, la cual dada su significación histórica y su casi inmediato efecto, ha permitido afirmar que “fue este extraordinario documento del Pastor de Caracas con el que comienza una doctrina social de la Iglesia venezolana”. Monseñor Arias Blanco se refiere a “la multitud de problemas sociales que está viviendo la nación…” y se detiene sobre la injusta distribución de la riqueza, el desempleo, los bajos salarios, la falta de escuelas, las violaciones de la legislación laboral, la libertad sindical (Arias, 2007: 9-19).
A partir de 1958, con el advenimiento de la democracia, las reuniones de la Conferencia Episcopal se hacen frecuentes, institucionalizándose y haciéndose periódicas después del Concilio Vaticano II (actualmente son dos las reuniones ordinarias anuales).
Instaurada la democracia, los Obispos, en Carta Pastoral Colectiva (15/06/1958) reflexionan “sobre los nuevos horizontes que se abren a la patria después del régimen imperante en enero de 1958” (CEV (1), 1958: 7-45). Se pronuncian a favor de la democracia y repudian al comunismo y llaman a los católicos a ejercer la ciudadanía y a participar en la vida pública. Citando a Pio XI (encíclica Ubi arcano) señalan que “los católicos están obligados por la ley de la caridad social a procurar con todos sus esfuerzos que toda la vida de la República esté regulada por principios cristianos”. Los Obispos se pronuncian sobre los regímenes de fuerza, el capitalismo estatal, la autoridad, la libertad, la justicia, los impuestos, los partidos políticos, la educación, los sindicatos obreros y sus reivindicaciones, la violencia, la xenofobia y la pornografía.
Desde entonces, las reflexiones del episcopado sobre la realidad nacional son frecuentes, sus reclamos contra la corrupción, de renovación moral y lucha contra la pobreza han sido permanentes. No hay tema político, económico o social que haya escapado a su consideración, teniendo la mayoría de ellas absoluta vigencia. Los Obispos han reafirmado la doctrina social de la Iglesia, anhelando y propugnando “un orden social, en el que el bienestar no esté limitado a una minoría, sino que pueda ser logrado por todos los venezolanos”. En  cada proceso electoral, los Obispos en práctica que se prolonga a nuestros días, han llamado a cumplir con el deber de votar.
Periódicamente, los Obispos se pronuncian sobre las luces y sombras de la democracia. Así, con motivo de los 40 años de la democracia (20/01/1998) (CEV (2), 1998: 380-387) señalan que la experiencia democrática “es uno de los mayores logros y bienes sociales que compartimos los venezolanos”, que “pese a sus deficiencias ha permitido la conquista de la paz social”. Para los prelados “la voluntad del pueblo venezolano de vivir en paz es lo que explica el rechazo de los golpes de estado y su preocupación por mantener el sistema democrático a pesar de sus imperfecciones”. Afirman que el sistema democrático no es negociable, es decir, no están “dispuestos a avalar formas autoritarias o dictatoriales que tantas penas y lágrimas nos causaron en el pasado”.
Para la Conferencia Episcopal Venezolana, “la Democracia es un proyecto ético que tiene que ver de manera directa con la persona humana…” y recordando el Mensaje de san Juan Pablo II a la VII Cumbre iberoamericana (28/10/1997), subrayan que la Democracia “es una opción fundamentalmente ética a favor de la dignidad de la persona, con sus derechos y libertades, sus deberes y responsabilidades, en la cual encuentra sustento y legitimidad toda forma de convivencia humana y de estructuración social” y agregan que “el primer valor ético de la democracia, que coincide con el presupuesto que la sostiene y alimenta, es el reconocimiento de que la persona humana está dotada por Dios de una dignidad que nada ni nadie puede violar. Es un rechazo de toda forma de sometimiento del hombre por el hombre y, por tanto, de toda forma de tiranía, absolutismo o totalitarismo”.
Indica el Episcopado que “los ciudadanos son la pieza clave de la democracia. Si hay ciudadanos habrá sociedad libre. Esta es todavía demasiado débil entre nosotros. Una sociedad que crece numéricamente, que tiende a ser cada vez más pluralista y abierta en todos los órdenes, requiere de organizaciones de todo tipo y nivel que promuevan y luchen por los más variados y legítimos intereses. Una sociedad civil se caracteriza por actuar en lo público, en el terreno de la toma de las decisiones sociales y en su ejecución. En nuestra sociedad este espacio lo han llenado de forma casi abusiva los partidos políticos y las organizaciones gremiales. Ellos tienen un papel importante e insustituible, pero no pueden seguir siendo los acaparadores de todo el espectro social”.
Y agregan, “el crecimiento poblacional y la complejidad de la vida social entrelazan la participación con la representatividad. Nadie puede estar en todo. Pero la representatividad no es una hipoteca de los derechos ciudadanos. Lograr que los representantes sean tales es uno de los mayores retos de la democracia. El pueblo está cansado de elegir a gente que no lo representa y que nunca entrega cuentas”.
Concluyen diciendo que “una sociedad democrática es impensable sin un Estado fuerte y eficiente en que la separación de poderes garantice esa representación de toda la sociedad civil… El Estado debe concebirse como instrumento de la sociedad civil cuyo sujeto es un pueblo de ciudadanos que comparten una cultura política democrática”.
Con la llegada de Hugo Chávez al poder se inicia un nuevo periodo en las relaciones entre la Iglesia y el Estado venezolano, al igual que en el siglo XIX y buena parte del XX, ha estado lleno de controversias y disputas sobre los más variados asuntos.
No obstante, el Episcopado ha continuado preocupándose por la situación del país haciendo permanente su llamado a “la edificación de una sociedad fundamentada en el respeto a la vida y a la dignidad de toda persona, en el imperio de la verdad y de la justicia, en el pluralismo, la inclusión social y la democracia” (CEV (9), 2011: 1). Sus reflexiones sobre los distintos problemas de la República como la inseguridad, la educación, el auge delictivo, el narcotráfico; sus preocupaciones por la vigencia de la democracia y del estado de derecho, sus denuncias sobre violaciones sistemáticas de los derechos humanos y de la Constitución, el desconocimiento de la voluntad popular, al igual que sus llamados a la paz, a la unidad, al acuerdo nacional, al diálogo y la reconciliación, a la sensatez, a la reflexión, y a la participación electoral, han sido constantes.
Los Obispos han invitado a colaborar en la “reconstrucción material y espiritual de la República en un clima de solidaridad y convivencia, que incluya a todos y en la que todos tengamos vida en libertad” (CEV (8), 2010: 6). Han señalado que es un clamor popular “que viene de lejos y que el Estado venezolano no ha sido capaz de resolver suficientemente” las demandas de los derechos más elementales de alimentación, salud, vivienda, trabajo, servicios públicos… (CEV (4), 2005: 232)
La Conferencia Episcopal Venezolana ha condenado permanentemente la violencia y las consignas que la estimulan; el lenguaje descalificador, ofensivo e irrespetuoso, así como la represión desmesurada. Han rechazado el populismo, el clientelismo, la corrupción, el militarismo, el Socialismo del siglo XXI y el capitalismo salvaje.
            La Iglesia se ha preocupado por la situación de las cárceles y la existencia de presos políticos. Ha solicitado al Presidente, en varias oportunidades, medidas de gracia o indultos, beneficios procesales y trato humanitario a los civiles y militares condenados o imputados por razones políticas (CEV (3), 2005: 196 y 2006 (5) :244). Recientemente, han dicho que “la ley de Amnistía es un clamor nacional e internacional y una contribución a la distensión social (CEV (12), 2016.)
Con relación al Socialismo del Siglo XXI, han afirmado que el sistema político socialista-marxista y totalitario “es moralmente inaceptable, pues ofende la dignidad de cada persona, creada a imagen y semejanza de Dios, desconoce la soberanía popular y vulnera gravemente el bien común, la institucionalidad democrática y los derechos de los venezolanos”. Consideran que la hegemonía absoluta del Estado sobre todos los espacios y aspectos de la vida de Venezuela que se pretende, “compromete la libertad, la justicia y los derechos constitucionales del pueblo”. Para la Iglesia venezolana el sistema socialista que se quiere imponer, “amplía el círculo de la pobreza, y agudiza la dependencia del pueblo respecto de un poder centralista” (CEV, 2011: 3). Durante la presidencia de Nicolás Maduro, los Obispos han rechazado abiertamente el llamado Plan de la Patria, Segundo Plan Socialista de Desarrollo económico y social de la Nación 2013-2019 (CEV (10), 2014: 4).
La Conferencia Episcopal Venezolana ha señalado, reiteradamente, que el mayor problema y la causa de la crisis venezolana “es la decisión del gobierno nacional y de los otros órganos del poder público de imponer un sistema político-económico de corte socialista marxista o comunista. Ese sistema es totalitario y centralista, establece el control del Estado sobre todos los aspectos de la vida de los ciudadanos y de las instituciones públicas y privadas. Además, atenta contra la libertad y los derechos de las personas y asociaciones y ha conducido a la opresión y a la ruina a todos los países donde se ha aplicado” (CEV, 2015 (11): 1-2).
Tampoco han considerado los Obispos, como validos para resolver nuestros males sociales, los caminos propuestos por el neoliberalismo, pues aunque supongan un aparente progreso de la sociedad, llevan inherentes la marginación de amplias masas del pueblo y el ahondamiento de la injusticia y exclusión (CEV (6), 2007: 276)
Así, pues, ni el capitalismo salvaje, ni el socialismo marxista, son vías que conducen a la construcción de una sociedad más justa. Paradójicamente, el socialismo del siglo XXI venezolano, que cada vez se distingue menos del socialismo autoritario del siglo pasado, ha hecho florecer un capitalismo salvaje sustentado en el capitalismo de Estado que construye y una economía informal totalmente desregulada que crece cada día.
La última reflexión de los Obispos contenida en el Comunicado de la Presidencia de la Conferencia Episcopal ante la gravísima situación del país” del 27/04/2016 (CEV (12) 2016) es un angustioso y solidario llamado ante “la extrema carencia de bienes y productos básicos para la alimentación y la salud, junto con otros males como la delincuencia…”. Los Obispos denuncian la ideologización y el pragmatismo manipulador. Rechazan la violencia y los linchamientos, pero llaman a la acción, a derrotar el miedo paralizante, la resignación y la desesperanza. Condenan la especulación y “el bachaqueo” y piden a todos y muy particularmente, a los líderes y dirigentes, a actuar a favor de buen común. Reclaman que se autorice la ayuda humanitaria internacional y exigen el respeto a la institucionalidad en la búsqueda del encuentro y diálogo para la solución de los problemas nacionales: recuperación económica, desabastecimiento, falta de electricidad y calidad de los servicios públicos, violencia e inseguridad. Terminan manifestando que “todas las instancias de servicio de la Iglesia, diócesis, parroquias, institutos religiosos, asociaciones y grupos de apostolado, institutos educativos católicos, centros de reflexión, deben iluminar, con la Palabra de Dios y la Doctrina Social de la Iglesia, la situación concreta de cada región… Todas nuestras comunidades eclesiales deben abrir un espacio, de modo que se conviertan en “casas de encuentro y diálogo” para quienes sincera y desinteresadamente buscan construir la paz”.
Gracias a Dios, los Obispos han cumplido con la promesa de no callar y seguir insistiendo sobre “la centralidad de la persona humana, los derechos humanos; el pluralismo político frente al pensamiento único y la exclusión por razones ideológicas o por cualquier otro motivo; la educación pluralista, abierta a la trascendencia y a la religión; la lucha contra la pobreza, el desempleo, la inseguridad jurídica y social y la violencia; la libertad de expresión y el derecho a la información; una positiva respuesta a la situación infrahumana de nuestros hermanos privados de libertad y los que se sienten perseguidos” (CEV (6), 2007: 270)
 
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Documentos de la Conferencia Episcopal Venezolana 

(1): “Carta Pastoral Colectiva del Episcopado en la oportunidad de los nuevos horizontes que se abren a la patria después de la caída del régimen imperante en enero de 1958”, del 15/06/1960 en “Compañeros de Camino, Cartas, Instrucciones y Mensajes”, vol. I 1958-1979, Ediciones Trípode, Caracas 2000, p. 7-45.

(2): “Declaración con motivo del los cuarenta años de la democracia venezolana”, del 20/01/1998 en “Compañeros de Camino, Cartas, Instrucciones y Mensajes”, vol. II 1980-1999, Ediciones Trípode, Caracas 2000, p. 380-387.

(3): “Exhortación Pastoral: “Diálogo y Perdón para la Paz”, del 11/01/2005, p. 191-197.

(4): “Exhortación Pastoral: “Al Señor tu Dios adorarás y al Él solo servirás Mt 4, Dt 6, 13)”, del 12/07/2005 en “Compañeros de Camino, Cartas, Instrucciones y Mensajes”, vol. III Julio 1999-Julio 2007, Ediciones Trípode, Caracas 2007, p. 228-236.

(5): “Exhortación Pastoral: “Ser Luz en el mundo y sal de la tierra en la Venezuela de hoy)”, del 11/01/2006 en “Compañeros de Camino, Cartas, Instrucciones y Mensajes”, vol. III Julio 1999-Julio 2007, Ediciones Trípode 2007, p. 240-245.

(6): “Exhortación Pastoral: “Tiempo de diálogo para construir juntos”, del 13/01/2007 en “Compañeros de Camino, Cartas, Instrucciones y Mensajes”, vol. III Julio 1999-Julio 2007, Ediciones Trípode, Caracas 2007, p. 267-271.

(7): “Exhortación Pastoral: “Urge el Diálogo y la Reconciliación en Venezuela”, del 07/07/2007 en “Compañeros de Camino, Cartas, Instrucciones y Mensajes”, vol. III Julio 1999-Julio 2007, Ediciones Trípode, Caracas 2007, p. 279.

(8): “Carta Pastoral sobre el Bicentenario de la Declaración de Independencia”, Caracas, 12/01/2010. p.3. Ver en http://www.ucab.edu.ve  

(9)  Exhortación: “Anhelos de Unión, Justicia, Libertad y Paz para Venezuela” del 11/01/2011, 6 p.  Ver en http://www.ucab.edu.ve

(10) “Exhortación Pastoral: Diálogo y pluralismo político”, Caracas, Venezuela, 10/01/2014, 5 p. Ver en http://www.cev.org.ve/

(11) “Exhortación Pastoral: Renovación ética y espiritual frente a la crisis”, Caracas, Venezuela, 12/01/2015, p. 1-2. Ver en http://www.cev.org.ve/

(12) “Comunicado de la Presidencia de la Conferencia Episcopal ante la gravísima situación del país” del 27/04/2016 Ver en http://www.cev.org.ve/

 

 

 

 




[1] Participación en Taller sobre la Misión de la Iglesia y Doctrina Social en la Iglesia del Padre Claret de Maracaibo el 29/05/2016
[2] El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) fue fundado en 1955 por Pio XII a solicitud de los obispos latinoamericanos. Ha celebrado cinco conferencias: Río de Janeiro, Brasil (1955), Medellín, Colombia (1968), Puebla, México (1979), Santo Domingo, República Dominicana (1992) y Aparecida, Brasil (2007).