martes, 23 de noviembre de 2010

MENSAJE PARA EL ADVIENTO Y LA NAVIDAD

Por Mons. Mario Moronta
Obispo de San Cristobal

AL PRESBITERIO Y A LOS MIEMBROS DE LA
IGLESIA DE SAN CRISTOBAL QUE ANUNCIA EL EVANGELIO Y EDIFICA EL REINO DE JESUCRISTO EN ESTA TIERRA TACHIRENSE

¡GRACIA Y PAZ!

1. Cercano como está el día de la navidad de este año 2010, comenzamos su preparación durante el tiempo del Adviento. A lo largo de las próximas semanas, en las diversas comunidades y también de manera personal, somos invitados a abrir nuestras mentes y corazones a fin de hacer de la próxima celebración-conmemoración del Nacimiento del Redentor de la humanidad un momento de reafirmación de nuestra fe y de nuestra identidad como hijos de Dios, discípulos de Jesús y misioneros que atestiguan la presencia del Dios-con-nosotros. Para ello, contamos con la Palabra de Dios y los sacramentos, así como otros medios que nos brinda la Iglesia. La virtud de la esperanza vuelve a salir a nuestro encuentro para animarnos de manera que ofrezcamos todo a Dios y así podamos, de verdad, asumir nuestro peregrinar hacia el encuentro real y definitivo con el Dios de la vida y del amor lo cual, a la vez, nos conduce al encuentro solidario con los hermanos.

EN MEDIO DE UN DESIERTO MATERIALISTA…


2. Durante este tiempo de gracia tendremos ocasión para reflexionar sobre el desierto como una realidad por donde tuvo que caminar el pueblo de Israel hacia la tierra prometida, la cual no se limita sólo a un hecho geográfico. El desierto habla de todo lo que dificulta la vida del ser humano y le impide su realización como ser personal. Muchas veces, incluso, el ser humano siente la soledad y las dificultades del desierto espiritual y cultural. Máxime, cuando se trata de situaciones que ensombrecen su dignidad y sus posibilidades reales de un desarrollo auténtico e integral. A lo largo de la historia, nos encontramos con momentos donde la humanidad ha experimentado la rudeza del desierto, anhelando, con esperanza, poder salir de allí bajo la guía de verdaderos líderes que la conduzcan hacia los pastos fértiles y seguros que la alimentarán. No hay sino que recordar las guerras de todos los tiempos, inclusive el nuestro, con sus fatales consecuencias de muerte y opresión.

3. Conscientes de los grandes avances y las características altamente positivas de nuestra sociedad, percibimos en medio de nosotros una serie de situaciones que, además de golpear a las personas, familias y comunidades tachirenses, nos hacen sentir que estamos atravesando un desierto con sus propias particularidades. No es un secreto que la polarización política ha ido causando el desencuentro, no sólo entre los dirigentes políticos, sino también entre amplios sectores de nuestra sociedad; se desconfía del otro, sólo por el hecho de pensar de manera diversa y se van cerrando los canales de diálogo. A esto se unen otras situaciones ante las cuales nos encontramos indefensos: la inseguridad, con todas sus causas y consecuencias, la corrupción extendida por todos los sectores de la sociedad, el contrabando de gasolina y otros insumos, la descomposición moral que está minando la integridad de muchos hombres y mujeres de todas las edades y estratos sociales; de igual modo, el desastre ecológico que nos perjudica a todos y el consumismo, suerte de falso mesianismo que ofrece satisfacer sus anhelos de auto-realización. Esto último hace que muchos quieran vivir como si Dios no existiera, por lo cual pierden no sólo el sentido de Dios, sino también el del mundo y el de su propio ser.

4. Se crea así un ambiente propicio para el aumento del sicariato, la delincuencia, la prostitución, el menosprecio por la dignidad de los hombres y mujeres, la insensibilidad frente a los problemas de los demás, el secuestro, la extorsión… A esto se une, el creciente auge del narcotráfico con sus redes de muerte, y con el subsiguiente miedo de denunciarlo. Nos encontramos, lamentablemente, ante una red social de amoralidad y relativismo cuyo lema es “vale todo”, incluso el mal y la destrucción de los valores fundamentales llegándose a pensar que el fin justifica los medios que se emplean. La reacción de muchos a esta situación está orientada por un marcado individualismo que rompe todo sentido comunitario de la persona, así como la verdadera solidaridad que siempre apunta al bien común de los seres humanos. La proverbial “cordialidad” de nuestros ciudadanos está desapareciendo para darle paso a la agresividad y a la prepotencia. Ese individualismo subraya que los valores del ser son sustituidos por los del tener. El único fin que cuenta es la consecución del propio bienestar material, así se aúpa el ansia de poder y de enriquecimiento a como dé lugar; no cuenta para nada el respeto por la persona. Estamos cayendo en un abismo moral sumamente peligroso, cuyos efectos son incalculables. Así lo demuestran hechos concretos frente a los cuales no hay respuestas: las “rumbas”, expresión de promiscuidad en todos los sentidos, promovidas en amplios sectores de nuestra sociedad, así como los locales donde, con el alcohol, el ruido y otros tipos de desórdenes, se perturba la paz social de muchos habitantes, la droga que ha minado diversos espacios y está destruyendo la salud corporal y espiritual de tantísimos adolescentes y jóvenes…

5. Crece al interior de nuestra sociedad un “desierto materialista” que tiende a ahogar inevitablemente todos los oasis de cultura y de espiritualidad tan característicos de nuestra región tachirense. Se siente el clamor de tanta gente que quiere salir o librarse de las consecuencias de este desierto sofocante y destructor Afortunadamente, también existen entre nosotros grupos y personas con conciencia de “peregrinos” en ese desierto; no sólo lo están atravesando, sino ayudando con sus propuestas y compromisos a que otros lo puedan cruzar con esperanza de salir adelante. Como “peregrinos” estamos decididos a superar de manera continua la “desesperanza”, el cansancio y la indefensión que terminan por agotar y producir un conformismo que aliena e impide todo tipo de conversión.

UNA VOZ CLAMA...

6. Los textos bíblicos propios de la Liturgia del Adviento nos iluminan para que podamos dar una respuesta clara y contundente de nuestra parte ante la situación que estamos viviendo: el evangelista Mateo nos recuerda el cumplimiento de la profecía de Isaías en la persona de Juan el Bautista: “una voz clama: en el desierto preparen el camino del Señor” (Mt 3,3). Pablo, al hablarles a los Romanos, también nos enseña que el día del Señor está cerca, que hay que despertar del sueño y del conformismo: “Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz” (Rom 13,12). Todo esto será posible si nuestra verdadera esperanza es Cristo, el Señor.

7. Escuchar la Palabra de Dios en este tiempo nos abre caminos de conversión. En primer lugar, se trata de una invitación a asumir la tarea de preparar el camino del Señor en medio de este desierto materialista donde nos toca hoy ser verdaderos peregrinos. Al hacerlo hay que estar muy atentos a no dejarnos llevar por las tinieblas ni por sus causas: para ello cada día hemos de estar conscientes de que tenemos las armas de la luz, para hacerlas brillar y así ir destruyendo las oscuridades tenebrosas de dicho desierto materialista. Ello implica actuar en el nombre de Jesús, el salvador y liberador de la humanidad, de quien estamos revestidos.

8. ¿Cómo hacerlo? Tomando conciencia de que somos el pueblo de Dios con la misión de proclamar el evangelio de la luz, de la vida y de la salvación; sin dejar a un lado la hermosa tarea de edificar el Reino de Dios. Para ello, debemos reafirmar nuestra tarea como Iglesia local en esta tierra tachirense y en comunión con la Iglesia universal. Es el sentido profundo de la “misión diocesana”: acercarnos a todos, en especial a los que están alejados, a los que están haciendo otras opciones, para hablarles de Jesús; ser profetas para invitarlos a que se unan a nosotros, para llenar de los valores del evangelio todos los sectores de nuestra sociedad. Nos toca denunciar, es verdad; pero, a la vez y sobre todo, nos corresponde anunciar el hecho maravilloso de una salvación que libera al ser humano de todas sus opresiones y con la cual abrimos las puertas de la esperanza y señalamos los horizontes de nuestra sociedad hacia la plenitud.

9. No sólo basta detectar los problemas, las dificultades que tenemos, pues es necesario que como pueblo de Dios realicemos lo anterior. Así, entonces, estaremos abriendo el camino del Señor: para que Él se siga haciendo presente en medio de nosotros, de nuestros hogares e instituciones, de nuestras escuelas y comunidades y así todos puedan encontrarse con Él. Ello requiere de nosotros un compromiso y un cambio: la “conversión pastoral” que nos sugiere hoy la Iglesia, de manera particular en el Documento de Aparecida (nn. 365-372). El estar en esa actitud de preparar el camino del Señor en medio de este desierto permitirá que optemos por una Iglesia hermana y de encuentro que anuncia y denuncia y favorece el diálogo desde el reconocimiento de los otros, por diversos que sean, como hermanos; una Iglesia samaritana que acoge a todos los que sufren y en especial a quienes son “desechados y marginados por la sociedad”: los pobres; una Iglesia “que pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera” (D.A. 370) y que va en búsqueda de todos, particularmente de los alejados y excluidos; una Iglesia que se renueva en la frescura del Espíritu del Señor.

DIOS CON NOSOTROS…

10. Desde la esperanza renovada por el encuentro con el Señor nos disponemos a preparar y abrir los caminos del Señor, así volveremos a experimentar la alegría de escuchar la mejor y mayor de las noticias que se ha producido en la historia de la humanidad: Con el nacimiento del Príncipe de la Paz, en la pobreza del portal de Belén, se hizo real la profecía de Isaías del DIOS-CON-NOSOTROS. ¿Para qué se hizo presente Dios en la historia de la humanidad? Para destruir el odio, es decir todo muro de división existente y hacer de todos los seres humanos hombres nuevos-mujeres nuevas. Por su encarnación, Dios se hizo hombre igual a todos nosotros menos en el pecado y, además, nos abrió la posibilidad de una total transformación: nos dio la capacidad de ser hijos del Padre Dios (cf. Jn 1,12).

11. Durante este tiempo del adviento, con diversos medios, nos preparamos a celebrar la fiesta del amor de Dios. Fue tan grande ese amor, que, precisamente nos envió a su Hijo para que podamos alcanzar la salvación (Cf. Jn 3,14). De allí que al conmemorar esa fiesta, con todos los elementos religiosos, litúrgicos y culturales que tenemos a nuestra disposición, lo hagamos con la conciencia del compromiso evangelizador que nos ha de distinguir. Parte irrenunciable de ese compromiso es denunciar las oscuridades que impiden a nuestra gente ver la luz verdadera que nos trae el Señor. Más aún, intensificar nuestras acciones misioneras para ir al encuentro de todos los que están atrapados en las candilejas del desierto materialista y hacerles sentir que Dios les ama e invita a seguir en camino. Junto a esto, exhortar a quienes tienen responsabilidades en la sociedad a fin de que emprendan acciones que favorezcan a todos sin excepción, con preferencia a los más pobres; así como a todos aquellos que lamentablemente están promoviendo y sosteniendo las tinieblas del “desierto materialista” para que también se unan a nosotros que proclamamos el evangelio de la vida en una sociedad atacada por una cultura de la muerte; ésta manifiesta una visión de la libertad muy individualista, que acaba por ser libertinaje de los “más fuertes” contra los débiles destinados a sucumbir.

12. La vivencia plena de este Adviento y la celebración gozosa de la Navidad de este año 2010 debe ayudarnos a despertar del sueño que nos distrae. Celebraremos la presencia del DIOS-CON-NOSOTROS. Por eso, nos convocamos, en el nombre de Dios, para que nuestra Iglesia local de San Cristóbal intensifique la escucha atenta del mensaje salvador del Dios Encarnado y así asuma la decisión de ser misionera, de anunciar el evangelio y edificar el Reino de Amor, Justicia y de Paz. El camino a transitar por este “desierto materialista” puede resultar largo y extenuante. Pero, al saber que tenemos al Espíritu del Señor a nuestro lado, más aún recordando que Él es el protagonista de la Misión (Cf. Redemptoris Missio 11), reviviremos en nosotros la esperanza por la que no sólo seremos capaces de vencer las dificultades de ese camino. Entonces seremos un humilde y decidido instrumento para que muchos hermanos se unan a nosotros y tengan la experiencia de un encuentro vivo con Jesús, nacido en Belén para la salvación de todos.
No estamos solos. Contamos con la gracia de Dios Padre, el testimonio de Dios Hijo y la Luz del Espíritu Santo y con la maternal intercesión de María del Táchira, la misma que en Belén nos dio al Salvador, la Madre de Dios.

Con mi afectuoso saludo navideño y mi cariñosa bendición de servidor y testigo.

+Mario del Valle, Obispo de San Cristóbal.
San Cristóbal, 28 de noviembre 2010
Domingo I de adviento.

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