viernes, 7 de septiembre de 2012

EL CARDENAL MARTINI


 Mons. Mario Moronta
Obispo de San Cristobal
Hace algunos días recibimos la noticia del paso a la eternidad de un gran hombre de Dios: el Cardenal Carlo María Martini, Arzobispo emérito de Milán. Antes de ser elegido para la sede ambrosiana fue un sacerdote jesuita dedicado eminentemente a la investigación y a la enseñanza. Profesor de Sagrada Escritura, Decano y Rector del Instituto Bíblico de Roma, Rector de la Pontificia Universidad Gregoriana. De trato franco y sencillo, dado a la amistad no rehuía el diálogo. Buen profesor e inspirador de investigaciones para sus alumnos y discípulos. Tuve la dicha y la gracia de haber sido uno de sus alumnos: me permitió compartir con él en variadas ocasiones, y me contagió su amor por la Escritura y la exégesis.
Fue elegido y creado cardenal en el mismo consistorio que el Arzobispo de Caracas, José Alí Lebrún. Entre ambos se cultivó una gran amistad. Cuando el Cardenal Lebrún celebró sus cincuenta años de ministerio sacerdotal, el nos pidió a sus obispos auxiliares que quería como regalo que el Cardenal Martini pudiera dirigir unos ejercicios espirituales para el presbiterio de Caracas donde, por supuesto él participaría. Hicimos los contactos y así fue. El Cardenal Martini aceptó. Nos dirigió unos ejercicios basados en el profeta Jeremías. Con su sencillez y su sabiduría nos fue llevando a través de los textos del profeta para nuestro enriquecimiento espiritual.
Martini se distinguió por compartir sus conocimientos: de ahí el número de sus publicaciones. Muchas de ellas eran la transcripción de sus retiros. Otras eran propuestas de carácter teológico y pastoral, con base en la Palabra de Dios. Aunque muchos habían puesto en duda su sentido pastoral, pues pasaba de ser un académico a guiar la Arquidiócesis de Milán, sin embargo, se distinguió por ser un pastor de verdad: sus continuas visitas pastorales, su contacto directo con los sacerdotes, sus enseñanzas a los jóvenes, la promoción de un proyecto pastoral para Milán… Me impresionó oírle decir, en una de las varias conversaciones que sostuve con él, que en sus primeros años de Arzobispo pudo entrevistarse con todos los sacerdotes de su Iglesia local… y eran más de dos mil.
De verbo agradable, sabía hacerse entender. Supo conjugar su libertad de espíritu con su prudencia y su fidelidad a la Iglesia. Al leer –así como al haberlo oído enseñar o predicar- uno podía intuir que su amor por la Iglesia era grande. No era de mucho protocolo, más bien le molestaba. Sus amigos y discípulos dan testimonio de su capacidad de diálogo, aún en situaciones nada fáciles.
Se nos ha adelantado a la casa del Padre. Podríamos hacer un ejercicio de imaginación y así pensar que allí en la eternidad, acompañado de otros amigos y compañeros del Bíblico –Lyonnet, De La Potterie, Alonso- estará dialogando con la Palabra eterna, de la cual fue un servidor excelente este hombre de Dios.

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