martes, 1 de febrero de 2011

Ser Sacerdote

Por Andrés Bravo
Capellán de la UNICA


Escribo esta reflexión pensando en nuestro querido hermano el padre Nolberto López, quien con su partida a la Casa de la Comunión Trinitaria, nos hizo vivir un momento tan especial que estremeció nuestras entrañas (con toda la fuerza que nuestro padre solía darle a este término, con su peculiar lenguaje popular). Tanto por su fresca y transparente vida sacerdotal que nos invita a reflexionar sobre el ser sacerdote con la autenticidad exigida por nuestra consagración; como también por la extraordinaria manifestación de amor, de fe y de esperanza por parte del pueblo de Dios. Me inquieta: ¿Sabremos responder nosotros, como lo hizo el padre Nolberto, a ese gran amor que el pueblo tiene a su Iglesia y, en Ella, a sus sacerdotes? Ya les he recomendado a algunas personas que hacen vida parroquial en El Carmelo que tenga también comprensión, que no pretendan un sustituto de Nolberto, eso no va a ocurrir. No se sustituye a nadie, menos a una persona tan especial como él. Lo que si pueden confiar es que van a tener un nuevo párroco que, con ellos, escribirá su propia historia vocacional de consagrado a Dios para evangelizar y hacerles discípulos y misioneros de Jesús y provocar el encuentro salvador con Él por medio de los sacramentos y la vivencia espiritual que les impulsa a la comunión fraterna. Debe ser tan querido como lo han hecho con los anteriores sacerdotes que hemos servido al Señor en esta maravillosa Comunidad Parroquial. Pues, al padre Nolberto López y a la Parroquia Nuestra Señora del Carmen situada en El Carmelo (Cañada-Urdaneta), con respeto y admiración, dedico esta breve reflexión.
El sacerdote se descubre en la vida de Jesús, especialmente en su pasión, muerte y resurrección. En el pasado, el sacerdote era aquel que ofrecía vida en el culto divino sacrificando la de un animal. Jesús inaugura un nuevo estilo de ser sacerdote, mediador entre Dios y las personas humanas. Él no ofrece un cordero, es el Cordero. Se ofrece entregando su propia vida, no la de los demás. Lo hace para que tengamos vida abundante (realizada, libre, con sentido y digna). Su existencia es una entrega total y continua desde la encarnación, interpretada por San Pablo como un vaciarse de sí mismo. No importando su dignidad divina, se hace humano para vivir en la historia y conducir a la humanidad al reencuentro reconciliador con el Padre Dios. No puede ser otra la existencia del sacerdote cristiano, una ofrenda total y continua que compromete todo lo que somos. Especialmente para nosotros sacerdotes es aquella sentencia de Jesús de dejar familia, negocios, lisonjas, y toda clase de bienes, y darnos en el seguimiento a Jesús. Libres, despojados de todas ataduras terrenales, para dedicarnos exclusivamente a servir y dar la vida.
En la misma línea, el sacerdote nace sacramentalmente en la última cena que, con el evento del amor extremo de la crucifixión, forma una unidad con el misterio de la Eucaristía. Como lo diría san Alberto Hurtado: “Mi vida es mi Misa y mi vida es una Misa prolongada”. Porque, cuando Jesús dice que el pan es su cuerpo entregado y el vino es su sangre derramada por todos los humanos, nos transforma en personas consagradas, entregadas, donadas. Porque, además, nos ordena hacer lo mismo en su memoria. Es decir, la existencia del sacerdote es una ofrenda de amor, una Eucaristía viviente. El cuerpo y la sangre que comulgamos son Cristo y también nosotros, y con nosotros la Iglesia entera.
Ser sacerdote es seguir a Jesús sin reserva y servir al pueblo hasta dar la vida. Hacer de nuestras vidas una ofrenda de amor como Jesús en la cruz.

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