martes, 16 de marzo de 2010

En Homenaje por el XXX aniversario del Martirio de Mons. Oscar A. Romero, Arzobispo de El Salvador


Les Presentamos su última homilia en la Eucaristía ofrecida por el 1° aniversario de la Sra. Sara de Pinto en San Salvador, el 24 de Marzo de 1980 a las 17'00 horas, en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia

Por nuestras múltiples relaciones con la Editorial del periódico El Independiente, he pedido asomarme tanto a sus sentimientos filiales en el aniversario de la muerte de su mamá, como sobre todo, a ese espíritu noble que fue doña Sarita, que puso toda su formación cultural, su fineza, al servicio de una causa que ahora es tan necesaria: la verdadera liberación de nuestro pueblo.
Yo creo que sus hermanos, esta tarde, deben no solamente orar por el eterno descanso por nuestra querida difunta, sino sobre todo, recoger este mensaje que hoy todo cristiano debía de vivir intensamente. Muchos nos sorprenden, piensan que el cristianismo no se debe de meter en estas cosas, cuando es todo lo contrario. Acaban de escuchar en el evangelio de Cristo que es necesario no amarse tanto a sí mismo, que se cuide uno para no meterse en los riesgos de la vida que la historia nos exige, y, que el quiera apartar de sí el peligro, perderá su vida. En cambio, al que se entrega por amor a Cristo al servicio de los demás, éste vivirá como el granito de trigo que muere, pero aparentemente muere. Si no muriera se quedaría solo. Si la cosecha es, porque muere, se deja inmolar esa tierra, deshacerse y sólo deshaciéndose, produce la cosecha.
Desde su eternidad, Doña Sarita fue confirmando maravillosamente en esa página que yo he escogido para ella, del Concilio Vaticano II. Dice:
"Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad de sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas que Dios creó pensando en el hombre.
Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde así mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Pero ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios.
Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: "reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz". El reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección".
Esta es la esperanza que nos alienta a los cristianos. Sabemos que todo esfuerzo por mejorar una sociedad, sobre todo cuando está tan metida esa injusticia y el pecado, es un esfuerzo que Dios bendice, que Dios quiere, que Dios nos exige. Y cuando se encuentra uno, pues, gente generosa como doña Sarita, y su pensamiento encarnado en Jorgito y en todos aquellos que trabajan por estos ideales, hay que tratar de purificarlos en el cristianismo, eso sí, vestirlos de esta esperanza del más allá; porque se hacen más fuertes, porque tenemos la seguridad que todo esto que plantamos en la tierra, si lo alimentamos en una esperanza cristiana, nunca fracasaremos, lo encontraremos purificado en ese reino, donde precisamente, el mérito está en lo que hayamos trabajado en esta tierra.
Yo creo que será aspirar en balde, a horas de esperanza y de lucha en este aniversario. Recordamos pues, con agradecimiento, a esta mejor generosa que supo comprender las inquietudes y esfuerzos de su hijo y de todos aquellos que trabajan por un mundo mejor, y supo también poner su parte de granito de trigo en el sufrimiento. Y no hay duda, que esta es la garantía de que su cielo tiene que ser también a la medida de este sacrificio y de esa comprensión que falta a muchos en este comento, en El Salvador.
Yo les suplico a todos, queridos hermanos, que miremos estas cosas desde el momento histórico, con esta esperanza, con este espíritu de entrega, de sacrificio, y hagamos lo que podamos. Todos podemos hacer algo: desde luego un sentimiento de comprensión. Esta santa mujer que estamos recordando hoy, pues, no pudo hacer cosas tal vez directamente, pero animando a aquellos que pueden trabajar, comprendiendo su lucha, y sobre todo, orando y aún después de su muerte diciendo con su mensaje de eternidad que vale la pena trabajar porque todos esos anhelos de justicia, de paz y de bien que tenemos ya en esta tierra, los tenemos formados si los iluminamos de una esperanza cristiana porque sabemos que nadie puede para siempre y que aquellos que han puesto en su trabajo un sentimiento de fe muy grande, de amor a Dios, de esperanza entre los hombres, pues todo esto está redundando ahora, en esplendores de una corona que ha de ser la recompensa de todos los que trabajan así, regando verdades, justicia, amor, bondades en la tierra y no se queda aquí, sino que purificado por el espíritu de Dios, se nos recoge y se nos da en recompensa.
De esta Santa Misa, pues, esta Eucaristía, es precisamente un acto de fe: Con fe cristiana parece que en este momento la voz de diatriba se convierte en el cuerpo del Señor que se ofreció por la redención del mundo y que en ese cáliz el vino se transforma en la sangre que fue precio de la salvación. Que este cuerpo inmolado y esta Sangre Sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por Doña Sarita y por nosotros.
(En este momento sonó el disparo...)

A LOS 30 AÑOS DEL MARTÍRIO DE SAN ROMERO

Por Don Pedro Casaldáliga
Celebrar un Jubileo de nuestro San Romero de América es celebrar un Testimonio que nos contagia de profecía. Es asumir comprometidamente las causas, la Causa por las que nuestro San Romero es mártir. Gran testigo él en el seguimiento del Testigo mayor, el Testigo fiel, Jesús. La sangre de los mártires es aquel cáliz que todos, Todas podemos y debemos beber. Siempre y en todas las circunstancias la memoria del martirio es una memoria subversiva.
Treinta años se pasaron de aquella Eucaristía plena en la Capilla del Hospitalito. Aquel día nuestro santo nos escribió: “Nosotros creemos en la victoria de la resurrección”. Y muchas veces dijo, profetizando un tiempo nuevo, “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Y, con todas las ambigüedades de la historia en proceso, nuestro San Romero está resucitando en El Salvador, en Nuestra América, en el Mundo.
Este Jubileo debe renovar en todos nosotros y nosotras una esperanza, lúcida, crítica pero invencible. “Todo es gracia”, todo es Pascua, si entramos a todo riesgo en el misterio de la cena compartida, la cruz y la resurrección.
San Romero nos enseña y nos “cobra” que vivamos una espiritualidad integral, una santidad tan mística como política. En la vida diaria y en los procesos mayores de la justicia y la paz, “con los pobres de la tierra”, en la familia, en la calle, en el trabajo, en el movimiento popular y en la pastoral encarnada. Él nos espera en la lucha diaria contra esa especie de mara monstruosa que es el capitalismo neoliberal, contra el mercado omnímodo, contra el consumismo desenfrenado. La Campaña de la Fraternidad de Brasil, ecuménica este año, nos recuerda la palabra contundente de Jesús: “ustedes no pueden servir a dos señores, a Dios y al dinero”.
Respondiendo a aquellos que, en la Sociedad y en la Iglesia intentan desmoralizar la Teología de la Liberación, el caminar de los pobres en comunidad, ese nuevo modo de ser Iglesia, nuestro pastor y mártir replicaba: “hay un ‘ateísmo’ más cercano y más peligroso para nuestra Iglesia: el ateísmo del capitalismo cuando los bienes materiales se erigen en ídolos y sustituyen a Dios”.
Fieles a los signos de los tiempos, como Romero, actualizando los rostros de los pobres y las urgencias sociales y pastorales, debemos subrayar en este jubileo causas mayores, verdaderos paradigmas algunos de ellas. El ecumenismo y macro-ecumenismo, en diálogo religioso y en koinonía universal. Los derechos de los emigrantes contra las leyes de segregación. La solidaridad e intersolidaridad. La gran causa ecológica. (Precisamente nuestra Agenda Latinoamericana de este año está dedicada a la problemática ecológica, con un título desafiador: “Salvémonos con el Planeta”). La integración de Nuestra América. Las campañas por la paz efectiva, denunciando el creciente militarismo y la proliferación de las armas.
Urgiendo siempre unas transformaciones eclesiales, con el protagonismo del laicado, que pidió Santo Domingo, y la igualdad de la mujer en los ministerios eclesiales. El desafío de la violencia cotidiana, sobre todo en la juventud, manipulada por los medios de comunicación alienadores y por la epidemia mundial de las drogas. Siempre y cada vez más, cuando mayores sean los desafíos, viviremos la opción por los pobres, la esperanza “contra toda esperanza”. En el seguimiento de Jesús, Reino adentro. Nuestra coherencia será la mejor canonización de “San Romero de América, Pastor y Mártir”.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Conoce a San Alberto Hurtado, Patrono de la UNICA

Una visita de Dios a Chile

1. Nacimiento, infancia y juventud

Era un día de verano en Chile. El 22 de enero de 1901, nace en Viña del Mar Alberto Hurtado Cruchaga. Cerca de un siglo después será oficialmente declarado santo.
En su temprana infancia Alberto sufre una dolorosa pérdida: al cumplir los cuatro años, muere su padre por lo que pronto su familia debe trasladarse a Santiago, a vivir de “allegada” en casas de parientes. Así, desde niño, Alberto empieza a experimentar la precariedad y la pobreza. Su madre, Ana Cruchaga, a pesar de las dificultades, encontró formas para servir a los más pobres en un patronato. Fue un ejemplo que se graba en el corazón de su hijo.
En 1909 Alberto ingresa al Colegio San Ignacio dirigido por los padres jesuitas. Desde su adolescencia su director espiritual es el P. Fernando Vives quien le ayudará a vivir sus experiencias sociales como experiencia de Dios. Así se despierta su vocación sacerdotal. A los 16 años pide entrar a la Compañía de Jesús, pero los jesuitas le aconsejan esperar, considerando la penosa situación económica de su madre.
Por ello, Alberto ingresa a la Universidad Católica a estudiar Leyes. Mientras tanto sigue buscando activamente nuevas formas de servir a Dios y al prójimo mediante trabajos apostólicos y a través de sus propios estudios. En 1923 se recibe de abogado.

2. Religioso Jesuita

Providencialmente, la situación económica de la familia Hurtado Cruchaga mejora. Ello le permite a Alberto cumplir su anhelo de ingresar a la Compañía de Jesús el 14 de agosto de 1923 en Chillán. La larga formación religiosa lo alejará de su madre y del país por 11 años. Estudia en Argentina, en Barcelona, para terminar en Lovaina, Bélgica, donde además de Teología sigue la carrera de Pedagogía.

Alberto Hurtado en el noviciado de Chillán, 1923

El 24 de agosto de 1933, cuando tenía poco más de 32 años, es ordenado sacerdote en Bélgica. El mismo día pone un telegrama a su madre enviándole su bendición sacerdotal. El 25, el padre Alberto Hurtado celebra su primera misa.
En 1935 obtiene el título de doctor en Ciencias Pedagógicas. Sus compañeros y superiores de esa época dan testimonio del cariño y admiración que sienten por este jesuita chileno que se destaca por su piedad, dedicación a los estudios y caridad. “Un hombre verdaderamente eximio”, dirán de él.

3. Educador y apóstol de los jóvenes y de las vocaciones sacerdotales

Al volver a Chile, en febrero de 1936, el joven sacerdote comienza un intenso apostolado. Como doctor en Educación dedica la mayoría de sus fuerzas a la formación y a la dirección espiritual de sus alumnos. Es profesor en el Colegio San Ignacio, en el Seminario Pontificio, en la Universidad Católica, en una escuela nocturna. También da muchas conferencias y retiros.
Con los jóvenes el P. Hurtado tiene una gran sintonía. Comprende sus anhelos e inquietudes. Con prodigiosa memoria llama a muchos por sus nombres. Se muestra alegre y cordial. Los escucha con atención total, sin prisa, y los aconseja. Acompaña a muchos jóvenes en su discernimiento vocacional. Suele despedirse de cada uno con un cariñoso “adiós, patroncito”.
En 1941 es nombrado asesor de la Acción Católica, cargo en el que realiza una labor muy fecunda. Recorre Chile entero invitando a los jóvenes a conocer a Cristo y a compartir su ideal de vida. Los congrega, les da ejercicios espirituales, retiros. Más de un centenar de jóvenes, viendo a este jesuita lleno de Dios, sensible con los pobres, viril, optan por el mismo camino sacerdotal del P. Hurtado.
Después de tres años de total dedicación, el P. Hurtado se ve obligado a renunciar, con mucho dolor de su parte y de los jóvenes que lo seguían, a la asesoría de la Acción Católica por desacuerdos con el asesor nacional y obispo auxiliar de Santiago, monseñor Augusto Salinas. El prelado consideraba muy avanzada la formación social que proponía quien había sido su amigo desde la juventud. En esos momentos, Alberto Hurtado demuestra un amor filial y adhesión ejemplar a la Iglesia.

4. Su espiritualidad

Para Alberto Hurtado, Cristo es simplemente todo: la razón de su vida, la fuerza para esperar, el amigo por quien y con quien acometer las empresas más arduas para gloria de Dios. Ve a Cristo en los demás hombres y mujeres, especialmente en los pobres: “El pobre es Cristo”. Como sacerdote se siente signo personal de Cristo, llamado a reproducir en su interior los sentimientos del Maestro y a derramar en torno suyo palabras y gestos que animen, sanen y den vida.
Cuando el P. Hurtado se pregunta “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”, está revelando el secreto del camino de santidad, de su “ser contemplativo en la acción”. Esa es la regla de oro que conduce su vida. No se trata de imitar mecánicamente lo que hizo Jesús... sino de tener la capacidad de discernir qué haría Él hoy.
Y cuando exclama “Contento, Señor, contento", expresa su fe en Cristo resucitado. Las veces que pronuncia esta frase, lo hace tras noches de muy breve descanso, de fatigas acumuladas, y con la cruz de la incomprensión de amigos y, a veces, de algunos superiores. Dolores, soledades y acusaciones sin fundamento, envidias, mezquindades... Pero nada le borra la sonrisa de sacerdote crucificado y resucitado con Cristo.

5. Trabajo social: el Hogar de Cristo y la ASICH

El P. Hurtado siempre tuvo un corazón muy sensible al dolor de los pobres y marginados. Se siente impulsado con gran fuerza a luchar por anunciarles el mensaje de Cristo y por cambiar su situación. Él hace un constante llamado a abrir los ojos para mirar con honestidad la realidad social del país. Fruto de esta perspectiva es su libro ¿Es Chile un país católico? (1941) y otros que escribirá más adelante. Su mirada sobre los pobres no es una mirada estadística, sino la del evangelio, la del hermano: “Yo sostengo que cada pobre, cada vago, cada mendigo es Cristo en persona que carga su cruz. Y como Cristo debemos amarlo y ampararlo. Debemos tratarlo como a un hermano, como a un ser humano, como somos nosotros”.
La pasión y el dolor con que el P. Hurtado se refiere, en un retiro dado a señoras el 16 de octubre de 1944, a la realidad de tantos pobres de nuestra patria, da origen tres días después a una de sus obras más conocidas: el Hogar de Cristo, lugar de acogida y de educación para los marginados.
Su intención es devolver a esas personas su dignidad de chilenos y de hijos de Dios. Por eso se preocupa de que cada uno de los mendigos que entra al Hogar reciba una atención cariñosa, como si fuera el mismo Cristo. Por las noches, el P. Hurtado sale en su camioneta verde a buscar a niños y jóvenes vagabundos que se encuentran ocultos por la oscuridad de la ciudad o bajo los puentes del río Mapocho. Los llama e invita a acompañarlo al Hogar de Cristo.
En 1948, convencido de que “la caridad comienza donde termina la justicia” y de que los mismos trabajadores tienen que luchar por su dignidad, funda la ASICH (Acción Sindical Chilena). Su meta es lograr un orden social cristiano. Estimula a los trabajadores, especialmente a los cristianos, a prepararse en la doctrina social de la Iglesia, a incorporarse a los sindicatos, a capacitarse en talleres. Tampoco descuida la formación de las mujeres, a las que organiza en pequeños círculos de acción, transmitiéndoles su propia espiritualidad. Fueron numerosas las señoras que lo seguían de cerca y lo ayudaron en sus obras, que ellas continuaron después de la muerte de su fundador.

6. Trabajo cultural: la Revista Mensaje

El P. Hurtado mira con profundidad la realidad chilena a la que quiere transmitirle la ‘buena noticia’. Su intención es extender hasta el mundo de los profesionales, intelectuales y jóvenes una visión que marque a fondo los valores de la sociedad. Se trata de evangelizar la cultura. Para responder a ese desafío pensó crear una publicación orientadora del pensamiento cristiano. Aprobada la idea, en 1951, cuando ya la enfermedad estaba minando su cuerpo, el P. Hurtado funda la revista Mensaje cuya primera edición con un tiraje de 2.000 ejemplares circuló el 1º de octubre de ese año. Consume sus fuerzas pidiendo colaboradores y artículos, escribiendo él mismo, consiguiendo suscriptores.

7. Enfermedad y muerte

La salud del P. Hurtado se va deteriorando rápidamente. El 19 de mayo de 1952, en lo que era el Noviciado Loyola que él había ayudado a construir y que está en la localidad que hoy lleva su nombre, celebra su última misa. Ya no volverá a levantarse. Dos días después sufre un grave y doloroso infarto pulmonar. Trasladado al Hospital Clínico de la Universidad Católica, se le diagnostica un cáncer al páncreas. Recibe la noticia como un don de Dios. Su cuarto se convierte en lugar de peregrinación al que acude gente de todos los medios sociales. El P. Hurtado recibe a muchos, da instrucciones sobre el Hogar, aconseja, bendice. Hasta el último momento da testimonio de la delicadeza de Dios con él.
Muere santamente, en total paz y tranquilidad el 18 de agosto de 1952.
Su amigo de toda la vida, el obispo Manuel Larraín, preside un masivo funeral el 20 de agosto en la iglesia de San Ignacio. Durante el sepelio muchos son testigos de un hecho extraordinario: al sacar el ataúd de la iglesia, se forma en el cielo una cruz de nubes tan nítida que obliga a arrodillarse a muchísimas personas. Los restos del P. Hurtado son sepultados junto a la Parroquia de Jesús Obrero. Hoy se encuentran en el Santuario que está junto a esa parroquia.

(Tomado de http://www.padreabertohurtado.cl/ de la Fundación Padre Hurtado)

martes, 2 de marzo de 2010

La visión cristiana del Progreso Humano

(Ponencia presentada el 1-3-2010 en la UNICA en el Foro sobre la Encíclica de Benedicto XVI, Caritas in Veritate, en el marco de la IV Semana de la Doctrina Social de la Iglesia)

Andrés Bravo
Capellán de la UNICA

El ser humano es un proyecto. No es un ser arrojado al mundo. Su existencia es dinámica… un perpetuo devenir. Se realiza en la historia a la vez que hace la historia. Según el libro del Génesis, el mundo y el ser humano son creados por Dios en un proceso temporal de seis días, dejando el séptimo para la adoración al Creador. Pero, ni el mundo ni el mismo hombre son creados completamente, es una tarea bajo la responsabilidad del ser humano. De esta manera el cristianismo concibe al ser humano como un proyecto de Dios. En él, Dios realiza su designio. La realización humana en el mundo, en continuo peregrinar, es, pues, una vocación. Responde a un llamado continuo del Absoluto, de donde surge como su fuente creador, y hacia donde dirige sus pasos como a su meta final. Tiene la misión de ser fecundo, multiplicarse y hacer crecer la tierra (Cf. Gen 1,28). Todo está bajo su responsabilidad, él es la luz que ilumina al mundo creado por Dios y es la sal de donde recibe lo creado su sentido. Sin el hombre, el mundo es oscuro y sin sabor: “Ustedes son la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada… Ustedes son la luz del mundo…”, dice Jesús (Mt 5, 13-16).
El ser humano avanza así en su propio ilimitado perfeccionamiento por su acción sobre el mundo. Siendo humano (polvo, tierra), fue creado con participación de la naturaleza divina de su Creador. “El hombre ha sido creado a imagen de Dios, capaz de conocer y amar a su Creador y ha sido constituido por Él señor de todas las criaturas terrenas para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios” (Gaudium et spes 12). Ahí radica la dignidad del ser humano que siendo materia con todo el mundo material, es espíritu con todo el mundo espiritual. Es Persona Humana capaz de hacer del mundo creado un mundo transformado a su servicio en justicia y santidad. Eso es la humanización del mundo por medio del trabajo, de la ciencia y la tecnología. Por medio del arte y la mística.
La lectura cristiana al libro del Génesis en su capítulo primero, en el verso que recoge la decisión del Creador de hacer al hombre a su imagen y semejanza, nos indica la meta de la historia humana, su fin, su vocación: ser cada vez más esa imagen y semejanza según el perfecto modelo que es el Hijo encarnado, perfecta imagen del Padre. Donde Dios se hace visible y se revela plenamente. El hombre perfecto (Gaudium et spes 22). Pues, Jesucristo es el modelo ideal de todo ser humano. Donde éste realiza plenamente su vocación.
El progreso, es decir, el crecimiento del mundo por los avances de las obras temporales de la inteligencia humana es bendecido por Dios porque forma parte del ser ontológico del humano. Esta es una de las mayores afirmaciones del Concilio Vaticano II en la Constitución Pastoral, el valor cristiano de la actividad humana: “Los creyentes tienen la certeza de que la actividad humana individual y colectiva, es decir, aquel ingente esfuerzo con el que los hombres pretenden mejorar las condiciones de su vida a lo largo de los siglos, considerado en sí mismo, responde al plan de Dios. Pues el hombre, creado a imagen de Dios, ha recibido el mandato de regir el mundo en justicia y santidad, sometiendo la tierra con todo cuanto en ella hay, y, reconociendo a Dios como creador de todas las cosas, de relacionarse a sí mismo y al universo entero con Él, de modo que, con el sostenimiento de todas las cosas al hombre, sea admirable el nombre de Dios en toda la tierra” (Gaudium et spes 34). Es por eso que Paulo VI expresa en la Populorum progressio que la Iglesia, dentro de su misión evangelizadora, debe promover “la elevación humana de los pueblos” (Populorum progressio 12).
En esta misma línea, Benedicto XVI en su nueva Encíclica Caritas in Veritate, señala que Paulo VI tiene una visión articulada del desarrollo. Desarrollo es en concreto, “que los pueblos salieran del hambre, la miseria, las enfermedades endémicas y el analfabetismo” (Caritas in Veritate 21). Por eso, ¿cómo pueden proclamar que nuestro pueblo vive en un proceso de desarrollo? Por el contrario, a mi juicio, hoy en Venezuela debiéramos cuestionarnos con palabras de Juan Pablo II: “¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quién está condenado al analfabetismo; quién carece de la asistencia médica más elemental; quién no tiene techo donde cobijarse?” (Novo millennio ineunte 50). Porque, en Mara y Páez, municipios situados en la región más rica y petrolera del país más rico y petrolero, son uno de los más pobres de América Latina y el de mayor índice de desnutrición infantil, para señalar sólo un caso.
Sigue Benedicto XVI interpretando la concepción de desarrollo humano para Paulo VI. Dice que “desde el punto de vista económico, eso significaba su participación activa y en condiciones de igualdad en el proceso económico internacional; desde el punto de vista social, su evolución hacia sociedades solidarias y con buen nivel de formación; desde el punto de vista político, la consolidación de regímenes democráticos capaces de asegurar libertad y paz” (Caritas in Veritate 21). Ciertamente, en Venezuela, estamos ponchados. En lo económico (primer skrike), en lo social (segundo skrike) y en lo político (tercer skrike).
Pero, más allá de lo temporal, con todo su valor humano y divino, el desarrollo no se reduce a ello. Por ser auténtico, el desarrollo humano debe ser integral: “Promover a todos los hombres y a todo el hombre” (Populorum progressio 14). Citando al dominico Lebret, Paulo VI asegura: “Nosotros no aceptamos la separación de la economía de lo humano, el desarrollo de las civilizaciones en que está inscrito. Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombre, hasta la humanidad entera” (Populorum progressio 14). Benedicto XVI señala así las dos grandes verdades la Populorum progressio. A saber, “que toda la Iglesia, en todo su ser y obrar, cuando anuncia, celebra y actúa en la caridad, tiende a promover el desarrollo integral del hombre” (Caritas in Veritate 10). Y “la segunda verdad es que el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones” (Caritas in Veritate 10).
Hoy todos aceptan, al menos en la teoría, el concepto integral con que Paulo VI concibió el Desarrollo Humano: “El paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humana, a condiciones más humana” (Populorum progressio 20). Más humana, además de las mejores condiciones materiales, significa: la adquisición de la cultura, el aumento en la consideración de la dignidad de la persona, el bien común, la paz y la solidaridad, el reconocimiento de los valores supremos, la fe, la esperanza y la caridad. Juan Pablo II, celebrando el vigésimo aniversario de la Populorum progressio con su encíclica Sollicitudo rei socialis, destaca el valor de la solidaridad diciendo que un “signo positivo del mundo contemporáneo son la creciente conciencia de solidaridad de los pobres entre sí, así como también sus iniciativas de mutuo apoyo y su afirmación pública en el escenario social, no recurriendo a la violencia, sino presentando sus carencias y sus derechos frente a la ineficiencia o a la corrupción de los poderes públicos. La Iglesia, en virtud de su compromiso evangélico, se siente llamada a estar junto a esas multitudes pobres, a discernir la justicia de sus reclamaciones y ayudar a hacerlas realidad sin perder de vista el bien de los grupos en función del bien común” (Sollicitudo rei socialis 39). Benedicto XVI, poniendo su acento en la caridad vivida en la verdad, subraya la fraternidad que hace posible la comunión, máxima expresión del desarrollo humano.
En este sentido, me gustaría terminar mi reflexión con las palabras del Papa donde precisa este valor para el desarrollo cristiano del ser humano: “Al ser un don recibido por todos, la caridad en la verdad es una fuerza que funda la comunidad, unifica a los hombres de manera que no haya barreras o confines. La comunidad humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca podrá ser sólo con sus propias fuerzas una comunidad plenamente fraterna ni aspirar a superar las fronteras, o convertirse en una comunidad universal. La unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca. Al afrontar esta cuestión decisiva, hemos de precisar, por un lado, que la lógica del don no excluye la justicia ni se yuxtapone a ella como añadido externo en un segundo momento y, por otro, que el desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad” (Caritas in Veritate 34).

jueves, 18 de febrero de 2010

Textos de Doctrina Social de la Iglesia

“La doctrina social cristiana ha reivindicado una vez más su carácter de aplicación de la Palabra de Dios a la vida de los hombres y de la sociedad, así como a las realidades terrenas que con ellas se enlazan, ofreciendo principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis 8).

 “La enseñanza social de la Iglesia se origina del encuentro del mensaje evangélico y de sus exigencias éticas con los problemas que surgen de la vida de la sociedad” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 3).



 “Hoy, la doctrina social está llamada, cada vez con mayor urgencia, a aportar su propio servicio específico a la evangelización, al diálogo con el mundo, a la interpretación cristiana de la realidad y a las orientaciones de la acción pastoral, para iluminar las diversas iniciativas en el plano temporal con principios rectos” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 2).



 “Las fuentes de la doctrina social son la Sagrada Escritura y las enseñanzas de los Padres y de los grandes teólogos de la Iglesia y del mismo Magisterio. Su fundamento y objeto es la dignidad de la persona humana con sus derechos inalienables, que forman el núcleo de la verdad sobre el hombre. El sujeto es toda la comunidad cristiana, en unión y bajo la guía de sus legítimos pastores, en la que también los laicos, con su experiencia cristiana, son activos colaboradores. El contenido, compendiando la visión del hombre, de la humanidad y de la sociedad, refleja al hombre completo, al hombre social, como sujeto y realidad fundamental de la antropología cristiana” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 4).



 “Entre el Evangelio y la vida real, en efecto, hay una interpelación recíproca que, en el plano práctico de la evangelización y de la promoción humana, se concreta en fuertes vínculos de orden antropológico, teológico v espiritual, de modo que la caridad, la justicia y la paz son inseparables en la promoción de la persona humana” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 5).



 “Se puede decir que en cada época y en cualquier situación la Iglesia recorre este camino cumpliendo en la sociedad un triple deber: anuncio de la verdad acerca de la dignidad del hombre y de sus derechos, denuncia de las situaciones injustas, y cooperación a los cambios positivos de la sociedad y al verdadero progreso del hombre” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 5).



 “El Magisterio, al invitar a los fieles a hacer una elección concreta y a obrar según los principios y los criterios expresados en su doctrina social, les ofrece el fruto de muchas reflexiones y experiencias pastorales maduradas bajo la asistencia especial prometida por Cristo a su Iglesia. Corresponde al cristiano verdadero seguir dicha doctrina y ponerla como base de su prudencia y de su experiencia para traducirla concretamente en categorías de acción, de participación y de compromiso” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 7).



 “La doctrina social de la Iglesia, por su carácter mediador entre el Evangelio y la realidad concreta del hombre y de la sociedad, necesita ser actualizada continuamente y responder a las nuevas situaciones del mundo y de la historia. De hecho, en el transcurso de los años ella ha experimentado una evolución notable. El objeto inicial de esta doctrina fue la llamada cuestión social, es decir, el conjunto de problemas socio-económicos surgidos en determinadas áreas del mundo europeo y americano como consecuencia de la revolución industrial. Hoy la cuestión social no está limitada a una zona geográfica particular, sino que tiene una dimensión mundial y abarca muchos aspectos, incluso políticos, unidos a la relación entre clases y a la transformación de la sociedad ya realizada y todavía en curso de realización. De todos modos cuestión social y doctrina social permanecen como términos correlativos” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 11).



 “La doctrina social hunde sus raíces en la historia de la salvación y encuentra su origen en la misma misión salvífica y liberadora de Jesucristo y de la Iglesia. Ella se vincula con la experiencia de fe en la salvación y en la liberación total del pueblo de Dios, descrita primeramente en el Génesis, en el Éxodo, en los Profetas y en los Salmos, v después, en la vida de Jesús y en las Cartas Apostólicas” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 15).



 “En toda época la doctrina social, con sus principios de reflexión, sus criterios de juicio y sus normas de acción no ha tenido, ni hubiera podido tener otra finalidad que la de iluminar especialmente, partiendo de la fe y de la tradición de la Iglesia, la situación real de la sociedad, sobre todo cuando en ella se ofende la dignidad humana” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 18).



 “León XIII, preocupado por la cuestión obrera, esto es, por los problemas derivados de la deplorable situación en que se encontraba el proletariado industrial, interviene con la encíclica Rerum novarum (1891), un texto valiente y clarividente, que preparó el desarrollo de la doctrina social llevado a cabo por el Magisterio en documentos posteriores. En la encíclica el Pontífice expone los principios doctrinales que pueden servir para remediar el mal social latente en la situación de los obreros” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 20).



 “Cuarenta años después (de la Rerum novarum), cuando el desarrollo de la sociedad industrial había llevado ya a una enorme y siempre creciente concentración de fuerzas y de poder en el mundo económico social y encendido una cruel lucha de clases, Pío XI sintió el deber y la responsabilidad de promover un mayor conocimiento, una más exacta interpretación y una urgente aplicación de la ley moral reguladora de las relaciones humanas en ese campo, con el fin de superar el conflicto de clases y llegar a un nuevo orden social basado en la justicia y en la caridad. Dada esta atención al nuevo contexto histórico, su encíclica Quadragesimo anno aporta novedades: ofrece una panorámica conjunta de la sociedad industrial y de la producción; subraya la necesidad de que tanto el capital como el trabajo contribuyan a la producción y a la organización económica; establece las condiciones para el restablecimiento del orden social; busca un nuevo enfoque de los problemas surgidos, para afrontar los grandes cambios ocasionados por el nuevo desarrollo de la economía y del socialismo; no duda en tomar posición sobre los intentos, realizados en aquellos años, por superar con el sistema corporativista, la antinomia social mostrándose favorable a los principios de solidaridad y de colaboración que lo inspiraban, pero advirtiendo que la falta de respeto a la libertad de asociación y de acción podía comprometer el éxito deseado” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 21).



 “En los años de la guerra y de la posguerra el Magisterio social de Pío XII representó para muchos pueblos de todos los continentes y para millones de creyentes y de no creyentes la voz de la conciencia universal interpretada y proclamada en íntima conexión con la palabra de Dios. Con su autoridad moral y su prestigio, Pío XII llevó la luz de la sabiduría cristiana a un número incontable de hombres de toda categoría y nivel social, a gobernantes, hombres de la cultura, profesionales, empresarios, dirigentes, técnicos y obreros” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 22).



 “El estilo y el lenguaje de las encíclicas del Papa Juan XXIII (Mater et Magistra en 196l y Pacem in terris en 1963) confieren a la doctrina social una nueva capacidad de aproximación y de incidencia en las nuevas situaciones, sin romper por ello la continuidad con la tradición precedente. No se puede, pues hablar de cambio epistemológico. Es cierto que aflora la tendencia a valorar lo empírico y lo sociológico, pero al mismo tiempo se acentúa la motivación teológica de la doctrina social. Esto es tanto más evidente si se confronta con los documentos anteriores, en los que predomina la reflexión filosófica y la argumentación basadas sobre principios del derecho natural. A dar origen a las encíclicas sociales de Juan XXIII han influido sin duda alguna los cambios radicales tanto dentro de los Estados como en sus relaciones recíprocas, sea en el campo científico, técnico y económico, sea en el social y político” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 23).



 “Cuatro años después de la publicación de la Mater et Magistra, aparece la Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual. Si entre los documentos el tiempo transcurrido era demasiado breve para que se produjeran cambios significativos en la realidad histórica, sin embargo, con el nuevo documento el camino recorrido por la doctrina social fue considerable. El Concilio, en efecto, se dio cuenta de que el mundo esperaba de la Iglesia un mensaje nuevo y estimulante. A esta expectación respondió con la citada Constitución, en la cual, en sintonía con la renovación eclesiológica, se refleja una nueva concepción de ser comunidad de creyentes y pueblo de Dios. Y suscitó entonces nuevo interés por la doctrina contenida en los documentos anteriores respecto del testimonio y la vida de los cristianos, como medios auténticos para hacer visible la presencia de Dios en el mundo” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 24).



 “Algunos años después del Concilio, la Iglesia ofreció a la humanidad una nueva e importante reflexión en materia social con la encíclica Populorum progressio (1967) de Pablo VI. Se la puede considerar como una ampliación del capítulo sobre la vida económico-social de la Gaudium et spes, aunque introduciendo algunas novedades significativas” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 25).



 “Después de sólo cuatro años de la encíclica Populorom progressio, Pablo VI escribió la carta apostólica Octogesima adveniens (1971). Era el octogésimo aniversario de la Rerum novarum, pero el Papa más que al pasado miraba al presente y al futuro. En el mundo occidental industrializado habían surgido nuevos problemas, los de la llamada sociedad post-industrial, y se precisaba aplicar a ellos la enseñanza social de la Iglesia. La Octogesima adveniens inicia así una nueva reflexión para la comprensión de la dimensión política de la existencia y del compromiso cristiano, estimulando a la vez el sentido crítico con relación a las ideologías y utopías subyacentes en los sistemas socioeconómicos vigentes” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 25).



 “Diez años después (1981), JUAN PABLO II interviene con la gran encíclica Laborem exercens. El decenio transcurrido había dejado una impronta en la historia del mundo y de la Iglesia. En el pensamiento del Papa no es difícil descubrir el flujo de los nuevos cambios que se habían producido. Si los años setenta habían comenzado con el acentuarse de la conciencia del subdesarrollo y de las injusticias que de él se derivaban, a mediados del mismo decenio se manifestaron los primeros síntomas de una crisis más profunda producida por las contradicciones que encubría el sistema monetario y económico internacional, y caracterizada sobre todo por la enorme alza de los precios del petróleo. En esta situación el Tercer Mundo, frente al conjunto de Países desarrollados de Occidente y a los del bloque oriental colectivista, reclamaba nuevas estructuras monetarias y comerciales que respetaran los derechos de los pueblos pobres no menos que la justicia en las relaciones económicas. Mientras crecía el malestar en el Tercer Mundo, algunos Países, haciéndose eco de este sufrimiento, reivindicaban mayor justicia en la distribución de la renta mundial. Todo el sistema de la distribución internacional del trabajo y de la estructuración de la economía mundial entraba en profunda crisis; y como consecuencia, se exigía una revisión radical de las mismas estructuras que habían llevado a un desarrollo económico tan desigual” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 26).



 “El 30 de diciembre de 1987, a los veinte años de la Populorum progressio, JUAN PABLO II publicó la encíclica Sollicitudo rei socialis, cuyo tema central es la noción del desarrollo según se expone en el documento de Pablo VI. A la luz de la enseñanza siempre válida de la Populorum progressio el Sumo Pontífice ha querido examinar, a veinte años de distancia, la situación del mundo bajo este aspecto, con el fin de actualizar y de profundizar más aún la noción de desarrollo, para que el mismo responda a las necesidades urgentes del momento histórico presente y esté verdaderamente a la altura de hombre. Dos son los temas fundamentales de la Sollicitudo rei socialis: el primero, la situación dramática del mundo contemporáneo, desde el punto de vista del desarrollo fallido del Tercer Mundo, y el segundo, el sentido, las condiciones y las exigencias de un desarrollo digno del hombre” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la DSI en la formación de los Sacerdotes 26).



 “En el centenario de la Rerum novarum, Juan Pablo II promulga su tercera encíclica social, la Centesimus annus, que muestra la continuidad doctrinal de cien años de Magisterio social de la Iglesia. Retomando uno de los principios básicos de la concepción cristiana de la organización social y política, que había sido el tema central de la encíclica precedente” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 103).



 “Juan Pablo II pone en evidencia cómo la enseñanza social de la Iglesia avanza sobre el eje de la reciprocidad entre Dios y el hombre: reconocer a Dios en cada hombre y cada hombre en Dios es la condición de un auténtico desarrollo humano” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 103).



 “El cristiano sabe que puede encontrar en la doctrina social de la Iglesia los principios de reflexión, los criterios de juicio y las directrices de acción como base para promover un humanismo integral y solidario. Difundir esta doctrina constituye, por tanto, una verdadera prioridad pastoral, para que las personas iluminadas por ella, sean capaces de interpretar la realidad de hoy y de buscar caminos apropiados para la acción: La enseñanza y la difusión de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 7).



 El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2005) “se propone como un instrumento para el discernimiento moral y pastoral de los complejos acontecimientos que caracterizan nuestro tiempo; como una guía para inspirar, en el ámbito individual y colectivo, los comportamientos y opciones que permitan mirar al futuro con confianza y esperanza; como un subsidio para los fieles sobre la enseñanza de la moral social” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 7).

martes, 9 de febrero de 2010

Justicia y paz

San Agustín, Comentario al Salmo 84

“La misericordia y la verdad se encuentran; la justicia y la paz se besan” (sal 84, 11). Cumple la justicia y tendrás la paz, a fin de que se besen entre sí la justicia y la paz. Si no amas la justicia, no tendrás la paz, pues ambas se aman y se abrazan.

Para que quien realiza la justicia encuentre la paz, ésta se abraza a la justicia. Son amigas. Acaso tú quieres una y no practicas la otra, pues no hay nadie que no quiera la paz, pero no todos quieren actuar la justicia. Si preguntas a todos y cada uno de los hombres ¿Quieres la paz?, unánimemente te responderá todo el género humano: la deseo, la anhelo, la quiero, la amo. Entonces ama también la justicia, porque son amigas y se abrazan entre sí. Si no amas a la amiga de la paz, esta misma no te amará ni vendrá a ti.

¿Acaso es algo grande desear la paz? Cualquier hombre perverso la desea. Buena cosa es, pues, la paz. Pero cumple la justicia, porque la justicia y la paz se abrazan entre sí y no litigan. ¿Por qué contiendes tú con la justicia? Te manda que no robes y no le haces caso; que no seas adúltero y no la quieres oír; que no hagas a otro lo que no quieres tú sufrir, que no digas a otro lo que no quieres que te diga. Eres enemigo de mi amiga, te dice la paz, ¿por qué me buscas? Soy amiga de la justicia y no acepto al que encuentro enemigo de mi amiga. Cumple la justicia. Por eso, en otro salmo se te dice: “Apártate del mal y haz el bien” (esto es, ama la justicia), y cuando ya te hubieres apartado del mal y practicares el bien, “busca la paz y persíguela” (Sal 35, 15). Pero no la buscarás por mucho tiempo, porque ella misma se llegará a ti y se abrazará a la justicia (S. Agustín, en Sal 84, n.12).

(Citado por Restituto Sierra Bravo, Diccionario Social de los Padres de la Iglesia, Edibesa, Madrid 1997, págs. 240-241)

lunes, 1 de febrero de 2010

EL SILENCIO SE HIZO PALABRA

Tomado del capítulo XI del libro:
Silvio Jose, BÁEZ, Cuando todo calla. El silencio en la Biblia, Madrid 2009

En el Nuevo Testamento, el silencio, más allá de las formas contingentes con las que se puede presentar, tiene siempre un origen único. Nace del «misterio envuelto en el silencio (mysterion sesigemenon) durante siglos eternos, pero manifestado al presente» (Rom 16,25-26). El mysterion es el proyecto eterno de Dios, con su estructura intrínseca y dinámica de realidad escondida y revelada, silenciosa y manifiesta. Envuelto en el silencio por toda la eternidad, el mysterion se ha hecho visible históricamente en el evento de la Palabra hecha carne y en el sucesivo anuncio kerigmático del Cristo.
Dios no es una individualidad replegada en sí misma, sino un misterio relacional que es expresión de sí mismo, fuerza de amor extático, diálogo eterno que se expande y, en cuanto tal, fuente originaria de toda relación. El prólogo del Evangelio de Juan afirma que «en el principio existía el Logos» (Jn 1,1), es decir, la Palabra, que en el pensamiento bíblico es también inmediatamente dinamismo, acción, proyecto divino. El mismo prólogo joánico celebra que este misterio divino, se ha revelado en un momento determinado de la historia en un hombre, Jesús de Nazaret: «el Logos se hizo carne» (Jn 1,14). Por eso, para el Nuevo Testamento, el concepto de «palabra» es determinante, es una categoría teológica fundamental. Cristo Palabra es, en efecto, el camino que revela y conduce al misterio divino. El silencio en el Nuevo Testamento se define siempre en relación con este evento fundamental y único, la manifestación del Logos de Dios en la existencia histórica de Jesús.
En el mismo prólogo del Evangelio de Juan se afirma también que «a Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, él nos lo ha narrado (exegesato)» (Jn 1,18). En sintonía con toda la tradición bíblica, se afirma la imposibilidad de ver a Dios, incluso después de la manifestación del Hijo, que ha vivido «en el seno del Padre», continuamente orientado al Padre en su existencia terrena. El «ver» a Dios acontece en el «escuchar» al Hijo, cuya misión reveladora es descrita en el evangelio de Juan con un verbo que pertenece al campo semántico del lenguaje y de la descripción, exegéomai, «narrar», «relatar», «explicar detalladamente», como hace un testigo en relación con un evento. El Hijo único, el único testigo ocular del Padre, «narra» lo que ha visto y oído, y su «narración» es auténtica, porque sólo Dios puede hablar en modo adecuado de Dios.
La Palabra, el Hijo, es la puerta que nos introduce en el abismal misterio divino, silencioso y escondido. El Dios revelado en Cristo es al mismo tiempo invisible y silencioso, manifiesto y revelado. Por lo tanto, acoge la Palabra hecha carne sólo quien va más allá de la Palabra y escucha el Silencio, del que ella procede y al que ella revela. La auténtica escucha de la Palabra supone este atravesar la Palabra e ir más allá de ella, hasta oír el Silencio, hasta acoger en la fe al Padre, de quien el Hijo es su plena revelación: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado» (Jn 12,44; cf. 13,20; 14,24). La adhesión de fe a la Palabra exige la escucha del misterio divino que se ha hecho accesible en la encarnación del Hijo, exige la acogida del Padre, el Dios escondido en el silencio. Lo ha dicho en modo sublime San Juan de la Cruz: «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma».

Si tu rasgases los cielos y bajases

La experiencia religiosa del judaísmo inmediatamente anterior a la época del Nuevo Testamento se caracteriza no sólo por la centralidad de la torah, sino por la conciencia colectiva de vivir una época de silencio, de ausencia de palabras proféticas. Se vivía una especie de nostalgia por la palabra divina, como dejan entrever algunos textos tardíos del Antiguo Testamento: «¡Ah!, si rasgases los cielos y bajases» (Is 63,19); «Tribulación tan grande no sufrió Israel desde los tiempos en que dejaron de aparecer los profetas» (1 Mac 9,27).
Este período histórico de ausencia de la palabra profética se convierte en espera ansiosa gracias a la fe de innumerables hombres y mujeres, que continuaron viviendo en actitud de profunda escucha frente a Dios. Entre ellos destacan los personajes de quienes hablan los evangelios de la infancia inmediatamente antes del nacimiento de Jesús: Simeón, Ana, Isabel, Zacarías.
Este último es como un icono de este tiempo de esperanza. Su silencio precede y acompaña la manifestación de la última voz profética antes de Jesús, la de Juan Bautista. Zacarías, cuando recibe del ángel el anuncio del nacimiento del hijo, se queda mudo, según el relato por no haber creído y haber pedido un signo (Lc 1,18.20). Sin embargo, esta explicación no es del todo satisfactoria, ya que muchos otros personajes bíblicos antes de él habían pedido un signo a Dios y no han sido presentados necesariamente como faltos de fe (Gn 15,8; Jue 6,36-40; Is 38,3; Lc 1,34). Probablemente el silencio de Zacarías, desde una perspectiva cristiana, tiene un valor catequético: hay que acoger la palabra de Dios sin pedir signos (Jn 20,29). Desde otra clave, simbólica y teológica, su silencio es como un reflejo y una prolongación histórica del «mysterion envuelto en el silencio durante siglos eternos» (Rom 16,26) y que comienza a manifestarse con la llegada del Mesías. El ángel, en efecto, le dice a Zacarías: «Vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas» (Lc 1,20).
Más tarde, cuando tienen que ponerle un nombre al hijo que ha nacido de Isabel, su mujer estéril, Zacarías, todavía sin poder hablar, «pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre» (Lc 1,63). Indica el nombre que le había dicho el ángel (Lc 1,13), el mismo que también Isabel, sin haberse puesto de acuerdo con Zacarías, había indicado (Lc 1,60). El nombre es simbólico, «Juan», es decir, «Dios tiene misericordia». Es un nombre que proviene de Dios, como proviene de Dios el niño que llevará el nombre. Apenas escrito el nombre del hijo, dicho silenciosamente a través de la escritura, Zacarías comienza otra vez a hablar. El nombre de Juan nace del silencio y en el silencio. Zacarías, además, apenas vuelve a hablar, entona un cántico al Señor, Dios de Israel, el Benedictus, un cántico que Lucas presenta como profético (Lc 1,67). Del silencio de Zacarías nacen un hijo profeta, la última palabra profética de la antigua alianza, y una bendición profética, que ilumina y celebra el sentido de los eventos salvadores que preceden la llegada del Mesías.

Desde los cielos se escucha la voz del Padre

El evangelio de Lucas ambienta en el silencio de la noche el nacimiento de Jesús (Lc 2,8), y todos los evangelistas relatan el descubrimiento del sepulcro vacío el día de pascua, precisamente en el momento en que la noche cede su puesto al día, en el momento de la aurora del primer día de la semana (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1). La noche, como tiempo de silencio, es un ámbito privilegiado para la intervención salvadora de Dios. Noche y silencio constituyen un contexto cósmico ideal para narrar la irrupción de la Palabra, que se revela soberana precisamente allí donde no hay sonidos, ruidos o voces que puedan interferir con ella.
La aparición silenciosa de la Palabra en la historia, suscita a su vez otros silencios significativos. El silencio de José, que desconcertado frente al embarazo de María, que él no logra comprender, decide despedirla secretamente, en privado, en silencio (Mt 1,19). Después, iluminado por Dios, siempre silencioso (¡de él no conocemos ninguna palabra en los evangelios!), actúa solícito y obediente a los designios divinos (Mt 1,20-24). Es significativo también el silencio de María, que vive siempre atenta a los acontecimientos que tienen que ver con su hijo y que luego conserva, silenciosa y amorosamente, con esmero e inteligencia creyente, en su propio corazón (Lc 2,19.51).

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