lunes, 27 de julio de 2015

Escuchar al Papa Francisco

Andrés Bravo
Profesor de la UNICA
Reflexión Semanal 33
XV Domingo Ordinario
            Para los políticos y economistas con sus analistas, la reciente visita del papa Francisco a tres países latinoamericanos – Ecuador, Bolivia y Paraguay – significa una estrategia política e indagan cuáles son sus intensiones. Algunos acusan un apoyo a la izquierda, otros a acabar con ella. Afortunadamente, para la mayoría entusiasta sintiendo la cercanía del pastor universal, es una bendición. Con sus espontáneos gestos y su modo claro de hablar, el papa logró sembrar esperanza, fe, paz y compromiso de caridad traducido en justicia y fraternidad. Se dirige a la persona integral, en sus ámbitos personal, familiar y social. Por eso, su presencia y mensaje repercute lógicamente en lo político. Porque la fe no puede seguir divorciada de la vida social concreta, por el contrario, se compromete en una praxis liberadora de los males que dañan las relaciones humanas. Así, pues, nos conviene escuchar al papa Francisco.
            Sus homilías, mensajes y discursos no tienen desperdicio. Son cuidadosamente elaborados y claramente anunciados. Uno de los encuentros más significativos fue con la sociedad civil o, como él mismo los califica, “con hombres y mujeres que representan y dinamizan la vida social, política y económica del país”. En Ecuador les presentó algunas claves de la convivencia ciudadana tomando como base la vivencia familiar. Esto significa, en primer lugar, que ninguno debe sentirse excluido. Implica también la ayuda y el apoyo mutuo. Como consecuencia, los problemas de uno son responsabilidad de todos. Lo cito textualmente porque es importante su precisión: “Si uno tiene una dificultad, incluso grave, aunque se la haya buscado él, los demás acuden en su ayuda, lo apoyan; su dolor es de todos”. En este caso, ni a los que hayan cometido un delito los podemos abandonar. Como me decía un amigo, que él reconocía que su hermano había cometido un delito y estaba preso justamente. Pero es mi hermano y lo acompaño en su condena, aunque busco todas las formas para que salga de su mal comportamiento, no aprobando su conducta, pero jamás abandonándolo. El papa refiere otro ejemplo parecido pero la lección es la misma: “En la sociedad, ¿no debería suceder también lo mismo?”, porque la sociedad es una gran familia.
            Otra clave: “En las familias todos contribuyen al proyecto común, todos trabajan por el bien común, pero sin anular al individuo; al contrario, lo sostienen, lo promueven. Se pelean, pero hay algo que no se mueve: ese lazo familiar. Las peleas de familia son reconciliaciones después”. Debemos aprender a ver al oponente político como a uno de casa, uno de los nuestros aunque de distintas tendencias partidistas. Aquí nuestro papa nos lanza unas cuestiones fundamentales: “¿Amamos nuestra sociedad o sigue siendo algo lejano, algo anónimo, que no nos involucra, no nos mete, no nos compromete? ¿Amamos nuestro país, la comunidad que estamos intentando construir? ¿La amamos sólo en los conceptos disertados, en el mundo de las ideas?”. La respuesta es la gran clave.
            Si realmente amamos nuestra sociedad, debemos preocuparnos por sembrar en el corazón de las personas, como lo hace la familia verdadera, “los valores fundamentales del amor, la fraternidad y el respeto mutuo, que se traducen en valores sociales esenciales, y son la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad”. Estas claves forman el centro del contenido de su discurso. “En el ámbito social, esto supone asumir que la gratuidad no es complemento sino requisito necesario para la justicia”. Esto es la base de toda economía de justicia social.
            Dice el papa que “de la fraternidad vivida en la familia, nace ese segundo valor, la solidaridad en la sociedad, que no consiste únicamente en dar al necesitado, sino en ser responsables los unos de los otros. Si vemos en el otro a un hermano, nadie puede quedar excluido, nadie puede quedar apartado”. La inclusión social parece ser una constante en la predicación de nuestro Francisco. “Por último, el respeto del otro que se aprende en la familia se traduce en el ámbito social en la subsidiariedad”.
            Realmente, este discurso es una lección de la visión cristiana de la política que todos deberíamos recibir y asumir. Pero, podemos añadir otro de sus discursos más iluminadores, esta vez dirigido a la sociedad civil de Paraguay. Lo construye respondiendo a las inquietudes que les han hecho llegar anteriormente, de ahí reflexiona el tema de la sociedad fraterna y la verdadera felicidad para responder a las interrogantes de la juventud paraguaya. El tema del verdadero diálogo y la cultura del encuentro que nos lleva, desde el conflicto que debemos enfrentar, hacia la comunión. El tercer tema tratado es la acogida del clamor de los pobres para construir una sociedad más inclusiva. En este último tema denuncia el mal de las ideologías: “Las ideologías terminan mal, no sirven”, dice el papa categóricamente. El cuarto tema trata de “una economía con rostro humano”. Finaliza con la cultura, especialmente, “la cultura de los pueblos, de los pueblos originarios, de las diversas etnias. Una cultura que me atrevería a llamar – pero en el buen sentido – una cultura popular”.
            Ésta es otra de sus extraordinarias enseñanzas sobre la visión cristiana de la política. Afirmaciones como éstas: “Un pueblo que vive en la inercia de la aceptación pasiva, es un pueblo muerto”, por el contrario, este pueblo debe despertar e inquietar los espíritus latinoamericanos. Igual que este texto que llena de fe y esperanza comprometidas, moviliza hacia una auténtica acción política: “Dios siempre está a favor de todo lo que ayude a levantar, mejorar, la vida de sus hijos. Hay cosas que están mal, sí. Hay situaciones injustas, sí. Pero verlos y sentirlos me ayuda a renovar la esperanza en el Señor que sigue actuando en medio de su gente”. Por eso, insisto, nos conviene escuchar al papa Francisco, interiorizar sus palabras y practicarlas. Nos hace mucho bien.
            La lucha de los jóvenes es “hacer que la sociedad sea un ámbito de fraternidad, de justicia, de paz y dignidad para todos”. Porque la “verdadera felicidad pasa por la lucha de un país fraterno… La felicidad exige compromiso y entrega”. Por otro lado, nos habla del diálogo auténtico, no del “diálogo-teatro” como califica el papa al falso diálogo. La clave del verdadero diálogo es que nadie pierda su identidad. Nadie debe dejar de ser él mismo para escuchar al otro y hablarle con sinceridad. Pero, la cuestión es no despreciar la base fundamental que nos une, la identidad común, “el amor a la patria”. Aclara: “La patria primero, después mi negocio. ¡La patria primero! Esa es la identidad. Entonces, yo, desde esa identidad, voy a dialogar. Si yo voy a dialogar sin esa identidad el diálogo no sirve. Además, el diálogo presupone y nos exige buscar esa cultura del encuentro. Es decir, un encuentro que sabe reconocer que la diversidad no solo es buena, es necesaria… El diálogo es para el bien común, y el bien común se busca, desde nuestras diferencias, dándole posibilidad siempre a nuevas alternativas”.
            En este sentido, trata el papa un tema muy sensible para los políticos, “acoger el clamor de los pobres para construir una sociedad más inclusiva”. En relación a esto, digo yo, tenemos que desmontar el populismo, las ideologías que utilizan a los pobres como banderas para engañar y ostentar el poder. Por eso, el papa es categórico en sentenciar que “las ideologías terminan mal, no sirven. Las ideologías tienen una relación o incompleta o enferma o mala con el pueblo. Las ideologías no asumen al pueblo. Por eso, fíjense en el siglo pasado. ¿En qué terminaron las ideologías? En dictaduras, siempre, siempre. Piensan por el pueblo, no dejan pensar al pueblo”. Concluye que debemos “respetar al pobre. No usarlo como objeto para lavar nuestras culpas. Aprender de los pobres, con lo que dije, con las cosas que tienen, con los valores que tienen. Y los cristianos tenemos ese motivo, que son la carne de Jesús”.
            Apuesta nuestro Francisco por una economía en función de la persona y no del dinero, esto es “una economía con rostro humano”. Finalmente, responde a la inquietud sobre la cultura del pueblo. Y, con la espontaneidad que lo caracteriza, antes de su bendición, advirtió que no pensemos que el papa dijo eso para “fulano”, para uno o para otros, nos ha hablado a cada uno de nosotros, lo ha dicho para ti y para mí: “¿El papa a quién le dijo eso? A mí. Cada uno, quien sea: A mí”. Escuchemos al papa Francisco que nos habla de corazón a nuestro corazón.
            Maracaibo, 12 de julio de 2015

No hay comentarios:

Publicar un comentario